Un rival inolvidable Capítulo Veintiuno #2
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Capítulo Veintiuno #2

—Claro que sí, y no respondo por sus actos —espetó.

Nunca la había oído hablar con tanta confianza y seguridad en sí misma, y no podía hacer otra cosa que admirarla.

No había alzado la voz, aun así, su tono era firme y contundente—.

Yo jamás los habría apoyado, pero eso no viene al caso.

No tenéis derecho a abordarme en un restaurante y reprocharme un mal negocio que hicisteis con mis hermanos. Arregladlo con ellos.

—Lo haríamos, pero no sabemos dónde están.

—Yo tampoco —dijo Grace—. Y por favor, quiero continuar con mi brunch en paz.

—Escúchame bien…

—No —intervine con severidad al ver que no se daban por vencidos. Ambos me miraron, claramente sorprendidos, así que añadí—: Ya la habéis oído. Largaos de aquí.

—¿Y tú quién eres? —preguntó uno de los hombres.

—Zachary LeBlanc.

Los dos se quedaron boquiabiertos. Era evidente que reconocían mi apellido.

—¿Un LeBlanc y un Deveraux? —comentó uno de ellos—. Eso sí que no me lo esperaba.

—¿Por qué no os vais a tomar por culo? No hay nada más que hablar —dije.

—¿Qué forma es esa de…?

—¡Iros ya mismo de aquí! —levanté ligeramente la voz. No quería llamar la atención de los demás comensales.

El otro tipo miró a Grace, pero tuvo el buen sentido de no decir nada más. Ella mantenía la barbilla alta y los brazos cruzados. Conservó la compostura incluso después de que los dos se dieran la vuelta y se alejaran de nuestra mesa.

Grace respiró hondo y susurró:

—Vaya, esto no me lo esperaba.

—¿Estás bien? —pregunté, llevando una mano a la parte superior de la espalda—. ¿Quieres que llame al encargado para que los echen de aquí?

—No, Zachary —dijo con una risa—. Creo que lo he manejado bastante bien.

—Has estado increíble. —Acerqué mi boca a su oído—. Tan increíble, de hecho, que me ha puesto cachondo.

—¿Cómo lo haces? —preguntó ella atónita.

—¿Hacer qué?

—Esos cambios abruptos en la conversación. Estábamos teniendo una charla seria, ¿y de repente te has puesto cachondo ?

—Simplemente vivo el momento, Grace. Pero ahora en serio, ¿cómo te encuentras?

—Esos capullos me han descolocado por completo.

Es la primera vez que me pasa algo así. —Se encogió de hombros mientras volvíamos a tomar asiento—.

Nunca antes se me había acercado alguien para recriminarme por culpa de mis hermanos.

—Jugó con el tenedor y prosiguió— . He tenido que lidiar con cierta hostilidad a la hora de buscar inversores, sí, pero nunca algo tan humillante como lo que acaba de pasar.

—Se han pasado de la raya. Todo el mundo sabe que ni tu padre ni tú formabais parte de la empresa cuando llevaron a cabo su estafa piramidal.

Grace negó con la cabeza:

—Mi padre me aseguró que compensó a todos los damnificados cuando recuperó el control de la compañía, y eso ha supuesto un gran golpe económico. No entiendo por qué esos tipos me abordaron de ese modo.

—Hay gente estúpida, que le encanta dar por culo y meterse en conflictos. Pero tú lo has manejado de maravilla.

Ella sonrió:

—Me ha gustado plantarles cara. Al principio, me sentí responsable por lo que hicieron mis hermanos, y me llevó un tiempo darme cuenta de que no tenía ninguna culpa.

Incluso intenté decirle a mi padre que no vaciara las arcas de la empresa para salvarle el pellejo a esos dos, pero su respuesta fue que era lo justo y lo que había que hacer. Supongo que tenía razón.

—Tu padre es un buen hombre. No sabía que había resarcido a las víctimas de la estafa.

—No ha querido hacer alarde de ello.

—¿Quieres que te traiga otro cóctel? ¿Te elijo algo sorpresa?

—Sinceramente, he perdido el apetito —dijo con un suspiro.

—Normal, después del desagradable encuentro. ¿Quieres que nos vayamos?

—No puedo creer lo que voy a decir, pero sí, me apetece irme. ¿Te importa?

—En absoluto —negué con la cabeza—. La idea es pasarlo bien, Grace.

Su expresión pasó de seria a alegre casi al instante. Entrelazamos nuestras manos mientras salíamos del restaurante, que seguía lleno de gente.

—¡Mierda! —exclamó una vez que estuvimos fuera.

—¿Qué pasa?

—Se me ha caído la hebilla de mi sandalia —dijo al tiempo que miraba el suelo de hormigón—. No la veo por ningún lado.

—Grace, no creo que la encontremos —respondí, rebuscando con la mirada.

—Está bien. ¿Te importa si pasamos un momento por mi casa para que me cambie de zapatos?

—Claro. Ya te dije que este fin de semana es para divertirnos, así que no hay motivo para estresarse por nada.

Durante el trayecto, intenté averiguar si Grace seguía triste por el incidente, pero empezó a hablar de lo mucho que le gustaba el verano en Nueva Orleans, así que supuse que ya se encontraba mejor.

Tras aparcar el coche, subimos al apartamento y la esperé en el salón.

—Jope, ninguno de los zapatos que tengo va bien con este vestido —comentó, frente a un armario lleno de zapatos.

—¿Es una pregunta trampa? —pregunté con la mirada fija en ella.

—¿Qué? —dijo sorprendida—. Son cosas de mujeres. Voy a cambiarme de vestido, ¿vale?

—Claro.

Mientras se dirigía a su dormitorio, intenté con todas mis fuerzas no pensar en que se iba a cambiar. Podía visualizarla desnuda y me moría de ganas de irrumpir en su habitación.

Contrólate.

—Oh, mierda —escuché que decía.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Se me ha enganchado el vestido. Qué mala suerte.

—¿Necesitas ayuda?

Me puse de pie de un salto. No iba a irrumpir en su dormitorio, pero si necesitaba ayuda…

—Eh… sí… por favor. No puedo quitármelo sin romper el vestido.

Entré en su dormitorio antes de que terminara la frase. ¡Y qué espectáculo tan increíble!

Tenía el vestido por encima de la cabeza y los brazos atascados. Sus piernas y su trasero estaban completamente al descubierto. Su lencería de encaje, al igual que la otra vez, solo le cubría la parte superior de las nalgas.

—No entiendo qué ha pasado. Debe de haberse enganchado la tela en mi sujetador.

—Voy a ver.

Efectivamente, el vestido se había atascado en el gancho trasero del sujetador. Lo desabroché y pudo terminar de quitárselo por encima de la cabeza. Se dio la vuelta y me sonrió:

—Vaya. Lo siento.

Tenía el pelo revuelto y me encantaba.

Entonces dio un pequeño grito ahogado:

—¡Oh! Me has desabrochado el sujetador.

—Sí. Era la única manera de…

Los tirantes se le cayeron de los hombros y el sujetador se deslizó hasta su cintura, revelando sus pechos en todo su esplendor.

—Joder, Grace.

1   Nota de la Traductora: El po' boy es un bocadillo tradicional de Nueva Orleans, compuesto normalmente de camarones rebozados, servidos en una baguette francesa, con tomate, lechuga y mayonesa.