Philippe II
—¿Y bien? ¿Cuál era esa misión tan secreta a la que su majestad te ha enviado, querido mío?
Thibaut Cailloux se había acostumbrado a colarse en mis aposentos con una libertad que yo no siempre apreciaba.
Él era muy consciente de mi humor cambiante, si bien tenía la extraña habilidad de saber adaptarse a mí.
Puede que fuese su forma de mantenerme interesado en él.
Quizá intuía que mi deseo se estaba marchitando y se esforzaba en su apariencia y en su charla distraída, que tanto había disfrutado desde que nuestros caminos se cruzaron, muchos años atrás.
—Si era una misión secreta, ¿cómo es posible que ya sepas de ella?
—Amor mío, tengo ojos y oídos en todo Versalles —dijo, con una expresión de complicidad y un aire de suficiencia que sólo aumentaba mi cansancio respecto a su persona.
Su capacidad para enterarse de todo, desde los rumores más triviales hasta los planes más confidenciales, era uno de sus muchos talentos.
Uno que yo no tenía en demasiada estima.
Su mirada se mantuvo fija en la mía, como si intentara descifrar mis pensamientos o, tal vez, solo asegurarse de que aún tenía mi atención.
La habitación se llenó de una tensión sutil, una que yo conocía muy bien y que solía preceder a nuestros juegos en la cama.
Thibaut se acercó más a mí, y pude sentir el calor de su familiar presencia.
Su compañía, aunque grata, me recordaba lo complicadas que eran las relaciones en Versalles: el deseo y el poder siempre solían ir de la mano.
Thibaut aspiraba a vivir de mí muchos, muchos años, y eso lo obligaba a complacerme incluso en mis habituales exabruptos emocionales, así como a mirar hacia otro lado si me fijaba en otro hombre que no fuera él.
Aunque yo no tenía ningún cargo político, más allá de los ducados de Anjou y Orleans que Louis me había entregado hacía años, no dejaba de ser un príncipe.
El hermano del hombre más poderoso de Francia.
Acercarse a mí era también acercarse al poder; por ello era muy consciente de que la mayoría de aquellos que buscaban mi amistad o mi afecto lo hacían por ambiciones que poco tenían que ver con los deseos que me movían a mí.
A pesar de todo, confiaba en Thibaut Cailloux.
Nunca me había fallado y nuestra relación se mantenía estable.
Louis me había advertido que no me pusiera a mí mismo en evidencia en cuanto se refería a Thibaut y yo le había hecho caso.
Más o menos. Lo había nombrado mi ayuda de cámara para que nadie pudiera hablar sobre la gran cantidad de tiempo que pasaba en los Apartamentos del Príncipe.
Louis había resoplado ante aquel nombramiento.
Pero, tras un breve intercambio de opiniones respecto a mi vida privada, había accedido a concederme el capricho.
—Su majestad me ha mandado en busca de alguien —dije, sin comprometerme a dar más información. Thibaut era demasiado entrometido como para confiarle cualquier asunto relacionado con mi hermano.
—¿Hombre o mujer? —preguntó él, acariciándome el cuello con dedos ávidos.
Habría sucumbido a sus atenciones de no ser porque debíamos presentarnos en el Salón de la Guerra en pocos minutos, y yo aún tenía que cambiarme la ropa de diario por un traje adecuado para la cena.
—¿Te ha mandado que le traigas una nueva amante?
—continuó preguntando—. En los salones se rumorea que se está cansando de la duquesa de la Vallière y quiere centrar todas sus atenciones en Madame de Montespan.
La cual, por cierto, me parece indiscutiblemente insufrible y no especialmente atractiva.
Me quité la casaca, el chaleco y la camisa blanca y los lancé sobre el lecho. Thibaut las tomó al vuelo y las devolvió al ropero, ordenando las prendas tal y como a mí me gustaba tenerlas.
—Athénaïs de Montespan es agraciada, si bien tú nunca has sabido apreciar la belleza femenina, Thibaut. No podrías hacerlo ni aunque tuvieras a la mismísima Afrodita delante de tus narices.
—Puede que tengas razón. Pero no me negarás que hay damas infinitamente más bellas que la Montespan para conquistar el corazón del Rey Sol.
—Su majestad admira la belleza de las cosas materiales, pero, en cuestión de mujeres, el atractivo físico nunca ha sido su prioridad.
Prefiere un ingenio despierto a unas caderas redondeadas, el sonido de una risa alegre a un rostro de porcelana.
Madame de Montespan es muy consciente de aquello que su majestad aprecia y reúne muchas de las cualidades que nuestro rey ama.
—Quién lo hubiera dicho… —contestó Thibaut, ayudándome a poner la casaca del traje de noche, mientras yo me miraba en el espejo de pie—. Aunque sin duda tiene una lengua afilada.
«Tan afilada como la de la petite furie », me descubrí pensando.
La presencia de Lambert y Aurore Bechard se esperaba al día siguiente.
Si aquella muchacha osaba hablar frente al rey de la misma deslenguada forma en que lo había hecho conmigo, estaba seguro de que iba a obtener toda la atención de mi hermano.
Nada lo cautivaba más que una mujer con una inteligencia despierta y una lengua ingeniosa.
Y aquella criatura, una plebeya para más inri, parecía poseer ambos rasgos.
—Llegamos tarde a la cena —apuré a Thibaut, quien se apresuró a ajustarme la ropa hasta dejarla perfecta.
Los guardias que custodiaban mis aposentos, situados en el ala sur de Versalles, me abrieron las puertas.
Los Apartamentos del Príncipe estaban ubicados en la primera y principal planta del palacio.
Louis quería a todos sus familiares cercanos compartiendo pared con pared, incluidas sus amantes, que se alojaban en los Apartamentos Reales, justo entre la chambre du roi y los Apartamentos de la Reina.
Le había rogado que me dejase trasladarme y, una vez más, Louis había accedido a mis deseos, entregándome para mi uso personal las habitaciones del ala sur, fácilmente accesibles desde la Gran Escalera de los Embajadores y convenientemente alejadas de los salones principales y otras áreas de importancia del palacio.
Eso me permitía moverme con libertad sin sacrificar mi intimidad, un bien sumamente codiciado en Versalles y que yo atesoraba con deleite, plenamente consciente de mi exclusivo privilegio.
Salí de mis aposentos con Thibaut siguiéndome de cerca. Los corredores estaban relativamente tranquilos en el ala sur, poco utilizada y menos frecuentada.
A medida que dejábamos atrás los Apartamentos del Príncipe, el bullicio habitual del palacio comenzaba a hacerse más audible.
Mientras caminábamos, saludé a un par de cortesanos con una inclinación de cabeza, consciente de que cada gesto mío era observado, analizado y comentado a diario.
Thibaut, siempre atento, se aseguró de que mi cabello estuviera perfecto y que mi vestimenta no presentara ni el más mínimo defecto, algo que no toleraba.
Al llegar a la Galería de los Espejos, un mayor número de cortesanos aguardaba, preparados para dirigirse al Salón de la Guerra tan pronto como el rey hiciera su aparición.
Aquello marcaría el inicio de la cena privada que ofrecía cada noche y a la que, por supuesto, solo se podía acceder por medio de una invitación real.
Cuando entré, todos los ojos se volvieron hacia mí, escrutando cada detalle de mi rostro.
Contuve un suspiro exasperado: la vida en la corte era una batalla continua de secretos, conspiraciones, poder y diplomacia, un juego agotador al que me veía obligado a participar cada día y cada noche, atado por y para siempre a la corona real a la cual pertenecía mi existencia.
Sonreí con falsedad, preparado para interpretar mi parte en el gran teatro que era Versalles cuando, para mi sorpresa, distinguí a Henriette. Al parecer, había decidido aceptar la invitación de Louis a la cena y aguardaba mi presencia con una media sonrisa apagada.
—Alteza —me saludó mi esposa.
—Querida.
Me incliné hacia ella y deposité un leve beso en su mano. Sentí todos los ojos de la corte puestos en nosotros mientras intercambiamos aquel saludo protocolario.
La mayoría de nobles todavía se preguntaban cómo habíamos logrado engendrar descendencia. Siempre tuve ganas de informarles que no era necesario sentir deseo para embarazar a una mujer: el caso de Henriette y yo era un buen ejemplo.
La presencia de Marie Louise y Anne Marie quizá hubiera alegrado la vida de mi apenada esposa, pero, como era costumbre en la familia real, los hijos se enviaban lejos de la corte.
Louis no quería niños en Versalles y tanto los suyos como los míos eran instalados en Saint-Germain para ser criados y educados.
Hacía meses que ni Henriette ni yo veíamos a nuestras pequeñas.
Solo sabíamos de ellas y de sus progresos por las cartas que sus institutrices nos enviaban.
—¿Cómo os encontráis hoy, Minette ?
—Como siempre, alteza —replicó ella, tomándome de la mano.
El semblante de Henriette era tan rígido como distante.
Me pregunté si aún se sentía triste por las dos recientes pérdidas que habíamos sufrido como matrimonio: un hijo varón que murió a las pocas horas de nacer entre terribles convulsiones y una niña que llegó muerta.
Hacía menos de un año de aquella última pérdida y Henriette no parecía haber vuelto a sonreír desde entonces, ni siquiera en presencia del rey que tanto amaba.
Cada vez que yo había intentado ejercer mi papel de esposo, me había rechazado entre lágrimas.
No había llamado a su puerta en mitad de la noche en muchos meses y tenía la sensación de que ella no quería que lo hiciera de nuevo.
Ya le habíamos dado a Francia dos princesas; habíamos cumplido con el papel que se esperaba de nosotros.