Philippe VI
E l sol del mediodía proyectaba sombras alargadas sobre los jardines de Versalles, así como sobre los últimos paseantes que disfrutaban de su frescor y sus aguas antes de cambiarse para la inminente comida. Yo no era uno de ellos.
Me encontraba rodeado de papeles y planos que se acumulaban en el escritorio de una de mis antecámaras.
La tarea que tenía delante era tan abrumadora como apasionante: organizar los divertimentos para los nobles ingleses.
Esta visita era importante para Louis; los ojos de toda Europa estarían puestos en Versalles y, aunque yo no me llevaría ninguna gloria personal, quería que mi hermano se sintiera orgulloso de todo lo que su palacio podía ofrecer.
Con un suspiro, dejé mi pluma y me pasé una mano por el cabello, apartándolo de mi rostro.
A mi lado, Bontemps permanecía de pie con una expresión estoica, esperando mis órdenes.
No podía evitar sentirme enervado por su irritante presencia, aunque también sabía que era un mal necesario.
El ayuda de cámara era muchas cosas que me crispaban, sí, pero también era un hombre estructurado, un soporte inestimable a la hora de organizar eventos, ya que todo pasaba por sus manos.
Me recordé a mí mismo que debía hablar con Gérald de la Reynie para encargarle que reforzara la seguridad exterior de palacio. Puede que tuviésemos que doblar las guardias de los mosqueteros, al menos durante la primera semana de festejos.
—Bien, Bontemps —dije finalmente—, necesitamos impresionar a estos nobles. Francia debe mostrar su esplendor y su superioridad en todas las formas posibles. Los ingleses han de quedarse sin palabras y comprender que posicionarse contra nosotros es un grave error.
—Entiendo, alteza —respondió Bontemps con una inclinación de cabeza—. ¿Tenéis alguna idea en mente?
Me levanté y comencé a pasear por la habitación. Tenía que ser una semana grandiosa, que reflejara la magnificencia de Versalles y la habilidad de los franceses para el entretenimiento.
—Organizaremos una serie de eventos que durarán varios días —declaré, más para mí mismo que para Bontemps—. Empezaremos con una gran recepción en el Salón de la Guerra. Será una vista impresionante para esos brutos ingleses que viven en sus oscuros y austeros castillos.
Bontemps tomó nota rápidamente mientras yo continuaba hablando sin parar.
—Después de la recepción, habrá un banquete en los jardines.
Colocaremos bufetes alrededor de la Fuente de la Latona.
Quiero que tengan forma de pirámide, de colinas, de rocas puntiagudas, de bosques en miniatura, y que los pescados y las carnes, los postres y las bebidas se amontonen en abundancia.
Iluminaremos cada bufete: cada uno de un color.
Deja claro a nuestros chefs que necesitamos los platos más exquisitos que sean capaces de crear, que los sabores y la presentación sean incomparables.
Y que no falte el vino de nuestras mejores bodegas.
Vinos de Burdeos y Borgoña. También armagnac y eau-de-vie .
Poire Williams y Mirabelle, en especial, son los favoritos del rey.
Sidras de Normandía y Bretaña. Ponche de limón.
En abundancia, Bontemps, en mucha abundancia.
—Entendido, alteza —respondió Bontemps—. ¿Qué hay de los entretenimientos?
Sonreí. Esta era mi parte favorita, donde realmente brillaba.
—Tendremos una representación teatral, por supuesto. Algo grandioso. Haced llamar a la compañía de Molière; se encuentran en París representando una comedia sobre un esposo cornudo. Que la traigan a Versalles, para que unos cuantos nobles se sientan interpelados.
—Alteza… —intentó frenarme.
Lo ignoré.
—También organizaremos una serie de danzas y conciertos de música. Yo mismo hablaré con el señor Lully al respecto. Los jardines de Versalles estarán iluminados con lámparas de aceite y fuegos artificiales. Crearemos espectáculos nocturnos que los dejarán maravillados.
Hice una pausa. No podía revelarle la parte más delicada de mi misión a Bontemps, claro.
—Además —añadí—, habrá un baile de máscaras con la temática preferida de su majestad.
—¿La… mitología, alteza? —preguntó Bontemps, titubeante.
—No, las minas abandonadas de París —me burlé—. Pues claro que la mitología, Bontemps; a veces creo que solo pegáis vuestras narices al trasero real para oler, no para ver.
—Alteza…
—No me interrumpáis mientras creo mi magia. Ya es bastante insufrible tener que veros con esos trajes pasados de moda que insistís en llevar a diario.
Bontemps tuvo que tragar saliva antes de asentir.
—Me encargaré de que todo esté preparado según vuestras instrucciones, alteza.
—Muy bien —respondí, volviendo a sentarme—. Y aseguraos de que las habitaciones para nuestros invitados de la horrorosa Inglaterra estén adecuadamente dispuestas. Cada detalle cuenta.
—Se están acondicionando al gusto de los ingleses.
Cuando Bontemps se retiró, me permití un momento para pensar en la misión que Louis me había encomendado.
Seducir al barón no sería una tarea fácil.
No por la dificultad de la seducción per se, sino por las consecuencias que aquel acto ocasionaría en mi relación con Thibaut.
Me planteé, incluso, enviarlo a sus tierras en Anjou con cualquier pretexto.
Eso me dejaría más libertad para llevar al barón inglés a mi terreno .
Me gustaban los desafíos y este prometía ser uno de los más interesantes que había enfrentado.
Confiaba en mi propio encanto y en mi capacidad para leer a las personas.
El primer evento, la recepción en el salón de la Guerra, sería mi primer acercamiento al barón Ward.
Después, durante el banquete, me aseguraría de que nuestros caminos se cruzaran, de que nuestras conversaciones fueran lo suficientemente intrigantes como para captar su interés.
La representación teatral y los conciertos de música serían momentos perfectos para interesarme por sus gustos personales.
Era un juego peligroso, pero uno que estaba más que dispuesto a ganar.
—Barón Ward —murmuré para mí mismo—, no sabéis lo que os espera.
Solo rogaba que fuese medianamente atractivo, aunque, si fuera necesario, sería capaz de ponerme una máscara de falso deseo y llegar hasta el final de igual manera. Era experto en eso. Llevaba haciéndolo toda mi vida.
Aquello me hizo pensar en la pobre Henriette, en nuestro último y triste encuentro.
Hacía días que no mandaba a nadie a interesarse por mi esposa, por lo que envié a un ujier para anunciarle que deseaba verla y pasar un rato con ella aquella tarde.
Henriette solía amar los bailes de máscaras y no se celebraba ninguno en Versalles desde el pasado invierno.
Confiaba en que la expectativa de uno de sus divertimentos favoritos la animase a salir un poco de su autoimpuesto ostracismo.
Nunca la había visto tan decaída como en los últimos meses.
Mi hermano era experto en dejar atrás corazones rotos.
Había empezado en París, apenas siendo un adolescente, luego en nuestros veranos en Saint-Germain y, finalmente, en la corte de Versalles.
Henriette solo era una amante olvidada más para él.
Con la ligera diferencia de que aquel corazón roto estaba unido a mí por el sacramento de un matrimonio de Estado.
—¿Cómo os encontráis hoy, querida?
—Como siempre, alteza.
Sus palabras, pronunciadas con aquella resignada tristeza, se me clavaron en el corazón mientras me acercaba a ella.
Henriette estaba sentada junto a una ventana, su mirada perdida en los jardines de Versalles, sin realmente ver nada.
Parecía pálida, cansada. Me dolía verla así, sabiendo que una parte de su tristeza se debía a las acciones de mi hermano.
—He estado pensando en algo que podría animaros —dije, intentando infundir entusiasmo en mi voz y arrodillándome junto a ella—. ¿Qué os parecería un baile de máscaras? No hemos tenido uno desde el invierno pasado y sé cuánto los disfrutáis.
Henriette giró la cabeza lentamente para mirarme.
Sus ojos, grandes y llenos de una melancolía que apenas podía ocultar, se fijaron en los míos.
Durante unos segundos, temí que rechazara la idea, que la tristeza en la que estaba sumida fuera demasiado profunda para ser aliviada por algo tan trivial como un baile.
Pero, para mi consuelo, una pequeña chispa de interés brilló en su mirada.
—Un baile de máscaras... —murmuró, casi para sí misma—. ¿Lo organizáis vos?
—Sí, por supuesto.
—En ese caso, estoy segura de que será maravilloso.
—Entonces, está decidido —anuncié, sonriendo—. Será un evento grandioso, digno de la corte de Versalles. Y haré todo lo posible para asegurarme de que sea una noche que os provoque un profundo deleite y contento.
Asintió, aunque su sonrisa no llegó a iluminar su rostro como antes.
Tomé su mano entre las mías, apretándola con suavidad.
Quise decirle que podía intentar hablar con Louis para que este regresara a sus brazos, pero, en cuestiones de faldas y escarceos nocturnos, nadie podía influir en los deseos de mi hermano.
—Sé que habéis pasado momentos difíciles —la consolé—, pero quiero que sepáis que siempre estaré aquí para vos.
Henriette asintió de nuevo y, durante un breve instante, sentí que quizá, solo quizá, había logrado aliviar un poco su dolor.
—Sois un buen hombre, Philippe, aunque insistáis en parecer frívolo ante los ojos de la corte.
Aquello me hizo sonreír. Hacía mucho tiempo que no me llamaba por mi nombre y Henriette sabía que no permitía a demasiada gente hacerlo. De hecho, solo se lo permitía a Louis, Thibaut y a ella. A nadie más.
—No me halaguéis demasiado, querida, podría llegar a creérmelo.
Rio bajito, ladeando la cabeza para observarme, y pensé en aquellos pocos años buenos que compartimos como marido y esposa, así como en la sensación de cuidar de ella, de hacerla sentir querida, de desear que su piel olvidase la de mi hermano.
—Si vos queréis, Henriette, puedo visitar vuestro lecho de nuevo —sugerí, en voz baja.
Mi esposa me acarició la mejilla con ternura antes de responder a mi proposición:
—No quisiera haceros pasar por un acto que sé que os resulta repulsivo.
—Nunca fue repulsivo acostarme contigo —susurré, tuteándola y apretando más su delicada mano. Era importante para mí que supiera que no mentía. No a ella.
—Tampoco lo fue para mí cumplir con mis deberes de esposa. Eres gentil y delicado y, durante nuestros primeros años de matrimonio, creí que podía enamorarme de ti —respondió a mi tuteo.
—Pero te enamoraste de Louis.
—Siempre estuve enamorada de Louis.
—Desde que pusiste un pie en Saint-Germain —recordé, con una sonrisa que ella me devolvió .
—Fueron años felices.
—Sí que lo fueron.
Suspiré, vencido. Hice el ademán de irme, pero Henriette me retuvo a su lado.
—Quédate un rato conmigo, Philippe.
—Todo el que desees, Minette .
A Henriette le gustaba hablar del pasado, uno en el que fue mucho menos desdichada de lo que era ahora, casada con un hombre que no había elegido y amando al rey que nunca podría ser suyo.
Su padre, el difunto rey Charles, la había enviado a la corte francesa con apenas tres años, por lo que apenas recordaba nada de su Inglaterra natal ni de su familia.
Su vida estaba ligada a la de Francia, por sus recuerdos de infancia y, posteriormente, por nuestro matrimonio y el nacimiento de nuestras hijas.
Al ver que mi compañía y mi charla la hacían sonreír, me prometí ser mejor esposo.
Puede que nos hubiéramos distanciado en todos los sentidos durante el último año, pero podía intentar mejorar su vida en Versalles.
Quizá, incluso, organizar una pequeña escapada a Saint-Germain para visitar a nuestras jóvenes princesas.
—¿Puedo ser sincera contigo?
—Siempre, especialmente si se trata de algo escandaloso.
—Philippe… —me reprendió, riendo. Luego su semblante se tornó serio—. Me gustaría quedar embarazada de nuevo. Si a ti te parece bien.
La besé en la mano. Suave, tiernamente. Sabía que a Henriette le gustaba ser tratada como una delicada flor y, tras varios encuentros íntimos, conocía cómo reaccionaba su cuerpo. Que fuese una obligación acostarnos y dar hijos a Francia no significaba que tuviera que ser desagradable.
Despedí a los guardias y a sus damas de compañía con un gesto impaciente.
—Philippe, estamos en pleno día —se escandalizó, ruborizándose al comprender mis poco honorables intenciones.
—Vamos, déjame estar a la altura de mi fama depravada. Tan solo un poco —dije, tirando de ella hacia la cama.
Y Henriette, riendo con timidez, se dejó amar durante unas horas por el hermano equivocado.