Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore IV
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Aurore IV

—Me niego. No voy a instalarme en palacio.

—Me temo que cuando su majestad ordena, vos obedecéis —replicó el duque de Orleans.

—Mi lugar no está aquí.

—Vuestro lugar está donde os mande vuestro rey.

Estaba furiosa.

Furiosa con él y con Louis, pero sobre todo con él, que me había arrastrado a aquel palacio sin que yo pudiera negarme.

Tras el reconocimiento a la reina, el duque de Orleans me había llevado aparte y me había anunciado que mi presencia era requerida en la corte y que, por lo tanto, debía instalarme en Versalles.

Como él mismo se molestó en explicarme con un deje de fastidio en la voz, me quedaría bajo su cargo y me cedería una de sus habitaciones.

Me había informado de ello en los Apartamentos del Príncipe, que le pertenecían para su uso privado.

En otras circunstancias, tal vez me hubiera sentido privilegiada de poder vivir rodeada de semejantes lujos, con una cama tan grande que podía cobijar a tres personas y unos preciosos tapices que representaban algunos de los más famosos mitos griegos.

Pero en aquel momento de furia, no aprecié el lugar que iba a ser mi casa —o mi jaula— hasta que la reina diera a luz. Eso significaba sobrevivir seis meses en Versalles, hasta diciembre.

El duque de Orleans también me reveló el plan del rey al completo, lo que no hizo más que aumentar mi ya monumental enfado.

Caminé por la estancia que me había asignado como un animal encerrado.

Traté de encontrar una salida, una excusa para evitar quedarme ahí, pero no había ninguna que pudiera servirme de nada.

—No es justo —dije, cruzando los brazos y mirando a Philippe—. No pertenezco a este mundo. Soy médica, no una aristócrata.

—Y es precisamente por eso que estáis aquí —respondió Philippe con una chispa de irritación en sus ojos por tener que lidiar con aquella situación—. La reina necesita vuestras habilidades y, os guste o no, esto es lo que se espera de vos ahora.

Suspiré, consciente de que no tenía más remedio que aceptar. Una orden del rey era inapelable y, aunque no me gustara, tendría que encontrar la manera de adaptarme a aquella nueva realidad que se desplegaba ante mí.

—Muy bien —accedí finalmente, resignada—, pero no esperéis que participe en vuestros juegos de poder. Estoy aquí por la reina, nada más.

Philippe negó con la cabeza.

—Me temo que tendréis que comportaros como una dama, aunque seáis de baja estofa.

—¿De baja estofa? —exclamé, ofendida.

Él me ignoró.

—Eso significa que os tendréis que adaptar al protocolo de Versalles.

—¿Al protocolo de Versalles? —volví a repetir sus palabras, como una tonta—. ¿Qué queréis decir con eso?

—Os lo iré explicando poco a poco para no avasallaros.

Para empezar, no podéis vestir… así —soltó, mirándome de reojo.

Juraría que había hecho una mal disimulada mueca de disgusto ante mi atuendo—.

Mandaré que os traigan vestidos enseguida, así como joyas y calzado.

También os asignaré una doncella para que se ocupe de vos en todo momento.

—No —me negué.

—¿No?

—No me vestiré de lo que no soy.

—¿Y qué sois, ma petite furie ?

—Alguien que no permitirá que la disfracéis para disfrute de la corte.

Él me miró, en silencio.

—Por favor, alteza —rogué, desesperada. Tuve el instinto de atrapar una de sus manos, pero lo evité—. Hablad con su majestad. Hacedle entrar en razón. Mi presencia en Versalles no es necesaria. Vivo en la villa, a pocos minutos de aquí. Os escuchará a vos; sé que lo hará.

—Mi hermano puede ser un hombre razonable, sin duda, pero en cuanto concierne a su sucesión, os aseguro que es tan regio como el trono sobre el que se sienta. No cambiará de opinión si con eso asegura su descendencia.

Me sentí absolutamente derrotada y, por primera vez en años, quise llorar. ¿Qué sabía yo de nobles y protocolos? No iba a sobrevivir en una corte tan envenenada como la de Versalles, donde solo importaban el poder y las apariencias. Y yo no contaba con ninguna de las dos cosas.

Por un momento creí que el duque de Orleans quería consolarme.

Que acariciaría mi mejilla con uno de sus dedos para infundirme valor, mas no lo hizo.

Aunque el azul de sus ojos, hecho de cielo de invierno, pareció mostrar algo relativamente parecido a la compasión.

Su voz se volvió de terciopelo durante un fugaz momento:

—Cumplid con vuestro deber y todo saldrá bien. Puede que yo no ostente ningún cargo político en Versalles, pero eso no significa que no pueda cuidaros. Estaréis bajo mi protección. Si alguien intenta aprovecharse de vos, tendrá que enfrentarse a mí.

Lo miré, sorprendida por sus palabras. Y cedí. ¿Qué otra opción tenía?

—Está bien. Fingiré ser vuestra amiga, una dama o lo que sea que se espere de mí. A cambio, quiero que cuidéis de que a mi tío Lambert no le falte nada.

—Su majestad se encargará de recompensarlo por vuestra ausencia, así como por vuestros fieles servicios .

—Y también quiero que me mostréis los jardines de Versalles. Ahora.

—¿Cómo decís? —se escandalizó él—. Tengo cosas mejores que hacer.

—No es cierto, no tenéis ningún cargo en la corte. Me lo acabáis de decir.

—¿Qué sabréis vos lo que tengo o dejo de tener?

—¿Me equivoco?

—Lo que yo creo que tenéis vos, ma petite furie , es una lengua muy afilada para vuestro propio bien —espetó, dirigiéndose hacia la puerta.

Me crucé de brazos sin dejar de sonreír.

—¿Eso es un sí?

—¿Un sí a qué? —se exasperó Philippe, volviéndose.

—A mostrarme los jardines de Versalles.

—Dios debe odiarme mucho… —murmuró el duque, alzando la vista hacia el techo antes de dirigirla hacia mí. Supe por sus ojos que yo había ganado aquella pequeña batalla—. Adecentaos como una dama y daremos un breve paseo por la Orangerie . Solo por la Orangerie .

—No, no solo por la Orangerie . Quiero ver todos los jardines. Y también las fuentes. Todas las fuentes.

—Estáis jugando con mi paciencia.

—Bien —repuse yo, muy satisfecha—. Así la vais ejercitando para los siguientes seis meses que vais a tenerme bajo vuestra tutela.

—Sois una mujer insufrible cuando queréis.

—Lo mismo digo, alteza.

Salió dando un portazo que a mí me sonó a himno glorioso.

Tan solo unos pocos minutos después, aparecieron un par de muchachas con vestidos, peines, zapatos, perfumes y joyas. Una de ellas, con el cabello castaño recogido bajo una cofia, me sonrió tímidamente. Se presentó como Margot.

—Mademoiselle, estamos aquí para ayudaros a vestiros adecuadamente para el paseo por los jardines, tal y como nos ha ordenado Monsieur —dijo en voz baja, temerosa.

—¿ Monsieur ? Creí que deberíamos dirigirnos a él como su alteza.

Las dos doncellas se miraron entre ellas, dubitativas. Supe que había cometido un error. El primero de otros muchos que sin duda le seguirían. Si fuera una aristócrata, sabría de sobra cómo dirigirme a Philippe.

—No importa. Y… gracias por vuestra ayuda —respondí, tratando de no parecer demasiado incómoda ante la perspectiva de vestirme como una dama de la corte.

Las jóvenes trabajaron con rapidez y destreza.

Mi humilde atuendo fue escondido en un baúl y reemplazado por un vestido de seda azul cielo con bordados plateados, ajustado perfectamente a mi figura gracias a un bonito corpiño que levantaba mi pecho y mostraba más piel de la que estaba acostumbrada a enseñar.

Margot recogió mis rizos rubios, que me llegaban por la cintura, en un elegante peinado que adornó con pequeñas cintas a juego con el color del vestido.

Me ajustaron bien el corpiño, me enfundaron en medias finas, me calzaron con suaves zapatos de seda y, cuando, tras lo que me parecieron horas, me permitieron mirarme en un espejo, apenas me reconocí a mí misma.

Aquella mañana yo era una mujer sin más preocupaciones que las de seguir formándome como médico y ahora tenía frente a mí a una falsa dama que se vería obligada a convivir con una corte de la que no sabía —ni quería— nada.

Un ligero suspiro se me escapó, tan derrotado como apesadumbrado. Las doncellas pusieron cara de terror ante mi rostro triste.

—Estáis preciosa, mademoiselle —dijo la otra muchacha que me había atendido, quizá creyendo que su trabajo no era de mi agrado.

Corrió a colocar alrededor de mi cuello un collar de seda azul del que colgaba una sola perla, además de dos pendientes de plata.

Imaginé que todo aquello saldría de la asignación real de Philippe y me dije que, a pesar de mi enfado, no debía olvidar mostrarle mi gratitud por aquellas joyas que debían valer cientos de francos.

—Gracias —repetí, aún procesando el cambio repentino y acariciando el collar de seda azul. Era tan sencillo como hermoso. Mi vanidad no pudo negar que nunca había estado tan bonita como en aquel momento, incluso con la derrota que mostraban mis ojos.

Cuando salí al encuentro de Philippe, lo encontré esperándome en el vestíbulo de los Apartamentos del Príncipe, impaciente y con las manos tras su espalda. Sus ojos se agrandaron ligeramente al verme disfrazada como una dama, aunque recuperó con suma rapidez su displicente compostura.

Decidí disfrutar de su fastidio y sacar algo de provecho de toda aquella situación:

—Vamos, alteza, que los jardines nos aguardan —dije con una sonrisa triunfante.

Philippe resopló, pero me ofreció su brazo con galantería.

Caminamos juntos por los salones y yo procuré recordar el recorrido de vuelta a la que ahora sería mi habitación.

Versalles era un sinfín de corredores y antecámaras, cada una semejante a la otra, y no tenía demasiado claro que fuera a ser capaz de orientarme.

El duque aprovechó aquel trayecto para darme mi primera lección sobre el palacio.