Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore II #2
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Aurore II #2

Este miró a su alrededor con un gesto desdeñoso que no se me pasó por alto.

En contraste con el lujo con el que vestía, nuestra casa parecía una pocilga oscura y maloliente.

Yo la mantenía limpia y bien aireada, además de que siempre olía a hierbas frescas recién recogidas, pero comparada con la corte de Versalles, sin duda tenía que parecerle algo similar a un vulgar establo.

—¿Aquí, señor Bechard? Dios me libre de pasar más de un minuto en vuestra… casa.

Aquella frase desdeñosa y aquel tono de voz superficial me enfurecieron. Antes de poder pensar qué estaba haciendo y a quién estaba desafiando, abrí la puerta de la consulta de golpe.

—¡Eh! —dije, enfadada.

El duque me contempló de arriba abajo, sin disimulo alguno.

Su mirada se detuvo en mi ropa humilde, en mi cabello recogido tras la cofia, en mis manos mal cuidadas y, finalmente, en mi cara.

Pude sentir el peso de su juicio mientras sus ojos azules recorrían cada detalle de mi rostro y de mi vestimenta.

Había una mezcla de curiosidad y algo que no podía identificar, tal vez una pizca de desaprobación, o quizás solo sorpresa ante mi apariencia tan distinta a la de las damas de la corte que él estaría acostumbrado a frecuentar.

—¿Y vos sois…?

—Aurore Bechard, Monsieur .

Aquella forma de dirigirme a él hizo que el duque levantase una ceja inquisitiva. No supe distinguir si se había molestado o se estaba divirtiendo a mi costa.

—Aurore, querida, no te debes dirigir a él como Monsieur —intervino tembloroso tío Lambert—. Es su alteza real el duque de Orleans, hermano de su majestad. Disculpe a mi sobrina, alteza, no está versada en formalismos.

Philippe de Orleans seguía mirándome con una intensidad que me hizo enrojecer más que imaginarlo desnudo y en brazos de uno de sus amantes.

Tomó aliento, como si tener que lidiar con dos plebeyos fuera una tarea insufrible para su excelsa persona, y luego se dirigió a tío Lambert, ignorando por completo mi presencia.

—Vuestros servicios y conocimientos son requeridos en Versalles, señor Bechard.

—¿En… la corte de Versalles, alteza?

—A no ser que conozcáis otra corte, sí, en esa. Se trata de un asunto delicado, así que antes de llevaros a palacio, permitidme que os haga algunas preguntas. —Philippe me miró de reojo—. Vuestra asalvajada sobrina puede retirarse, puesto que son cuestiones referentes al oficio de la medicina.

Me enervé entera ante aquello. ¿Asalvajada? Seguro que había leído muchos más libros que él en toda su vida. Y eso mismo fue lo que dije:

—¿A quién llamáis asalvajada, alteza? Sé leer y escribir en cuatro idiomas, además de tener tantos conocimientos médicos como tío Lambert.

—¿Ah, sí, ma petite furie ? —sonrió el duque.

—No me llaméis así.

—Aurore, retírate, por Dios —me ordenó mi tío, cada vez más pálido.

—No, no —indicó Philippe de Orleans—. ¿Acaso no asegura ser instruida en el arte de la medicina? Que se quede y me lo demuestre.

—Alteza… —intentó protestar tío Lambert.

—He dicho que se quede —repuso el duque, con la voz fría y metálica—. ¿Queréis enfadarme, señor Bechard?

—Jamás, alteza.

—Bien.

El duque de Orleans no se movió del sitio y, aunque su presencia estaba completamente fuera de lugar, su seguridad y su porte llenaban toda la estancia. Me hizo sentir incómoda, como si la intrusa fuese yo y él, el dueño de nuestra pequeña casa.

Aun así, me obligué a sostenerle aquella mirada tan fría.

—¿Cómo curáis la fiebre?

—Con equinácea y… —empezó a responder tío Lambert.

—Depende de qué fiebre —intervine yo. Una sonrisa divertida se dibujó en el rostro del duque ante mi interrupción—. Si es por un golpe de frío o por una infección, hay que tratarla de diferente manera. La clave está en el origen del mal.

Sopesó la respuesta antes de dirigirse de nuevo a mi tío.

—¿Soléis hacer uso de las purgas?

—Solo en caso de…

—No —volví a hablar, incapaz de callarme—. La mayor parte de las veces hacen más mal que bien.

Philippe de Orleans volvió a ignorarme, como si no estuviera, y continuó interrogando a tío Lambert:

—¿Habéis atendido embarazos y partos?

—Bueno, yo… No me parece una parte interesante de la medicina —se disculpó tío Lambert, bajando la mirada hacia el suelo—. Para eso existen las parteras.

El príncipe lo miró con poco velado desprecio y, esta vez sí, sus ojos buscaron los míos.

—¿No vais a decir nada ahora, ma petite furie ? —inquirió el duque de Orleans.

Reprimí mis ganas de enfurecerme. No quería que la rojez de mis mejillas aumentara y que aquel molesto apodo con el que había decidido dirigirse a mí estuviera más que justificado.

Además, era el hermano de su majestad. Contestarle como normalmente lo haría con cualquier otro hombre que se atreviera a llamarme así me costaría, con toda seguridad, perder el cuello en el cadalso.

Así que reuní toda la calma de la que fui capaz para responder:

—He atendido en cientos de partos y ayudado a muchas mujeres con varios problemas relacionados con los embarazos, como las náuseas, las jaquecas y las hemorragias.

—Interesante.

El duque pareció pensativo durante unos segundos, como si evaluara mi presencia o mi inteligencia, o ambas a la vez.

Aproveché ese momento para fijarme en sus manos, libres de guantes.

Eran blancas, finas y elegantes, reflejando una delicadeza que parecía innata en él.

Tampoco podía apartar la vista de sus bucles oscuros, que contrastaban con la frialdad de sus ojos azules.

Era, sin duda, el hombre más impresionante que había visto jamás; su magnetismo trascendía lo físico, irradiando una presencia que llenaba la habitación entera.

Quizá alguna otra mujer se hubiera fijado en que tenía la nariz ligeramente curvada y los labios demasiado sensuales para tratarse de un hombre, pero, para mí, su rostro era tan enigmático como un libro escrito en un idioma largamente olvidado.

Philippe de Orleans parecía esconder cientos de secretos y yo, por algún motivo, me sorprendí deseando descubrirlos todos y cada uno de ellos.

—Bien, señor Bechard. Es posible que no me sirváis de mucho, pero aun así tendré que llevaros a palacio, ante su majestad.

Y ella —dijo, señalándome con un ademán de la cabeza— vendrá también.

Estoy seguro de que a mi divino hermano le divertirá saber que una mujer ejerce la medicina a pesar de su real prohibición .

—¿Es una petición o una orden, alteza? —pregunté, cruzándome de brazos.

—¿Acaso hay alguna diferencia cuando Versalles os convoca? —se burló él, para luego añadir—: Recordad lavaros la cara y llevar un vestido limpio ante el rey de Francia, ma petite furie .

Sabía que la palabra “regicidio” significaba matar al rey. Pero, ¿cómo se denominaba cuando al que querías matar era al arrogante hermano del rey?