Philippe IV #2
—Quiero que te encargues de organizar los divertimentos, al menos los de la primera semana que estén los nobles ingleses con nosotros. El resto se lo encargaré a Antoine de Lorraine.
—¿Alguna petición especial?
—No. Un baile de máscaras, una obra de teatro, lo dejo todo a tu elección. Cada acto debe reflejar exactamente lo que es Versalles: el centro del mundo civilizado. Así que debe ser por todo lo grande. Quiero que comprendan quién es el monarca más grande de Europa.
—Es decir, tú.
Volvió a ignorarme.
—Según mi servicio de espionaje en la corte londinense, uno de los nobles, un tal barón Oliver Ward, tiene tus mismos gustos personales .
Te acercarás a él y averiguarás cuál es el sentir de los ingleses respecto al conflicto que tenemos ahora mismo con las Provincias Unidas.
Temo que Charles quiera iniciar conversaciones con los holandeses para formar un frente común contra Francia.
Quiero saber qué es lo que se rumorea sobre ese posible cambio de bando entre los nobles.
Suspiré ante la sola idea de tener que cumplir con aquella misión.
—¿Puedo decir que sí a organizar tus fiestas y no a acostarme con un zafio inglés?
—No.
—¿Y si es feo?
—Entonces, dale la vuelta. —Esta vez, Louis sí que sonrió con picardía.
—¿Eso es lo que haces tú con Madame de Montespan cuando pone esa terrible cara de estar oliendo a estiércol?
—Puedes retirarte, Philippe.
Y eso hice, no sin advertir la sonrisa disimulada que se dibujaba en el rostro de mi hermano.
Mientras volvía a los Apartamentos del Príncipe, no pude evitar pensar en la misión que Louis me había encomendado.
Seducir a un barón inglés no me costaría demasiado y que hablase después de habernos acostado, tampoco.
Sabía bien que la lengua de un hombre se desataba tras haber descargado su entrepierna.
Eso era relativamente sencillo. Lo complicado sería evitar que Thibaut se enterase y me montase una escena, como hacía de vez en cuando con mis indiscreciones.
Era celoso hasta la náusea; normalmente se esforzaba en mirar hacia otro lado, pero de vez en cuando estallaba y teníamos una tremenda pelea que se traducía en un enfado de días, a veces semanas.
Desde luego, no apreciaba ese rasgo de su carácter.
Además, organizar tales diversiones se traducía en intensas jornadas de trabajo durante las cuales apenas podría ocuparme ni de Thibaut ni de Aurore.
No tenía claro cómo se desenvolvería esta última entre los tiburones de la corte.
Su temperamento podía ser un arma de doble filo en un entorno donde las apariencias y la sumisión eran valoradas por encima de la inteligencia y la habilidad.
No podía evitar ignorar aquel cosquilleo en el estómago ante la idea de volver a verla por la noche.
Hablar con Aurore era un soplo de aire fresco que no sabía que necesitaba de esa manera.
Llevaba tantos años sumido en la rutina de interpretar mi papel de príncipe de Francia, rodeado siempre de nobles cortesanos, amantes que iban y venían y aduladores que buscaban mis favores, que me había olvidado del gozo que podía hallar en una conversación inteligente y sagaz como la que había compartido con Aurore en los jardines de Versalles tan solo unas horas antes.
Decidí que lo mejor era mantenerse entretenido.
Pasé el resto del día hablando con los habituales proveedores de palacio.
Organizar fiestas y soirées implicaba un importante estipendio de dinero en cuanto a comida, velas y artistas, y si los nobles ingleses estaban a punto de llegar, no tenía demasiado tiempo que perder.
Comí solo en mis aposentos y me salté el habitual paseo vespertino, además de evitar los salones de juego en los que la corte solía dejar pasar las horas muertas de la tarde.
Thibaut, que disfrutaba enormemente de la vida cortesana y de mezclarse con el resto de nobles, refunfuñó un poco cuando le anuncié que aquel día se divertiría sin mí.
Solo volvió para cumplir con su deber de ayudar a vestirme para la cena.
—He oído en los salones que has disfrutado de una curiosa compañía esta mañana, amor mío —comentó con recelo, mientras me retocaba el jabot y lo decoraba con un broche de plata.
—Una vieja amiga de Saint-Cloud que viene a instalarse durante un tiempo en Versalles.
—He pasado largas temporadas en Saint-Cloud contigo y no recuerdo a ninguna mademoiselle Bechard.
—Eso es porque las mujeres no tienen el más mínimo interés para ti, Thibaut.
—¿Y para ti, sí? —inquirió, mirándome a través del espejo.
Ahí estaban: esos celos suyos que nunca terminaban de disiparse del todo.
—Soy capaz de apreciar su belleza y su gracia, si eso es lo que me estás preguntando.
—Sabes bien que no te estoy preguntando eso, pero no importa.
Te encanta guardar tus pequeños secretos y yo te lo permito.
—Me colocó bien las ondas de mi cabello para que cayesen sobre mis hombros.
Luego, me abrazó por la cintura—. ¿Me harás llamar esta noche a tu cama o dejarás que me enfríe a solas, en mi lecho ?
Sonreí a través del espejo. Thibaut era superficial y pomposo, pero también divertido. Su presencia casi siempre me resultaba agradable.
—Odio los lechos fríos —respondí, besándolo en los labios—. Ahora debo recoger a mi invitada.
—Te esperaré en la cama, pues.
Lo vi marchar en dirección a una de las cenas menores que se celebraban en palacio para aquellos nobles que no habían sido invitados a la mesa de Louis.
Al quedarme solo, me tomé un momento para mirarme en el espejo, para examinar el rostro que había llamado la atención de Aurore aquella mañana, por delante del de mi hermano.
Hacía tiempo que no me veía reflejado en los ojos de una mujer de aquella manera y no sabía cómo sentirme al respecto.
«No te engañes, Philippe: quieres volver a pasar tiempo a su lado. Te diviertes», me susurró una voz traicionera.
Con aquellos pensamientos confusos danzando en mi cabeza, llamé con suavidad a la puerta de Aurore. Margot fue quien me abrió.
—Mademoiselle Bechard está lista, alteza.
—Muy bien.
Vestida con un vestido de seda verde esmeralda que realzaba su figura esbelta y su cabello recogido en un elegante moño del que caían algunos bucles dorados, Aurore parecía estar cualquier cosa excepto cómoda en su propia piel. Y, a pesar de aquella incomodidad, estaba preciosa.
No era una mujer en especial voluptuosa; todo en ella estaba bellamente proporcionado —excepto aquella lengua suya que no parecía conocer el autocontrol ni la mesura—, y no pude evitar que mis ojos recorrieran la piel expuesta de su cuello, los pechos apretados por el corpiño y la constelación de pequeñas pecas que salpicaban sus mejillas apenas maquilladas.
Ella se dio cuenta de la forma en que mis ojos la observaban y se puso nerviosa.
—¿Qué miráis?
—A vos.
—¿No me tenéis ya muy vista?
—Teniendo en cuenta que hace menos de cuarenta y ocho horas que os conozco, no, mis ojos aún no os han aborrecido del todo.
—¿Ah, no?
—No del todo —le guiñé un ojo.
Sabía que atraeríamos todas las miradas durante la cena, no solo por la novedad de su presencia, sino también porque yo rara vez aparecía acompañado de una mujer. Solo de Henriette, si esta tenía a bien aceptar la invitación del rey para cenar. Y esto ocurría cada vez con menos frecuencia.
—¿Estáis nerviosa?
—¿Está nervioso un condenado a muerte cuando lo llevan al cadalso?
Aquello me hizo reír. Le tendí mi brazo, que dudó en tomar, hasta que con un suspiro resignado lo aceptó.
—¿Lista para vuestra primera aparición oficial en Versalles?
— Sacrebleu , no. Siento que estoy a punto de entrar a solas en un nido de serpientes.
—Lucís deslumbrante, mademoiselle. Mantened la cabeza alta y no os separéis de mí. Nada os ocurrirá —le aseguré y, antes de echar a andar, me incliné sobre ella—. Y no estáis sola.
Mientras la escoltaba por los interminables pasillos, notaba cómo su inquietud aumentaba conforme el murmullo de la corte se iba haciendo más audible.
—La costumbre es reunirnos antes de que aparezca su majestad —le susurré, sin detener mi paso—.
Tomamos unos refrigerios y algunas copas de vino previas a la cena.
Solo cuando llega el rey nos sentamos. Es él quien elige quién toma asiento en su mesa cada noche, mediante invitación previa.
El resto de la corte come en un salón adyacente al del rey o en sus propias cenas privadas.
—¿Vos también necesitáis invitación para sentaros en su mesa?
—No, yo no. Y mi acompañante, tampoco.
—¿Quién suele acompañaros?
—Mi esposa, Henriette, o bien Thibaut Cailloux.
—No recordaba que estuvieseis casado.
—¿Habláis de Henriette o de Thibaut? —bromeé yo, esperando escandalizarla, pero Aurore también rio.
—Supongo que de ambos —respondió ella, tomando aire—. Gracias de nuevo, alteza.
—Si continuáis agradeciéndome todo, me haréis sentir que soy una buena persona y eso sí sería, definitivamente, una faceta recién descubierta de mí.
Cuando entramos en el Salón de la Paz, todas las conversaciones cesaron al momento.
Los ojos de la corte se volvieron hacia nosotros.
Noté cómo Aurore se tensaba y mi mano buscó la suya.
Se la apreté durante un solo segundo antes de retomar mi postura.
Me dio las gracias con aquellos ojos suyos hechos de miel y, por un momento, olvidé dónde me encontraba.
Madame de Montespan, con su sonrisa pérfida, fue la primera en acercarse a nosotros. Seguro que ya le habían informado de la presencia de una nueva dama en Versalles y venía a evaluar la posibilidad de que fuese o no una rival para su privilegiada posición.
—¡Philippe! —exclamó, lanzando una mirada calculadora a Aurore.
A mí me irritó profundamente que me llamase por mi nombre.
Que se follase a mi hermano no le daba derecho a semejantes confianzas conmigo, pero en pos de la paz, lo dejé pasar esta vez—.
¿Y quién es esta encantadora criatura que traéis con vos?
—Madame de Montespan, permitidme presentaros a mademoiselle Aurore Bechard, una invitada muy especial de Saint-Cloud —anuncié, con una sonrisa que no alcanzaba mis ojos.
Madame de Montespan la evaluó con la intensidad de un depredador estudiando a su presa. Aurore, por su parte, mantuvo la compostura, devolviendo la mirada con serenidad.
—Un placer, mademoiselle Bechard —dijo la Montespan, finalmente—. Espero que encontréis Versalles de vuestro agrado.
—Gracias —respondió Aurore con elegancia—. Estoy segura de que así será .
Mientras avanzábamos por el salón, presentando a Aurore a los diferentes miembros de la corte, sentí una extraña sensación de protección.
Estaba manejando la situación con gracia, pero sabía que no siempre sería así.
Yo iba susurrando en su oído toda la información posible sobre cada nuevo noble y dama que se acercaba a nosotros.
—La señora viuda de Villena, dama de compañía de la reina e igual de piadosa que ella, ya la habéis conocido esta mañana.
El duque de Humières, muy desagradable, de la vieja nobleza francesa.
Mantenéos alejada de él. El señor de Claremont os pedirá dinero para perderlo a las cartas y jamás lo volveréis a ver.
La condesa Chilavert… disfruta de numerosos amantes jóvenes, la mayoría imberbes.
Es posible que en algún momento os invite a alguna fiesta privada.
En caso de que eso ocurra, no dudéis en pedirme que os acompañe o vuestra honra quedará hecha pedazos en una sola noche.
—¿Y eso no me ocurrirá durmiendo en vuestros aposentos, alteza? —replicó ácida Aurore, sin perder la sonrisa.
—Solo si vos así lo queréis.
Me dio un suave codazo que me hizo reír y a ella también se le escapó una sutil risa.
—¿Y vuestra esposa, alteza? ¿No nos acompaña esta noche?
—Me temo que Henriette prefiere últimamente la soledad de sus habitaciones. Suele aceptar la invitación del rey una vez a la semana, como mucho, y lo hace por mantener las formas.
—¿La echáis de menos?
—Solo como la buena amiga que una vez fue.
Se disponía a responderme cuando en ese momento apareció el rey y quienes habíamos sido elegidos para compartir su mesa lo seguimos, cruzando la Galería de los Espejos en dirección al Salón de la Guerra.
Aurore hizo cuanto pudo para no mostrarse impresionada mientras avanzaba de mi brazo a través de la extensa Galería de los Espejos, el lugar favorito de Louis, pero apenas lo logró y no la culpé por ello.
Todos cuantos ponían un pie por primera vez en aquel sitio se quedaban sin habla. Ella no fue una excepción.
Por el rabillo del ojo vi cómo su mirada se perdía en los espejos venecianos, en las arañas de cristal y en los candelabros de oro.
—A la luz del día es incluso más hermoso —le susurré.
—No lo dudo —me contestó, con la voz desasosegada por el lujo que la rodeaba y al que no debía estar en absoluto acostumbrada.
—Calmaos, ma petite furie , o me vais a romper el brazo si seguís apretándomelo así.
Me pidió perdón en voz baja, pero no aflojó la presión y se lo dejé pasar. Aquella sería una de las muchas pruebas de fuego que Aurore tendría que superar y, sin saber bien por qué, deseé que saliera airosa.