Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Philippe I #2
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Philippe I #2

—...y contradiciendo todas las indicaciones de los galenos reales —terminé la frase por él, con un resoplido de puro hastío—. Tienes que dejar de hacer caso a esa panda de charlatanes, si quieres mi opinión. Además, tú también te bañas con agua caliente aunque te niegues a que la corte lo sepa.

Louis puso su mejor cara de desesperación.

—¿Por qué estamos discutiendo sobre algo tan absurdo?

—No sé, has sido tú quien me ha convocado a los Apartamentos Reales.

—Prométeme que nada de visitas fugaces a París sin, al menos, llevarte una escolta de mosqueteros.

—¿Cuál era el segundo motivo por el que me has mandado llamar? —cambié de tema.

Mi hermano suspiró de frustración. Sabía tan bien como yo que nunca le prometería nada que no sería capaz de cumplir, de la misma forma que era consciente de que necesitaba escapar de Versalles de vez en cuando, o me volvería loco.

Para mi sorpresa, me invitó a tomar asiento.

No era algo habitual en Louis, quien prefería mantenerse sentado mientras su corte estaba en pie, frente a él.

Era un gesto que auguraba una conversación más seria de la que había previsto al recibir su convocatoria.

Por supuesto, tuve que sentarme en un escabel ligeramente más bajo que su preciosa silla real.

—Quería que tú fueras el primero en saberlo —empezó.

—¿Hemos conquistado las Provincias Unidas, al fin?

—No se trata de nada de eso —sonrió ligeramente, mirándose las manos repletas de bellos anillos—. La reina está embarazada.

Aunque la noticia me tomó bastante por sorpresa, me obligué a ser amable con él y alegrarme por la posible y anhelada descendencia real.

—Enhorabuena, hermano.

—No hace falta que disimules lo mucho que esto te sorprende.

—Creía que no visitabas los aposentos de la reina María Teresa desde hacía años. Has estado muy ocupado con la duquesa de la Vallière y Athénaïs de Montespan. Por no hablar de las noches que has pasado con Henriette.

Louis no se inmutó ante la última frase ni ante mi tono ligeramente acusador. Se limitó a entrecerrar un poco los ojos para contestarme:

—Alguien tiene que ocuparse de ella, dado tus gustos personales .

—Es estupendo que todo quede en familia —dije, irónico—. Quién mejor que mi hermano para satisfacer a mi esposa.

No quise decirle que el verdadero motivo de no acostarme con Henriette no eran mis gustos personales , como Louis se refería a mis escarceos con mis múltiples aduladores.

Mi presencia, para mi esposa, era un perpetuo recordatorio de que se había visto obligada a casarse con el hermano equivocado.

Tuvimos un par de buenos años al inicio de nuestro matrimonio y, en aquellas primeras ocasiones en que visité su lecho, la experiencia no había sido odiosa.

Al menos, no para mí. Henriette se había resignado a verse casada conmigo mientras en secreto anhelaba la presencia de Louis.

Eso no nos impidió tener momentos de cierta felicidad y complicidad.

Sin embargo, desde su último malogrado embarazo, Henriette vivía recluida y rechazaba mis gestos de cariño.

Tan solo aparecíamos juntos en compromisos oficiales como príncipe y princesa reales.

La mayor parte del tiempo, yo ignoraba qué hacía Henriette para distraerse y ella desconocía dónde me metía yo en las largas horas de ocio de Versalles.

Y eso nada tenía que ver con mis gustos personales .

Si le hubiera contado esa verdad a Louis, lo hubiera hecho desdichado.

Eso no habría impedido que se acostase con mi esposa, claro, pero lo hubiera hecho sintiéndose mucho más culpable.

Y mi deber en esta vida, como hermano, era facilitarle la vida al Rey Sol, el epicentro alrededor del cual giraba toda la corte de Versalles.

—Sea como sea, me alegro por vosotros. Espero que sea un bonito niño, tal y como deseáis ambos.

—Sería un alivio que se tratase de un varón.

Sería un alivio para él y para toda Francia, sí. Sabiendo los muchos abortos que la reina María Teresa había sufrido, sería un milagro si aquel embarazo llegaba a buen puerto, por lo que pregunté:

—¿La reina está bien de salud?

—Sí. Cansada, pero bien.

Conocía a mi hermano mejor que nadie. Había visto esa mirada astuta, calculadora, en infinidad de ocasiones. Era la misma que lucía cuando nos anunció que quería ampliar Versalles hasta convertirlo en el mayor palacio del mundo. Y ahora aquellos ojos azules me observaban a mí. Esperando algo de mí.

Fruncí el ceño.

—Suéltalo ya, Louis. ¿Qué quieres que haga esta vez?

Él sonrió, encantador y distinguido como solo podía serlo el Rey Sol.

—Mis galenos reales no han logrado que la mayoría de mis hijos sobrevivan más que unos pocos meses. El Delfín está bien de salud, por ahora, pero es necesario tener más de un heredero varón.

—Claro, un repuesto. Como lo fui yo —declaré, no sin sarcasmo.

Louis no hizo caso de mi tono y prosiguió:

—Esta vez, quiero hacer las cosas diferentes.

—¿Diferentes ?

—Diferentes —confirmó él, con aquella sonrisa tan suya—. Y quiero que me ayudes.

—¿A qué?

—Bontemps ha escuchado hablar de un tal Lambert Bechard, un nuevo médico que llegó hace pocas semanas a la villa de Versalles y que desde entonces se ha hecho cierto nombre entre los aldeanos por sus métodos.

Quiero que vayas a verlo, evalúes su forma de trabajar y, en caso de que te genere una buena impresión, lo traigas a palacio para que reconozca a la reina.

—¿Yo? Eso sería más bien una tarea para tu diligente ayuda de cámara.

—No, quiero que lo hagas tú. A no ser que mi petición robe algo de tu valioso tiempo de organizar soirées con Thibaut Cailloux, maquillarte y peinarte como una mujer o gastar toda tu asignación real en nuevos trajes.

—Dios me libre de hacer lo que me plazca en vez de contentar al Rey Sol —solté con inquina, lo que hizo reír a Louis.

¿Acaso podía negarme? Él sabía tan bien como yo que no, no podía—.

Está bien, por el amor y el deber que me une a la corona de Francia, lo haré.

¿Cómo has dicho que se llama ese matasanos?

Se llamaba Lambert Bechard. Y yo jamás pude imaginarme que mi nombre acabaría ligado al de su sobrina.

Aurore.