Philippe IV
E scolté a Aurore hasta sus aposentos y prometí recogerla a la hora de la cena para que no se enfrentara sola a su primer gran evento en la corte.
Había visto damas despellejadas por las habituales camarillas capitaneadas, normalmente, por Madame de Montespan.
Y todos los nobles se lanzarían sobre ella, aviesos de un nuevo rostro y un nuevo cuerpo.
Versalles era una corte profundamente endogámica en cuanto a escarceos amorosos se refería, por lo que la llegada de una nueva dama siempre era motivo para que un buen puñado de barones, condes y duques revoloteasen alborotados alrededor de la recién llegada.
Ni siquiera importaba demasiado si era bella o no.
La novedad era lo más excitante y debía reconocer que Aurore Bechard tenía un atractivo bastante único.
No me cabía ninguna duda de que su presencia causaría sensación entre la hastiada nobleza.
Cuando me despedí de ella, me encontré a Bontemps frente a la puerta principal de los Apartamentos del Príncipe, aguardando mi regreso.
—¿Qué ocurre ahora, Bontemps? ¿Ya habéis terminado de poner trampas para las ratas y ahora venís a alegrarme la tarde con vuestra presencia?
El ayuda de cámara de mi hermano me fulminó con la mirada, como era su costumbre. Estaba tan habituado a que me juzgara por todos y cada uno de mis actos, movimientos y decisiones, que molestarlo se había convertido en uno de mis mayores pasatiempos.
Bontemps había sugerido en infinidad de ocasiones a Louis que me alejase de Versalles por mis perversiones y mi hermano siempre se había negado en redondo a ello.
En primer lugar, porque su amor por mí era genuino, igual que el mío por él.
Disfrutábamos de nuestra mutua compañía en multitud de ocasiones.
Compartíamos el amor por el teatro y la danza y mis gustos personales no le molestaban demasiado.
No los aprobaba, claro, pero no intentaba hacer de mí alguien que yo no era.
En segundo lugar, permitir que me retirase a vivir a Saint-Cloud o al Palais Royal hubiera sido una muestra de debilidad como monarca, puesto que su intención era que todos los nobles de las casas de Francia vivieran en Versalles.
Era un mandato que no aceptaban de buen grado, pero no tenían más remedio que obedecer, lo que les obligaba a abandonar sus propiedades para trasladarse a la corte.
Louis no podía ni quería hacer una excepción conmigo, por mucho que yo le suplicase que me dejase ir.
Así que, en pago a esa decisión de Louis, yo importunaba a Bontemps a discreción siempre que tenía oportunidad.
—Alteza, su majestad os convoca en el Gabinete del Consejo.
—¿A mí, en el Gabinete del Consejo? —me sorprendí y luego me acerqué a Bontemps con una sonrisa taimada—. ¿Imagináis qué disgusto tendríais si, de repente, su majestad me nombrara ministro? Apuesto a que se os caería la peluca del espanto.
—Alteza, por favor.
—El hermano degenerado: Ministro de las Noches Corruptas de Versalles. Ese sí sería un título que recibiría gustoso —continué, cada vez más divertido ante la furia que invadía a Bontemps.
—Os ruego que toméis esto con seriedad, alteza —replicó Bontemps, esforzándose por mantener la compostura—. Su majestad os espera.
Suspiré, reconociendo que, por muy entretenido que fuera molestar a Bontemps, la convocatoria de Louis era algo que no podía ignorar, así que me dirigí hacia el Gabinete del Consejo, seguido de cerca por Bontemps.
Al llegar, los guardias abrieron las puertas y me permitieron entrar.
El aire en la sala era pesado, con el aroma de la cera de las velas y los documentos recién sellados.
Louis estaba sentado presidiendo la mesa del consejo de ministros, rodeado de mapas y papeles que insistía en examinar durante horas.
Levantó la vista al verme entrar y me ofreció una sonrisa que solo nosotros dos entendíamos completamente.
—Hermano, pasa, por favor —dijo Louis, sin levantarse para recibirme.
—A vuestro servicio, majestad —respondí, inclinándome en una reverencia exagerada que hizo que Louis soltase una risa sutil y que Bontemps resoplara de frustración ante mis continuas y descaradas muestras de insolencia.
—Tengo un asunto delicado del que quiero hablarte —dijo, haciendo un gesto para que me acercara a él—. Bontemps, podéis retiraros.
— Allez , allez , Bontemps —lo animé yo a irse. El ayudante de cámara me asesinó con los ojos una vez más antes de desaparecer—. Si las miradas matasen, yo caería muerto mínimo tres veces al día.
Louis rio, retirando los papeles y dejándolos a un lado.
—Disfrutas demasiado atormentando al pobre Bontemps.
—Reconozco que, de todos los privilegios que tengo como príncipe de Francia, molestar a Bontemps es uno de mis favoritos.
Mi hermano sacudió la cabeza, divertido.
—Siéntate, Philippe, y cuéntame cómo ha ido con mademoiselle Bechard. ¿Está convenientemente instalada en los Apartamentos del Príncipe?
Me senté frente a él en un escabel, notando el interés que tenía en aquella conversación.
—No le ha hecho precisamente ilusión tu idea de hacerla pasar por una dama, pero parece decidida a obedecerte y a cuidar de la reina.
—Bien. Es cuanto espero de ella.
—¿Sí? ¿Solo eso?
Louis se reclinó en su silla, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Sus ojos brillaban con una argucia que yo le conocía bien.
—Es una mujer, sin duda, interesante —respondió, diplomático.
—No tanto como Madame de Montespan —repliqué—. Procura que tu favorita no se percate del interés que Aurore te suscita.
—¿Y por qué debería importarme lo que Athénaïs crea?
—Sabes perfectamente que tu favorita es capaz de envenenar a cualquiera que quiera robarle su posición en tu cama, Louis. ¿Acaso no te ha empujado lejos de la duquesa de la Vallière y de Henriette a base de verter hiel en tus oídos?
—Creí que no te gustaba que profiriera atenciones a tu esposa.
—Me da igual a quién profieras atenciones. Henriette siempre te amó a ti, no a mí. Me tolera como esposo porque estar casada conmigo es lo más cerca que estará de tenerte a ti. Tú juraste amarla para siempre, por encima de todas y, sin embargo…
—¿Y, sin embargo…?
Negué con la cabeza, frustrado. ¿Es que nunca iba a admitir que la forma en que trataba a sus múltiples amantes era, cuanto menos, desconsiderada?
—Y sin embargo ahí la tienes, languideciendo por unas migajas de tu atención. Henriette te ha sido fiel siempre y, a diferencia de Athénaïs de Montespan, te hubiera amado indefectiblemente, fueras o no fueras el Rey Sol.
Mi hermano me miró, sin decir nada. Puede que apreciara los halagos hacia su persona, pero no era tan amante de que nadie le tirase en cara las verdades incómodas que había ido arrastrando a lo largo de su vida.
—Da igual. Le he prometido a Aurore protección en la corte. Cualquiera que intente dañarla, de la forma que sea, tendrá que responder ante mí —solté, enfrentándome a la mirada seria de Louis—. Y eso incluye a tu actual favorita, hermano.
—Cuidado, Philippe, o tu querido Thibaut podría pensar que querrías sustituirlo por mademoiselle Bechard.
Me eché a reír ante aquella disparatada idea, levantándome para irme.
—No te he dado permiso para retirarte —me detuvo Louis, sin levantar la voz—. Vuelve aquí.
Todo mi cuerpo se tensó como la cuerda de un violín. Me obligué a serenarme.
—Odio cuando te comportas como un rey y no como un hermano —me quejé, regresando al condenado escabel y sentándome de nuevo.
—De hecho, no te he mandado llamar para hablar solo de mademoiselle Bechard. Se trata de un asunto político.
Aquello sí que me sorprendió. Louis me mantenía convenientemente apartado de la política; esa siempre había sido su estrategia para que yo no tuviera aspiraciones al trono.
Mis únicas obligaciones reales como príncipe, como Monsieur , eran mantener un matrimonio de Estado y dar hijos a Francia, y ya había cumplido de sobra.
Nunca había asistido a un consejo de ministros, ni participado en campañas militares a pesar de las muchas veces que le había rogado a Louis que permitiera labrarme un nombre en aquel ámbito. Siempre me lo había negado.
Sospechaba, con razón, que Louis toleraba mis excentricidades y muestras públicas de afecto hacia mis amantes porque sabía que un príncipe como yo, superficial y extravagante, no le haría jamás sombra.
Así, no había peligro de que intentara disputarle la corona.
Ambos recordábamos cómo nuestro tío Gastón había conspirado con los grandes nobles del reino durante la regencia de nuestra madre, siendo Louis menor de edad, pocos años después de la muerte de nuestro padre, para arrebatarle el trono.
La existencia de esa misteriosa Nueva Fronda lo aterrorizaba, aunque jamás lo admitiría ni ante mí ni ante nadie.
¿Me había llamado para hablar de aquel rumor que crecía en las calles de París?
—¿Quieres mi opinión sobre Carlos el Hechizado?
—Sé cuál es tu opinión sobre Carlos el Hechizado.
—Antes preferiría follarme a Bontemps que volver a ver esa cara.
—Philippe.
—Y seguramente tú también lo preferirías.
—Solo es un niño.
—Ya se ve que no mejorará mucho con los años.
Con la cara apoyada en su mano derecha, Louis sacudió la cabeza .
—Se trata de Charles.
—Cómo no. Estaría bien que te buscases un nuevo enemigo con el que pelear hasta el aburrimiento, porque tu eterna confrontación con el rey de Inglaterra empieza a pasarse de moda.
Louis optó por ignorar mis salidas de tono, tal y como solía hacer cuando le interesaba.
—En un par de semanas recibiré la visita de unos cuantos nobles ingleses. Han solicitado detenerse una temporada en Versalles en su camino al arzobispado de Colonia.
—¿Con tan poca antelación?
—Sí. Imagino que querían tomarme por sorpresa y ver si soy capaz de ofrecerles una hospitalidad a la altura con este escaso tiempo de preparación.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?