Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe II #2
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Philippe II #2

Quise decirle algo más para intentar levantar sus ánimos, aunque Henriette no esperaba nada de mí, cuando justo en ese momento el murmullo de la sala se redujo a un susurro apenas audible. Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada de la Galería de los Espejos.

El Rey Sol, Louis XIV, había llegado.

Mi hermano avanzó por la galería con su característica majestuosidad.

Su presencia iluminaba la estancia tanto como las numerosas velas que brillaban en los candelabros de cristal que se reflejaban en los espejos venecianos.

Llegó acompañado por un séquito de cortesanos cercanos a él, cada uno de ellos esforzándose por mantenerse lo más cerca posible de su figura, como si su luz pudiera reflejarse también en ellos.

Louis, con su imponente traje ricamente bordado en hilo de oro, se dirigió hacia su lugar en la mesa principal, que aguardaba en el Salón de la Guerra, mientras la corte se hacía a un lado, abriendo camino para él.

Al pasar junto a nosotros, los ojos de mi hermano se encontraron con los míos.

Una sonrisa rápida, casi imperceptible, curvó sus labios.

Me incliné de inmediato ante él, un gesto de respeto que Henriette rápidamente imitó.

Louis se detuvo brevemente, dirigiendo una mirada hacia mi esposa antes de fijar su atención en mí.

Por protocolo, la familia real era la primera en intercambiar saludos, y él cumplía las normas de etiqueta a rajatabla para dar ejemplo de cómo el orden y la jerarquía debían mantenerse en Versalles.

—Hermano, siempre es un placer veros —dijo con voz profundamente tranquila, proyectando autoridad y calidez al mismo tiempo, como era habitual en él.

—Hermano, el placer es mío —respondí.

—Henriette.

—Majestad, Dios os guarde esta noche —lo saludó mi esposa.

El rey continuó su camino hacia la mesa principal, donde ocuparía su lugar central junto a la reina, si tenía a bien cenar con nosotros aquella noche, cosa poco probable. María Teresa llevaba semanas sin aparecer en público junto a Louis.

Henriette y yo nos desplazamos hacia nuestras sillas y nos sentamos uno al lado del otro. La distancia y la frialdad entre nosotros me dolieron .

Una vez habíamos sido mejores amigos los tres: Henriette, mi hermano y yo, corriendo por el Louvre o por Saint-Germain.

Habíamos jugado, reído y llorado juntos.

Crecimos inseparables, al menos hasta el despertar adolescente.

Louis y Henriette se habían acabado por enamorar el uno del otro, y yo me hice a un lado para no perturbar aquel primer amor que había surgido a la sombra del matrimonio real que ya se gestaba para Louis.

Y también para Henriette y para mí, sin nosotros saberlo.

Louis nos obligó a casarnos cuando yo cumplí los veintiún años y Henriette contaba con diecisiete.

Era la única manera de mantener a Henriette en la corte y evitar que su hermano, el rey de Inglaterra, se la llevase lejos de Francia.

Nuestra amistad soportó los primeros años de matrimonio, en que ella se resignó a dejarme entrar en su cama para engendrar príncipes de Francia, pero había acabado por enfriar del todo una relación que en nuestra niñez y adolescencia había sido cómplice y cercana.

Un hecho que lamentaba profundamente y que no sabía cómo cambiar, pues ambos estábamos atrapados en un matrimonio de Estado, impuesto sobre nosotros sin posibilidad de rechazo.

Aunque el salón resplandecía con la actividad de la corte, solo sentía el vacío a mi lado, un abismo entre Henriette y yo que ni siquiera el brillo de Versalles podía llenar.

Como me había temido, la reina no cenó con nosotros y su lugar lo ocupó Madame de Montespan, cuyo fulgurante ascenso en la corte ya estaba más que claro.

Louis reía con ella, cómplice, mientras yo comía en silencio a la derecha de mi hermano, ignorado por él y por mi propia mujer, que apenas probó un solo bocado.

Durante el segundo plato, Louis se inclinó hacia mí.

—¿Qué tal fue tu visita a Lambert Bechard?

—Sin duda se trató de un encuentro interesante, hermano.

—¿De veras?

—He concertado una audiencia para mañana, tras tu misa diaria. Estoy seguro de que quedarás tan fascinado por mademoiselle Bechard como yo .

Mi hermano levantó una ceja, interesado.

—¿Mademoiselle Bechard?

—La sobrina de Lambert —le dije, sonriendo. Sus ojos azules, tan parecidos a los míos, brillaron todavía más de despierto interés—. Al parecer, es erudita en medicina.

—¿Una mujer?

—Una muchacha, más bien —respondí.

Aquello no hizo más que avivar su curiosidad, como yo bien había augurado que ocurriría.

—¿Es hermosa?

«¿Era hermosa Aurore?», pensé, antes de contestar a su pregunta. No supe qué decir. No era inmune a la belleza femenina, y en la corte de Versalles esta era exuberante y prístina como los espejos que decoraban la bella galería diseñada e ideada por la febril imaginación de mi hermano.

Aurore tenía un rostro delicado, de rasgos suaves y, bajo la cofia que cubría su cabeza, se le habían escapado algunos rizos dorados; si bien eran sus ojos del color de la miel, grandes, redondos y expresivos, los que brillaban con una chispa de curiosidad y vivacidad que sugería una inteligencia tan despierta como rápida.

Su piel era clara, casi translúcida, lo que le daba una falsa apariencia frágil que en absoluto encajaba con su personalidad beligerante.

Era una flor salvaje que jamás podría florecer en los distinguidos jardines de Versalles.

—Es hermosa —respondí finalmente—, pero hay algo en ella que sin duda no pasa desapercibido: un carácter que no se ve a menudo, incluso aquí en Versalles.

—Pareces interesado, hermano —sonrió Louis.

—No seas absurdo. Es una plebeya.

—Hasta donde yo sé, las plebeyas tienen bajo la ropa los mismos encantos que una dama —me tomó el pelo—. Si no pasaras tantas noches con Thibaut Cailloux, quizá ya lo sabrías.

—¿Recuerdas cuando eras adolescente y nuestra madre mandó poner barrotes en tu habitación para evitar que te escaparas por la ventana para perseguir a las criadas?

—No sirvió de nada —volvió a sonreír Louis.

—Y sigue sin servir de nada.

Se cubrió la boca para evitar que la corte lo viera estallar en carcajadas. Su risa disimulada me hizo esbozar una pequeña sonrisa.

Si aquel era mi papel en la vida del Rey Sol, lo aceptaba gustosamente.