Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1) Aurore I
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Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1)

Un secreto en la corte del Rey Sol (Versalles 1)

Por Katherine Vega

© inepub.com

Aurore I

C uando tío Lambert tomó la decisión de abandonar París, mi primera reacción fue de rechazo. No entendía por qué, tras tantos años viajando por Europa y hablando de volver a nuestra patria, deseaba dejar de nuevo la ciudad que nos había visto nacer a ambos.

Habíamos regresado pocos meses antes y alquilado un pequeño piso en el Quartier Latin , desde el que atendíamos a múltiples pacientes y en el que, según me había asegurado mi tío al poco de poner pie en la ciudad, íbamos a pasar una larga temporada.

Sin embargo, ahora había cambiado repentinamente de opinión y hablaba, nada más y nada menos, de seguir la estela del rey Louis XIV y mudarnos a la villa de Versalles, donde el monarca había fijado la corte de forma no oficial en un palacio que daba trabajo a cientos de obreros, artesanos, sirvientes, guardias y jardineros debido a su ampliación.

Mucha gente de París se había trasladado a Versalles en busca de prosperidad.

Y, al parecer, la idea del tío Lambert es que nos uniéramos a ese éxodo masivo.

Yo no quería irme de París. No en aquel momento de mi vida.

—¿Qué se nos ha perdido a nosotros en Versalles, oncle ?

—Mucho más que aquí, querida. La villa está creciendo y… —Tío Lambert se sentó pesadamente en la silla de su consulta y me miró de una forma en que no lo había hecho antes: con un profundo cansancio—. Creo que la vida en París ya no es para mí.

—¿Y la que nos espera ahí, sí? —insistí yo.

La realidad es que no quería irme. ¿Qué oportunidades de ejercer la medicina íbamos a tener en una villa ?

La otra realidad, la que no le contaba a tío Lambert, es que había empezado a festejar con Julien Gallois y había una parte de mí —una de la que no hablaba jamás con nadie— que estaba ilusionada con esta novedad.

Frente a mi tío, fingía que el amor y el matrimonio ya no eran para mí, debido a mi edad.

Con veinticinco años, ambos habíamos asumido que me convertiría en una solterona más.

Pero en la oscuridad de la noche, cuando él apagaba las velas y me daba las buenas noches y yo me metía en la cama, sola y a oscuras, deseaba conocer el amor al menos una vez.

No solo el amor físico, que me era por completo desconocido, sino aquel que te hacía desear pasar el resto de tu vida junto a otra persona.

Julien Gallois era un buen candidato para ello y deseaba conocerlo mejor: era ingenioso, divertido y avispado, justo lo que yo exigía en un hombre para sentirme atraída por él.

No me importaba que fuera un simple tintorero y apenas ganase dinero suficiente para mantenerse.

El dinero nunca me importó. Al fin y al cabo, como partera, me ganaba mi pequeño y propio sueldo.

Con Julien habíamos tenido un par de momentos: unos cuantos besos en la oscuridad y un ligero toqueteo en mis pechos.

Eso y algún que otro beso robado a otros chicos era toda mi experiencia romántica a mis veinticinco años.

No era por pudor que no me había entregado a ningún hombre; más bien era el profundo deseo de que mi primera vez fuera con alguien que me encendiera en cuerpo y alma, y eso aún no había ocurrido.

No había conocido a ningún hombre a la altura de mis expectativas.

Estudiar medicina, preparar tinturas, ayudar a parturientas y curar heridas era apasionante, lo reconozco, pero no quería que fuera lo único emocionante en mi vida.

Estaba convencida de que seguir conociendo a Julien podía cambiar eso.

Si abandonábamos París, no volvería a verlo jamás. Estaba segura de ello, como también estaba segura de que aquella era mi última oportunidad de, al fin, saber qué era amar a un hombre.

—Sobrina… Deseo una vida más tranquila, más relajada. Establecerme en algún sitio y dejar de viajar. Me hago viejo, Aurore. Ad emás, no me gustan nada esos rumores que se escuchan sobre la Nueva Fronda.

—Solo son habladurías. Dudo que exista esa Nueva Fronda queriendo derrocar a Louis XIV.

—¿Tú crees? La mitad del pueblo lo ama y la otra mitad lo teme. Y la nobleza… bueno, ese es otro tema completamente distinto. Sea como sea, si estallan disturbios que busquen la caída de su majestad, no quiero que nos atrapen en París.

—Pero… ¿En Versalles, oncle ? —repetí, aun sabiendo que no lo haría cambiar de opinión. Aparentemente, había heredado de él la tozudez.

—Es una corte tan rica como esplendorosa, y se rumorea que el rey Louis quiere establecerla ahí de forma fija.

—¡Se rumorea, se rumorea! —exclamé yo—. También se rumorea que el duque de Orleans tiene predilección por la compañía íntima de otros hombres. ¿Debemos hacer caso a todas las habladurías que escuchamos?

—Aurore —me advirtió tío Lambert, con expresión grave—, si nos mudamos a Versalles, vas a tener que cuidar esa lengua tuya. No es lo mismo cotillear en París que en un pueblo. Si se te ocurre comentar que al hermano del rey le gusta…

—¿Acostarse con hombres? —Terminé la frase por él.

Tío Lambert enrojeció. Puede que fuese médico, un hombre de ciencia, pero la idea de que dos hombres tuvieran relaciones físicas lo asqueaba.

No importaba que leyese a los clásicos y que los griegos hablasen frecuentemente de cómo hombres eruditos tomaban a jovencitos bajo su ala; para él era inconcebible semejante bajeza y depravación.

A mí, en cambio, me generaba una profunda curiosidad de la que jamás había hablado con nadie.

—¡Aurore!

—Está bien —accedí—. Nada de cotillear sobre su alteza Philippe.

—Ni sobre nada.

—Ni sobre nada —accedí de nuevo.

Mi buen tío suspiró. No debía ser fácil para él, un hombre soltero, criar a una chica como yo.

Nunca lo había sido. Siempre me decía que perder a su hermano —mi padre— había sido casi igual de duro que verse solo con una criatura llorona —yo— a la que sacar adelante.

Pero con una madre —la mía— muerta en el parto y un padre fallecido en el frente durante los últimos conflictos de la Guerra de los Treinta Años, a tío Lambert no le quedó más remedio que hacerse cargo de aquel bebé que no tenía a nadie más que a él para sobrevivir.

Fue él quien me llamó Aurore, ya que mi cumpleaños coincidía con la fecha de la ascensión al trono del rey Louis. El monarca solo tenía cinco años y ya se sentaba en el trono de Francia. Y yo, recién nacida y huérfana, llegaba a los brazos de tío Lambert. Le pareció, en cierto modo, profético.

—Fuiste una luz en la oscuridad, como la coronación del joven rey —me recordaba de vez en cuando.

No entendía aquella devoción suya por el Rey Sol, que no compartía del todo, ni tampoco comprendí ese deseo de abandonar París para mudarnos a Versalles y ejercer ahí la medicina.

—Tendremos la oportunidad de vivir mejor que en la ciudad, Aurore. Empiezo a tener una edad y cuando yo falte… quiero que quedes bien posicionada.

—¿Qué significa eso? ¿Me vas a casar con un granjero?

Él rio, por primera vez desde que había entrado en el piso que habíamos alquilado al regresar a Francia, y me había anunciado sus intenciones de trasladarnos, al parecer, de forma definitiva.

—Nunca te casaría contra tu voluntad.

—¿Y entonces?

—Quiero reunir suficiente dinero para que te puedas establecer por tu cuenta, solo eso. Y en Versalles creo que podré ganarme bien la vida. Y tú también.

—Bueno, pero… —dije, hasta que me di cuenta de lo que implicaban sus palabras—. Un momento, ¿por mi cuenta? Las mu jeres tenemos prohibido ejercer la medicina general. Gracias a tu querido rey, si no recuerdo mal.

—Controla esa lengua. No me refiero a que ejerzas como médico. Puedes abrir tu propio negocio o quizá aprender otro oficio con el que te puedas mantener dignamente cuando yo falte. No querrás atender en partos toda tu vida. Eso no te dará de comer.

—No quiero abrir ningún negocio ni aprender otro oficio. Me gusta ayudarte.

—Y eso está bien en París, donde nadie se fija en una chica auxiliando a un médico, pero no en Versalles.

—¡En Versalles, en Versalles! —me exasperé—. ¡No quiero ir a vivir al condenado Versalles!

Pero, por supuesto, fuimos a vivir a Versalles.

Y, por supuesto también, mi vida no volvió a ser la misma.