Philippe III #2
Louis parecía extasiado ante aquella criatura que persistía en su insolencia.
Aurore regresó junto a la reina y le pidió permiso para palpar su vientre. Al hacerlo, María Teresa hizo una mueca de dolor. La muchacha se mantuvo concentrada. Sus manos se movieron con suavidad y precisión, evaluando cuidadosamente el estado de la reina.
—Entiendo vuestro malestar, majestad. Es importante que descanséis y sigáis una dieta nutritiva, sin excesos.
Fruta fresca, carne blanca, abundante líquido.
También recomendaría paseos cortos al aire libre.
El aire fresco y la luz del sol harán maravillas por vuestro ánimo y vuestra salud.
Necesitáis un entorno saludable tanto para vos como para vuestro hijo.
—Pero… —dijo la reina.
—Yo estaré aquí para ayudaros en cada paso del camino —la interrumpió Aurore, con una calidez que iluminaba aún más la habitación—. Pero, por favor, no os sobreexijáis. Los nervios no son buenos para una madre gestante.
El rey se acercó al lecho para interesarse por las conclusiones de Aurore.
—¿Y bien, mademoiselle Bechard?
—¿Son vuestros galenos reales quienes han recluido a la reina en su habitación?
—Lo cierto es que…
—La falta de aire fresco y la reclusión solo agravan su estado —lo interrumpió a él también Aurore, saltándose el protocolo por completo una vez más. Casi me eché a reír al ver la cara de pasmo de mi hermano—. Debéis permitir a la reina permanecer más horas al aire libre.
—Nunca le he prohibido a su majestad la reina abandonar sus aposentos.
María Teresa pareció mortificada ante aquella conversación, por lo que decidí intervenir para aligerar la tensión. Louis valoraba mi opinión en ciertos asuntos y quizá este sería uno de ellos.
—Estoy seguro de que la reina hará lo que sea necesario para cumplir con su deber real, ¿no es así, hermano?
Louis asintió, aún estupefacto por la forma en que Aurore insistía en comportarse frente a él.
—Necesitaremos mantener una vigilancia constante sobre su majestad, especialmente durante las próximas semanas.
Hay signos de tensión en su vientre que no me agradan y deben examinarse con asiduidad —le informó Aurore.
Luego se dirigió a la reina—. Voy a dejar algunas instrucciones detalladas a vuestras damas y sirvientas.
Me aseguraré de que tengan todo lo necesario para cuidaros adecuadamente.
En caso de urgencia, no dudéis en mandarme llamar y acudiré tan rápido como me sea posible.
—¿Y cómo os llamáis? —preguntó la reina, aún confusa.
—Aurore Bechard, majestad.
—Dios os bendiga, pues, Aurore.
—Guardaos las bendiciones para de aquí a seis meses, majestad —sonrió la muchacha, apretándole la mano a María Teresa. Otro salto de protocolo. ¿Cuántos llevaba ya en apenas un rato?
Aquello hizo que Louis dejara de contemplar la escena y me hiciera un gesto para retirarnos a la antecámara de la reina. Obedecí, siguiendo sus pasos, y dejamos a las mujeres a solas.
—Quiero que mademoiselle Bechard se instale en Versalles hasta que la reina dé a luz. Quiero que la visite cada día. Quiero que, si ocurriese cualquier cosa, ella esté aquí mismo para tratarla.
—Bien — coincidí yo, que no entendía a santo de qué me informaba de eso.
Instalar a la muchacha sería trabajo de Bontemps, no mío—.
Aunque será todo un escándalo que pongas a Aurore a ejercer la medicina por delante de tus galenos reales aquí, en Versalles.
Te recuerdo que tú mismo lo prohibiste hace años bajo pena de…
Entonces Louis sonrió de aquella manera suya y yo dejé de hablar. Por descontado que él ya tenía un plan para enmascarar la presencia de Aurore en la corte. Louis siempre iba, como mínimo, un paso por delante de todos nosotros.
—Nadie sospechará nada si mademoiselle Bechard o… Aurore, como tú la llamas —dijo, con cierto tintineo risueño en la voz— es una invitada tuya a la corte, recién llegada de tu querido Saint-Cloud.
—Será una broma, Louis —exclamé, sorprendido por aquella inesperada petición.
—¿Cuándo he bromeado respecto a mi sucesión?
—Absolutamente nunca —coincidí—. Permíteme la osadía de poner en duda tu plan, pero debo recordarte que eres el rey de Francia.
—¿Y qué quieres decir con eso?
—Que podrías cambiar la ley hoy mismo y permitir que la muchacha no tenga que hacerse pasar por una dama. Incluso si no cambiases la ley y simplemente ordenases que toda la corte la tratase como un hombre, así se haría. ¿Por qué hacerla participar en semejante charada que solo va a traer problemas?
Mi hermano sonrió, astuto. Pronto comprendí el motivo de aquella sonrisa: aquel juego lo iba a divertir y distraer durante los próximos seis meses.
Probablemente, pensé, lo excitaba. ¿Hacer pasar a una plebeya por una aristócrata y engañar a toda la corte de Versalles?
Por supuesto que era motivo de infinito disfrute para él.
Y por supuesto que no se había detenido a pensar en lo que eso implicaría para Aurore.
—Tú, mi querido hermano, instalarás a mademoiselle Bechard en los Apartamentos del Príncipe. También te asegurarás de que esté cómoda y que se adapte a la corte de Versalles para no levantar sospecha alguna.
—¿Yo?
—¿Acaso no eres el maestro de etiqueta y protocolo? Pues actúa como tal con nuestra ilustre invitada.
No tuve ninguna duda de que Aurore no se iba a tomar nada bien aquella imposición, una que me obligaría a soportar su presencia en mis aposentos.
Algo me decía que uno de los dos acabaría por acuchillar al otro. ¿Quién daría la primera estocada?