Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore VII
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Aurore VII

P or primera vez desde que había llegado a Versalles, me armé de valor para entrar sola en uno de los salones en los que se reunía la corte durante las tardes ociosas. Margot me había instruido en los diferentes vestidos que se esperaba que una dama luciera dependiendo del momento del día.

—¡Qué locura! —susurré, ajustando los pliegues de mi falda mientras atravesaba el umbral del salón. Me parecía un derroche de tiempo y dinero tener que usar mínimo tres vestidos diarios.

La estancia estaba adornada con elegancia, como todo en Versalles, con candelabros de oro y lámparas de cristal que reflejaban la luz del sol, inundando el espacio con un resplandor cálido y agradable. El murmullo de conversaciones y risas impregnaba el aire.

De buena gana hubiese pasado lo que quedaba de mis seis meses en la corte recluida en mi habitación, pero Monsieur me había asegurado que eso desataría las habladurías.

Tenía que dejarme ver de vez en cuando en los salones, así que respiré hondo y me adentré en la multitud.

Observé a las damas y caballeros, cada uno inmerso en su propio mundo de charlas y cotilleos.

Algunas miradas se volvieron hacia mí, curiosas, evaluadoras.

Sentí mi pulso acelerarse, si bien intenté que mi rostro no reflejara el nerviosismo que aquella situación me causaba.

Eché de menos la presencia del duque de Orleans.

Seguía molesta con él, sí, pero apreciaba su compañía y más en ese tipo de situación cuyos filos y peligros a mí se me escapaban.

Había intentado dar con él, sin resultado alguno: no había pasado la tarde en sus aposentos y tampoco lo había encontrado paseando por los jardines.

Tras un ligero titubeo, me dirigí hacia un grupo de damas que parecían absortas en una conversación de lo más animada.

Entre ellas reconocí a Madame de Montespan.

Su presencia me hizo dudar solo un instante; sabía que debía enfrentar mis miedos si quería sobrevivir en esta corte.

Quizá era buena idea tranquilizarla y hacerle ver que de ninguna forma podía ser su rival respecto a los afectos del rey.

—Buenas tardes, señoras —dije, haciendo una pequeña reverencia.

Madame de Montespan me dirigió una mirada calculadora antes de esbozar una sonrisa que tan solo pude calificar como falsa.

—Mademoiselle Bechard, qué sorpresa tan encantadora. ¿Qué os trae a nuestro pequeño rincón de chismes y frivolidades?

—Simplemente deseaba unirme a vosotras y conocer mejor a las damas de la corte —respondí con una sonrisa que esperaba pareciera más segura de lo que me sentía.

Las damas intercambiaron miradas antes de invitarme a unirme a su círculo.

Estaban jugando a las cartas y Lucille de Valois, a quien ya había conocido la noche anterior, tuvo a bien enseñarme las reglas del juego.

Era un poco más joven que yo y, para sorpresa mía, también estaba soltera.

Tenía una inteligencia ácida, por lo que enseguida me había caído bien. Al parecer, el sentimiento era mutuo.

—¿Os habéis fijado ya en algún noble? —me preguntó Lucille.

—¿Cómo?

—No hay que perder el tiempo, amiga mía; los más guapos están muy solicitados.

—No hagáis caso a mademoiselle de Valois —me dijo Madame de Montespan—. Nuestra joven dama disfruta ya de varios amantes, ¿no es cierto, Lucille?

—No desde que Raoul de Brissac abandonó Versalles para ir a Madrid —respondió esta.

—Ah, sí. El señor de Brissac es uno de los hombres más fascinantes de la corte.

—Aunque no tanto como el adusto y cruel capitán de los mosqueteros. ¿No es cierto? —rio Athénais—. Os hemos cazado varias veces con los ojos perdidos en Gérald de la Reynie.

Lucille fulminó con la mirada a la favorita del rey y a sus amigas, mas no dijo nada.

La conversación continuó, girando en torno a los últimos escándalos y novedades, especialmente aquellas que hablaban de la Nueva Fronda.

Me esforcé por mantenerme al tanto, aportando algún comentario ingenioso cuando podía, aunque prefería centrarme en las cartas.

Mis ojos buscaron una vez más al duque de Orleans en el salón, sin encontrarlo.

Vi a Thibaut Cailloux charlando con varios nobles, así que descarté que estuviera pasando un rato íntimo con él.

La tarde transcurrió con una sorprendente fluidez.

Poco a poco, me fui sintiendo más cómoda.

Incluso disfruté de algunas de las divertidas historias que circulaban.

Sin embargo, la ausencia de Philippe no se me iba de la mente.

Tenía una conversación pendiente con él que pensaba llevar a cabo, le gustase o no.

—Aurore, ¿habéis oído hablar de la inminente visita de los nobles ingleses? —preguntó Madame de Montespan, interrumpiendo mis pensamientos.

—Sí, he escuchado que serán recibidos con grandes festejos —respondí, tratando de recordar lo poco que había oído sobre el evento.

—Así es. Se espera que Monsieur organice unos entretenimientos maravillosos —dijo una de las damas, la baronesa de Montesquieu—. Siempre es tan creativo en estos asuntos. Ya veréis, os lo pasaréis estupendamente.

—Estoy segura de que serán unas veladas inolvidables —dije, sonriendo.

—La noche del baile de máscaras lo será, sin duda —comentó Madame de Montespan—. Esconder el rostro tras un antifaz es la excusa perfecta para dar rienda suelta a los deseos, ¿no creen, señoras mías ?

Las damas reunidas a su alrededor rieron, alborozadas. Estaban excitadas ante la perspectiva de recibir a un puñado de nobles ingleses. Supuse que, en un ambiente tan cerrado como Versalles, nuevas caras siempre eran recibidas con regocijo.

—Puede que algunas de vosotras elijáis a vuestros nuevos amantes, ¿no? —inquirió la favorita del rey, provocando más risas entre las damas.

Yo parpadeé, interesada en aquello.

—¿Es esa la depravación que tanto escandaliza a su majestad la reina? —pregunté.

—Entre muchas otras cosas —respondió con acidez Athénaïs.

—¿Cómo cuáles?

—Seguro que Monsieur os puede iluminar mucho y muy bien en ese asunto, querida.

—¿Tenéis algún tipo de problema respecto al duque de Orleans? —solté el mazo de cartas, mirando a la Montespan.

Lo había intentado, pero sus aires de superioridad me resultaban insufribles. ¿Y por qué parecía tenerle tanta inquina a Philippe?

Athénaïs me miró fijamente, su sonrisa afilada como una navaja.

—No, en absoluto. Es solo que encuentro fascinante cómo Monsieur se mueve con tanta... libertad en ciertos círculos.

—Su alteza es un hombre de muchos talentos —respondí con firmeza—. Y uno de ellos es disfrutar de la libertad, un acto que me parece admirable en él.

Las damas quedaron en silencio por un momento, sorprendidas no tanto por mi contestación como por mi tono desafiante. La Montespan fue a responder, pero antes de que pudiera hacerlo, una mano se posó en mi hombro y las damas que me rodeaban palidecieron al instante al ver de quién se trataba.

Todo mi cuerpo se tensó. Aquella reacción tan solo podía provocarla una presencia en Versalles.

—¿Todo en orden, señoras? —preguntó el rey, inclinándose por encima de mí, sin soltar mi hombro.

—Perfectamente, majestad —respondió la Montespan con dulzura forzada—. Mademoiselle Bechard y yo solo estábamos intercambiando opiniones sobre la próxima visita de los nobles ingleses.

—Ah, los ingleses. Siempre me han parecido un pueblo dado a conversaciones largas y un poco tediosas —dijo Louis, sonriendo—. Nos aguardan veladas interesantes, estoy seguro de ello.

—Eso esperamos todos —respondió Athénaïs recuperando su tono afable.

A mí me seguía pareciendo falso.

—Si me permitís, desearía robaros la compañía de mademoiselle Bechard durante un rato.

El rey extendió la mano para ayudarme a levantarme del escabel en el que me hallaba sentada y aquella galantería encendió las mejillas de Athénaïs de pura rabia. No pude evitar sonreír con suficiencia al ver cómo ese gesto la molestaba tanto.

Tomé la mano del Rey Sol y me puse en pie.

—Claro, majestad —respondí, agitada por el contacto de los dedos de Louis entre los míos. Me ofreció su brazo y juntos salimos del salón, seguidos a una prudencial distancia por dos guardias.

Dirigió sus pasos hacia los jardines, que poco a poco se iban quedando en penumbras. Empezaba a oscurecer y en el exterior decenas de sirvientes se afanaban en encender las luces y lámparas que iluminarían el fastuoso jardín.

Miré inquieta a mis espaldas, hacia el palacio que dejábamos atrás a paso lento pero seguro. No tenía claro si era buena idea perderme ahí fuera en la única compañía del rey.

—¿Estáis ya instalada a vuestro gusto en los Apartamentos del Príncipe? —preguntó el rey mientras caminábamos por los primeros parterres de los jardines.

—Sí, majestad. Vuestro hermano es muy amable en cederme uno de sus aposentos.

—Me alegro. Sé que a muchos de mis nobles les cuesta aceptar la vida en Versalles, pero confío en que la disfrutéis, independientemente del trabajo que os obliga a permanecer aquí.

—Estoy segura de que así será —aseguré, mirándolo de ojo.

Tenía un perfil regio, bellísimo. No me sorprendía que las mujeres buscasen sus favores.

Incluso yo, que no deseaba poder alguno, no me sentía indiferente del todo ante su presencia—.

Majestad, quería pediros disculpas por lo de esta mañana en el Gabinete del Consejo.

Mi tío Lambert ya me dice siempre que este carácter mío acabará por meterme en un buen enredo.

—Procurad no sacar ese carácter vuestro cuando estoy intentando gobernar un país —dijo en un tono distendido y risueño—. En un entorno más íntimo, tenéis mi permiso para comportaros tal cual sois.

—Creedme, no queréis darme tal permiso. Vuestro hermano hoy me ha llamado “yegua desbocada” o algo similar.

El rey dejó ir una pequeña carcajada, sacudiendo la cabeza.

—Me lo creo. Así es Philippe.

—Sí, tiene una lengua desatada.

—Creo intuir que igual que la vuestra, Aurore.