Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore III #2
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Aurore III #2

Al decir esto, Louis cruzó una mirada cómplice con Philippe.

Esta vez, la sonrisa del duque de Orleans sí llegó a sus ojos.

Pensé fugazmente en todas las veces que había escuchado a la gente llamarlo la honte du Roi Soleil .

Louis tenía que saber por fuerza que, tanto por el vulgo como por la corte que lo rodeaba, su hermano era denominado así.

Sin embargo, aquel desafortunado sobrenombre no parecía afectar la estima que el rey profesaba a Philippe, algo que me sorprendió.

Por todo el continente se rumoreaba de los continuos enfrentamientos entre ambos hermanos reales, pero, a juzgar por aquella mirada cómplice que compartieron ante mis ojos, el sentimiento de afecto era mutuo.

No pude menos que advertir que la relación entre los hermanos desafiaba las convenciones de la corte y los susurros maliciosos de la que esta se nutría.

Aquel momento, lleno de connivencia y de respeto afectuoso, revelaba ante mí una faceta más íntima del poder real.

Quizás, en aquel reino de lujo y opulencia, los lazos sanguíneos podían ser más sólidos y profundos que cualquier comentario despectivo o etiqueta hiriente.

Ese pensamiento hizo que sonriera ampliamente al rey que había solicitado mi presencia.

—Un hombre lo suficientemente grande como para admitir sus errores también es lo bastante sabio como para aprender a sacar provecho de ellos, majestad —le respondí a Louis.

La mirada del rey aún pareció más divertida ante aquella contestación ligeramente desafiante.

—Bontemps —se dirigió al hombre que nos había recibido en primer lugar—, llevaos a Lambert Bechard y ofrecedle un refrigerio en este día de intenso calor.

—¿Majestad? —pareció dubitativo el tal Bontemps.

Sentí los ojos de ambos hermanos clavados en mí como brasas ardientes. Rogué a Dios que no me dejase a solas con ellos dos, pues estaba segura de que diría algo fuera de lugar que me haría caer en desgracia si no estaba presente mi tío para amonestarme.

—Haced lo que os digo, Bontemps.

El hombre inclinó la cabeza y tío Lambert, pálido, se vio obligado a abandonarme en la sola presencia del rey y del duque de Orleans.

A juzgar por la última mirada de reojo que me lanzó, mi tío estaba plenamente convencido de que me iba a meter en un buen lío si no contaba con su supervisión. Yo estaba de acuerdo con él.

Cuando los guardias cerraron la puerta y nos quedamos los tres a solas, Louis tomó asiento en la preciosa silla de terciopelo rojo que ejercía de trono, en la que se reclinó con cierto relajo. Philippe permaneció de pie, a su lado derecho, con las manos entrelazadas a su espalda.

—El duque de Orleans quedó francamente impresionado por sus conocimientos, mademoiselle Bechard. Y creedme, no es fácil causar tal impronta en mi hermano —dijo Louis.

—Me alegro. Deslumbrar a nobles no fue para lo que me educaron, así que supongo que es un destacable logro haberlo conseguido —respondí, sin moverme del sitio.

Esta vez, en aquel ambiente más íntimo, el rey rio, alegre. A Philippe se le levantaron las comisuras de los labios al escuchar el sonido de la risa de su majestad.

—Sin duda, lo es —me concedió Louis—. Os he mandado llamar por una razón que, por el momento, deseo llevar con cierta discreción.

—Vos diréis, majestad.

—La reina está encinta, mademoiselle Bechard, y a juzgar por sus alarmantes síntomas, no parece seguro que vaya a lograr llevar el embarazo a buen puerto.

Ya le ha ocurrido antes. Los galenos reales la han examinado y le han prescrito los mismos remedios de siempre, que no fueron de ayuda alguna en el pasado.

Estoy dispuesto a considerar una alternativa a los conocimientos de mis médicos.

Parpadeé, intentando comprender lo que me estaba comunicando.

—¿Y esa alternativa soy… yo?

—Según me ha contado mi querido hermano, vos misma declarasteis haber asistido en un buen número de embarazos y partos, ¿no es así?

—Sí —mascullé, fulminando con la mirada a Philippe de Orleans, quien esbozó una leve sonrisa sardónica ante mi mal disimulada furia.

—En tal caso, sí, sois esa alternativa. ¿Aceptáis tratar a la reina?

—¿Aceptar tratar a la reina? —repetí como una idiota.

Presentía que estaba a punto de perder las riendas de mi destino sin que pudiera hacer nada para remediarlo. Me sentía tan confusa como enfadada por verme envuelta en un asunto que no deseaba que formase parte de mi vida.

—Primero quiero que vayamos a verla. Luego, podréis aceptar o no mi oferta.

—¿Ahora?

—¿Acaso tenéis algo mejor que hacer, mademoiselle Bechard, que servir a vuestro país?

Miré al duque que me había traído hasta aquel lugar traicionero. Philippe me devolvió la mirada, aparentemente sin inmutarse, pero en sus ojos leí que se estaba divirtiendo de lo lindo con mi palpable incomodidad. Ladeó la cabeza, con un deje de incitación en sus ojos azules.

Un gesto que provocó que me ardieran las mejillas.

—¿Y bien? —exigió saber el rey.

—No, majestad, será un placer resultar de utilidad al reino de Francia.

«Maldita sea», pensé una y otra vez, mientras nos dirigíamos a los aposentos de la reina.

Todo aquello era culpa de Philippe de Orleans.