Aurore V
P alidecí al darme cuenta de que no conocía el protocolo para comer frente a un puñado de nobles.
Miré a Philippe en busca de silenciosa ayuda.
El duque de Orleans captó enseguida mi mirada y, con un gesto apenas perceptible, me indicó cómo tomar las piezas de comida con las manos, tal y como mandaba la norma: con el dedo medio, pulgar e índice.
Me sentí aliviada por tenerlo a mi lado.
No tenía ni idea de cómo debía beber o comer para no ofender a nadie.
La conversación en la mesa era un murmullo de voces refinadas que me esforcé en ignorar.
Me sentía demasiado abrumada por el interminable desfile de bandejas llenas de pasteles de pato, jabalí y pollo, además de las pequeñas tartaletas de foie gras y la crema de marisco que los sirvientes me ponían continuamente bajo la nariz.
No estaba acostumbrada a aquellos olores, mucho menos a los sabores fuertes de los platos de caza que tanto parecían gustar en la corte.
El rey, a la cabecera de la mesa rectangular que presidía el pequeño salón, observaba todo con su habitual aire de grandeza. Sentada a la derecha de Philippe, percibí la mirada del monarca posarse en mí mientras los sirvientes terminaban de servir el primer plato.
—Mademoiselle Bechard, quiero daros la bienvenida a Versalles. Nada me complace más que recibir a una amiga de mi querido hermano —dijo el rey, con un suave ademán, que yo correspondí.
—Es un honor estar en Versalles, majestad.
—A vuestra salud, mademoiselle Bechard — dijo el rey, levantando su copa y dedicándome una sonrisa que de inmediato tensó a Madame de Montespan, sentada a su izquierda.
—A la vuestra, majestad —respondí, inclinando ligeramente la cabeza de nuevo.
Recé para que la conversación se desviara de mi persona, pero estaba claro que el rey estaba disfrutando de aquella farsa ideada por él mismo, porque se dirigió a Philippe con una sonrisa.
—Hermano, contadme más sobre vuestra invitada de Saint-Cloud.
Philippe le devolvió la sonrisa sin inmutarse. Me miró primero, guiñándome un ojo para quizá intentar tranquilizarme, y luego se dirigió a la camarilla del rey, que aguardaba sus palabras como si no tuvieran nada mejor que escuchar mi supuesta y falsa historia.
—Majestad, Aurore es una mujer excepcional, tanto en despierta inteligencia como en experiencia vital.
Ha viajado por Europa en multitud de ocasiones, habla varios idiomas y tiene un descomunal talento para…
—Hizo una pausa dramática, mirándome de reojo con una sonrisa taimada— irritarme y divertirme a partes iguales.
Los nobles ahí reunidos estallaron en risas. Quise matarlo, de verdad que sí.
—Podría decir lo mismo de su alteza —dije, bebiendo un poco más de vino—. Su capacidad para resultar tan altanero como encantador fue lo que me hizo acercarme a él cuando nos conocimos en su palacio de Saint-Cloud.
—Mi talento para enervar no conoce fronteras, al parecer —añadió él.
—Ni mesura —repliqué yo.
—Debió ser un encuentro de lo más interesante entre ambos —comentó el rey, divertido ante nuestro cruce de frases—. Mi hermano es una persona fascinante, mademoiselle Bechard, y se suele rodear de personas igualmente… fascinantes.
—Yo no podría definir mejor a su alteza, majestad.
—Bebí más vino, deseando que Philippe se callase de una maldita vez.
¿Cómo podía sentirme a su lado tan segura cuando era capaz de soltar aquellas palabras que tanto me sacaban de quicio?
¿Por qué tenía ganas de arañarle la cara y, a la vez, de echarme a reír?
—¿Cómo fue tener a mademoiselle Bechard en Saint-Cloud, alteza? —preguntó uno de los nobles.
Intenté recordar quién era: el marqués de Guiscard, si la memoria no me fallaba.
Philippe me había soltado tantos títulos minutos antes que mi cabeza era un batiburrillo de nombres.
El marqués me miraba, interesado, y yo me sentí un poco incómoda ante tal interés.
Quise buscar la mano de Philippe bajo la mesa en busca de un ancla segura que evitase que se me llevase la corriente, pero supe que sería muy inapropiado por mi parte y me contuve.
—Fue una de mis invitadas más destacadas, sin duda —respondió el duque de Orleans.
—¿Una mujer, destacando en Saint-Cloud? —La voz de Madame de Montespan, que estaba sentada a la izquierda del rey, se elevó ligeramente—. ¿No es raro encontrar a una mujer en tal posición en vuestra pequeña corte masculina, Philippe?
—No lo es cuando la mujer en cuestión tiene la determinación y el talento para sobresalir —replicó Philippe con la voz endurecida—. Y, que yo sepa, no tenéis permiso alguno para llamarme por mi nombre.
La tensión pareció espesarse en el pequeño salón, especialmente cuando Madame de Montespan enrojeció de rabia por cómo Philippe se acababa de dirigir a ella.
Él parecía muy tranquilo. Claramente estaba acostumbrado a aquellas batallas dialécticas y sabía desenvolverse en ellas.
Yo, no. A pesar de todo, me obligué a mantener la cabeza alta, enfrentando las miradas inquisitivas de los presentes con una dignidad que apenas sentía.
—¿Y cómo es que habéis decidido venir a Versalles, mademoiselle Bechard? —preguntó el rey, inclinándose hacia adelante con interés—. ¿Echabais de menos la chispeante compañía del duque de Orleans ?
Tomé otro pequeño sorbo de vino antes de responder. Si continuaba bebiendo así, me emborracharía en mi primera noche en la corte, pero no podía evitarlo. Estaba histérica.
—Majestad, solo deseaba estar más cerca del Rey Sol. A poder ser, sin quemarme.
Los nobles rieron y el rey asintió, aparentemente satisfecho y divertido con mi respuesta. Esta vez pensé que de verdad la conversación tomaría otros derroteros alejados de mi persona. Volví a equivocarme. Madame de Montespan no parecía querer dejar de saber más de mí.
—Debe ser difícil llegar a una corte como esta, en la que no tenéis parientes o amigas.
—Oh, eso no me preocupa. Debido a mis continuos viajes, nunca he sido capaz de mantener amistades femeninas durante demasiado tiempo.
—Comprendo —asintió la dama con una sonrisa taimada—. Aunque supongo que su alteza, el duque de Orleans, bien puede considerarse más una amistad femenina que una masculina.
La tensión en el aire se hizo todavía más palpable ante el comentario venenoso de Madame de Montespan. Philippe levantó una ceja, manteniendo la compostura mientras todos los presentes observaban la escena con interés para ver quién iba a responder a aquella hiriente afirmación.
El duque de Orleans fue a abrir la boca para hacerlo, pero yo me adelanté a él:
—Madame —dije con una sonrisa helada—, vuestra observación es tan mordaz como punzante.
La amistad de Philippe de Orleans es mucho más interesante que cualquier camaradería que hayáis podido encontrar en esta corte y, a mis ojos, pocos hombres pueden rivalizar con su alteza en agudeza, ingenio y buen gusto.
Hubo murmullos alrededor de la mesa, algunos de aprobación, otros de sorpresa. La mirada de Philippe se desplazó desde Madame de Montespan a mi rostro. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no devolvérsela y mantenerla fija en la favorita del rey, que se había quedado sin saber qué decir.
Fue Louis quien rompió aquella tensión reinante, inclinándose hacia mí con una sonrisa pícara que me hizo enrojecer. Su ya de por sí evidente atractivo aumentaba considerablemente cuando sonreía así.
—Espero que yo sí pueda rivalizar con mi querido hermano en todos esos rasgos que tanto apreciáis en él, mademoiselle Bechard.
Aquella frase me tomó por sorpresa. Tuve que parpadear un par de veces para lograr centrarme en contestar al rey y en ignorar la mirada de Philippe en mí.
—Vos sois Apolo, majestad: ningún astro, por fulgurante y bello que sea, hace sombra al Rey Sol —respondí, sin comprometerme.
Louis sonrió solo para mí y levantó de nuevo la copa de vino, quizás para calmar las aguas antes de que la conversación se volviera demasiado hostil para todos.
—Mademoiselle Bechard, vuestra franqueza es refrescante. Estoy seguro de que encontraréis Versalles tan excitante como desafiante. Espero que os acostumbréis pronto a nuestra forma de vida.
—Gracias, majestad —agradecí, inclinando la cabeza con gratitud.
Philippe, quizás presintiendo que no lograría salir airosa de más preguntas comprometidas, guio hábilmente la charla lejos de mí, permitiéndome un respiro.
Con su habilidad para el ingenio y la conversación ligera, logró que el tema derivara hacia los últimos eventos de la corte y las intrigas políticas europeas que tanto daban que hablar.
Me centré en beber más vino e intentar comer algo. También me centré en ignorar lo que la cercanía del duque de Orleans provocaba en mí.
Cuando la cena por fin concluyó, los nobles se dispersaron para continuar con sus propias agendas de la noche.
La mayoría de ellos se desplazó a los salones nocturnos, en los que se bebía, se jugaba a los naipes y se escuchaba música, según me informó Philippe, aún sentado a la mesa. No parecía querer dejarme sola .
Se inclinó hacia mí, su rostro serio, con aquellos preciosos bucles oscuros destacando sobre su piel blanca.
—No teníais por qué defenderme así de Madame de Montespan.
—Ella tampoco tenía por qué hablar así de vos.
Nos quedamos en silencio, mirándonos, hasta que él carraspeó con cierta incomodidad.
—¿Deseáis que nos traslademos a los salones de juego? Su majestad no ha escatimado en gastos y podéis distraeros jugando a las cartas, al ajedrez o al billar.
—Lo cierto es que preferiría regresar a mi habitación, alteza. Ha sido un día muy largo y mañana quiero visitar a la reina a primera hora para cumplir con mi deber.
—Permitid que os acompañe.
—Os lo agradezco, porque esta tarde me he perdido unas cuantas veces.