Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore IV #2
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Aurore IV #2

—La primera planta está destinada a la Familia Real.

Su majestad os ha recibido en uno de sus aposentos privados, llamados los Apartamentos Reales.

Están situados en el centro del palacio.

A su alrededor residen la reina, en los Apartamentos de la Reina y sus favoritas.

También los Hijos de Francia, cuando visitan Versalles.

En el ala norte, pasada la capilla, se aloja el resto de nuestra familia sanguínea.

El ala sur me pertenece, en gran parte, a mí.

Podéis acceder a ella a través de la Gran Escalera de los Embajadores.

Si os perdéis, cosa que estoy seguro que sucederá más pronto que tarde, solo tenéis que preguntar por los Apartamentos del Príncipe.

—¿Qué hay en la planta baja? ¿Y en la de arriba?

—El resto de nobles de la corte. En la planta baja se alojan los de menor rango y en la de arriba, los más importantes.

—¿Y los sirvientes?

—En el Gran Común, donde están las cocinas y las despensas.

—¿No hubiera sido más sencillo alojarme ahí?

—En teoría, sí —me concedió Philippe. Lo miré de reojo. Su perfil era tan magnífico como todo él. Me encantaba la ligera curva de su nariz y la forma de sus labios, tan diferentes a los de su hermano—. Versalles está lleno de pasillos de servicio por los que los sirvientes pueden moverse para…

—...para evitar ofender a la corte —completé yo.

Philippe me observó y soltó un resoplido que no se molestó en disimular ni un ápice.

—Sí, hay imágenes que ofenden nuestros nobles ojos —dijo, mordaz.

—Puedo imaginarme cuáles.

—Os recomiendo que os mantengáis alejada de los pasadizos de servicio. Muchas damas han perdido ahí la honra, a veces contra su voluntad… o tal vez no tan contra su voluntad —añadió, con una sonrisa cargada de malicia.

Enrojecí ante lo que insinuaban sus palabras.

—¿Es cierto entonces que hay pasadizos secretos?

—Sí, muchos. Los diseñó su majestad.

—¿Y para qué necesita su majestad tantos pasadizos secretos?

—Su apetito suele despertar cuando cae la noche, si tenéis a bien comprender. Es un apetito que se satisface en la intimidad.

—¿Tenéis también vos vuestros propios pasadizos privados, alteza?

—¿Por qué queréis saberlo? ¿Deseáis que os visite en secreto en mitad de la noche, ma petite furie ?

Mi rojez llegó hasta las orejas, provocando la risa taimada del duque de Orleans.

Disfrutaba provocándome y, siendo honesta, yo también disfrutaba provocándolo a él.

Hablar con Philippe resultaba estimulante.

Gozaba de una mente ágil y rápida, capaz de replicar con una frase incisiva en pocos segundos.

Un rasgo de su carácter que apreciaba, aunque nunca lo admitiría frente a él.

Cuando abandonamos el palacio y salimos al aire libre, contuve el aliento.

Los jardines se extendían ante nosotros en toda su verde y abundante magnificencia.

Fuentes, estatuas y parterres se sucedían en un despliegue de lujo y arte que nunca parecía terminarse.

No daba crédito a tanta belleza y me detuve un momento, sobrecogida por la visión que parecía sacada de un cuento.

El duque de Orleans me permitió unos segundos de silencio para que mis ojos asimilaran lo que tenían frente a ellos y luego, con su habitual tono sarcástico, tiró ligeramente de mí para ponernos en marcha:

—Espero que disfrutéis del paseo.

—Oh, lo haré —respondí, mirando alrededor con auténtica admiración—. Y también espero que vos lo disfrutéis.

Él se rio suavemente, esta vez sin malicia, y juntos comenzamos nuestro recorrido por los espléndidos jardines de Versalles.

A aquellas horas la corte ya ocupaba gran parte de los caminos que se perdían en el vergel.

Todos aquellos que nos cruzábamos saludaban al duque de Orleans con respeto, pero también con una mirada de curiosidad que se posaba irremediablemente en mi persona.

Me pregunté si se debía a que el mío era un rostro desconocido para ellos o a que Monsieur no se dejaba ver demasiado en compañías femeninas. Quizá era por ambos motivos.

Él parecía inmune a todas aquellas miradas, como si llevase una coraza invisible bajo su preciosa casaca oscura. Lo cual me recordó una de las muchas dudas que debía despejar para enfrentarme a la vida en la corte.

—Las sirvientas que me enviasteis os llamaron Monsieur , aunque tío Lambert me aseguró que debería dirigirme a vos como alteza.

—Tradicionalmente, al hermano más próximo en edad al rey se le llama Monsieur . Muchos en la corte se dirigen a mí así, si bien cara a cara no lo hace nadie. Lo correcto es “su alteza” .

—¿Cómo os llama vuestro hermano?

Aquella pregunta lo desconcertó ligeramente, aunque disimuló bien la sorpresa. No dejó de caminar a aquel paso gentil y galante, que me permitía seguirlo sin pasar apuros por el aparatoso vestido.

—En privado, por mi nombre. En público, debemos ajustarnos al protocolo.

—Debe ser extraño tener que llamar a un hermano «majestad» o «su alteza» —comenté. Sentía su brazo tenso bajo mi mano, a pesar de las capas de ropa que nos separaban—. Disculpad mi intromisión. Sólo intento comprender el mundo en el que a partir de ahora voy a tener que moverme.

—Quedáis disculpada. Entiendo lo abrumadora que puede ser la corte para alguien que nada sabe de cómo moverse entre la nobleza.

—¿Tenéis algún consejo para mí?

—No confiéis en nadie, hombre o mujer. En Versalles no hay amistades, solo intereses. Los hombres se acercarán a vos buscando vuestros favores íntimos y las mujeres os verán como una posible rival.

—¿Como una rival? —pregunté, sin entender a qué se refería.

—Ser la favorita del rey es un honor al que todas las damas aspiran —se limitó a decir.

—No siento ningún interés en ser la favorita del rey.

—Una vez más, me temo que lo que sintáis o dejéis de sentir no tiene importancia alguna en la corte del Rey Sol. Llegado el momento, puede que se exija algo de vos que quizás no estéis dispuesta a entregar felizmente.

Me separé un poco de él para ahondar en aquellos dos ojos tan hermosamente azules, tanto o más que las aguas que surgían de las fuentes de Versalles.

—¿De qué habláis?

—De la profunda impresión que habéis causado en su majestad.

Quise engañarme, negarme a mí misma saber de lo que estaba hablando, pero no era una necia.

La fama del Rey Sol era bien conocida, así como sus apetitos más mundanos.

Como todas las mujeres francesas, sabía bien que si Louis XIV me convocaba a sus aposentos, yo debía acudir.

Sin embargo, tenía la vaga esperanza de que, habiendo damas tan bellas a su alrededor, mucho más experimentadas que yo, el monarca no se interesara en mí.

No era más atractiva que la mayoría de aristócratas que nos habíamos cruzado en nuestro paseo por el jardín.

¿Qué podía ofrecerle yo al rey que ellas no pudieran?

Intenté reprimir mi angustia. Philippe solo trataba de advertirme de una situación que podría —o no— darse. Se lo agradecí en silencio y no volvimos a hablar del tema mientras exploramos cada rincón de los jardines.

Me mostró la Orangerie , con sus hileras de naranjos y limoneros que llenaban el aire con un aroma fresco y dulce.

Los setos estaban recortados en perfectas formas geométricas, como conos, espirales o arbustos con forma de nube.

Luego descendimos en dirección a lo que él me informó que era la Avenida Real: una larguísima franja de césped que partía los jardines en dos y que llevaba al Gran Canal.

A medida que avanzábamos, el esplendor de los jardines de Versalles se desplegaba ante mis asombrados ojos.

Las fuentes brotaban con gracia, arrojando chorros de agua cristalina que brillaban bajo el sol.

Era un escenario que apenas parecía real.

—Es en verdad impresionante —dije, sin poder ocultar mi asombro por cada rincón que dejábamos atrás.

—Lo es —admitió Philippe. Su tono se había aligerado un poco conforme nos habíamos ido alejando de palacio—. Aunque, por momentos, parece más una prisión dorada que un jardín.

Su comentario me sorprendió. No esperaba que alguien tan acostumbrado al lujo pudiera sentirse atrapado por sus privilegios.

—¿Por qué lo decís? —pregunté, genuinamente interesada en su respuesta.

—Versalles tiene sus encantos, y también sus peligros —respondió Philippe, mirando a lo lejos—. A veces, la libertad que se obtiene fuera de estos muros es más valiosa que todo el oro y las joyas que pueda contener .

No fui capaz de añadir nada a aquella declaración.

Nos detuvimos frente a una de las fuentes más grandiosas, la Fuente de Latona, que representaba a la madre de Apolo protegiendo a sus hijos. El agua caía en cascada, creando un sonido relajante y cristalino. Una vez más no pude contener mi asombro.

—Esta fuente es una de las favoritas de su majestad —me informó Philippe.

—Es magnífica —coincidí, sintiendo un extraño consuelo en su compañía—. ¿Cuál es la vuestra?

—Cualquiera que esté lo suficientemente oculta y que ofrezca cobijo para menesteres más… privados.

De nuevo el calor subió por mis mejillas, lo que hizo reír al duque de Orleans.

—¿Vais a enrojecer cada vez que diga alguna impudicia? Porque si es así, os esperan seis meses de lo más agitados, ma petite furie .

Fui a contestar cuando una pareja de damas pasó por nuestro lado, cuchicheando; advertí cómo nos observaban descaradamente.

—¿La corte siempre os mira así?

—Sí.

—Sois el hermano del rey.

—También soy la honte du Roi Soleil .

—Sois arrogante, insolente y un verdadero incordio, pero no creo que seáis ninguna vergüenza. Ni para su majestad ni para nadie.

—Claramente no sabéis de lo que habláis, mademoiselle Bechard.

—Sí que lo sé. He conocido a otros hombres como vos.

—Permitidme que lo dude.

—Soy plebeya, alteza, pero he viajado y he visto mundo. Sé lo que hay ahí afuera, más allá de las fronteras de Francia.

—Algún día tendréis que hablarme de esos viajes vuestros, pues.

Rodeamos la Fuente de Latona y, entonces sí, iniciamos el descenso por la infinita Avenida Real. Pensé que a la reina le sentaría bien pasear por aquel hermoso lugar. Parecía sentirse muy desdichada allá, encerrada en una habitación oscura y mal ventilada.

—¿Conocéis bien a la reina María Teresa, alteza ?

Philippe pensó un momento la respuesta antes de ofrecérmela.

—Es una persona reservada. No disfruta de la vida de la corte, así como tampoco de las múltiples diversiones que Versalles ofrece.

Nunca ha hecho esfuerzo alguno en adaptarse a nuestros usos y costumbres, como ya habéis podido comprobar.

Se niega a hablar francés a no ser que sea absolutamente imprescindible, y no quiere otras damas de compañía aparte de la señora de Villena.

Juntas se pasan el día rezando, hasta donde yo sé.

Recordé las miradas que la reina había dirigido al rey mientras yo la examinaba.

—Parece amar mucho a su majestad.

—Lástima que el sentimiento no sea mutuo.

—¿No lo es?

—Es un matrimonio de Estado, como todos los de aquí. La reina María Teresa solo es reina de nombre. Pronto descubriréis que Madame de Montespan es quien gobierna el corazón del rey.

—¿Es su actual favorita?

—Por el momento, sí. —Clavó una mirada en mí que no pude y no quise descifrar—. Procurad evitarla si está en vuestra mano y no os enemistéis con ella. Todo cuanto tiene de bella lo tiene también de venenosa.

—Gracias por mis primeras lecciones como cortesana de Versalles —dije, no sin aprensión.

¿Cómo iba a sobrevivir ahí? Todo se me antojaba imposible de abarcar y comprender.

Matrimonios sin amor y reinas confinadas, amantes envidiosas y nobles depredadores.

Nada de eso me interesaba lo más mínimo, y aquel pensamiento me hizo sentir una profunda desdicha por un destino del cual no podía escapar.

Entonces, miré a Philippe, caminando a mi lado.

Habíamos llegado al Gran Canal, un vasto espejo de agua en forma de cruz que me enamoró al instante.

Nos detuvimos en la orilla para contemplarlo, aunque mis ojos preferían detenerse en el semblante del duque de Orleans y no en la belleza que creaba el reflejo del cielo en el agua .

—Sé que ahora mismo soy una carga para vos —dije, y su mirada se desplazó desde el Gran Canal hasta mi rostro, en el que pareció perderse durante un efímero momento antes de recuperar su habitual aspecto indolente—, pero os estoy agradecida.

Por los consejos, las joyas, los aposentos, pero sobre todo, por vuestra compañía.

Su confusión por aquella última declaración fue visible, aunque la enmascaró al instante.

—No hay de qué, ma petite furie .

—También os agradezco que hayáis accedido a mostrarme todo esto —continué—. No esperaba que fuera tan... impresionante.

Philippe no dejaba de mirarme, y su expresión se suavizó un poco ante mi cándida sinceridad.

—Este lugar es especial. Su majestad lo ama por encima de todas las cosas, incluido él mismo —dijo—. Tal vez, con el tiempo, encontréis vuestra propia razón para apreciarlo también.

—¿Habláis del palacio o de vuestro hermano?

Él me sonrió, pero no dijo nada. Creo que ambos conocíamos de sobra la respuesta a mi pregunta.

Nos quedamos en silencio por un momento, disfrutando de la tranquilidad del lugar.

Aunque el día había comenzado con tensión, ahora sentía una extraña paz, rodeada de aquel hermoso verde y las aguas cristalinas.

Tal vez, después de todo, Versalles no sería tan terrible como había temido y lograría sobrevivir a los seis meses que ahí me aguardaban.

Cumpliría con mi misión y luego regresaría a mi vida de plebeya, dejando atrás la corte y todas sus intrigas.

Por ahora, me contentaba haber descubierto un lado un poco más humano del duque de Orleans.