Aurore VI
M e levanté temprano, con el firme propósito de verificar si mis instrucciones para la salud de la reina y el buen curso de su embarazo se habían seguido al pie de la letra.
Estaba segura de que los galenos reales no estarían muy contentos al respecto, pero estaba ahí con una sola misión que pensaba cumplir lo mejor que pudiera y luego, sería libre de nuevo.
El final de mi condena llegaría en seis meses y no podía esperar a recuperar mi vida.
Apenas llevaba un día en Versalles y ya estaba agotada, a la defensiva y profundamente confusa.
Agotada de mantener una farsa, a la defensiva por las hirientes miradas que la favorita del rey me dedicaba y confusa por la extraña primera noche que había pasado en palacio.
Había soñado con Philippe y su amante, desnudos y envueltos en gemidos.
Hubo un momento en que no supe si estaba soñando o simplemente escuchando lo que ocurría al otro lado del corredor que separaba mi habitación de sus aposentos.
Me sacudí esos recuerdos de la mente. Lo que hiciese el duque de Orleans en su intimidad no me concernía para nada.
Tenía que centrarme en cuidar de la reina, en sobrevivir a los siguientes meses en Versalles y en olvidarme de lo que la mirada de Philippe y su voz despertaban en mí.
Ya me había sentido encaprichada de otros hombres en el pasado; se me pasaría más temprano que tarde. Solo tenía que mantenerme ocupada.
Caminé a través de los pasillos del palacio, saludando a los cortesanos que encontré en mi camino. La rigidez y la formalidad de la corte de Versalles eran aplastantes, al menos en apariencia, y me sentía como un pez fuera del agua en ese ambiente tan distinto a cuantos había conocido.
Tuve que preguntar un par de veces a los guardias que custodiaban cada puerta que cruzaba para lograr llegar a los Apartamentos de la Reina.
Pude escuchar abiertamente dentro de mi cabeza la risa sardónica de Monsieur cuando le contase que, de nuevo, me había perdido en los salones de palacio.
Quedaba claro que el sentido de la orientación no era mi fuerte, pero al fin logré llegar a mi destino.
—¡Buenos días, majestad! —saludé a la reina, que estaba reclinada en un diván. Iba aún vestida con su camisón de noche, aunque se había cubierto con un batín de seda y la señora de Villena estaba a su lado—. ¿Estáis lista para tomar aire fresco en los jardines, tal y como os prescribí?
Se lo dije con una sonrisa, mientras iba abriendo de nuevo las ventanas de la habitación, al igual que había hecho el día anterior.
Aquella estancia parecía estar siempre cargada con un aire estancado y pesado que en nada iba a beneficiarla.
Cuando terminé con aquella tarea, entró una brisa veraniega que me llenó de energía.
—¿Os referís a salir a los jardines? No creo que lo tenga permitido —respondió la reina.
—Se lo dejé muy claro al rey, majestad. Estar encerrada no os hace ningún bien. —Traté de mantener mi tono calmado, porque empezaba a imaginarme lo que habría ocurrido en mi ausencia.
La reina me miró con resignación.
—Los médicos de la corte han dicho que es mejor que descanse aquí, mademoiselle Bechard. Aseguran que el calor exterior podría ser perjudicial para mi condición.
Sentí cómo la ira empezaba a burbujear dentro de mí.
Había dejado instrucciones claras sobre la importancia de caminar al aire libre para mejorar su circulación y ánimo, y ahora esos estúpidos galenos, aferrados a sus anticuadas creencias, estaban poniendo en peligro tanto a la reina como a su hijo .
—Con todo respeto, majestad, esos médicos no entienden nada. El aire fresco y el ejercicio suave son cruciales para vuestra salud y para preparar vuestro cuerpo de cara al parto.
—No se puede contradecir a los galenos reales —intervino la dama de compañía.
—Señora, no hablo con vos —espeté y ambas se escandalizaron, pero estaba tan enfadada que no me importó. Louis me había obligado a vivir en Versalles para cuidar de su reina, ¿y ahora los galenos interferían en mis indicaciones? No lo iba a permitir—. Pero sí pienso hablar con su majestad el rey.
Aquello provocó la estupefacción más absoluta en María Teresa.
—Hablar con su majestad queda fuera de toda discusión y…
—Eso ya lo veremos —interrumpí a la reina, quien me miró con sorpresa ante mi firmeza, mas no dijo nada.
Estaba atrapada entre mis recomendaciones y las de los galenos reales y no parecía tener fuerzas para enfrentarse a nada ni a nadie.
¿Cuántos años llevaría viviendo así, en ese ostracismo servil?
—Voy a tratar con el rey sobre esto —anuncié—. Y lo voy a hacer ahora mismo.
No sabía dónde se hallaría el rey en aquel momento, pero iba a encontrarlo aunque me perdiese veinte veces por aquel maldito palacio.
Recorrí los pasillos de Versalles apresuradamente, mi mente centrada en la inminente confrontación que me aguardaba. Los cortesanos que me vieron pasar notaron mi expresión y se apartaron, murmurando entre ellos ante mis andares tan poco nobles.
Dejé atrás la Galería de los Espejos y crucé el Salón de la Guerra, uno de los pocos que reconocí.
Me tuve que recoger las faldas de aquel aparatoso vestido para ir más deprisa y seguí atravesando salones, justo cuando me encontré con Philippe en uno de ellos.
Se hallaba rodeado de un buen puñado de ujieres que atendían sus instrucciones.
Al verme pasar, furiosa, el duque de Orleans me atrapó por el brazo, deteniéndome:
—¿Mademoiselle Bechard?
Me solté, revolviéndome.
—Ahora no, alteza, tengo prisa —le dije, cuando me di cuenta de que él sabría dónde estaría Louis. Me volví antes de abandonar el salón y lo miré—. ¿Y vuestro hermano, dónde está? ¿Dónde está el rey de Francia?
Mi tono de voz escandalizó a los presentes, que empezaron a murmurar a mis espaldas. Philippe sacudió la cabeza, despidió a los sirvientes y se acercó a mí con el semblante serio.
—¿Para qué necesitáis al rey en este hermoso día?
—Para recordarle su compromiso para con la reina, alteza. ¿Y bien? ¿Dónde está a estas horas de la mañana? Vos lo sabéis, sois el maestro de etiqueta y protocolo.
—Es miércoles, así que estará reunido hasta la una con sus ministros en el Gabinete del Consejo.
—Estupendo.
Me giré de nuevo dispuesta a irme, cuando la voz burlona de Philippe me detuvo.
—¿Acaso sabéis llegar al Gabinete del Consejo?
—Sí, si vos me mostráis el camino.
Él resopló, molesto.
—Me vais a provocar una úlcera, mademoiselle Bechard.
—Puede que incluso dos si insistís en no mostrarme el camino.
Su segundo resoplido fue aún más molesto y a mí me dieron ganas de pisarle un pie. Todo cuanto había soñado aquella noche quedó reemplazado por el fastidio que su actitud podía llegar a provocar en mí.
—Seguidme.
—Os sigo.
Me fulminó con la mirada, tras lo cual echó a andar con enojosa parsimonia para evitar que yo echara a correr, obligándome a seguir su ritmo pausado.
—¿No podemos ir más deprisa ?
—Aquí tenéis la lección de etiqueta de hoy: una dama se mueve por los salones con gracia, no como un caballo desbocado.
—No soy una dama —murmuré.
—Está meridianamente claro que no lo sois.
Me llevó por no sé cuántos salones hasta alcanzar una puerta, tan dorada y recargada como todas, con el símbolo del Rey Sol en ella. Estaba custodiada por dos guardias reales, como la mayoría de puertas de la primera planta de palacio. ¿Cómo se suponía que iba a diferenciarlas? Era imposible.
—¿Es aquí?
—Sí. Os aconsejaría esperar a…
Sin dudarlo, me dirigí a la puerta dispuesta a llamar, pero los guardias cruzaron sus alabardas frente a mí, impidiendo acercarme más. Philippe suspiró a mis espaldas.
—Dejadla pasar —ordenó a los guardias. Estos titubearon solo un segundo, y luego volvieron a su posición inicial, no sin antes permitirme el paso.
Entré en el gabinete, furiosa.
—¡Su majestad, necesito hablar con vos ahora mismo! —anuncié, mi voz resonando en la habitación.
Los ministros situados alrededor de una gran mesa se giraron para mirarme con asombro.
Louis, sentado a la cabecera, me observó fijamente.
No me había parado a pensar que interrumpir una reunión del consejo era un acto temerario que podía costarme la vida, si el rey así lo quería.
Bueno, ya era demasiado tarde para recular.
—Mademoiselle, esto es altamente inapropiado —dijo uno de los ministros con censura.
—Lo que es inapropiado es que la salud de…
Philippe me interrumpió antes de que me pusiera en evidencia y se descubriera que yo no era una dama que se alojaba ociosamente en Versalles.
—Majestad, mademoiselle Bechard necesita reunirse con vos en privado. Se trata de un asunto de alta urgencia .
Louis cruzó una mirada con su hermano y luego, con un ademán de la cabeza, asintió.
—Si me disculpan unos minutos —se dirigió a su consejo, levantándose.
Sus ministros lo imitaron y se inclinaron ante él.
Salió por una puerta situada en la otra punta del gabinete y Philippe y yo fuimos tras los pasos del rey.
Al cruzar el umbral, me encontré en una habitación más preciosa que ninguna otra que hubiese visto antes y, por un momento, ante la opulencia que me rodeaba, olvidé lo que me había traído hasta ahí.
No me quedaron demasiadas dudas de dónde me encontraba: era el mismísimo dormitorio del rey. La chambre du roi .
La cama, situada en una plataforma elevada con barandillas doradas, era el punto más impresionante de la estancia.
El dosel ricamente labrado, envuelto en sedas azules ornamentadas con la flor de Lis, caía en suaves pliegues hasta el suelo.
Nunca había visto una cama tan imponente, tan enorme.
La que tenía en los aposentos de Philippe era ridículamente estrecha al lado de la de Louis.