Capítulo Veinticinco
ZACHARY
—Grace, admiro profundamente que hayas aceptado venir al brunch con todos los LeBlanc Broussard. Te has ganado por lo menos cien puntos —dijo Beckett el sábado, rodeándole los hombros con un brazo.
Ella se rió, y tuve que reconocer que mi hermano tenía un don para romper el hielo en cualquier situación.
Grace y yo habíamos llegado hacía una hora, y tras las presentaciones iniciales, vi que empezaba a sentirse abrumada. Por suerte, mi hermano pequeño había acudido al rescate.
—Es un placer. Zachary me ha hablado mucho de todos vosotros —le respondió Grace, mientras se servía más comida en el plato.
Pensé que tendríamos un brunch tranquilo, como de costumbre, pero mis abuelas se lo curraron como nadie: prepararon siete platos diferentes y tres postres. Aún no habían puesto los dulces en la mesa, pero avisaron de antemano que dejáramos espacio para el postre.
Le di un golpecito en el brazo a mi hermano:
—Oye, quita las manos de mi chica.
Beckett se echó a reír, y todos se contagiaron de su risa.
Aunque lo había dicho en broma, al ver a mi hermano tan cerca de Grace, algo se activó dentro de mí y mi voz salió muy cortante. Relájate .
Giró la cabeza hacia mí y me dedicó una sonrisa. Sus ojos brillaban con la misma felicidad que en el festival; estar a mi lado la hacía sentir feliz.
—Vaya, alguien está marcando territorio —comentó Anthony.
—Joder, ¡pues claro! —exclamé, y mi tono fue tan alto que toda la mesa rompió a reír.
—No sé de qué te extrañas. Todos los LeBlanc sois iguales —comentó Georgie.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Beckett fascinado.
—Me basta con observaros. No tengo suficiente información sobre vosotros dos —respondió, señalando a Anthony y Beckett—, pero me atrevo a afirmar que sois iguales. Julian ya era territorial incluso antes de que empezáramos a salir. Una vez, cuando…
Dejó la frase a medias y miró a Grace por un instante.
—Se trata de mi hermano, ¿verdad? —preguntó, haciendo una mueca de dolor.
—Lo siento, no era mi intención mencionarlo. Pero ahora que lo pienso, si no fuese por él, Julian no habría actuado como un caballero ni fingido ser mi novio. Nuestro primer beso, que por cierto fue muy atrevido, fue justo delante de Kyle, para quitárnoslo de encima.
—Seguro que se puso furioso, pero se lo merecía. —Y tras un suspiro, añadió—: Ya que estoy aquí, aprovecho para pedir disculpas por lo que han hecho mis hermanos.
—Cariño, no digas tonterías —intervino Isabeau—. No tienes que disculparte por nada.
—La abuela tiene toda la razón —comenté, antes de abrazar a Grace y besarle el hombro.
—Aprovechando que estáis todos presentes —anunció comenzó Celine—, quiero compartir que la combinación de nuestros perfumes y lociones con tus cremas, Grace, ha resultado ser un éxito rotundo.
Los clientes están encantados, e incluso varias tiendas cercanas nos han solicitado tu información de contacto para incluir tus productos en sus negocios.
Les sonreí. Mis abuelas eran increíbles.
—Claro. Podéis compartir mi correo electrónico con quien deseéis. Me encargaré personalmente de responder todas las consultas —aseguró Grace.
—Estupendo.
—Y si ven que tardo en contestar, me pueden llamar por teléfono. Muchos correos terminan en el spam , en especial los de remitentes desconocidos, y no quisiera perder ninguna oportunidad de contacto.
—Se lo haremos saber —dijo Isabeau.
Me sorprendió la calidez en su voz. Era evidente que ambas sentían una gran estima por Grace, pero no me esperaba que fuesen tan cariñosas.
Celine y, en particular, Isabeau, eran huesos duros de roer y desconfiaban por regla general de los desconocidos.
No era fácil ganarse su confianza, aunque con los años se habían suavizado.
Cuando mencionó los correos electrónicos, volví a pensar en Gaston.
Todavía no había respondido a mi oferta.
No sabía si hablarlo con Grace, para ver si había cambiado de opinión y estaba más receptiva a la posibilidad de una inversión conjunta.
Pero no tenía sentido sacarlo a colación en ese momento.
Gaston respondería eventualmente, y entonces abordaríamos esa conversación pendiente.
—A mí también me encantaría vender tus productos —intervino Georgie—. Aunque no son el tipo de artículos que suelo tener en Books era feliz con Grace, y eso era lo único que importaba.
Después de terminar de comer, nuestras abuelas nos invitaron a pasar a la sala de estar para el postre.
—¿Quieres que vaya a ayudar a la cocina? —se ofreció Grace.
—Necesitamos que todos echen una mano —dijo Isabeau—. Son muchos platos para dos personas.
—Ya… seguro que terminamos todos comiendo el postre en la cocina —comentó Anthony.
—Por mí, genial —respondió Isabeau entre risas.
—Entonces, vamos todos a la cocina.
Bella, que había estado bastante callada, se acercó de repente a Grace y a mí, que éramos los últimos de la fila.
—¿Tío Zachary? —preguntó, mirando a Grace con timidez—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Sí, claro.
—¿Prefieres que os deje a solas? —le preguntó Grace.
Bella dudó un instante antes de responder:
—No, me gustaría la opinión de una mujer que no sea de la familia.
Madre mía, parecía una adulta cuando hablaba así, o por lo menos una adolescente, que era en lo que se estaba convirtiendo.
—¿Podrías darme tu opinión, Grace? —le preguntó.
—Claro —respondió, visiblemente sorprendida.
—Vale. Hace un tiempo le pregunté al tío Zachary si debía ser amiga de las chicas populares del cole aunque no me lo pasara bien con ellas, y que además me pedían que dejara de lado a mis amigas de siempre. Y él me dijo que no tenía por qué hacerlo, que me quedara con mis amigas de verdad.
—Tu tío tiene razón. Nadie puede pedirte que dejes de lado a una amiga.
—Bueno, ahora tengo otro problema: las chicas malas están diciendo mentiras sobre mí a mis espaldas. Y no sé qué hacer.
Joder.
—Si yo fuera tú —empezó Grace—, cada vez que alguien se acerque y te cuente esas mentiras, diles la verdad con seguridad. No hace falta que digas quiénes inventaron esas mentiras, solo que no es cierto.
—¿Y crees que eso funcionará? —preguntó Bella con escepticismo.
—Para algunos sí. Y los que no te crean… no merecen la pena.
Asentí:
—Estoy totalmente de acuerdo con Grace.
Ella sonrió.
—Gracias, Grace. Gracias, tío Zachary. Sois los mejores. Ahora voy a preguntarles a todos los demás a ver qué opinan.
—¿Para qué? —pregunté.
—Para ver si dicen lo mismo que vosotros y ver quién es el tío más guay.
Me reí mientras Bella se iba corriendo, y Grace comentó:
—Dios mío, es un encanto. Y tú eres muy cariñoso con ella.
—Todos la queremos mucho. ¿Te gustan los niños? —pregunté.
En ese momento, recordé su confesión de hacía un tiempo: ella y su exmarido intentaron tener hijos.
—Sí, me encantan —respondió con una sonrisa de oreja a oreja—. De pequeña, siempre soñé con tener una niña y un niño. O dos niñas. Con dos hermanos, siempre me sentí muy al margen de la dinámica familiar, ¿sabes?
—Yo tengo cinco… no sé qué decir.
Grace se rió:
—Me gusta mucho tu familia.
—Te voy a contar un pequeño secreto: tú a ellos también. Y otro consejo: no digas que tienes un postre favorito.
—¿Por qué no? —preguntó, mirándome extrañada.
—Porque mis abuelas están probando nuevas recetas y, aunque pidan críticas constructivas, en realidad lo que buscan son elogios. Eso sí, hay que reconocer que sus postres están buenísimos.
—Madre mía, la familia LeBlanc Broussard no es para débiles, ¿verdad?
Solté una carcajada:
—Dímelo a mí.