Aurore II
T uve que reconocer que la vida en la villa de Versalles no era tan mala ni tan aburrida como me había imaginado en un primer momento.
Tío Lambert había encontrado una casa humilde en el centro del pueblo, que contaba con una luminosa estancia en la que poder atender pacientes.
Sacrificamos el espacio personal y le dimos prioridad a la consulta, que me esmeraba en tener lo más limpia y ordenada posible.
Si no hubiéramos sido médicos, podríamos haber convertido aquella sala en un amplio comedor en el que comer, leer y pasar nuestro tiempo libre frente a la única chimenea de la casa.
Todo eso lo hacíamos en la cocina. Él dormía atrás, en la alacena, y me había cedido a mí el único dormitorio de la casa, situado en el piso superior.
Llevábamos apenas unas semanas instalados en la villa y ya contábamos con un buen número de pacientes.
Tío Lambert siempre procuraba entregarme casos que encontraba aburridos o poco dignos de sus conocimientos, es decir, mujeres con dolencias relativas al embarazo o a un parto reciente, una materia que no apreciaba especialmente.
A mí no me importaba. Amaba la medicina en cualquiera de sus facetas, y ayudar a las mujeres me parecía una prioridad. Aunque, a veces, estas no se dejaban auxiliar con facilidad.
—¿Cómo has dicho? —se escandalizó Claudie, la panadera, mirándome como si acabara de convocar al mismísimo diablo a la habitación .
—He dicho que esto te aliviará —le repetí, enseñándole las agujas—. Lo he hecho muchas veces y he comprobado sus efectos. Te ayudará con esas jaquecas que tienes.
—No me vas a pinchar como si fuera una pieza de carne que echar al fuego. Y menos con un método pagano.
—¡No es un método pagano! —Esta vez la escandalizada fui yo—. En China lleva siglos utilizándose. Claudie, es totalmente seguro e inocuo.
—¿Qué significa inocuo?
—Significa que no te hará daño alguno.
—¿Cómo no me va a hacer daño que me claven agujas en la cabeza?
La mujer se levantó de la mesa de reconocimiento, recogió su capazo, me miró airada y salió de casa dando un sonoro portazo.
Tío Lambert apareció en la puerta que separaba la consulta de la pequeña cocina en la que estaba secando hierbas.
Normalmente, ese era mi trabajo y él opinaba que las tinturas se me daban mejor a mí, pero ese día había insistido en retomar los viejos hábitos de preparar remedios y me había dejado lidiar con Claudie. Infructuosamente, al parecer.
Guardé enojada las agujas de acupuntura y me puse a limpiar la consulta de nuevo. Llevaba el pelo recogido tras una cofia, el delantal manchado de sangre y los zapatos sucios. Un día como cualquier otro en mi vida.
Tío Lambert me observó durante unos segundos antes de comentar:
—No lograrás que nadie acceda a que practiques acupuntura en su persona.
—¿Por qué no? No duele.
—Ellos no saben eso.
—Ellos no saben nada.
—Si quieres practicar, hazlo con métodos tradicionales.
—Sangrías y purgas, qué pérdida de tiempo, oncle .
—No siempre. Las sangrías funcionan si hay que drenar sangre acumulada que necesita salir.
—Y para nada más.
—No te quejes… Te dejo atender a mujeres del pueblo por dolencias que nada tienen que ver con el embarazo. Eso sería más que suficiente para que nos arrestasen a ambos si se enteran de que te permito pasar consulta de vez en cuando.
—Solo atiendo a mujeres —protesté yo—. Y a nadie le importan las mujeres.
—A ti sí te importan.
—Pues claro. Si fuera por vosotros, los médicos, las mujeres serían estériles y…
—Está bien. Deja de quejarte, recoge la consulta de una vez y ven a ayudarme con el ajenjo y la salvia.
Lo vi desaparecer de nuevo en la cocina, donde continuó con sus tareas.
La casa siempre olía a lavanda, menta, romero y manzanilla.
Tío Lambert era seguidor de la corriente europea de la medicina y yo lo era de la asiática, que había estudiado mientras vivimos en las Provincias Unidas y luego en el Imperio otomano, al que nos trasladamos cuando cumplí los diez años.
Aun así, él tomaba conocimientos orientales y los incorporaba a los suyos para no levantar rumores de que era un hereje.
Yo siempre había afirmado que la gente era mucho menos proclive a denunciarte por herejía y paganismo cuando está al borde de la muerte y le salvas la vida, una opinión que tío Lambert escuchaba en silencio, enarcando la ceja con desaprobación ante mis improperios verbales.
Seguramente en aquellos momentos se arrepentía de haberme dado una educación y una libertad impropios de mi clase y de mi género, si bien ya era demasiado tarde para enmendar aquel “error”.
De todas formas, disfrutaba al verme ojear tratados de medicina y tampoco se escandalizaba cuando me descubría tratando con cadáveres para averiguar cómo era el cuerpo humano por dentro.
Tío Lambert se consideraba un liberal y lo era, por eso yo no terminaba de comprender aquella devoción suya al rey Louis ni a toda la pompa que lo rodeaba.
En el escaso tiempo que llevábamos viviendo en la villa de Versalles, no me había acercado al palacio fastuoso que regentaba la completa existencia de los aldeanos.
No sentía ningún interés por la corte ni por nada relativo a la nobleza que la formaba.
Aún notaba dentro de mí una ligera inquina por haberme visto obligada a abandonar París y a Julien, aunque el trabajo continuo me mantenía entretenida y tenía que admitir que, de hecho, tampoco echaba demasiado de menos su compañía.
Mientras ponía en remojo los paños de lino y barría la consulta, escuché cómo varios caballos se acercaban al galope hasta detenerse en nuestra casa, lo que me llamó la atención. También lo hizo el tono urgente con el que golpearon el portón.
Salí de la consulta al mismo tiempo que tío Lambert aparecía desde la cocina. Nos miramos, interrogantes.
—¿Señor Bechard? Abrid en nombre del rey de Francia —exclamó una voz elegante aunque autoritaria. Por su acento refinado quedaba claro que venía de palacio.
Ambos palidecimos. Aquella urgencia llegada de la corte no podía augurar nada bueno.
—Enciérrate en la consulta. No te asomes si no te llamo —me indicó tío Lambert—. Y no hagas ningún ruido.
Obedecí. Bueno, no del todo: dejé entreabierta la puerta de la consulta lo justo para poder echar un vistazo al enigmático visitante.
Tío Lambert abrió el portón y, antes de que pudiera invitar al extraño a entrar en nuestra casa, un hombre acompañado de dos mosqueteros reales franqueó el umbral.
Contuve el aliento.
Sí, era de la corte, sin duda alguna. Solo un noble de alto rango podría permitirse un traje como aquel, con una casaca elaboradamente bordada en hilo dorado con complicados patrones, que resaltaban en el terciopelo de un tono oscuro, quizás púrpura o negro; no podía distinguirlo bien.
Debajo de la chaqueta llevaba un chaleco y una camisa blanca de cuello alto de chambray, con finos encajes en el cuello y en los puños.
En la garganta lucía un lazo grande y una joya ornamental en la que se veían tres flores de lis sobre fondo azul, que reconocí enseguida.
El escudo de la casa de Orleans y también de la corona real francesa.
—Alteza —se inclinó tío Lambert ante el recién llegado, que mandó salir a los mosqueteros para poder mantener una conversación privada.
—Mi hermano, su majestad Louis XIV, ha escuchado hablar de su buen oficio, señor Bechard.
Contuve aún más el aliento ante la confirmación de la identidad del noble. No me equivocaba. Se trataba de Philippe, príncipe de Francia y hermano del rey. El escandaloso y depravado duque de Orleans o, como se referían a él en las calles de París, la honte du Roi Soleil . La vergüenza del Rey Sol.
Me mordí el labio inferior, sorprendida ante su apariencia.
Nunca habría imaginado que tuviera aquel aspecto después de atender a tantas y tan variadas habladurías sobre él.
Su oscura cabellera caía en perfectas ondas sobre su espalda, enmarcando un rostro de una belleza aristocrática innegable.
Sus ojos, de un azul cautivador, eran los más hermosos que había visto jamás, realzados por unas espesas pestañas negras que intensificaban una mirada ya de por sí hipnotizante.
Había escuchado infinidad de veces a la gente hablando de cómo Philippe de Orleans elegía divertirse y con quiénes prefería compartir cama, así como de las infames fiestas que organizaba para una selecta camarilla de nobles de su agrado.
No era ajena a aquellas inclinaciones masculinas.
Había viajado por gran parte de nuestro continente y había visto ciertas cosas siendo muy joven —tío Lambert no se preocupaba demasiado de aquello que pudiese malograr mi moral, aunque no aprobaba las relaciones antinaturales entre dos hombres—.
Una vez, en Constantinopla, me corté el pelo como un chico y me colé en unos baños cercanos al Gran Bazar.
Fue ahí donde descubrí las muchas formas en que podían darse placer dos hombres.
O tres. Incluso cuatro. Me quedé mirando aquellas escenas, con las mejillas sonrosadas y sudando por la coronilla, hasta que el dueño me pilló y me echó a la calle con cajas destempladas.
Nunca había podido olvidar aquellas imágenes en que cuerpos masculinos desnudos y sudorosos se acariciaban y entraban uno dentro del otro, aunque nunca lo había hablado con nadie, claro.
Hubiera sido un escándalo que una jovencita se interesara por esos asuntos.
Eso no significaba que no me hiciera preguntas.
Ahora, ante la belleza magnética de Philippe de Orleans, no pude evitar imaginar al hermoso príncipe real en una situación impúdica. ¿Se pondría detrás? ¿O debajo? ¿Sería él quien abriría su boca o quién, por el contrario, se dejaría dar placer con los labios de otro?
Enrojecí ante aquel pensamiento y me obligué a prestar atención a la conversación.
—Sois muy amable, alteza. ¿Seríais tan gentil de aceptarme un vaso de vino? —ofreció tío Lambert, inclinado aún ante el duque.