Philippe III
C onocía a mi hermano mejor que a nadie en el mundo. Aunque su reputación era la de un monarca autoritario, tenía un gusto secreto por el ingenio y una inclinación hacia aquellos que mostraban una leve indocilidad, especialmente si esta provenía de una mujer hermosa.
Y Aurore Bechard, incluso en aquel vestido desarrapado y con aquel sencillo recogido, encarnaba esa belleza que él admiraba y por la que se dejaba seducir con increíble facilidad.
En medio del lujo recargado de Versalles, sin necesidad de ropajes costosos, perfumes exquisitos ni maquillaje elaborado, su encanto resaltaba aún más.
Aurore contaba con una naturalidad provocativa y un refrescante magnetismo que no podían comprarse.
Era precisamente esa autenticidad la que capturaba la atención de Louis, lo que lo atraía.
Con su inclinación por lo inesperado y su aprecio por la verdadera esencia de las personas, no podía evitar sentirse fascinado por ella.
Vivíamos en un mundo donde la apariencia lo era todo, por lo que Aurore representaba una verdad innegable: la auténtica belleza era innata, imposible de manufacturar o falsificar.
Y con una mirada compartida, Louis me había confirmado lo que yo ya había sabido desde un principio: se iba a encaprichar de Aurore.
Había observado cómo ella contemplaba a mi hermano.
Estaba más que acostumbrado a aquellas escenas que se repetían cada vez que ponían a una dama frente a Louis.
El objetivo de todas y cada una de ellas era conquistar el corazón del rey.
Al fin y al cabo, convertirse en su favorita era un privilegio en Versalles, uno que llegaba con poder, estatus, títulos y riquezas.
Sin embargo, la mirada de Aurore pronto había abandonado la figura de mi hermano para detenerse en la mía.
Sus ojos áureos se habían clavado en los míos.
Aquello sí era nuevo, pues prácticamente ninguna dama de la corte sentía el más mínimo interés por mí.
No podía ofrecerles poder de ningún tipo y, además, mi reputación de degenerado libertino las solía repeler.
Caminé tras los pasos de Aurore mientras nos dirigíamos a los Apartamentos de la Reina.
Me fijé en los bucles dorados que llevaba sueltos sobre su nuca, en la piel blanca y suave de su cuello.
Mis pensamientos se debatían entre la curiosidad y la perplejidad.
¿Qué era lo que había visto en mí que había capturado su interés, más que la presencia del Rey Sol?
No parecía afectada por mi infame reputación, que sin duda habría llegado a sus oídos.
Tal vez veía más allá de las habladurías, o quizás simplemente no le importaban.
De cualquier manera, su atención me intrigaba y me desarmaba a la vez.
Sentía desconcierto ante aquella mirada intensa que se había detenido en mi rostro, y esa era una sensación que no experimentaba a menudo en un lugar donde todo era calculado, en el que las relaciones se medían por aspectos muy distintos a los que podían mover el interés de Aurore en mí.
Me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, me había sentido no como el libertino de la corte, sino como un hombre capaz de despertar fascinación por sí mismo.
Una sensación también nueva, desconcertante para mí.
Ella, que andaba tras los pasos del rey, desaceleró su caminar hasta ponerse a mi altura. Sus ojos, fijos en los míos, estaban repletos de una furia que no hacía más que divertirme.
—Vos —susurró con una voz suave pero firme, rompiendo el silencio que se había tejido entre nosotros—. Pagaréis por haberme metido en este lío.
—¿Y cómo me lo haréis pagar, ma petite furie ? —repliqué en el mismo tono.
Louis, girando sobre sus pasos, nos hizo callar con una simple mirada y se detuvo frente a la puerta de la cámara de la reina.
—Estoy convencido de que cualquier conversación que queráis mantener con el duque de Orleans puede esperar hasta después de la visita a la reina, mademoiselle Bechard.
—Sí, majestad.
La mirada de Louis pasó de Aurore a mí, llena de censura. Y yo, sin saber por qué, me sentí cazado. Luego, su atención regresó a la muchacha.
—La reina María Teresa habla poco y mal el francés, mademoiselle —la informó.
—No es problema, majestad. El español es uno de los idiomas que aprendí tras vivir un año en Madrid.
Louis pareció complacido ante ese hecho. No era común que una plebeya supiera hablar en otro idioma que no fuera el suyo materno.
—Bien. Mi esposa aprecia a cualquiera que sepa desenvolverse con soltura en su español natal.
Resoplé ante eso. María Teresa no era querida en la corte por muchos y variados motivos.
Uno de ellos era aquella tozudez de no querer usar el francés, a no ser que no le quedase otro remedio.
Me preguntaba a menudo cómo hubiera sido su matrimonio si Louis no hubiera tenido una comprensión básica del español.
Seguramente, mucho peor de lo que ya era.
Al entrar en la cámara donde vivía recluida la reina, una tufarada de aire enrarecido me golpeó la nariz.
Hacía meses que no me cruzaba con ella —María Teresa no era amante de prodigarse por la corte de Versalles y, por ende, tampoco de mi presencia pecaminosa— así que me sorprendió ver el aspecto desmejorado de la esposa de Louis.
— Sacrebleu —exclamó Aurore y, sin aguardar indicaciones de nadie, se dirigió a las pesadas cortinas que dejaban la habitación en penumbra y las corrió de golpe, una a una, para luego abrir el ventanal y dejar que aquella atmósfera viciada se ventilara—. ¿Quién ha ordenado sofocar a la reina?
Tampoco esperó respuesta a aquella pregunta. Se encaminó al lecho de una sorprendida María Teresa. Estaba claro que no sabía que Louis había mandado a buscar a un nuevo galeno ni, mucho menos, que este se tratase de una mujer.
La dama de compañía de la reina, la señora viuda de Villena, se escandalizó ante la energía de Aurore.
—¿Quién osa perturbar la paz de su majestad? —exclamó, apartando su labor de costura e intentando interponerse entre la reina y la recién llegada.
Vi cómo Louis ponía los ojos en blanco. No soportaba a la señora de Villena ni toda la mojigatería que la rodeaba y, siendo sincero, yo tampoco.
Un par de años atrás, tras un baile en el que me embriagué hasta el extremo, le insinué a Elvira Villena que podría follar con ella en los pasillos de servicio si me ponía una venda en los ojos para no verle la cara de amargada.
Me gané una bofetada de la señora y provoqué la risa de mi hermano, quien tuvo que reprenderme por mi libertinaje mientras intentaba contener las carcajadas.
Desde entonces, aquella española con alma de monja me odiaba.
Quizá se había quedado con ganas de fornicar conmigo y no quería admitirlo ante nadie.
Aquel incidente, claro está, no había hecho que la estima de la reina por mí creciera lo más mínimo.
Aurore no pareció intimidada por la presencia de la viuda, a quien apartó sin demasiadas contemplaciones para dirigirse directamente a María Teresa.
—¿Cómo os encontráis, majestad? —preguntó en un más que decente español, con un deje de ternura en la voz.
La reina parpadeó confusa al escuchar a aquella muchacha hablar en su propio idioma. Respondió con apenas un murmullo:
—Cansada y dolorida.
—Su majestad me ha informado de que estáis encinta. ¿Puedo preguntar de cuántas semanas?
—Unas doce semanas.
—¿Y os duele?
La reina asintió, aún dubitativa, desplazando su mirada desde Aurore hasta Louis, quién contemplaba la escena en silencio.
—¿Dónde? —continuó Aurore.
María Teresa hizo una mueca de dolor mientras se tocaba la parte baja del vientre.
—Aquí. Es un dolor constante, punzante. También tengo molestias en la espalda y siento náuseas todo el tiempo.
Aurore asintió y su expresión se suavizó mientras colocaba una mano reconfortante sobre la de la reina.
—Entiendo, majestad. Vamos a ver qué podemos hacer para aliviar vuestro malestar.
—Esto es una falta completa de protocolo y… —empezó a protestar la señora de Villena.
Esta vez Aurore no la ignoró. Le ordenó que trajera agua fresca de inmediato, sin preocuparse de la presencia real a quien debía obediencia. Mientras tanto, yo observaba cómo tomaba el control de la situación con una confianza inquebrantable.
Elvira Villena resopló antes de moverse y miró al rey.
—Obedeced, señora —le indicó mi hermano, con una media sonrisa.
Me aguanté la risa cuando la mujer salió airada de la cámara y regresó al cabo de un par de minutos con una jarra de agua y una copa, que entregó a Aurore de malas maneras. Esta llenó la copa y se la puso en las manos a la reina.
—Majestad, primero, debéis hidrataros adecuadamente —dijo—.
También os prepararé una infusión que os ayudará con las náuseas y el dolor.
Además, necesitáis descansar en una posición más cómoda.
Con vuestro permiso, voy a ajustar los cojines, que iremos cambiando conforme vuestro vientre se vaya abultando.
María Teresa asintió débilmente. Sus ojos reflejaron alivio.
Mientras Aurore trabajaba, pude ver cómo la reina comenzaba a relajarse, como si la sola presencia de aquella desconocida tuviera un efecto calmante en ella.
La forma en que manejaba la situación, combinando su conocimiento médico con una sensibilidad humana, era algo que rara vez se veía entre los galenos reales.
Mis ojos se desplazaron de la escena hacia la luz del sol que se colaba por las ventanas abiertas, bañando la habitación en una calidez que contrastaba con el aire enrarecido que antes dominaba el ambiente. Lo consideré una buena señal, sin saber por qué.
Entonces, Aurore me sorprendió una vez más. Después de asegurarse de que la reina estaba más cómoda y con menos dolor, se volvió hacia el rey con una mirada que parecía atravesar las paredes.
—Un embarazo no es ninguna enfermedad, majestad, si bien a veces puede complicarse —dijo, a modo de única explicación.