Aurore VI #2
Las molduras de oro brillaban bajo la luz de las lámparas de araña y los cuadros en las paredes resultaban impresionantes.
Uno de ellos, particularmente, captó mi atención: la imagen del dios Apolo que parecía observarme con una mirada penetrante.
Una mirada que se parecía mucho a la del propio rey.
Al alzar la vista, descubrí un diseño geométrico que se extendía por todo el techo, con detalles que capturaban y reflejaban la luz de una manera que casi parecía mágica.
El mobiliario era igualmente impresionante.
No podía dejar de maravillarme ante la artesanía, los materiales exquisitos y la atmósfera de grandeza que impregnaba todo el espacio.
Cada rincón de la habitación hablaba del rey, de su poder, de su dominio absoluto y de su amor por la belleza y el arte.
Me sentí diminuta e insignificante en medio de tanto esplendor.
—¿Y bien, mademoiselle Bechard? Explicadme de qué se trata ese asunto tan, tan urgente, como para interrumpir una reunión del consejo de ministros —exigió Louis, de pie, con el aplomo que solo alguien de su nobleza y posición podía poseer.
Al observar al hombre frente a mí, no pude evitar quedar subyugada por la elegancia que todo él desprendía.
Vestía una casaca larga y ajustada de un tono azul grisáceo, adornada con bordados que brillaban con cada movimiento.
Los puños de las mangas se abrían en un amplio volante de encaje blanco, que contrastaba maravillosamente con el tejido de la casaca.
La pechera de la camisa estaba cubierta por un elaborado pañuelo que caía en cascada sobre su pecho.
El conjunto estaba rematado por un cinturón áureo con pequeños flecos que ceñía su estrecha cintura.
Sin embargo, era su rostro lo que más me hipnotizaba.
Su cabello largo y oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, enmarcando unos rasgos finos y elegantes que tanto se parecían a los de Philippe de Orleans.
La combinación de su atuendo y su porte noble hacía imposible no sentir un inmediato respeto al verlo y tuve que reunir todo mi valor para recordar que estaba ahí para enfrentarme al Rey Sol.
Sus dedos se entrelazaron, mirándome con fijeza. Esperaba mi respuesta, pero yo me había quedado abstraída por toda la belleza que rodeaba al rey. Supuse que formaba parte de su poder: el de cautivar con su sola presencia a todo aquel que se acercara a él.
—¿Os dais cuenta de lo inapropiado de vuestra irrupción? —me preguntó, tranquilo; si bien bajo aquella suavidad pude adivinar la frialdad del tirano al que tanto temía gran parte del pueblo francés.
—Lo que es inapropiado es que la salud de la reina se vea comprometida por la terquedad de los galenos reales —respondí, sin apartar la mirada de Louis—. Majestad, es vital que vuestra esposa pase tiempo al aire libre, como bien indiqué ayer. Su bienestar y el de vuestro hijo dependen de ello.
Louis me observó, silencioso. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa que podía costarme la vida si así lo disponía él.
—Entiendo vuestra preocupación, pero estos asuntos deben tratarse con más… discreción —dijo, helado.
—La discreción no salvará a la reina ni a vuestro hijo, majestad —respondí, sin amedrentarme—. Necesito vuestra autorización para asegurarme de que mis recomendaciones sean seguidas al pie de la letra. Sin excepciones.
—No podéis irrumpir en una reunión del consejo de esta manera.
—Y vos no podéis obligarme a vivir aquí bajo una farsa y, sin embargo, lo hacéis.
—Soy el rey.
—Pues actuad como tal con vuestros galenos y no dejéis que torturen a la pobre reina con sus obsoletas indicaciones médicas.
Louis me miró con tal intensidad que pensé que realmente iba a mandar apresarme. Le sostuve la mirada lo mejor que pude, a pesar de la inquietud que empezaba a dominarme por aquel silencio que se prolongó lo que a mí me parecieron horas.
Nadie dijo nada, hasta que Philippe, con las manos enlazadas tras su espalda, se adelantó para mediar entre nosotros.
—Hermano, le ordenaste instalarse en la corte por un solo motivo.
—No estoy hablando contigo, Philippe.
—La pusiste bajo mi protección —replicó el duque de Orleans.
Ambos hermanos se observaron, como si se estuvieran midiendo el uno al otro, conmigo interpuesta entre ellos.
—Hablaré con los galenos personalmente —claudicó al fin el rey, desviando su mirada gélida de su hermano hacia mi persona—. A partir de ahora, solo vos tendréis acceso médico a la reina.
Sentí un alivio palpable al escuchar sus palabras. Había corrido un riesgo enorme enfrentándome al Rey Sol y, al parecer, había vencido.
Incliné la cabeza en señal de agradecimiento.
—Gracias, majestad.
—Si la reina sale a pasear por los jardines, vos, mademoiselle Bechard, iréis con ella en todo momento.
—Muy bien.
—¿Precisáis algo más de mí?
—Ahora que lo mencionáis, necesitaré mi instrumental aquí. También un lugar para preparar tinturas y…
—Bontemps se ocupará hoy mismo de todo eso, mademoiselle.
Volví a inclinar la cabeza, sin saber qué más decir. Sentía que estaba sentada sobre un polvorín que era la furia del rey y que podría saltar por los aires en cualquier instante.
—Llevaos a mademoiselle Bechard, hermano, antes de que mi favorable opinión sobre ella cambie radicalmente —ordenó el Rey Sol, con un chasquido en la voz.
Noté la mano de Philippe en mi cintura, tirando de mí.
Salimos del aposento real por una puerta distinta de la que habíamos entrado.
¿Cuántas formas había de llegar a aquella habitación?
Me sentí mareada; aún notaba la mirada airada de Louis clavada en mi espalda.
Había desafiado las normas de la corte. Y también había hecho lo correcto.
—Si seguís así, mi hermano… —murmuró Philippe, llevándome a rastras lejos de las habitaciones del rey. Estábamos en un pasadizo secreto, tan estrecho como solitario. Se detuvo, aún sin soltarme de la cintura—. No repitáis lo que acabáis de hacer nunca más.
—No lo haré, no quiero acabar arrestada por un mosquetero y arrojada a los calabozos.
—No es en los calabozos donde acabaréis si continuáis tratando a mi hermano así.
—¿A qué os referís?
Me miró con una intensidad que me dejó confusa. Fue a decir algo, luego cerró la boca y, al final, masculló una sola orden entre dientes:
—Id con la reina tal y como es vuestro deber.
Su tono autoritario me enfadó aún más.
—Vos no podéis darme órdenes.
—En realidad, sí que puedo.
Me solté de su agarre y me marché sin decir ni una palabra.
Quizá el enfado con Philippe me guiaba a través de los pasillos de Versalles, porque esta vez logré orientarme para encontrar los Apartamentos de la Reina al primer intento .
Ordené a la señora de Villena que preparase a la reina para su paseo por los jardines de inmediato.
Sus miradas de sorpresa y duda no me disuadieron y esperé de brazos cruzados durante una hora a que Elvira Villena la peinara y vistiera, mientras intentaba calmarme respecto a mi disgusto con el duque de Orleans.
¿Qué derecho tenía a darme órdenes? Ninguno.
Una vez que la reina estuvo lista, la acompañé a los jardines. Sus pasos titubeantes me recordaron a los de los marineros que pisan tierra firme por primera vez en meses.
—¿Puedo preguntar cuánto hacía que no salíais de vuestras habitaciones, majestad?
—No podría responderos con certeza. Puede que unos dos meses.
—Eso no es sano en absoluto. ¿Es el rey quien os mantiene ahí cautiva?
—No —repuso la reina, saludando a los nobles que nos cruzábamos, que parecían sorprendidos de verla poner un pie en los jardines. La señora de Villena nos seguía a pocos pasos por detrás—. El rey no es así. Jamás me ha prohibido moverme con libertad por el palacio.
—Ah —dije, intentando entenderla—. ¿Tenéis fobia al exterior?
—Más bien tengo fobia a la depravación que su majestad permite en esta corte.
—¿Qué depravación?
—Lo sabéis perfectamente, así como lo sabe toda Francia.
—Me temo que he pasado algún tiempo en el extranjero y no conozco los escándalos de Versalles tan bien como el resto de franceses.
La reina se detuvo en la Orangerie para observar los bonitos árboles frutales.
—No importa, mademoiselle Bechard.
—Llamadme Aurore, majestad.
—Gracias, Aurore —dijo la reina, tomándome de la mano mientras caminábamos entre los setos perfectamente recortados—. Sé que estáis haciendo todo esto por mí y por mi hijo. No sé cómo agradecéroslo.
—No es necesario que me agradezcáis nada, majestad. Solo quiero asegurarme de que tengáis la mejor oportunidad para un parto seguro y una recuperación completa. ¿Os habéis tomado el té que os mandé ayer?
Había desafiado las normas de la corte, ganando una pequeña victoria para la salud de la reina.
Me permití disfrutar de la satisfacción de haber hecho lo correcto.
Lo que no me permití fue pensar en las últimas palabras cruzadas con el duque de Orleans.
¿Dónde iba a acabar, según él, si seguía tratando al rey así?
Ya hablaría con Monsieur luego. Vaya si hablaría con él. Ahora debía centrarme en la reina.
—¿Bajamos hasta el Gran Canal, majestad? —pregunté, con ganas de volver a contemplar aquel precioso lago en forma de cruz.
—No. Ahí está cada mañana mi cuñado ejercitándose rodeado de sus… de sus… No me hagáis decirlo, Aurore —contestó María Teresa—. Prefiero estos parterres y el naranjal.
Así que nos quedamos dando vueltas en la parte superior de los jardines y, al final del paseo, la reina parecía más animada y revitalizada, cosa que me alegró.
Volví con ella a sus aposentos y le palpé el vientre.
Estaba más hinchada de lo normal y le pedí que intentara beber más líquidos, aunque no tuviera sed. Prometió hacerme caso.
—¿Os quedáis a rezar con nosotras?
Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no arrugar la nariz.
Los rezos y las iglesias me provocaban urticaria.
Mi relación con Dios nada tenía que ver con lo que proclamaban los curas desde los púlpitos, si bien sabía que no podía expresar libremente mis sentimientos religiosos.
Me vi obligada a acompañar a la reina y a su dama de compañía a su pequeña capilla privada para rezar con ellas y, tras todo aquel periplo, fui libre de hacer lo que me placía.
Aunque solo podía pensar en aquella frase de Philippe de Orleans que no hacía más que repetirse en mi cabeza:
«No es en los calabozos donde acabaréis si continuáis tratando a mi hermano así».