Louis
E l primer día que daba inicio al otoño, un carruaje real atravesó las verjas de Versalles y se detuvo frente a mí. A mi lado, la reina María Teresa dejó escapar una leve protesta.
La ignoré. Ni ella ni ninguna de sus quejas iba a arruinarme aquel momento de dicha.
—¡El duque y la duquesa de Orleans! —anunciaron.
Philippe descendió primero. Ni siquiera la felicidad de su recién estrenado matrimonio había cambiado su forma de vestir.
Siempre había preferido ser un príncipe de la noche, llevando trajes oscuros que contrastaban con la palidez de su rostro y el brillo azul de sus ojos.
Mi hermano alargó la mano y tomó la de Aurore, que bajó del carruaje con elegancia.
Al verme, su mirada se iluminó y también lo hizo la mía.
—Bienvenidos a Versalles —los recibí, incapaz de esconder la sonrisa que decoraba mi rostro.
—Majestad —se inclinaron ambos ante mí.
—Vuestra ausencia ha sido sentida, pero me alegra teneros de nuevo conmigo. —Le ofrecí el brazo a Aurore, que lo aceptó, y echamos a andar. Philippe a mi izquierda, Aurore a mi derecha—. ¿Qué tal la vida en París?
Philippe puso los ojos en blanco.
—¿La vida en París? Nunca pensé que tu regalo de bodas me arrebataría la preciada compañía de mi esposa. Al parecer, es mucho más apasionante para la duquesa de Orleans pasar los días en su querido Hôpital pour femmes que conmigo.
—Contigo son más apasionantes las noches, alteza —replicó, contenta, Aurore.
—¿Desde cuándo una princesa pasa más tiempo aplicando cataplasmas a mujeres desconocidas que atendiendo a su real esposo? —se quejó Philippe, airado.
—Desde que su real esposo es el ser más irritante del mundo.
Me eché a reír sin poder evitarlo.
—Veo que hay cosas que no cambian.
A pesar de sus continuos disentimientos, estaba claro como el día que ambos eran escandalosamente felices.
Mi hermano nunca había transmitido tanta paz ni tanto contento.
Nos escribíamos cada semana y me deleitaba con todas las anécdotas de su nueva vida en París.
Se quejaba una vez tras otra del comportamiento de Aurore.
«Te juro, hermano, que no sé cómo permitiste que me casara con la mujer más irritante del mundo», y luego, tres líneas más abajo, «no sabría vivir sin ella; cada vez que regresa de ese inmundo hospital que le regalaste, me vuelvo loco de felicidad». Leerle siempre alegraba mis días.
También, con el único fin de escandalizarme, mi hermano me relataba en sus cartas el ocio nocturno al que se dedicaban.
Philippe siempre había disfrutado en el hecho de provocarme, pero aquellas cartas llenas de detalles viciosos eran otro nivel.
Me veía obligado a quemarlas tras leerlas, temeroso de que acabasen en manos equivocadas o, peor, que trascendieran a la historia y los franceses del futuro se enterasen de que su Monsieur y su segunda esposa se entregaban a una vida impúdica.
Por supuesto, el hecho de que yo tuviera que prender fuego a todas esas misivas no hacía más que divertir a Philippe, quien hizo caso omiso de mi sugerencia de rebajar el tono de sus escritos.
«¿Quién va a sacarte los colores si yo no estoy, hermano?
», me escribía y casi podía escuchar el sonido de su risa punzante a través del papel.
El comportamiento poco apropiado de la nueva princesa de Francia no había pasado desapercibido para nadie y era la comidilla de todas las cortes europeas, pero regalarle un hospital femenino para que formase a parteras y comadronas había sido una de mis mejores decisiones.
Estaba decidido a defender el decreto que permitía a las mujeres ejercer como médicas ante cualquiera que lo pusiera en duda.
Si mi hermano creía que un matrimonio nobiliario convertiría a Aurore Bechard en una mujer ociosa, es que conocía poco a la mujer de la que se había enamorado.
—¿Sabes que París está revolucionado con todo ese asunto de la Nueva Fronda?
—Lo sé. Gérald de la Reynie continúa investigando.
—Tendré que hablar con él, porque sus continuas redadas en la ciudad han enfadado a decenas de terratenientes parisinos que han venido al Palais Royal a presentar sus quejas.
—No me importa el malestar de los señores parisinos —repuse—. De momento no ha habido más envenenamientos en la corte y me conformo con eso.
—Debes haberte aburrido mucho entonces, hermano —se burló de mí Philippe. Yo esbocé una sonrisa.
Lo había extrañado. Muchísimo. Sin él, Versalles no brillaba igual, no importaba cuántas fiestas diera y cuántos pasacalles bailara.
El palacio no era lo mismo sin la honte du Roi Soleil escandalizando un día sí y otro también.
Ni siquiera la amenaza de la Nueva Fronda, que no hacía más que crecer, podía deslucir la alegría de volver a tener a mi hermano a mi lado.
—He organizado un baile de máscaras para esta noche en vuestro honor.
—¿De verdad? Seguro que lo que más estás esperando es lo que pase después del baile de máscaras.
Me incliné hacia mi encantadora cuñada para susurrarle :
—¿Aún te tomas esas hierbas tuyas porque no quieres darme un nuevo sobrino?
— Au contraire , me las tomo porque no quiero darte un nuevo bastardo, majestad. —Me guiñó un ojo—. ¿O no vas a invitarme a visitarte en la cámara real tras el baile?
Dejó un leve e inapropiado beso en mi mejilla antes de soltarse de mi brazo y subir sola la Gran Escalera de los Embajadores, en dirección a los Apartamentos del Príncipe, que había ordenado mantener intactos hasta su regreso.
Philippe y yo nos detuvimos al pie de los escalones, observando cómo aquella mujer que nos había revolucionado la vida desaparecía en las alturas.
Mi hermano me dio un amistoso golpe en la espalda.
—Espero que tengas fuerzas, Rey Sol, porque mi esposa está deseando que llegue ese baile de máscaras tuyo para que la hagas sudar y retorcerse de pura diversión. —Se burló de mí, con esa sonrisa pérfida que tanto había echado de menos.
—Philippe, por Dios —le rogué—. No tienes vergüenza.
—¿Me lo dice el hombre que tomó a mi esposa por delante mientras yo lo hacía por detrás? Allez , allez , Louis. Más vale que te tomes un tónico reconstituyente, porque Aurore ha aprendido infinidad de nuevas perversiones en estos seis meses de matrimonio.
Suspiré, rogando para que nadie hubiera escuchado las desvergonzadas palabras de Philippe.
—Y supongo que puedo adivinar quién ha sido el maestro de esa infinidad de nuevas perversiones.
—Bueno, hermano —dijo, con un gesto socarrón—, ¿acaso no somos franceses? Tenemos que hacer honor a nuestra fama de libertinos y depravados.
Los ecos de su risa maliciosa llenaron las paredes de mi palacio, que durante tanto tiempo habían estado vacías de esas carcajadas de Philippe, mientras yo, con una sonrisa que no podía ocultar, sacudía la cabeza.
—Acepto el reto, Philippe — le dije, girándome hacia él—. Aunque si alguien va a caer rendido esta noche, te aseguro que no seré yo.
Mi hermano rio con esa insolencia que siempre le había envidiado y me siguió el juego:
—Como quieras —me respondió—. Ya veremos si eres tú, el Rey Sol, quien conquista la noche... o si la noche te conquista a ti.
Mientras subíamos juntos la Gran Escalera de los Embajadores, el sol de otoño nos bañaba con su luz dorada, pero lo único que brillaba más era la sonrisa cómplice que compartimos.
El secreto que guardábamos los tres seguía siendo nuestro y jamás, ni por un instante, dejaríamos que nadie lo destruyera.
Ni siquiera la amenaza creciente de la Nueva Fronda.