Un rival inolvidable Capítulo Veintinueve
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Capítulo Veintinueve

UN AÑO DESPUÉS

GRACE

—¡Qué bien ha quedado todo! —dije, contemplando la finca completamente renovada.

Zachary y yo habíamos acudido para echar una mano a Gaston y Felicia con los preparativos de última hora. Al día siguiente, recibirían a su primer grupo de huéspedes después de la renovación.

Al final, decidimos invertir juntos en el proyecto de la finca. Nunca imaginé que, tras mi desagradable divorcio, volvería a confiar en alguien y a compartir un proyecto de vida. Pero con Zachary era feliz y creía que todo era posible.

Mi negocio había prosperado muchísimo durante el último año.

Aunque mi tienda online seguía siendo la principal fuente de ingresos, cada vez más tiendas del casco antiguo incluían mis productos en su catálogo.

Lo más importante y lo que más me reconfortaba era el interés de los negocios del Barrio Francés por mis creaciones; era como un reconocimiento al nombre Deveraux.

Mis padres estaban pletóricos; habían comenzado a asistir a más eventos sociales y se sentían más a gusto cada vez que iban al teatro u otros lugares públicos. Eran buenas personas y se merecían disfrutar de su jubilación sin tener que soportar los susurros de la gente.

No habíamos tenido noticias de mis hermanos, pero tampoco esperábamos que se pusieran en contacto. Parecía que no aceptaban la derrota. El tiempo se encargaría de curar las heridas y quizá, en algún momento, volverían. Con la lección aprendida… al menos.

—¿Ya has terminado? —preguntó Zachary, acercándose por detrás.

Le habíamos echado una mano a Felicia en la cocina, que estaba preparando gumbo , y me ofrecí a regar las plantas.

—Sip —dije, levantando el regador vacío—. ¿Deberíamos marcharnos y dejar que Gaston y Felicia descansen?

—¿Quieres pasar primero por los establos? Aún no has tenido tiempo de cepillar a Starlight.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté con una tímida sonrisa.

—Cariño, es tu actividad favorita cada vez que vienes aquí —dijo entre risas—. Si hasta te buscas cualquier excusa… la última fue mortal.

—Bueno, al menos soy sincera.

—¿En serio? ¿Hacía falta decir “Con el viento que hace Starlight debe tener el pelo fatal”?

—¡Pero si era verdad!

—¡Es un caballo!

Le di un codazo juguetón:

—Oye, no lo digas tan alto. Estoy convencida de que Starlight cree que es humano.

Zachary se rió y se inclinó para besarme la frente:

—No puedes ser más adorable.

No me cansaba de que me dijera cosas bonitas.

El teléfono de Zachary sonó, y al mirarlo, resopló.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Otra asistenta de Anthony que ha renunciado.

—Oh. ¿No consigue mantener a nadie en el puesto?

Suspiró:

—Así es… Ninguna le dura más de un par de meses. Y más de una le ha dicho a la cara que era un capullo arrogante.

—¿En serio? —pregunté, abriendo mucho los ojos—. Pero si Anthony es de lo más simpático.

—Sí, excepto con sus asistentas.

—¿Y eso por qué?

—Tiene tela… pero te contaré la historia en otro momento.

Mmm… De repente me pregunté si Isabeau y Celine tendrían algo para remediar ese mal. ¿Quizás con lila?

Madre mía, me estoy contagiando de las abuelas.

Otro trueno resonó en el cielo y ambos levantamos la vista.

—Vamos al establo y después directo a Nueva Orleans. Gaston nos ha advertido que se avecina una gran tormenta —murmuré mirando al cielo. Estaba segura de que tenía razón.

Apenas entramos, Starlight relinchó. Juraría que sintió mi presencia incluso antes de verme.

Zachary y yo nos acercamos sin detenernos delante de los otros boxes .

La finca había adquirido más caballos durante el último año, y tras un largo debate, decidimos preguntar a Gaston y Felicia si les gustaría construir más cabañas, en vez de limitarnos a reformar las existentes.

Les encantó la idea, y nos pusimos manos a la obra.

Al aumentar las plazas, aumentaba la demanda de caballos, naturalmente.

—Hola, precioso —le dije, deteniéndome frente a él—. ¿Quieres que te cepille el cabello?

Zachary sonrió y señaló una preciosa caja plateada que había en un costado.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Ya era hora de que Starlight tuviera un nuevo juego de cepillos.

Me derretí por dentro.

—¡Ahh…! Qué bonito detalle para mi bebé. Y para mí.

Cogí la caja y le di la vuelta: era de un fabricante de peines para caballos muy conocido.

Zachary se merecía el cielo; sabía lo mucho que Starlight significaba para mí.

Abrí la caja y al coger el cepillo, me percaté que había un estuche pequeño de terciopelo.

—¿Desde cuándo hay accesorios para caballos? —pregunté, frunciendo el ceño.

—No lo sé —respondió Zachary. Su tono era juguetón, pero dejaba entrever cierto nerviosismo.

Abrí la caja de terciopelo, dejando a un lado la más grande, y al ver lo que contenía, mi respiración se cortó. No era el accesorio que esperaba.

Levanté la vista y encontré a Zachary sonriendo de oreja a oreja mientras cogía la pequeña caja y se arrodillaba:

—Grace Deveraux, llevo meses esperando este día.

Una oleada de amor me invadió por completo.

—¿Meses? —pregunté, apenas un susurro.

—Sí, quería elegir un día que tuviese un significado especial, y la inauguración de nuestro primer proyecto juntos me pareció el momento perfecto.

Nos conocimos aquí, en esta finca. ¿Recuerdas lo mal que nos llevábamos al principio?

Aunque pensé que estabas buenísima, jamás imaginé que un año después te estaría pidiendo que te casaras conmigo.

Empecé a reír y me llevé las manos a las mejillas. Me ardían los ojos y quería contener las lágrimas antes de que Zachary las notara.

—Grace, te amo. Y nada me haría más feliz que ser marido y mujer. Sería el broche de oro para nuestro proyecto de vida.

Zachary carraspeó. Pensé que diría algo más, pero solo tragó saliva.

El hombre más guapo y maravilloso del mundo, con un nudo en la garganta… ¡qué dulce!

Fue mi turno de tomar la palabra:

—¡Claro que quiero casarme contigo!

Estaba temblando, el corazón me latía con una felicidad desbordante. Ni en mis más remotos sueños imaginé que volvería a dar el “sí, quiero”. Pero con Zachary sentía que era perfecto… como si tuviera que ser así.

—Quiero ser tu esposa, que estemos juntos toda la vida.

Siempre recuerdo eso tan bonito que dijiste el año pasado: “estamos juntos en este viaje”.

Al principio no tenía un buen concepto de ti, pero eres el mejor hombre que he conocido.

—Y un momento después, añadí—: Y ya que estamos sincerándonos, tú tampoco pensaste maravillas de mí.

Él se rió:

—Es verdad, tuve una primera impresión desastrosa. Pero descubrir quién eres realmente ha sido lo más bonito que me ha pasado. Eres increíble —dijo, mientras me deslizaba el anillo en el dedo.

La alianza llevaba un diamante enorme, de corte princesa, de al menos cinco o seis quilates. Sabía que acapararía todas las miradas allá donde fuera.

De repente, me di cuenta de que era perfecto porque era lo que yo quería: gritar a los cuatro vientos que pronto sería la señora LeBlanc.

—Te amo —dijo Zachary, levantándose despacio.

Seguía hipnotizada mirando mi dedo; la alianza tenía pequeños diamantes redondos tan finamente tallados en el borde que podía sentirlos en mi piel.

—Es el anillo más bonito que he visto. ¡Dios mío, no sabes cuánto te amo!

—Me alegro de que te guste —respondió Zachary, con la misma emoción.

Me rodeó la cintura y me atrajo hacia él. Luego me besó lenta y apasionadamente, pero necesitaba más.

Envolví su cuello con mi brazo derecho para responder al beso, manteniendo el otro aparte por miedo a dañar el anillo.

Podría quedarme así con él para siempre.

No quería que ese momento terminara nunca.

Era mágico: estábamos en el pantano, en el mismo lugar que nos unió por primera vez como rivales…

y un año después planeábamos convertirnos en marido y mujer.

El sonido de un trueno nos sobresaltó y rompimos el contacto. Bajé el brazo que tenía en alto y Zachary me sonrió.

—¿Qué? —dije a la defensiva, acercando mi mano izquierda al pecho—. No quería arriesgarme a enganchar el anillo en mi pelo o algo así. —Era imposible, claro, porque el diamante estaba perfectamente engarzado.

El inconfundible sonido de las gotas de lluvia sobre el techo llenó el ambiente.

—Oh, no. Deberíamos correr hacia la casa principal. —Miré a Starlight y dije—: Lo siento, pequeño. Te peinaré en otra ocasión, ¿vale? —Apoyé la frente en su hocico para que supiera que lo quería. Me encantó que hubiera sido testigo de ese momento mágico.

Zachary cerró la caja del set de peinado de Starlight y salimos. Al llegar a la puerta del establo, sonreí: estaba diluviando.

—Gaston tenía razón; se avecina un temporal.

—Ya hemos pasado por esto —comentó Zachary con una sonrisa.

—¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando? —pregunté, moviendo las cejas.

—Por supuesto que sí. Si la tormenta se pone muy fea, no tendremos más remedio que refugiarnos en una de las cabañas… que, por cierto, tienen aire acondicionado y camas nuevas.

Sonreí:

—Si no queda más remedio…