Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore III
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Aurore III

H abía evitado acercarme al palacio desde que nos habíamos trasladado a Versalles, si bien debía admitir que me despertaba gran curiosidad.

Buena parte de la villa vivía gracias a los trabajos de construcción y ampliación que se estaban dando en Versalles. La mayoría de obreros y jardineros con los que había entablado conversación me hablaban de lo magnífica que era la residencia del Rey Sol.

Me negaba a creer aquella palabrería sobre tanto lujo desmedido.

Había visto lugares increíbles a lo largo y ancho de Europa, difícilmente imaginables por la mente humana, así que no era una chiquilla impresionable, mucho menos por el palacio de un rey cuya ambición no parecía conocer límites ni fronteras.

Sin embargo, cuando tío Lambert y yo nos encontramos frente a los portones dorados de Versalles, no pude menos que contener el aliento.

La grandiosidad del lugar superaba incluso las descripciones más entusiastas que los aldeanos habían pronunciado cuando acudían a beber a la taberna y el licor les soltaba la lengua.

Los portones resplandecían deslumbrantes bajo el sol, ricos y majestuosos.

A medida que nos acercábamos a la entrada principal, los detalles se volvían más nítidos y más hermosos: las intrincadas tallas doradas, las impolutas baldosas de mármol, los hermosos ventanales.

Se decía que los jardines, situados en la parte posterior del palacio, se extendían en un diseño perfectamente ordenado más allá de donde alcanzaba la vista.

No podía negarle a mi propia curiosidad, siempre hambrienta, las ganas que tenía de explorar aquel vergel en que se mezclaba lo verde y lo acuático, los árboles frutales y los setos recortados.

¿Llegaría a visitar aquellos jardines alguna vez?

Probablemente no.

—No está mal, ¿verdad? —dijo tío Lambert con una sonrisa, al percibir mi asombro.

—No está mal —repetí, sin poder apartar la vista del esplendor que se desplegaba ante nosotros.

Mientras caminábamos hacia la entrada principal, sentí una extraña mezcla entre emoción y aprensión.

A pesar de que su construcción no estaba completa del todo, el palacio de Versalles era ya el mayor símbolo de poder y riqueza de Francia, y también un nido de intrigas y secretos del cual no quería formar parte de ninguna de las maneras.

Que Philippe de Orleans me hubiera obligado a personarme en la corte era un hecho que me desagradaba profundamente y detestaba al duque por ello.

No podía esperar a regresar a nuestra casa en la villa para proseguir con nuestras vidas anónimas.

Por otro lado, tampoco podía negar que sentía curiosidad por conocer al rutilante Rey Sol. Ignoraba qué me depararía este lugar, pero algo me decía que nada volvería a ser igual después de cruzar esos portones.

—Aurore, mantente callada y sigue mis indicaciones en todo momento —murmuró tío Lambert, sin dejar de caminar con paso firme—.

Sé que no te he criado como a una dama y sabes poco del protocolo con el que debes dirigirte a un noble.

Aun así, confío en que sabrás comportarte como es debido ante el rey.

Asentí, no poco fastidiada ante tantos formalismos que se me escapaban. Mis nervios aumentaron. A pesar de mi escepticismo inicial, la magnitud del lugar empezaba a hacer mella en mí. Las historias sobre la opulencia de Versalles no le hacían justicia a la realidad que se desplegaba ante mis ojos.

Al entrar, fuimos recibidos por ujieres ataviados con libreas impecables, que nos guiaron por una serie de pasillos decorados con tapices exuberantes y candelabros exquisitos.

La luz se reflejaba en cada superficie, en cada rincón.

No podía dejar de descubrir cuadros, esculturas, muebles, alfombras, tapices, cortinas, cada uno de esos objetos más precioso que el otro.

En cada puerta, un grabado en oro representaba al Rey Sol en toda su majestuosa gloria.

El diseño era una obra de arte en sí mismo, meticulosamente elaborado para capturar la esencia poderosa y divina de Louis XIV: el sol que ilumina y da vida a todo cuanto toca.

El mismísimo Apolo encarnado en un hombre.

Finalmente, llegamos a una antecámara donde se nos indicó que aguardáramos. Me senté en un pequeño diván y, al hacerlo, tío Lambert me lanzó una mirada con la que me indicaba que me pusiera de pie de inmediato.

—Nadie se sienta en presencia del rey, Aurore.

—Pues la corte debe tener los tobillos muy hinchados —repuse con fastidio, bajito, mientras me incorporaba.

Él apreció captar mi intranquilidad y mi incomodidad, por lo que intentó calmarme:

—No te preocupes, todo irá bien.

Procuré devolverle la sonrisa, pero mis pensamientos no lograban centrarse.

Las voces de los cortesanos se colaban a través de las paredes: el murmullo constante de la vida en palacio, que discurría indiferente a los dos plebeyos aterrados que aguardaban su destino.

Cada conversación y cada pisada me ponían más nerviosa ante el inminente encuentro con el Rey Sol.

A regañadientes, había optado por hacer caso a la recomendación del duque de Orleans y había adecentado mi aspecto.

Me había recogido el cabello, limpiado la cara y las manos y me había vestido con mi mejor ropa.

Lo cual no era decir mucho, ya que apenas tenía dos o tres vestidos más o menos decentes.

Era lo mejor que podía ofrecerle al rey y, de todas formas, yo no estaba ahí por nada relacionado con mi apariencia.

De repente, la puerta se abrió y un hombre de aspecto austero, vestido con una sobria casaca negra, entró en la sala. Su porte era altivo y sus ojos, distantes, nos observaban como si fuéramos ratas infectas indignas de poner un solo pie en Versalles.

—Su alteza, el duque de Orleans, os recibirá ahora —anunció secamente—. Seguidme.

Caminamos tras aquel hombre y, a medida que nos acercábamos a donde fuera que nos guiara, mi corazón latía con fuerza.

Me dije que mi nerviosismo se debía a que en pocos segundos me encontraría frente a frente con el Rey Sol, pero una voz en mi interior me susurró que aquel bombeo apresurado nada tenía que ver con la presencia del monarca, sino con la de aquel cuyos ojos azules, penetrantes y despiertos, me encontré al cruzar la última puerta.

Philippe de Orleans estaba de pie, esperándonos, junto a un trono vacío.

—Bienvenidos a Versalles —dijo, esbozando una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Veo que tomasteis en cuenta mis consideraciones acerca de vuestro aspecto, ma petite furi e.

No pude evitar sentir un escalofrío. Una fugaz intuición me dijo que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre y que, de una forma u otra, aquel hombre que me llamaba “su pequeña furia” estaría involucrado en ese cambio.

Al fin y al cabo, era el culpable de que yo estuviera ahí, donde no quería estar.

Me negué a complacerle con una respuesta airada y permanecí callada.

Eso no impidió, por supuesto, que él siguiera hablando:

—Confío en que sabréis comportaros frente a su majestad —nos recordó a ambos, aunque solo me miraba a mí al hacer aquella declaración.

Esta vez sí quise replicarle, pero me quedé sin palabras cuando el Rey Sol entró en la cámara, seguido del hombre adusto que nos había recibido en primer lugar.

Tío Lambert se inclinó de inmediato. Yo fui incapaz de doblar la espalda, incapaz de moverme, incapaz de apartar la vista de Louis XIV.

A primera vista, cualquiera hubiera podido distinguir que Louis y Philippe eran hermanos, pues sus diferencias eran pocas.

Ambos eran casi igual de altos —Philippe le sacaba unos pocos centímetros a su hermano— y tenían la misma mirada azul, aunque los ojos del Rey Sol brillaban autoritarios y serios, como si siempre estuviera maquinando algo que a su pueblo se nos escapaba, mientras que los de su hermano menor ostentaban una picardía de la que carecían los del rey.

Louis y Philippe eran morenos, pero el monarca lucía una melena que reflejaba algunos trazos castaños, mientras que la de Philippe era tan negra como una noche sin estrellas.

Además, Louis vestía de vivos y variados colores: azul celeste y amarillo claro, con finos zapatos cerrados de tacón y un broche dorado adornando su cuello.

El duque de Orleans, si bien vestido con el mismo lujo, claramente prefería los colores más sombríos, como el azul oscuro, que era el tono que lucía en su traje.

Sin duda, el Rey Sol hacía honor a su fama en cuanto a elegancia, belleza y poder.

Pero a pesar de la visión subyugante que representaba, mis ojos traicioneros se desplazaron hacia Philippe, quien me sostuvo la mirada con un ligero asombro.

Parecía tan intrigado como sorprendido al ver que mi atención, que debería estar centrada en el rey de Francia, caía plenamente sobre su figura.

Louis era a quien debía obediencia y servitud, pero para mí era él, Philippe de Orleans, quien se me antojaba un secreto que deseaba descifrar a cualquier precio.

Aquel pensamiento me sacudió por dentro, incapaz de entender de dónde venía ni cómo debía lidiar con él.

—Majestad, es un honor ser recibidos por vos.

La voz de tío Lambert me hizo recordar en presencia de quién estaba y me obligué a centrar mi atención en el Rey Sol.

—Bienvenido a Versalles, señor Bechard —dijo Louis, con una diminuta sonrisa—. Vos también, madame.

—Mademoiselle —le corregí yo, abandonando la reverencia—. No estoy casada.

Los ojos del rey chispearon de interés ante aquella insolencia.

—¡Aurore! —susurró tío Lambert, acongojado por mi desfachatez—. Disculpad a mi sobrina, majestad.

—No hay nada que disculpar. Al fin y al cabo, hasta un rey puede equivocarse, ¿no es así?