Capítulo Veintiuno
ZACHARY
—¿Qué quieres decir con que no vendrás con nosotros? —preguntó Anthony.
Era jueves por la noche, y Anthony, Beckett y yo estábamos en el Lucky Bar . Acababa de decirles que no podría ir a pescar con los abuelos ese fin de semana. Beckett me miró como si mi plan fuera abandonar a la familia.
—Tengo otros planes —respondí.
—¿Qué planes?
Mis hermanos menores eran los más curiosos de toda la familia.
—Voy a pasar el fin de semana con Grace.
Anthony silbó y Beckett asintió con aprobación:
—¿O sea, que lo vuestro ya es oficial?
—Sip —confirmé, dando un sorbo a mi Sazerac .
Al ver que los dos intercambiaron una mirada, pregunté:
—¿Qué pasa?
—Nada… Solo nos preguntamos si, al final, habrá algo de verdad en la historia de las lilas de las abuelas —respondió Beckett, como si estuviera comentando el tiempo.
Puse los ojos en blanco:
—Ni se te ocurra sacar ese tema. Ya me cuesta bastante mantener la calma cuando ellas hablan de eso. Y para colmo, Grace sí que cree en esas cosas.
—¿Y no te importa? —Anthony alzó una ceja—. Tío, ¿qué te pasa?
—¿A qué te refieres? —repliqué.
—A que todos vosotros pasasteis de estar felizmente solteros —dijo Beckett—, a querer sentar cabeza. Excepto Chad, claro.
—Yo nunca he dicho que fuera a sentar cabeza —alegué, con mi vaso en la mano.
—Menos mal —dijo Anthony—. Empezaba a preocuparme.
—Aún así, vas a pasar todo el fin de semana con ella —señaló Beckett.
—¿Y qué? ¿Qué problema hay? —pregunté.
—Yo lo veo muy lógico —intervino Anthony—. Si tuviese que elegir entre pasarme el fin de semana como conejos o ir a pescar con los abuelos, haría lo mismo que tú.
Beckett abrió la boca, pero se limitó a negar con la cabeza. Era evidente que quería rebatir su argumento, pero no pudo.
Para mí, pasar el fin de semana con Grace era mucho más que tener sexo, pero no había forma de explicárselo a mis hermanos pequeños.
—¿Y vosotros en qué andáis? —pregunté.
—Lo de siempre —respondió Anthony—. El negocio va bien. Y mi vida personal también —añadió con un guiño.
—Yo igual —dijo Beckett—. No me puedo quejar.
—¿Qué planes tenéis para el domingo? —pregunté.
—Acompañar a los abuelos a pescar y convencerlos para que cambien de lugar en el pantano.
—¿Por qué?
—Parece que la vejez los ha vuelto más temerarios —dijo Beckett, apretando los dientes—. El lugar donde pescan ahora está a plena luz del sol.
—No veo que sea para tanto; el barco nuevo tiene un toldo grande con mucha sombra.
—Sí, pero hace un calor agobiante. Si vinieras más a menudo, lo sabrías —señaló Anthony.
—A ver… —respondí, y me aclaré la garganta—, sabéis que la pesca nunca ha sido lo mío. Solía ir a menudo con los abuelos porque me daba miedo que aquel trasto se fuera a pique y terminaran en el estómago de los caimanes. Pero el nuevo me da mucha confianza.
—Aún así no están a salvo del todo —apuntó Anthony—. Se les ha dado por pescar en una zona plagada de caimanes.
—¡¿Qué?! —exclamé, y casi escupo la bebida.
—Según ellos, es donde están los mejores peces —dijo Beckett con tono de exasperación, lo cual era curioso porque a mis hermanos pequeños nada parecía perturbarles. En ese sentido, éramos bastante parecidos.
—¡Joder! —exclamé.
—Sí, pero no te preocupes. Nosotros nos encargaremos de mantenerlos a salvo de los caimanes para que Grace y tú podáis pasaros el finde como conejos —dijo Anthony.
—Por mí, estupendo —respondí con aire de suficiencia.
El sábado, a las diez de la mañana, recogí a Grace para ir a desayunar al Commander’s Palace . Me había contado que de niña solía ir allí a almorzar con sus padres, una tradición que compartían muchas familias de Nueva Orleans, incluida la mía.
Grace salió del edificio con un sombrero grande, gafas de sol y una enorme sonrisa. Me bajé del coche para abrirle la puerta.
—Estás monísima con ese sombrero.
Ella sonrió:
—Esta semana me dio pereza ponerme crema solar y me he quemado un poco la cara —dijo, antes de quitarse las gafas y levantar la cabeza. Tenía la nariz completamente roja—. ¿A dónde voy con este careto?
—No digas eso, te queda muy bien. —La besé allí mismo, apoyada contra el coche, a la vista de todo el mundo.
Era adictivo. Ella era adictiva. La había echado mucho de menos; no me bastaba con los mensajes y las llamadas telefónicas. La necesitaba cerca, en mis brazos.
Grace me besó con la misma intensidad. Sin dejar de besarla, la recosté contra el coche, y empecé a acariciarle la cintura y subiendo mi mano por el dorso de su pecho.
A Grace se le cayó el sombrero al suelo, interrumpiendo nuestro momento. Lo cogí del suelo y se lo entregué antes de subir al coche.
Una vez dentro, dijo:
—Estoy lista para empezar nuestra cita, pero por favor, no vuelvas a besarme.
—¿Y eso por qué? —pregunté, echando la cabeza hacia atrás.
—Porque hay niños por todas partes —susurró.
Tenía razón, y aunque me traía sin cuidado, no quería hacerla sentir incómoda.
Me acerqué un poco hacia ella:
—Solo un beso rápido.
—Vaaale.
Grace pestañeó y me dio un pico. No era lo que tenía en mente, pero entendía que era lo máximo que iba a conseguir en ese momento.
—Hueles de maravilla. ¿Has cambiado de perfume?
—Sí, llevo el de tus abuelas.
Y en ese preciso momento, supe que estaba perdido. No podía explicar cómo ni por qué, pero lo sabía.
Llegamos a Garden District poco después y aparcamos cerca del Commander’s Palace .
—No puedo creer que no haya venido aquí en años —comentó Grace—. Me encanta este sitio: la fachada azul, la arquitectura victoriana y, por supuesto, la comida.
El restaurante era famoso por su cocina creole y cajún tradicional, y estaba considerado como uno de los mejores establecimientos de comida sureña.
Incluso mis abuelas se deshacían en elogios cuando iban a comer allí.
El local estaba lleno, y un camarero nos guió hasta una mesa en una de sus zonas al aire libre.
—Qué bien que nos haya tocado fuera —dijo Grace—. Estaba un poco cargado el ambiente dentro de la sala, ¿no?
—Hemos tenido suerte —respondí.
El tiempo era caluroso y húmedo, pero al menos fuera corría una agradable brisa. Sonaba música jazz mientras la gente iba y venía con platos llenos de comida.
Al ver que Grace miraba con curiosidad lo que bebían otros clientes, le pregunté:
—¿Qué haces?
—Estoy mirando las bebidas. Cuando era adolescente, aprovechaba cualquier distracción de mis padres para escaparme y beberme un cóctel.
—Te confieso que la última vez que vine tampoco era mayor de edad. Venga, vamos al bar.
—La vida contigo siempre es una aventura, ¿verdad? —preguntó.
La atraje hacia mí, le besé la frente y respiré hondo. Su perfume inundó mis fosas nasales y sentí una necesidad irrefrenable de abrazarla con fuerza.
—¿En qué piensas, Zachary? —me preguntó con una sonrisa.
—No te conviene saberlo.
—Está bien, guárdate tus secretos. Yo también tengo los míos —dijo antes de alejarse y entrar a la sala.
—¿Qué secretos? —pregunté, caminando tras ella—. Quiero saberlo todo.
—Solo si tú me cuentas los tuyos primero —bromeó.
—Reto aceptado. Volveremos sobre eso más tarde —dije mientras nos dirigíamos al bar.
El restaurante contaba con un enorme bufé, y los clientes pedían su bebida directamente en la barra.
—¿Qué les apetece beber? —preguntó el bartender .
—Me gustaría probar la especialidad de la casa —respondió Grace.
—Lo mismo para mí.
No tenía ni idea de qué sería, pero sabía que me gustaría. Solo lo probaría puesto que había llevado el coche.
Grace estaba impresionante. El código de vestimenta del Commander’s Palace era informal elegante, y ella estaba perfecta con un vestido rojo y largo, acentuado por un cinturón negro.
Aunque la prenda no era reveladora, mi imaginación se desbocó: tenía memorizada cada curva, cada centímetro de ella. Sabía exactamente lo que había debajo.
—La especialidad de este fin de semana es un Grasshopper —anunció el camarero, dejando dos copas del cóctel verde sobre la barra.
—Gracias —respondió Grace. Nos alejamos del bar y chocamos las copas—: Qué buena forma de empezar el día. Un Grasshopper antes de las once.
—Ya te digo. Y lo mejor es que tenemos todo el fin de semana para hacer lo que queramos. —La miré fijamente a los ojos—. Sin reglas, Grace.
Ella respiró hondo y asintió:
—Sin reglas.
Grace se bebió su cóctel rápidamente, pero yo solo di un pequeño sorbo. Estaba increíble.
—Tengo que decirle a Julian que venga aquí más a menudo para inspirarse con las recetas. Está buenísimo, y eso que no soy muy de cócteles.
—Totalmente. El trago me ha abierto el apetito… apenas he comido hoy.
—¡Pues vamos a comer! No puedo dejar que mi chica pase hambre. —Sentía un impulso irrefrenable de satisfacer todas y cada una de sus necesidades.
Durante la siguiente hora, probamos todo lo que nos pareció apetecible, desde los platos típicos como gumbo , jambalaya y po’ boys 1 hasta marisco frito.
Ella se recostó en la silla y exhaló un profundo suspiro:
—Estoy a punto de explotar, pero de alguna manera quiero seguir comiendo y bebiendo.
—Tomemos otro cóctel —sugerí.
Justo cuando nos estábamos levantando de la mesa, dos hombres se acercaron a nosotros. No me resultaban familiares, pero por la expresión de sus caras, parecía que ellos sí nos conocían.
—No esperábamos verte por aquí —dijo uno de ellos, dirigiéndose a Grace, que se encogió de hombros.
—Lo siento, pero creo que no os conozco.
—Pues nosotros a ti sí, Grace Deveraux. Y por desgracia, a tus hermanos. No puedo creer que tengas el descaro de aparecer por Commander’s Palace . Al menos tus padres tienen la decencia de mantenerse alejados de la vida pública.
Grace carraspeó y se cruzó de brazos.
—¡¿Pero qué cojones es esto?! —exclamé.
Ella negó con la cabeza de forma casi imperceptible, y al instante supe que quería manejar la situación ella sola. Y tenía que respetarla.
—No tengo nada que ver con lo que hicieron mis hermanos. Mis padres tampoco, claro está. Llevaba años fuera de la empresa familiar.
—Eso no te quita responsabilidad, y…