Un rival inolvidable Capítulo Veinte #2
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Capítulo Veinte #2

—Totalmente. Además, seríais la primera tienda del barrio en vender mis productos.

—Quizás sirva de ayuda para que otros negocios vuelvan a confiar en la marca Deveraux —comentó Celine, tras un largo suspiro.

Me quedé inmóvil; era un gran gesto de respaldo hacia mi persona.

—Seguro que sería de gran ayuda. Pero si creéis que eso podría dañar vuestra marca de alguna manera, no dudéis en decírmelo y, por supuesto, retiraré la mercadería.

—Corazón, podemos lidiar con lo que venga —dijo Isabeau, haciéndome sonreír.

—Bastante has tenido con lo de tus hermanos, no es justo para ti. Tengo que admitir que, durante un tiempo, pensé que tu padre también estaba involucrado —admitió Celine.

—Oh, no —repliqué con vehemencia—. Mi padre es un hombre honesto.

—Lo sabemos —asintió.

—¿Puedo preguntar qué os hizo cambiar de opinión? —pregunté.

Celine se rió e Isabeau se limitó a decir:

—Digamos que nos enteramos de todo lo que pasa en la ciudad.

—No lo dudo —respondí—. ¿Tenéis alguna otra pregunta? Ah, y si os parece bien, me encantaría incluir vuestros productos en nuestra tienda online , que está funcionando muy bien.

Celine hizo un gesto con la mano y dijo:

—Ya tenemos suficiente clientela en nuestra tienda; no creo que podamos gestionar más ventas. Estamos satisfechas por ahora.

—Lo entiendo, pero si cambiáis de opinión, solo tenéis que decírmelo. Os enviaré la lista de precios y ya me decís qué artículos os gustaría vender aquí. ¿Tenéis una dirección de correo electrónico a la que pueda enviarla?

—Claro. Somos mayores, pero no tanto… —respondió.

—Lo siento, no era mi intención ofenderos —dije con una mueca de disculpa—. Mi madre, por ejemplo, detesta los correos electrónicos.

—A nosotras nos gusta. Ahora, como muestra de buena voluntad, nos gustaría regalarte una de nuestras fragancias —dijo Isabeau.

Sonreí, sorprendida por el gesto:

—Claro, me encantaría. Todavía no puedo creer que nunca haya estado aquí antes. ¿Cómo es el procedimiento de creación? ¿Necesitáis alguna información mía para hacer un perfume personalizado?

—Da la casualidad de que ya te hemos hecho uno —anunció Celine. Por alguna razón, su voz me sonó un poco extraña.

—Perfecto.

—Y cuéntanos qué tal, ¿vale? Si no te convence, queremos que vuelvas para cambiar la fórmula.

—¿A qué te refieres con “cambiar la fórmula”? —pregunté.

Isabeau se enderezó y le lanzó una mirada de advertencia a Celine. Tenía la sensación de que se me escapaba algo.

—Solo dinos si te gusta —insistió Isabeau, pero estaba bastante segura de que eso no era lo que Celine había querido decir.

Isabeau abrió un cajón debajo del mostrador y sacó un frasco pequeño; era de un precioso color rosa claro, imitando un cristal, y tenía un delicado tapón dorado.

—Es un extracto, no una colonia ni un eau de parfum , por lo que es muy concentrado. Basta con aplicar unas pocas gotas.

Al destaparlo, me invadió un aroma intenso.

—Es increíble. Tiene tantas notas y… —Mi voz se apagó al inhalar profundamente la fragancia. Como trabajaba con aceites esenciales, podía distinguir notas olfativas a la perfección y reconocer la calidad de los ingredientes—. ¿Lleva aceite de anís estrellado?

—¡Tienes un olfato excelente, muchacha! —exclamó Isabeau con orgullo.

—¿Y lila?

—Sí, es un aroma que nos fascina —asintió Celine.

—A mí también me fascina. ¡Qué emoción! ¿Tenéis por casualidad una loción corporal con el mismo aroma?

—No, pero te la prepararemos y te la enviaremos.

—Gracias. Por favor, decidme cuánto os debo.

—De eso nada —respondió Isabeau—. ¿Qué forma es esa de empezar una colaboración?

—Bueno, —dije, sacando de mi bolso dos cremas de mi marca—, aquí os dejo una muestra de nuestro producto más vendido: una loción facial rejuvenecedora. Yo la uso y me va muy bien.

—Claro, ¡nos encantan! —respondió Celine.

Me miraron sonriendo, y supe que aquella unión sería un éxito.

—¿Puedes enviarnos un lote cuanto antes para ponerlos en el escaparate? —continuó.

Fue una agradable sorpresa, porque solo tenían un pequeño frasco de perfume en su vidriera.

—Os enviaré una caja hoy mismo.

—Excelente. Y si las clientas preguntan, diremos que pronto tendremos aquí varios productos a la venta.

—Tengo un buen pálpito sobre nuestra colaboración —dije con una sonrisa.

—Nosotras también —apuntó Isabeau, antes de cambiar de tema—. Esperamos que Zachary te esté tratando bien.

Sorprendida, me humedecí los labios y respondí:

—Así es. Aunque empezamos con mal pie, ahora es todo un caballero.

—Sí, nos hemos enterado.

—Que los dos estéis tan interesados en la finca es una buena señal, ¿no? —comentó Celine.

Isabeau se volvió hacia ella, asintiendo, satisfecha con el comentario.

—¿Una buena señal? —pregunté. Mi corazón se aceleró.

Isabeau me miró:

—No me andaré con rodeos, cariño: nos hemos enterado de que habéis congeniado bien, por así decirlo.

Me quedé tan pasmada que no sé cómo me las arreglé para que no se me cayera la mandíbula. ¿Por qué Zachary no me advirtió de esto?

—No queremos que nos cuentes ninguna intimidad, cariño, pero nos encanta que estéis juntos —continuó.

—¿De verdad? ¿Cómo os habéis enterado?

Isabeau se limitó a sonreír con enorme satisfacción.

—No podemos revelar nuestras fuentes, pero los rumores corren como la pólvora en el Barrio Francés —dijo Celine.

Como llevaba bastante tiempo fuera del casco antiguo, que había sido dominio de mis hermanos, no recordaba lo cotilla que era la gente.

—No sé qué decir —dije con una sonrisa nerviosa.

—No hacía falta incomodar a la pobre chica —le reprendió Celine.

—No habría tenido que hacerlo si tú no hubieras sido tan obvia —replicó Isabeau.

Ambas se volvieron hacia mí, e Isabeu dijo:

—Lo sentimos. Te aseguro que no era nuestra intención hacerte sentir incómoda. Lo que queríamos decirte es que estamos muy contentas con lo vuestro.

A pesar de su disculpa, me sentía incómoda. Justo cuando iba a responder, un grupo de unas diez personas entró en la tienda.

—Vale. Os enviaré la lista de precios y algunas muestras más —dije mientras me dirigía hacia la puerta—. Que tengáis un buen día.

—Tú también, Grace —respondió Isabeau. Volvía a sonreír con aire sospechoso.

Dios mío . Zachary me comentó que sus abuelas eran mujeres con carácter. Debería haberlo tomado más en serio.

El resto del día fue una sucesión interminable de tareas y reuniones, pero al menos conseguí enviar un gran paquete de muestras a Isabeau y Celine.

Para cuando anocheció, estaba muy agotada y me moría de hambre.

Zachary me había escrito antes para preguntar a qué hora quería mi cena, a lo que respondí: a las seis y media.

Sobre las seis y veinte, ya estaba ansiosa y, siete minutos más tarde, llamaron a la puerta. Gracias al servicio de recepción del edificio, una vez que los visitantes recibían autorización en la planta baja, podían acceder directamente a mi oficina.

—Adelante —indiqué.

El repartidor entró, sosteniendo una bolsa de comida:

—Esto es para usted, señorita.

—Gracias.

Dejó la bolsa en mi escritorio y le di una generosa propina. Mantuve la compostura hasta que salió de la habitación y, entonces, me lancé sobre mi esperado manjar.

—¿Qué será esta noche? —me pregunté emocionada—. ¡Oh, jambalaya !

Me encantaba la comida tradicional sureña, y ese era otro de mis platos favoritos. Era una bomba calórica, pero valía la pena.

Abrí el recipiente, hice una foto y se la envié a Zachary. Me llamó antes de que pudiera probar el primer bocado.

—¿Cuál es el veredicto? —me preguntó nada más contestar.

—¿Qué veredicto? —respondí confundida.

—Si te ha gustado la jambalaya .

—Aún no la he probado.

—Vale, tendré que esperar.

Me puse nerviosa, como si estuviera allí, observándome y esperando mi reacción. Tragué una cucharada abundante y fue como tocar el cielo con las manos.

—Madre mía… Creía que había probado todas las jambalayas de Nueva Orleans, pero esta es, sin duda, la mejor.

—Espera a que se lo cuente a mis abuelas. Es su receta original y están convencidas de que no hay ninguna mejor.

—Tienen razón, es increíble. —Me aclaré la garganta, tomé otra cucharada, la saboreé y añadí—: Por cierto, hablando de tus abuelas…

—¿Sí?

—Hoy pasé por su tienda.

—¿Y qué tal fue?

—Genial. Parecían muy complacidas con mi propuesta. Incluso me obsequiaron un perfume. —Al oír un resoplido de Zachary, no pude evitar preguntar—: ¿Qué pasa?

—Déjame adivinar. ¿Tiene lila? —preguntó.

—¿Cómo lo sabes? —inquirí, frunciendo el ceño mientras seguía comiendo de mi plato.

—Es algo típico de ellas —contestó, sin entrar en detalles.

—¿Me puedes decir algo más?

Zachary suspiró y dijo:

—En mi familia existe el mito de que las lilas tienen el poder de unir a una pareja.

—Perdona, ¿qué acabas de decir? —pregunté a un segundo de atragantarme, y Zachary soltó una carcajada.

—Según Celine, le regaló a mi madre un perfume con aroma de lilas cuando ella conoció a mi padre. Él terminó siendo su alma gemela, y tuvieron que luchar por su amor sin el apoyo de ninguna de sus familias.

—¿De verdad?

—¿No sabes que los LeBlanc y los Broussard fueron rivales en su día?

—Ah, ahora que lo dices, recuerdo que eran competidores. Es que, desde que tengo uso de memoria, siempre habéis sido LeBlanc Broussard.

—Como te estaba contando, las abuelas le regalaron un perfume con esencia de lila a las novias de mis hermanos, y se atribuyen el mérito de haber unido a la pareja.

—Madre mía. —Tragué saliva—. No sé qué decir… ¿es normal que me asuste un poco?

—Tranquila, esa creencia no tiene ni pies ni cabeza —preguntó Zachary—. ¿De verdad crees que las lilas tienen poderes?

—Hay plantas con ciertas propiedades, sí —respondí—, pero intuyo que tú no crees en nada de eso.

—Me conoces bien —concluyó, haciéndome reír.

—A ver… si has nacido y crecido en Nueva Orleans, ¿cómo es que no crees en nada?

—Me dejo llevar por muchas cosas, pero no por tonterías.

—Volviendo al tema, ellas ya saben lo nuestro —solté deprisa, antes de llevarme otra cucharada de jambalaya a la boca.

—¿Te lo dijeron directamente? —preguntó.

Tenía la esperanza de que Zachary no me hiciera más preguntas, pero no tuve suerte.

—Mmm… algo así —murmuré, con comida en la boca.

—¿Cómo lo descubrieron?

—Ni idea. Pensé que quizá tú lo sabrías.

—No, aunque conociendo al bocazas de Beckett, no me extrañaría que hubiese sido él. Mis abuelas son tremendas.

—Ya lo he comprobado. ¿Qué vas a cenar? —pregunté.

— Jambalaya , como tú. Se me antojó cuando hice tu pedido. ¿Tienes que quedarte a trabajar hasta tarde todos los días esta semana?

—Sí, hay semanas en las que toca —respondí, sintiendo un leve remordimiento.

—No tienes que darme explicaciones, Grace. Pero tengo una idea.

—Soy toda oídos.

—¿Qué te parece si el sábado vamos a un brunch en Commander’s Palace ?

—¡Sí, me encanta! Solía ir con mis padres cuando era niña. Recuerdo que se me caía la baba al ver los cócteles de colores pero era menor y no podía beber alcohol.

—Pues el sábado podrás beber lo que quieras. Haré la reserva. ¿Tienes algún otro plan para el sábado?

—En principio, no.

—Perfecto, porque me gustaría que pasaramos todo el día juntos. Y el domingo también.

Vi la oportunidad perfecta para poner a prueba el juego de la seducción:

—¿Tan seguro estás de que me llevarás a tu cama?

—Para nada. Pero haré mi mejor esfuerzo para que suceda.

Qué divertido era hablar con él; jamás me aburría.

—Cuéntame cómo ha ido tu semana. Por lo que me has contado, supongo que tú también estarás hasta arriba de trabajo

—Sí —suspiró—. Es temporada alta en el sector del transporte marítimo.

—Anda, yo había dado por hecho que sería en la época previa a Navidad.

—Diciembre es el pico de actividad para el transporte terrestre; pero en mi sector empieza antes.

—Claro, es lógico.

—Ahora estoy resolviendo varios retrasos en la entrega de mercadería. Pero confío en que todo saldrá bien.

—Brindaremos por eso el sábado.

—Me muero de ganas, Grace.

—Yo también.