Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore V #2
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Aurore V #2

Philippe rio antes de ofrecerme su brazo y enseguida abandonamos los salones en los que se desplegaban las diversiones nocturnas de Versalles, por las cuales no sentía ningún interés.

Una cena con el rey y su favorita ya había sido agotadora.

No quería tener que lidiar más de lo estrictamente necesario con el resto de la corte.

—¿Así que habéis explorado el palacio por vuestra cuenta? —me preguntó el duque, una vez estuvimos ya a solas.

Cruzábamos corredores y cámaras en las que brillaban decenas de velas, iluminando el bello mármol del suelo y los exuberantes tapices y cuadros que decoraban cada estancia que dejábamos atrás. Mis ojos apenas lograban acostumbrarse a tanto lujo.

—He evitado los pasadizos ocultos, si eso es lo que os preocupa.

Philippe sacudió la cabeza y, al hacerlo, sus bucles oscuros danzaron al ritmo de las velas que iluminaban su rostro.

—Si tenéis la misma destreza para defenderos de los nobles depredadores que para enfurecer a Madame de Montespan, estoy seguro de que no necesitáis más mi protección, ma petite furie .

—Lo cierto es que, sin vos a mi lado, no habría nadie para irritarme y acabaría por aburrirme mortalmente .

Se inclinó hacia mi oído, tan cerca que su aliento se paseó por la piel expuesta de mi cuello.

Un escalofrío recorrió mi columna y me estremecí, atrapada entre la cercanía de su cuerpo y la intensidad de su mirada.

Pude sentir el calor de su presencia envolviéndome y un torbellino de emociones desconocidas se agitó dentro de mí.

El perfume suave y embriagador que llevaba, una mezcla de vetiver y algo más oscuro y salvaje, invadió mis sentidos por completo.

Su proximidad hacía que mi corazón latiera con fuerza; cada pulso desbocado resonaba en mis oídos como un tamborileo imposible de detener.

El susurro de su voz, tan cercano y tan privado, me hizo contener el aliento.

No quería que nada rompiera el hechizo que nos envolvía en aquellas estancias silenciosas y vacías.

—¿Es eso un cumplido, Aurore? —susurró, su voz rasgada, cargada de un tono burlón y seductor.

Mis labios se entreabrieron, pero no encontré las palabras.

La visión de su rostro me deslumbraba, tal como lo haría un rayo de sol a través de una nube de tormenta.

Sentía el calor de su aliento en mi piel y deseé más; por un momento tuve la sensación de que la atracción era palpable entre nosotros.

Hasta que recordé que Philippe de Orleans no sentía interés por las mujeres y me obligué a mantener cierta distancia.

No sé si lo conseguí del todo. El vino que había tomado en la cena me estaba jugando una mala pasada, sin duda. Me hacía sentir cosas que no podían ser de ninguna de las maneras.

—Tomadlo como queráis, alteza —respondí, tratando de mantenerme indiferente mientras una oleada de calor subía por mi cuello y se acomodaba en mis mejillas.

Philippe rio suavemente y se enderezó, mirándome con esa mezcla de diversión y altanería que tanto me desconcertaba.

—Me ocuparé de seguir irritándoos, pues.

Me acompañó hasta los Apartamentos del Príncipe, donde no supe cómo despedirme de él, quien aguardaba a que yo entrase en mi habitación con las manos tras la espalda.

Quería retenerlo a mi lado y no dar la noche por terminada para poder seguir hablando con él, por lo que me armé de valor: bien podía invitarlo a tomar una última copa de vino para continuar charlando con la excusa de seguir conociendo los complicados protocolos de Versalles, si bien no pude engañarme demasiado a ese respecto.

Una conversación con Philippe de Orleans era uno de los actos más apasionantes y excitantes que había experimentado en toda mi vida.

Fui a abrir la boca para realizar la invitación cuando una voz cantarina a sus espaldas me detuvo:

—Ah, amor mío, estás aquí.

Envuelta en mis propios pensamientos, no me había percatado de que la puerta situada tras Philippe, la que daba a las cámaras que precedían a su propio dormitorio, se había abierto.

De ella asomaba un agraciado rostro cubierto de bucles rubios, en el que destacaban unos ojos claros y una sonrisa alegre.

El duque de Orleans se hizo a un lado, un poco incómodo al ver que el hombre que lo aguardaba en sus aposentos iba vestido con solo un camisón de noche que le llegaba hasta los pies.

—Supongo que no es el mejor momento para presentaros, pero… Thibaut, esta es mademoiselle Bechard, la amiga de la que os he hablado.

—Un placer, querida.

—Lo mismo digo, señor Cailloux —respondí, balbuceando.

Este besó a Philippe en la comisura de los labios; un gesto íntimo que escondía un sinfín de promesas para la noche que ambos estaban a punto de compartir.

Incomprensiblemente, me sentí triste al presenciar aquel beso.

—¿Venís, amor mío?

—Enseguida —aseguró Philippe. Thibaut me dio las buenas noches con gentileza y regresó al interior de la cámara, sin cerrar del todo la puerta. Solo entonces el duque de Orleans se inclinó ante mí—. Dormid bien.

—Vos también, alteza —respondí, mi voz convertida en un susurro apenas audible .

Philippe no se movió, sus ojos fijos en los míos, y sentí como si el tiempo se detuviera.

La cercanía de su cuerpo, el calor que emanaba y el magnetismo de su mirada me tenían atrapada.

Todo mi ser y mi cuerpo eran plenamente conscientes de él, como si despertase en su presencia.

Me sentía incapaz de apartar la mirada de sus labios.

Alzó una mano y, con la punta de sus dedos, rozó mi mejilla. El contacto fue breve, pero encendió algo desconocido dentro de mí, que pronto se convirtió en una llama cuando sus dedos descendieron lentamente por mi cuello hasta detenerse en la base de mi garganta.

—Sobreviviréis a Versalles, pues sois más fuerte de lo que creéis —dijo, sus ojos ahora serios, penetrantes.

—Y vos sois más complicado de lo que aparentáis —contesté yo.

Una sonrisa lenta, casi pícara, se dibujó en sus labios.

—Eso, ma petite furie , es un secreto que puede que os deje descubrir.

Se inclinó un poco más, provocando que mi respiración se acelerara por su sola cercanía. Por un instante absurdo pensé que iba a besarme.

En lugar de eso, me susurró al oído:

—Buenas noches, Aurore.

La forma en que Philippe pronunció mi nombre hizo que un escalofrío recorriera mi espalda.

Su voz, suave y profunda, envolvía cada sílaba con una intimidad que me dejaba sin aliento.

Sus ojos azules parecían ver más allá de mis pobres defensas y yo me sentía incapaz de apartar mi vista de ellos.

Se alejó entonces de mí, dejándome con la sensación de haber sido tocada por una corriente marina, furiosa y desatada.

Apenas pude reaccionar y me quedé ahí, en silencio, intentando calmar el torbellino de emociones que había despertado en mi pobre y desarmado corazón.

Mientras cerraba la puerta tras él, me di cuenta de que había logrado desarmarme de una manera que ningún hombre había logrado antes. Y esa noche, mientras me preparaba para dormir, su nombre y su imagen se quedaron grabados en mi mente, haciendo que mis sueños estuvieran llenos de su presencia .

Unos sueños tan turbulentos y obscenos como la fama del propio Philippe de Orleans.