Un rival inolvidable Capítulo Veintiocho
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Capítulo Veintiocho

ZACHARY

Solté un profundo gruñido, y Grace selló su boca sobre la mía mientras la abrazaba con fuerza. Su trasero era perfecto. Ella era perfecta. Se lo recordaría todos los días para que lo entendiera de una vez por todas.

Mientras la besaba con intensidad, nos movimos por la sala de estar. Me encantaba tenerla en brazos, pero necesitaba un punto de apoyo para besarla con desenfreno. La isla de la cocina serviría; la senté sobre la encimera, mis manos pasaron a sus muslos y el beso se hizo más profundo.

Me moría por hacerla mía. Pero iría despacio; lo primero sería explorar su boca.

Reduje la intensidad para saborear ese íntimo contacto, y paladear el sabor a pistacho y chocolate de su lengua.

Me deleitaban sus reacciones: los suspiros tímidos iniciales se transformaron en sensuales jadeos.

La acerqué al borde de la encimera, abrí sus piernas para colocarme entre ellas y sostuve sus tobillos.

Sus gemidos y sus suspiros se hicieron aún más pronunciados.

Deslizó las manos por mi pecho y tironeó del cuello de mi camisa.

Me aparté con una sonrisa:

—Te encanta quitarme la ropa.

—Siempre.

Tenía los labios hinchados. Mientras sostenía sus tobillos, desabroché los botones de mi camisa, luego mis manos subieron por sus pantorrillas hasta sus muslos. Cuando terminó con mi camisa, me la quitó de los hombros.

—Joder, Grace.

Volví a besarla. Su boca era pura adicción, ese día más que nunca. Quizás porque finalmente habíamos abierto nuestros corazones y confesado nuestro amor. Quizás porque Grace estaba empezando a aceptar que era mía.

Con ganas de recorrer el resto de su cuerpo, me aparté y miré su escote.

—Me merezco una recompensa —murmuré.

—¿Por qué?

—Por no abalanzarme sobre ti en cuanto abriste la puerta. Estás sexy de cojones con este camisón… creo que es mi favorito. —Toqué uno de sus pechos por encima de la tela, y ella arqueó la espalda al instante—. Pero ahora necesito quitártelo.

—No esperaba verte esta noche… ha sido toda una sorpresa —comentó con una sonrisa.

Se contoneó sobre la encimera para subirse el camisón, y terminé quitándoselo por la cabeza. Despeinarla la hacía aún más irresistible.

—Eres tan jodidamente preciosa. Y no me cansaré de repetírtelo todos los días.

Bajé mi boca a sus pechos. Grace apoyó las palmas en la encimera e inclinó su cuerpo hacia atrás, dándome el ángulo perfecto para explorarla. Levantó una pierna y apoyó el pie en la mesa, pero resultó que la isla era más alta de lo que esperaba, e impediría que pudiera hacerla mía como quería.

Antes de dejarme llevar por el momento, la levanté y la llevé a su dormitorio. La haría mía en la cama.

Ella se rió:

—Ja, te has acordado que tengo un dormitorio, ¿eh?

—¿Has visto? Creo que es la primera vez que tengo ese detalle —dije, antes de acostarla sobre el colchón y quitarme el resto de la ropa.

Ella me miró con una mezcla de deseo, fijándose especialmente en mi erección, dura como una piedra.

—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó, arrodillándose y acariciándome con la mano.

—Desde que entré y te vi con ese camisón.

Apenas podía articular dos palabras seguidas. Ver sus labios a pocos centímetros de mi miembro me estaba volviendo loco.

—Pues no se ha notado —dijo, y pasó la lengua por mi glande.

No pude decir nada… solo emitir un gemido gutural. Grace me acogió entre sus labios, y de forma instintiva, empujé las caderas hacia delante y disfruté de la sensación.

Me fascinaba estar dentro de su boca, pero mi deseo iba más allá. Me aparté por completo porque necesitaba estar dentro de ella.

—¡No había terminado! —protestó.

—Lo sé, preciosa, pero tengo otros planes ahora mismo. O, más concretamente, para ti. —Incliné la cabeza—. Túmbate boca arriba y abre bien las piernas.

Se humedeció los labios antes de obedecer y separar los muslos. Su coño húmedo me tenía obsesionado. Apoyé una rodilla en la cama y le introduje un dedo.

—Oh… —gimió.

Luego deslicé otro. Joder, sí. Fui dilatándola poco a poco. Qué apretada estaba.

—Quiero que te corras antes de meterte la polla, preciosa.

Su respiración se volvió irregular y empezó a jadear mi nombre.

Curvé los dedos para estimular su punto G. Aún no le había tocado el clítoris; primero tenía que abrirme camino y excitarla poco a poco.

Desde mi posición, podía verla por completo; su cara, la forma en que fruncía los labios con cada sonido de placer, sus ojos desenfocados, sus mejillas igual de sonrojadas que su coño, y sus pezones duros como guijarros.

Su respiración se aceleró y empezó a arquear la espalda.

¡Sí! Estaba llegando al límite, y sus paredes internas se contraían con fuerza.

Retiré los dedos y le acaricié el clítoris.

—¡Oooh! —exclamó.

Cambié de postura sin quitar la mano para deslizarme fácilmente dentro de ella.

Puse sus pies sobre mi pecho para que sus caderas quedaran suspendidas, y seguí estimulando su botón sensible mientras me introducía.

Grace gritó con desenfreno y se corrió en ese mismo instante, incluso antes de que terminara de penetrarla hasta el fondo.

Me detuve cuando ella se apretó con fuerza a mi alrededor, no quería hacerle daño. La miraba hipnotizado: nunca me cansaría de verla correrse y entregarse de esa manera. Grace se retorcía en la cama, moviendo las caderas con salvaje abandono, tirando de su cabello, de sus pechos y de la manta.

En cuanto empezó a calmarse, y sus apretadas paredes se relajaron, me introduje hasta el fondo.

—Estar dentro de ti es la mejor sensación del mundo —dije entre gemidos.

Giré la cabeza hacia un lado y le besé el tobillo.

Ella presionó su brazo contra mi pecho, levantando ligeramente el culo.

Fue entonces cuando me di cuenta que ella también quería moverse.

Mi chica quería que la penetrara, y no me contuve un segundo más.

La embestí desenfrenadamente, y sus gemidos de placer se convirtieron de nuevo en jadeos desesperados.

Ambos nos movíamos con frenesí. Aunque ya se había corrido, sentí que la tensión volvía a acumularse en su interior.

Su cuerpo era un libro abierto para mí; sabía lo que significaba cada respiración entrecortada y cada grito.

Me incliné ligeramente hacia delante y aparté sus pies de mi pecho; ese ángulo era mucho más satisfactorio y podía estimular su punto G.

—¡Zachary! —Sus ojos se abrieron de par en par, como si estuviera sorprendida por las sensaciones que la inundaban.

—Joder, Grace. Te quiero. Me encanta estar contigo.

Nuestra conexión era increíble. Apoyé las manos para poder inclinarme y lamerle un pezón, sin dejar de penetrarla. Grace apoyó los talones en la cama para poder moverse mejor.

—Zachary, no puedo creerlo, pero voy a…

—Lo sé, cariño. Déjate llevar. Córrete en mi polla.

Volvió a cerrar los ojos y la vi abrir la boca a cámara lenta antes de que el grito saliera de su garganta. Bajé la mirada y vi que se estaba tocando. Esa imagen, combinada con sus gritos de placer, fue tan abrumadora que me corrí con fuerza. Tan fuerte, de hecho, que mis muslos cedieron.

Me incliné sobre ella, poniendo mis manos entre sus nalgas y el colchón, empujando como un loco mientras Grace seguía corriéndose. Estaba decidido a darle hasta la última gota de mi clímax.

Cuando la ola pasó, me quedé quieto y saqué las manos de debajo de su trasero. Me había quedado completamente sin aliento y empapado en sudor. Me apoyé en los codos para poder mirarla: tenía los ojos cerrados y los labios curvados en una sonrisa. Le besé la barbilla y luego la comisura de la boca.

Grace abrió los ojos y murmuró:

—¿Por qué me miras así?

—Eres hermosa, Grace. Y toda mía. Solo mía.

Ella asintió, deslizó las manos por mis bíceps y me recorrió los hombros y el cuello.

—Solo tuya. Te quiero… demasiado.

Nunca la había oído hablar con tanta convicción.

Apreté mi frente contra la suya y dije:

—Lo mismo digo.

—Tienes un don para decir cosas bonitas, a mi en cambio, me cuesta la vida… pero sé exactamente cómo demostrarte lo mucho que siento por ti.

—¿Y cómo sería?

—Voy a compartir contigo el donut que queda en vez de comérmelo yo sola.

Me eché a reír y me enderecé:

—Vaya, me quieres más de lo que imaginaba.