Capítulo Veintisiete
ZACHARY
Como Grace prefirió quedarse en su casa, le envié un mensaje a Anthony y a Beckett. Me habían invitado a un bar, y mi primera respuesta fue un no rotundo porque ya tenía planes con mi chica. Pero ahora estaba disponible para quedar con ellos.
Quizás debería haber sido más insistente con Grace: quería celebrar con ella y preguntarle por qué había perdido el interés en la finca. Pero decidí no presionarla; sabía que había tenido unos días muy duros en el trabajo. Ya tendría tiempo para mimarla y hablar largo y tendido ese fin de semana.
Salí de mi oficina y fui directamente a Bourbon Street. Julian había comprado ese local después de que Kyle Devereaux se marchara de la ciudad. Estuvo muy rápido, a pesar de las polémicas, la calle Bourbon era el núcleo central del Barrio Francés.
No era mi tipo de bar, se parecía más a club que a otra cosa, pero era cómodo y el más cercano a LeBlanc no estaba acostumbrado a ver a mi hermano menor con esa mirada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—¿De verdad no te das cuenta?
—¿Perdona? —pregunté, echando la cabeza hacia atrás.
—¿No se suponía que habías quedado con Grace esta noche?
—Sí —respondí, sin entender a dónde quería llegar.
—A ver si lo he entendido: primero te llama el dueño de la finca para decirte que eres el socio inversor.
—Exacto.
—¿Y luego Grace te cancela?
Puse los ojos en blanco:
—No me canceló… Me dijo que no le apetecía salir y me felicitó por lo de la finca. Su último mensaje fue: “Espero que lo entiendas”.
Mis dos hermanos gruñeron.
—¿Qué? —pregunté.
—¡Venga ya, tío! —exclamó Anthony.
Repasé los mensajes en mi mente, palabra por palabra.
—¡Joder! —protesté—. Pensé que se estaba disculpando por cancelar nuestra cita.
—No, tío. Yo creo que tu chica debe estar dolida —concluyó Beckett—. Pero no me hagas mucho caso, por si me equivoco. No entiendo nada de mujeres.
—Mierda. —Saqué el móvil y releí sus mensajes—. ¡Joder! Tienes razón.
¿Cómo demonios había malinterpretado sus palabras? Llevaba las últimas semanas como loco con el trabajo, pero el mensaje estaba más claro que el agua, y no dejaba lugar a dudas.
Me pasé la mano por el pelo y miré a mis hermanos:
—Tengo que irme.
—Hemos sido el plan B apenas cinco minutos… —comentó Beckett entre risas.
—Tío, la he cagado. Tengo que arreglarlo.
—Es la primera vez que te veo perder la calma, por así decirlo —dijo Anthony, bebiendo otro sorbo, inclinando la cabeza con evidente diversión—.
Siempre te hemos visto controlado y muy seguro ante cualquier situación o desafío…
verte preocupado por unos mensajes es lo más cómico que he visto en años.
Me levanté y lo señalé:
—No son solo unos mensajes. Lo sabes. Deja de burlarte de mí.
—Ni lo sueñes —respondió Anthony.
Beckett se rió de nuevo:
—Tío, estamos grandes para tus órdenes. Pero me lo estoy pasando pipa.
—Bueno, me voy. Tengo que ver a Grace.
—¿Dónde está? —quiso saber Anthony.
Me quedé un segundo pensando.
—Su agenda de hoy era…
¿Por qué no lo recordaba? Mis neuronas estaban más fritas de lo que creía.
—Hoy trabajaba desde casa —recordé de repente—. Eso es. Se suponía que tenía que recogerla en su casa.
—Tío, estás fatal —comentó Beckett con tono serio.
—Como he dicho, han sido unas semanas muy intensas.
Anthony se enderezó:
—Hablando en serio, si estás tan agobiado con el trabajo, ¿por qué no nos llamas? Sabes que siempre puedes contar con nosotros para lo que sea, ¿verdad? Eres el experto en solucionar problemas y el que todo lo puede, pero no dudes en apoyarte en nosotros.
—Gracias. Lo tendré en cuenta. Ahora mismo, mi prioridad es ver a Grace y pedirle perdón.
—En eso no podemos ayudarte —dijo Beckett.
—Creo que solo empeoraríamos las cosas —añadió Anthony.
—¡Pero si no os he pedido ayuda! —señalé.
—Te recuerdo que ya te hemos ayudado —respondió Beckett—: te hemos enseñado a descifrar los mensajes de las mujeres, hermano.
Negué con la cabeza:
—Dejad de fastidiar.
—Y tú deja de regañar. Ya estamos grandecitos —argumentó Anthony.
—Bueno, me voy ya.
Salí apresuradamente del bar, sacando las llaves del bolsillo mientras me dirigía corriendo al estacionamiento detrás de LeBlanc había estado allí varias veces durante las últimas semanas.
Fui directamente al ascensor, pero la impaciencia me invadió y subí corriendo por las escaleras.
Me gustaba prepararme de antemano antes de enfrentar una situación difícil, pero en ese momento, mi mente estaba completamente en blanco.
Lo único que sabía con certeza era que necesitaba verla y arreglar las cosas.
Llamé a su puerta, pero nadie respondió. Volví a llamar, más fuerte. ¿No estaba en casa? Quizás se había olvidado de apagar las luces.
A continuación, llamé al timbre y, por fin, oí pasos. Grace abrió la puerta un momento después:
—Hola, Zachary. ¿Me avisaste de que vendrías y no vi el mensaje?
Se echó hacia atrás y tragó saliva. Llevaba un irresistible camisón de seda negra que apenas le cubría las caderas y dejaba ver sus pezones.
Calma. Primero la disculpa, luego todo lo demás.
—No. —Levanté las dos bolsas y dije—: Te he traído algo rico.
—Pasa.
Abrió la puerta y entré. No mostraba mucho entusiasmo, lo cual era entendible.
—Grace… esta noche… Bueno, hoy, en realidad, cuando me escribiste—empecé, dándole la bolsa con los donuts de pistacho y chocolate—, no entendí el significado de tus mensajes.
Abrió la bolsa y se detuvo en el acto:
—¿Qué quieres decir? —Sacó un donut y le dio un mordisco—. Oh, me encantan, y eso que hoy me he comido unos cuantos.
Mmm… ¿está evadiendo la conversación?
—Grace… —Me acerqué y le aparté un mechón de pelo detrás de la oreja y le quité unos restos de azúcar pegados a la comisura de la boca—. No me había dado cuenta de que la decisión de Gaston te había sentado mal.
Ella frunció el ceño y tragó saliva:
—No sé qué decir.
—Hablemos. —Al escuchar una cacofonía molesta proveniente del salón, pregunté—: ¿Qué estás viendo?
Ella sonrió tímidamente:
—Otra comedia romántica de Hugh Grant.
—¿Hay más de una? —pregunté, atónito.
—Sí, Zachary. ¿Qué problema…? No importa. —Bajó la mirada hacia el donut .
—Primero, deberíamos hablar sobre la finca.
No saqué el tema antes porque… —Me pasé la mano por el pelo y proseguí—: Pensé que podría quedar en la nada, teniendo en cuenta que Gaston no se había vuelto a poner en contacto con ninguno de los dos.
Y que lo hablaríamos cuando se comunicara con nosotros.
Grace asintió:
—Ya, ni siquiera estoy segura de por qué estoy enfadada.
¿Enfadada? Pensaba que, como mucho, estaría desconcertada, pero no enfadada.
—Pero le hiciste una oferta más generosa que la mía, así que es lógico que te eligiera a ti —continuó.
—Espera un momento. ¿Qué quieres decir con que ofrecí más dinero? Cuando le pregunté a Gaston por ti y me dijo que estabas fuera de la competencia.
—Claro… porque tú le ofreciste más dinero.
Me quedé mirándola fijamente.
—Voy a poner la película en pausa —dijo, yendo a la sala de estar.
Me quité los zapatos y la seguí. Algo no cuadraba.
—Ni siquiera sé cuál ha sido tu oferta, así que ¿cómo iba a pujar más que tú?
Tras una pausa, Grace me miró de reojo:
—Le dijiste a Gaston que tú superarías cualquier monto que yo ofreciera. Lo cual es justo, pero… —Suspiró—. Ojalá me lo hubieras dicho antes. Así no me habría hecho ilusiones.
Parpadeé rápidamente:
—Grace, se lo dije hace mil años… cuando hablé con él por primera vez. Lo había olvidado por completo. Sería incapaz de preguntarle a Gaston cuánto le has ofrecido para superar tu oferta, al menos no sin hablar antes contigo.
—Ah. —Había sacado el segundo donut , pero lo volvió a dejar en su sitio y colocó la bolsa sobre la mesita de café—. Vale. Lo siento. Pensé que… da igual.
—Dime lo que piensas. —Estaba entrando en pánico y quería arreglar las cosas con ella.
Le acaricié la cara con ambas manos y algo cambió en su lenguaje corporal. Parecía menos cerrada que cuando entré.
—Saqué conclusiones precipitadas. —Hizo una mueca de dolor y añadió—: Me sentí traicionada por ti.
—¡Y yo ni siquiera me di cuenta! Estoy agotado y necesito descansar, pero no es excusa. Jamás te haría daño… ¿Por qué has llegado a esa conclusión?
Grace rompió el contacto visual y bajó la mirada. Parecía encogerse delante de mí.
—¿Por tu ex? —pregunté en voz baja.
Grace negó con la cabeza y volvió a levantar la vista:
—No, ya es hora de que deje de culparlo por todo. Es obvio que aún no he superado lo sucedido, a pesar de haberlo intentado con todas mis fuerzas. —Frunció el ceño y cerró los ojos—. En vez de preguntarte qué había pasado preferí encerrarme en mí misma.
—Grace, no tienes por qué ser tan dura contigo. —Le acaricié las mejillas y ella volvió a abrir los ojos.
—Lo siento —susurró ella.
—¿Por qué?
—Por todo lo de hoy.
—Cariño, es normal malinterpretar las cosas. Lo único que quiero que sepas es que nunca haría nada para hacerte daño.
—Ya… pero sabes que es mucho más que eso. Aún tengo mucho por sanar.
—¿Y qué? ¿A quién le importa? Te quiero, Grace y estamos juntos en este viaje.
Al tocarle la cara, su mirada se dulcificó al instante, y sentí cómo toda la tensión de su cuerpo se disipaba.
Quería bajar la vista para comprobar si sus manos también se habían relajado, pero no me atrevía.
Estábamos en medio de una conversación seria, pero el cuerpo de Grace tenía la capacidad de distraerme por completo.
—¿Me quieres? —susurró, como si no diera crédito.
—Sí, Grace. ¿Por qué te cuesta creerlo? Eres muy importante para mí, mi amor.
Para mi sorpresa, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No me siento merecedora de amor.
—Te mereces el mundo entero, y quiero darte todo lo que tengo. No cambiaría nada de ti, Grace.
—Te quiero, Zachary. No puedo creer que esto esté pasando.
Me acerqué y le besé una comisura de la boca y luego la otra. Sentí cómo la adrenalina abandonaba mi cuerpo y empezaba a relajarme. Desde que leí los mensajes por segunda vez, estaba hecho un manojo de nervios.
—Estamos juntos en este viaje. Y te lo diré un millón de veces si es necesario. No tienes que hacer nada para ser digna de amor. Te quiero más de lo que creía que era capaz. Te quiero porque sí, y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Me miró bajo sus grandes pestañas. Su boca se curvó en una pequeña y tímida sonrisa, que luego se hizo más grande. Cuando puso sus manos sobre mis hombros, supe lo que vendría: me preparé para que Grace saltara a mis brazos, y mis manos se dirigieron inmediatamente a sus nalgas para sostenerla…
No llevaba ropa interior.