Capítulo Veinte
GRACE
—Qué bonito esto de ser empresaria —murmuré con sarcasmo.
Era martes por la tarde, y una vez más, me encontraba encerrada en mi oficina, completamente sola. Eran las siete, me quedaban bastantes tareas por hacer, y cuando me llegó un nuevo mensaje al teléfono pensé que sería mi asistente con más trabajo.
Zachary: ¿Has terminado la jornada laboral?
Todo mi cuerpo se encendió en un instante.
Grace: Ojalá. Parece que esta semana tendré que quedarme a cenar en la oficina todas las noches.
Zachary: Qué coincidencia, yo estoy igual. Otra semana de crisis, pero lo voy llevando bien. ¿Qué vas a cenar?
Grace: Aún no lo he decidido. Puede que gumbo , que es una de mis comidas favoritas.
Zachary: Pues el de LeBlanc no me lo esperaba—.
Te enviaremos esos documentos a ti también.
Agradeceríamos mucho recibir tu oferta cuando te sea posible.
No hay prisa, por supuesto. Por el momento estamos ocupados con el adiestramiento de Starlight y otras cosas, pero…
—Sí, sí, por supuesto. No os dejaré esperando, lo prometo.
—Perfecto. Te envío los informes esta semana.
—Tranquilo, cuando tengas tiempo.
—Me va a llevar unos días conseguir todo.
Eso no sonaba bien. ¿Aún no tenían calculado el coste de la inversión? Eso podría llevar un buen tiempo, sobre todo si tenían que pedir presupuestos a empresas constructoras, albañiles y demás. Pero a mí no me corría prisa.
—Claro. Manténme informada.
—Lo haré.
Dudé en contarle a Zachary la conversación, pero lo encontré extraño e innecesario, considerando que Gaston aún no había obtenido la información.
Volví a mi lista de tareas pendientes. Tenía previsto asociarme con varias tiendas físicas; vendíamos muy bien por Internet, pero como buena oriunda de Nueva Orleans quería ver mis productos en los escaparates de las tiendas, especialmente en el Barrio Francés.
Era el lugar más turístico de la ciudad, y por ende, la puerta de entrada al resto de Estados Unidos.
Estaba deseando visitar la tienda de Isabeau y Celine. Tenía un buen presentimiento.
Media hora más tarde, llegó mi cena. Le di una buena propina al repartidor y me dirigí a mi escritorio.
El gumbo olía de maravilla; no hacía falta retirar la tapa para que el delicioso aroma me hiciera la boca agua.
También habían incluido una cuchara y un tenedor de plástico.
Le envié una foto a Zachary y me puse a comer.
Un segundo después, me llamó por teléfono.
—Muchas gracias. Está delicioso.
—Me alegro, sabía que te gustaría. ¿Qué te parece si aprovechamos el rato para charlar y me cuentas cómo ha ido tu semana hasta ahora?
—Tan ajetreada como esperaba. Al menos esta noche voy a disfrutar de esta increíble cena. Ayer casi no comí nada, solo unos cacahuetes.
—¡Grace, por favor! —exclamó con un gruñido.
—Es que a veces se me olvida cenar. Luego llego a casa muerta de hambre y pido algo a domicilio. Parece que esta va a ser una de esas semanas.
—Yo me ocuparé de eso —dijo con total naturalidad, y sentí que me derretía en el asiento—. Te enviaré la cena todas las noches.
—Zachary, no hace falta…
—Sí, insisto. Será un placer.
Sonreí al llevarme otra cucharada a la boca. Una vez que tragué, le pregunté:
—Esta llamada… ¿va a subir de tono en algún momento?
—Es bastante probable ——respondió con un tono muy serio, como si estuviéramos cerrando un trato comercial—. No veo cuál sería el problema, y las noches aburridas en la oficina son perfectas para eso.
—¿Tú también sigues en tu despacho?
—Sí, comiendo un chuletón. Una de las ventajas de trabajar en la planta superior del LeBlanc la otra llevaba ropa de colores vivos, y tenía el pelo más largo.
—Buenos días —saludé al entrar.
Eché un vistazo y me sentí como en casa: las estanterías, que llegaban hasta el techo, estaban llenas de botellas de todos los tamaños y otros artículos.
Me encantaron las etiquetas escritas a mano y, por supuesto, el escudo de LeBlanc Broussard.
La empresa se llamaba The Orleans Conglomerate , pero utilizaban el escudo familiar en varios productos, como sus famosos pralinés.
—Buenos días —saludó la mujer vestida de negro.
—Hola, soy Grace Deveraux.
—Yo soy Isabeau —respondió.
Me acerqué para estrecharles la mano a ambas.
—Y yo Celine —dijo la otra mujer.
—Encantada de conoceros. Espero que no os importe que haya venido tan temprano.
—¡Por supuesto que no! —exclamó Celine.
El apellido Deveraux causaba escalofríos en muchas personas del Barrio Francés, pero a ellas no parecía preocuparles. Qué alivio .
—Como sabéis, tengo un negocio similar al vuestro…
—Solo que más grande y mucho más exitoso —la interrumpió Isabeau con un guiño.
Sonreí encantada. Me pregunté a cuál de ellas se parecería más Zachary, aunque la verdad es que ninguna de las dos me lo recordaba.
—Gracias, la verdad es que me está yendo muy bien. Y vuestra tienda es increíble.
—Estamos muy a gusto aquí. La verdad es que abrimos este negocio para no aburrirnos en casa —explicó Isabeau—. Y al final ha resultado una grata sorpresa.
—Quería visitaros porque mis productos solo se venden online , pero me gustaría poner parte de mi catálogo en tiendas físicas. Puedo enviaros una propuesta que nos beneficie a todas por igual.
—Cariño, no hace falta —dijo Isabeau, restándole importancia con un ademán—.
Llevamos mucho tiempo en el sector. Antes de esta pequeña empresa, éramos chefs y participábamos de las decisiones estratégicas del restaurante.
No necesitamos ninguna propuesta ni presentación, solo la lista de precios para saber qué pedir.
Ya que estás aquí, cuéntanos qué tienes en mente.
—Me gustaría poner mis productos más vendidos en vuestra tienda. Sería una buena forma de complementar lo que ya tenéis; yo también utilizo productos naturales. Me apasionan, y estoy convencida del poder reparador de las plantas.
Las dos mujeres intercambiaron una mirada y volvieron a mirarme:
—Continúa —me animó Celine.
—Algunos de mis productos tienen un enfoque un poco… esotérico, por decirlo de alguna manera. Y sé que es algo que atrae a la gente de aquí.
—Eso encaja perfectamente con nuestra filosofía y visión del negocio —confirmó Isabeau.