Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe V
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Philippe V

L a luz de la luna se filtraba a través de las cortinas de terciopelo, acariciando las paredes de mi dormitorio, y el calor de la noche del verano que recién empezaba flotaba entre nosotros.

Tener a Thibaut a mi lado era un privilegio que Louis me permitía cada día de mi vida y no podía obviar que otros muchos con mis inclinaciones no podían amar con la libertad con la que yo me comportaba.

Podían haber habladurías y comentarios maliciosos en los salones, a mis espaldas o, como en el caso de Madame de Montespan, en mi propia cara, pero eso era todo.

Louis hubiera lanzado a los calabozos a cualquiera que se hubiese atrevido a molestarme.

No comprendía mis gustos personales, claro, pero sí entendía la urgencia del deseo, puesto que mi hermano también era esclavo de sus propias pasiones y jamás, en toda mi vida, me había cuestionado nada.

Solo me había pedido que cumpliera con mi papel de príncipe de Francia y que no fuera cruel con mi esposa.

A cambio, gozaba de su plena confianza y protección.

No era un mal intercambio, en mi opinión.

Deslicé una mano por la espalda de Thibaut, acariciando su piel.

Aquel contacto familiar era reconfortante.

El mero deseo físico que habíamos sentido al principio de nuestra relación había trascendido a algo más tierno.

Ahora, aunque disfrutábamos en la cama, ya no sentíamos aquella urgencia y, al menos yo, prefería pasar el tiempo charlando con él y con el resto de nuestros amigos.

Aún quería a Thibaut, si bien no como durante los primeros años en que nos conocimos.

La pasión se había evaporado, dando paso a una relación más calmada, más tranquila y estable.

Thibaut levantó la cabeza y sus ojos buscaron los míos.

A aquellas alturas, ya sabía que él me amaba mucho más de lo que yo lo amaba a él, del mismo modo que sabía que lo nuestro estaba a punto de llegar a su fin.

Estaba aburrido de él, de su conversación superficial, su amor por los cotilleos y su afán por gastar dinero de mi asignación.

—Te quiero tanto, Philippe —susurró Thibaut, acercándose más, buscando el contacto más estrecho posible—. Vivir a tu lado es un privilegio.

Le dediqué una sonrisa suave y genuina que reservaba para muy pocos.

—¿Pretendes enternecerme? —respondí, inclinándome para depositar un beso en su frente.

—Sé que hace falta mucho más que unas simples palabras para enternecer el corazón de Philippe de Orleans —murmuró.

Durante un rato, nos quedamos así, en silencio, simplemente disfrutando de la cercanía del otro.

Luego, sin prisa, nuestras caricias se intensificaron, volviéndose más urgentes, más necesitadas.

Dejé que sus manos exploraran mi cuerpo con una familiaridad que solo los años de intimidad podían cultivar.

Sus dedos se deslizaron por mi musculatura, sintiendo cada contorno, cada imperfección que hacían de mí un Philippe más humano, más real.

No había prisa en sus movimientos y yo me dejé querer una vez más por el que había sido mi amante en los últimos años.

—Cada día eres más bello. ¿Cómo lo haces? —preguntó, lisonjero.

—Deben ser las horas de instrucción con la espada.

—Siento celos de todos aquellos con los que luchas cada mañana.

—Solo son ejercicios, Thibaut.

—Cada uno de tus aduladores quiere meterse en tu cama.

«Y alguno de ellos lo consigue», pensé, aunque no lo dije en voz alta.

Thibaut ya sabía que, de vez en cuando, lo engañaba.

No podía evitarlo. Habíamos tenido monumentales peleas por aquel motivo, si bien siempre acabábamos haciendo las paces y él se limitaba a sufrir cuando yo me perdía en los brazos de otros.

Era un bucle sin fin, doloroso para ambos, pero que no parecíamos ser capaces de romper.

—Deja de pensar en eso y ven aquí —le dije.

Cuando entré en él, lo hice en un silencio contenido. No pude evitar recordar cómo, al principio, yo gozaba de murmurar obscenidades en su oído cuando hacíamos el amor, pero Thibaut no compartía esta afición conmigo y, tras unos cuantos encuentros, me pidió que no dijera esas indecencias.

—Una cosa es hacerlas y otra, hablar de ellas —me contestó cuando yo quise saber los motivos de su disgusto.

Thibaut aseguraba que no había necesidad de hablar en esos momentos, que nuestros cuerpos comunicaban todo lo que nuestros corazones sentían.

Para él, las palabras sobraban. Yo ya no me sentía así, pero me embargaba una profunda pena el solo hecho de pensar que nuestro fin estaba cada vez más cerca.

Cuando la pasión se hubo calmado y descansamos en la penumbra, Thibaut giró sobre su costado, mirándome con una expresión pensativa.

—¿Qué hubo entre mademoiselle Bechard y tú?

—¿A qué te refieres?

—He estado en varias de tus fiestas de Saint-Cloud, amor mío, y te he visto prodigar atención a contadas mujeres. ¿Fue Aurore una de ellas, una que yo no consigo recordar?

—No, nunca me acosté con ella. Fuimos buenos amigos —mentí, apartando la mirada de su rostro.

Thibaut era muy perspicaz cazando embustes, además de ser uno de los grandes cotillas de Versalles.

No quería arriesgarme a otro celoso enfado por su parte.

Ya había vivido demasiados y me incomodaban profundamente.

—Siempre me he preguntado algo —dijo, su voz suave en la quietud de la noche—. ¿Cómo se siente para ti?

—¿A qué te refieres?

—A acostarte con tu esposa cuando debes cumplir con tu deber marital.

Parpadeé, sorprendido por la pregunta. No era común que Thibaut mostrara curiosidad por esos detalles que iban ligados a mi papel como príncipe de Francia. De hecho, solía evitar referirse a Henriette y se limitaba a fingir que mi esposa no existía.

—Es diferente —respondí, tomando un momento para reunir mis pensamientos—. No creo que nadie disfrute verdaderamente cuando le obligan a compartir cama con alguien a quien no ama o desea.

—Sé que has estado con otras mujeres por placer.

—Hubo dos o tres muchachas cuando era muy joven y con ellas fue… agradable —admití, cauteloso ante su reacción.

Me abstuve de contarle que, en una ocasión, Louis y yo habíamos perseguido a la misma criada, cuando ambos éramos críos y nuestros cuerpos despertaban a las urgencias del deseo.

Ella había accedido a acostarse con los dos…

a la vez. Había sido indecente y muy divertido, si bien Louis no había querido hablar jamás de ello, por lo que ambos actuábamos como si aquella noche no hubiera ocurrido nunca.

—Empecé a preferir la exclusiva compañía de los hombres cuando preñar a Henriette se convirtió en un deber y una obligación.

—Pero las veces que disfrutaste… ¿Cómo fue para ti?

Me acomodé en la almohada, pensando en cuándo fue la última vez que me acosté con una mujer por puro gusto.

Busqué en mis recuerdos, hasta encontrar el de Mirella Tartaglia.

Una dama italiana bellísima y con una inteligencia tan despierta como la de un lince.

Sus ojos jamás habían buscado los de mi hermano, al contrario de la mayoría de damas recién llegadas a Versalles.

Mirella había ignorado al rey más allá de las requeridas formalidades y había buscado mi expresa y exclusiva compañía, un detalle que a Louis no le pasó en absoluto desapercibido.

Evoqué cuánto me hizo reír y lo mucho que hablamos durante aquel paseo nocturno en los jardines, hasta que nos detuvimos en el bosquete de Encélado.

Aprovechando que nadie nos veía, sonrió con picardía antes de besarme.

Me quedé tan sorprendido por el gesto como por la reacción de mi cuerpo ante aquel atrevimiento.

Lo hicimos ahí mismo, sin ninguna dulzura ni delicadeza alguna.

Hasta donde sé, ella quedó satisfecha y yo volví a los Apartamentos del Príncipe con una sonrisa.

Al día siguiente, Louis intentó cortejarla, quizá sospechando lo que había ocurrido entre ella y yo, pero Mirella declinó sus avances y abandonó la corte, marchando hacia su país poco después.

Louis no la tuvo y yo sí. Y aunque jamás habíamos hablado de ello, formaba parte de una rivalidad sana en la que siempre solía salir triunfante él. Excepto con Mirella.

Ella había sido mía y yo había sido suyo y aquel recuerdo permanecía vibrante en mi interior. No lo compartía con nadie, mucho menos con Thibaut. Le resultaba incomprensible que se pudiera encontrar placer en los brazos de una mujer.

—Sus cuerpos son distintos a los nuestros y deben tratarse en consonancia con esas diferencias. Es como acariciar una preciosa seda o zambullirse en un fresco estanque en una calurosa noche de verano —respondí, evasivo.

Thibaut asintió, sus ojos fijos en mí, escuchando con atención cada una de mis palabras.

—¿Y con un hombre?

—Con un hombre no es mejor ni peor, solo diferente.

—¿Y emocionalmente? —preguntó y noté los primeros conatos de celos en su voz.

Sonreí con suavidad, alcanzando su mano y entrelazando mis dedos con los suyos para tranquilizarlo.

—Hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer por el puro placer de hacerlo —dije, desechando el recuerdo de la dama italiana—. Mi hermano me impuso un matrimonio que no quería y me obligó a consumarlo con alguien a quien yo siempre había considerado una amiga, casi una hermana.

Miré nuestras manos unidas, sus dedos entrelazados con los míos. Recé para que cambiase de tema de una maldita vez.

—Nunca lo había pensado de esa manera —admitió Thibaut—. Para mí, estar con un hombre siempre ha sido una necesidad, un deseo que no puedo ignorar, pero a veces me pregunto si sientes que te falta algo. No puedo ofrecerte lo que una mujer podría: hijos, estatus, respetabilidad…

Apreté su mano con fuerza, forzando a Thibaut a mirarme a los ojos.

—Tengo dos hijas, tengo estatus y en cuanto a la respetabilidad, nunca me importó demasiado.

Haga lo que haga, siempre seré el duque de Orleans.

Tengo todo lo que necesito en la vida —mentí—.

No se trata de lo que podría tener con una mujer.

Se trata de lo bien que tú y yo lo hemos pasado juntos, ¿no crees?

Él no dijo nada. Había una sombra de duda en sus ojos que deseé borrar, pero sabía que no podría hacerlo. No cuando nuestro fin estaba tan cerca.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Alguna vez has tenido curiosidad por estar con una mujer?

Thibaut puso cara de asco.

—No. No sabría qué hacer con una de ellas. Creo que si, como a ti, me obligasen a casarme, no sería capaz de consumar el matrimonio —rio, ya despreocupado.

Entendí, en parte, aquella última afirmación.

Thibaut era el último hijo de una familia noble venida a menos, cuyos padres habían planeado para él el sacerdocio.

Sin embargo, escuchó hablar de mi residencia en Saint-Cloud y de la clase de vida que ahí se llevaba y se unió a mi camarilla sin pensar en las consecuencias que esa decisión tendría para su familia.

Para compensar a sus padres por aquella pérdida, le había concedido unas pocas tierras en el ducado de Anjou.

Desde entonces, Thibaut apenas se había separado de mí.

—Philippe —llamó mi atención.

—¿Sí?

—A tu lado, me siento lleno —declaró Thibaut—. No concibo otro hombre junto al que quiera envejecer.

Se inclinó y me besó, sellando su declaración con aquel gesto al que yo no supe corresponder de igual forma. No esperó de mí que le respondiera de la misma manera. Ya me conocía lo suficiente para saber que las palabras de amor no salían de mis labios con facilidad .

Me limité a abrazarlo, dejando que la quietud de la noche nos envolviera una vez más.

A medida que el sueño fue reclamando a Thibaut, no pude evitar sonreír al recordar la ferocidad avispada con la que Aurore había defendido mi honor frente a la favorita de mi hermano.

Sin poder evitarlo, mis ojos buscaron en la penumbra las paredes que me separaban de ella.

Y me descubrí deseando averiguar de qué nueva forma aquella mujer iba a conseguir exasperarme.