Philippe I
L a mayoría de personas de la corte creían que ser hermano del rey de Francia era uno de los mayores privilegios que existían en el país; no era cierto.
Tener que soportar las idas y venidas de mi todopoderoso hermano era, cuanto menos, penoso para mi persona. Pero así había sido siempre mi vida y así sería siempre: él era rey, yo solo un príncipe. Louis ordenaba. Philippe obedecía.
Como estaba haciendo en aquel preciso momento en que esperaba a que Louis me recibiera en la cámara real.
Me había mandado llamar tras los rituales matutinos del Petit y el Gran Lever , justo antes de acudir a misa, lo que implicaba una anomalía en la rutina diaria e inamovible de mi hermano.
Sin duda, debía tratarse de un asunto importante.
«Claro que, siendo Louis quien es, todo es importante», pensé, mientras aguardaba en la antecámara a que Bontemps viniera en mi busca.
El ayuda de cámara de mi hermano nunca se hubiera atrevido a decir en voz alta lo que verdaderamente pensaba de mí, si bien se podía leer en su mirada cada vez que esta se posaba en mi persona.
Para Alexandre Bontemps, yo era un depravado que no merecía compartir lazos de sangre con el magnífico Louis XIV, a quien él servía con devoción.
Para mí, él era un servil adulón con aires de grandeza.
Cuando Louis me nombró maestro de etiqueta y me pidió —exigió, más bien— encargarme de reescribir el protocolo de Versalles, dictaminé que el ayuda de cámara del rey debería siempre dormir a sus pies, como un perro sumiso dispuesto a satisfacer todas las necesidades del soberano.
Aquello que yo había escrito como una vengativa broma resultó ser del agrado de Bontemps.
A Louis le hizo una profunda gracia y, desde entonces, Bontemps dormía en un estrecho catre a los pies de la cama real.
Excepto cuando mi hermano recibía a sus amantes, claro.
Aunque yo estaba convencido de que, si Louis no lo hiciera salir, Alexandre Bontemps se quedaría ahí mirando cómo el rey fornicaba con las damas de la corte.
Aquel pensamiento me hizo esbozar una sonrisa, justo en el momento en que el austero ayuda de cámara hacía su aparición y me lanzaba un gesto para que lo siguiera a la chambre du roi .
Mi hermano, como era habitual, aguardaba sentado junto a uno de los hermosos ventanales. Lo saludé con una inclinación de cabeza mientras Bontemps me anunciaba con su habitual altanería y aquellos resabiados ojillos de topo que a mí tanto me sacaban de quicio:
—Su alteza Philippe, duque de Orleans y de Anjou.
—Bontemps, veo que hoy estás más enfurruñado que de costumbre —comenté—. Qué bien. Te costará hacerme una reverencia.
Su mirada marrón reflejaba la furia que debía sentir, como cada vez que estaba en mi presencia, lo que me hizo sonreír aún más. Tras un ligero titubeo, se inclinó ante mí y espetó:
—Alteza.
—Philippe, deja al pobre Bontemps en paz —solicitó la suave voz de mi hermano.
—¿Qué hay de divertido en tener un ayudante de cámara como él si no lo puedes molestar de vez en cuando, Louis?
El rey me censuró con la mirada. Solo un poco.
La mayor parte del tiempo le divertían mis exabruptos y mis excentricidades.
Y permitía que le llamase por su nombre si nos reuníamos en privado, como en aquel momento.
No le hacía especial gracia que le recordasen que era tan humano como el resto de su corte, pero se lo toleraba a ciertas personas cercanas a él. Yo era una de ellas.
—Podéis retiraros, Bontemps.
—Sí, majestad.
Bontemps hizo una reverencia con tan exagerada floritura que me dieron ganas de aplaudir, tras la que cerró las puertas de los aposentos privados del rey para dejarnos a solas.
—Mira qué bien se inclina cuando se lo pides tú. Por favor, dime que le tiras unos cuantos francos si logra meter la cabeza entre sus piernas. Con la edad que tiene, es un logro poder doblarse así.
—Philippe, por favor. ¿Nunca te cansas de atormentar al pobre Bontemps?
—¿Es que acaso hay otras distracciones más apasionantes en Versalles aparte de esa?
—Quiero pensar que sí, en efecto, las hay —dijo Louis.
Estaba sentado en una de sus sillas favoritas; una que le habían tallado a medida para él y que contaba con reposabrazos —uno de los infinitos privilegios que tenía como monarca—.
Se pasaba muchas horas ahí sentado, imaginando y trazando el palacio fastuoso en que quería convertir Versalles.
Desde ahí, junto al ventanal, podía contemplar el Patio de Mármol, con sus losas blancas y negras, que nuestro padre había mandado construir cuando Versalles solo era un pabellón de caza real.
Siempre pensé que Louis hubiera preferido un aposento con vistas a la parte posterior del palacio, para poder comprobar cómo de rápido avanzaba el diseño de sus jardines.
Observar las fuentes de agua lo relajaba.
La contemplación de la pura belleza siempre lo calmaba y él disfrutaba viviendo rodeado de ella.
Versalles era el gran proyecto de su existencia, en todos los sentidos y, aunque estaba dispuesto a ayudarlo en cuanto necesitara para conseguirlo, no era un secreto para nadie que mi presencia en la corte no era demasiado grata.
Ni para la corte, ni para mí mismo. Prefería la vida en París, donde me escapaba siempre que podía para celebrar fiestas en el Palais Royal o acudir a la ópera.
Louis sabía tan bien como yo que mantenerme en Versalles era absurdo, pero, por motivos que solo él sabía, insistía en retenerme a su lado.
—¿Y cómo está hoy el Rey Sol? —pregunté, acercándome al hermoso bufete labrado donde Louis siempre ordenaba que hubiese comida fresca.
Tomé una rodaja de naranja y me la metí en la boca.
No había terminado de tragar cuando continué hablando con la boca llena, para horror de mi refinado hermano—.
¿Has contratado a diez arquitectos más para tus jardines o quizás hoy será un día tranquilo en Versalles?
—Philippe —negó con la cabeza, reprobándome, si bien se le escapó una pequeña sonrisa. Quizá ese era uno de los motivos por los que insistía en que residiera en Versalles. No era fácil hacer reír a Louis—. Eres incorregible en tus modales.
—Ah, si solo fuera en mis modales…
Él volvió a negar con la cabeza. Tenía las piernas cruzadas, el cuerpo relajado.
Vestía con su habitual buen gusto —una de las distinciones que compartíamos—, con una casaca granate de bonitos botones dorados sobre un chaleco del mismo color, coronado con un jabot de seda decorando su cuello y adornado con un lazo burdeos.
El largo cabello, de un castaño oscuro casi negro, le caía por los hombros en delicadas ondas hasta media espalda.
De pequeños, cuando aún vivíamos en París, solíamos tomar el pelo a la reina Anne intercambiando nuestras ropas para que nos confundiera y me llamase su Dieudonné .
Louis se moría de la risa mientras yo continuaba ejerciendo mi papel de heredero al trono hasta que nuestra madre descubría el engaño y nos gritaba que Dios iba a castigarnos a ambos por aquella desfachatez.
Entonces corríamos por los pasillos del Louvre, riendo, ajenos en gran parte al destino que Francia nos reservaba para cada uno.
Louis, el Dieudonné , el dado por Dios para ascender al trono, y su hermano pequeño Philippe, duque de Anjou y segundón perpetuo por gracia divina.
Éramos muy parecidos físicamente cuando éramos niños, hasta el punto de parecer gemelos y, cuando crecimos, seguimos pareciéndonos mucho: el mismo cabello oscuro que nos caía en ondas sobre el rostro y los mismos ojos azules, despiertos y brillantes.
Mi hermano, sin embargo, lucía un fino bigote sobre unos labios delgados que casi nunca sonreían, así como una bonita nariz recta que hacía de su rostro uno elegante y distinguido.
Yo, en cambio, tenía los pómulos más marcados y unos rasgos menos agraciados, como la nariz ligeramente curvada y una boca gruesa.
Por lo demás, continuábamos siendo tan similares en estilo y físico como distintos en carácter.
—Te he mandado a llamar por varios motivos.
—Pues tú dirás.
—¿Es cierto que hace dos noches volviste a escapar a París para pasearte por los barrios bajos?
—No me escapé, que yo sepa. Tú siempre dices que Versalles no es una prisión, ¿no?
—Sabes perfectamente a lo que me refiero —repuso él—. Quiero que toda la nobleza de Francia se instale en Versalles y tú, cada dos por tres, insistes en tomar un caballo y escabullirte al Palais Royal para…
—Para divertirme.
—Me da igual lo que hagas, en verdad. La familia real es la primera que debe dar ejemplo: Versalles es ahora nuestro hogar, la capital del reino, y no París.
—A nadie le importa si estoy o no en Versalles, Louis.
—A mí sí me importa. Tienes que dejar de desafiarme una vez tras otra.
—No hago más que obedecerte en todo.
—Hasta que te da un aire y decides no hacerlo. No más escapadas a París y menos para frecuentar tugurios y antros de mala muerte. Pones tu vida en peligro de la manera más absurda posible.
—¿Por qué no hablas claro? Lo que temes cada vez que me marcho a París es que me reúna con esa Nueva Fronda.
—No seas absurdo. Tú nunca me traicionarías así.
—Eso yo lo tengo claro. ¿Lo tienes claro tú?
—Por descontado. De todas formas, la Nueva Fronda no es algo que deba preocuparte. Tengo a Gérald de la Reynie trabajando en ese tema.
—Muy bien. Entonces, ¿has terminado de sermonearme? Porque empiezo a aburrirme y me espera un largo día de ser un hombre intrascendente en la corte.
—Philippe… te doy todo lo que quieres.
—¿De verdad?
—¿Acaso no he permitido que te construyas un baño romano en los Apartamentos del Príncipe? Toda la corte lo considera un absoluto escándalo, como tu excentricidad de bañarte en agua caliente y…