Capítulo Diecinueve #2
—El nombre de su familia se ha visto muy mancillado con todo el lío de sus hermanos. Y aunque no deberíamos, nos sentimos un poco culpables. Esos chicos no eran buenas personas, y ya era hora de que todo el mundo lo supiera —explicó Celine.
—Cuéntanos más sobre Grace. —Isabeau tomó varias botellas del estante trasero y comenzó a mezclarlas.
—¿Qué queréis saber? —pregunté.
—Lo que tú quieras contarnos —dijo Celine.
Aún me costaba creer que las dos, que en un momento estuvieron tan enemistadas que casi arruinan la boda de mis padres, fueran ahora inseparables.
—Es muy trabajadora, honesta… No ha tenido una vida fácil, y… es maravillosa.
Isabeau me sonrió:
—Pues es una recomendación excelente. Ya que estás aquí, ¿te hace falta jabón y gel de ducha?
—¿Después de que me hayáis dicho explícitamente que les ponéis quién sabe qué?
Isabeau me guiñó un ojo:
—¿Te hemos causado algún mal?
Ay, Isabeau . Mis abuelas, que habían sido cocineras de restaurante toda la vida, se volvieron un poco esotéricas con el paso del tiempo. No recordaba que hablaran de los poderes mágicos de las plantas o tonterías de ese estilo cuando era más joven. O quizás era yo quien no les prestaba atención.
—Claro, me llevaré lo de siempre —acepté.
—Perfecto —dijo con una sonrisa radiante.
Las dos intercambiaron otra mirada, pero no le di importancia. Si eso las hace felices, adelante.
Isabeau empaquetó mis productos, y tras despedirnos llamé a Grace. Disfruté tanto aquella mañana que deseé que el desayuno no acabara nunca. Estuve a punto de convencerla para que dejara plantados a sus padres, pero le había prometido a Bella que vería la película y no quería decepcionarla.
—Hola —respondió Grace al segundo tono.
—¿Sigues en casa de tus padres?
—No, acabo de irme. He quedado con Lais.
—Oye, acabo de estar en la tienda de mis abuelas y les he contado tu idea. Me han dicho que puedes pasarte por allí cuando quieras.
—Vaya. Gracias… No sabía que hablarías con ellas tan pronto.
—¿Por qué no? Quería ayudar y dar un empujón.
—¿Te han dicho cuándo puedo ir?
—No, pero siempre están en la tienda.
—Guau, ¡son unas currantas! —exclamó Grace con admiración.
—Sí, de toda la vida. Isabeau dice que gestionar una tienda es pan comido en comparación al trabajo de chef , y que si por ella fuera, haría turnos de noche.
Grace se rió entre dientes y comentó:
—Está claro que trabajar en una cocina no es para cualquiera. En eso le doy la razón.
—¿Qué vais a hacer Lais y tú?
—No hemos quedado en nada en concreto. Probablemente tomaremos un café y…
—¿Contarle todo? —terminé por ella.
Hubo una breve pausa. La imaginaba sonrojada y apretando los muslos.
Grace carraspeó:
—Así es, le contaré hasta los detalles picantes.
Ahora era mi turno de hacer una pausa. No esperaba esa respuesta.
—¿Cuál fue tu parte favorita? —pregunté, mientras me dirigía hacia mi coche.
El Barrio Francés despertaba del letargo de la tarde y se iba llenando de gente, preparándose para otra noche de fiesta.
—Déjame pensar. Probablemente lo del sofá… Fue inesperado.
Le gusta lo inesperado. Voy a tenerlo en cuenta.
—¿Qué más?
—Que me escuches sin juzgar. Me hace sentir muy segura.
Su comentario me pilló completamente desprevenido. Esperaba detalles sobre mi destreza en la cama, no algo así. Me había costado mucho esfuerzo conseguir que me contara lo que estaba pasando, y el hecho de que confiara en mí activaba mi instinto protector.
—Conmigo puedes ser tú misma, Grace. Te prometo que nunca te juzgaré ni utilizaré lo que me digas en tu contra.
—Estoy empezando a darme cuenta.
—Asegúrate de hablarle bien de mí a Lais. Siempre es bueno contar con el apoyo de tu amiga —bromeé para alivianar un poco el ambiente.
—Es cierto. Y déjame decirte que Lais no es una persona a la que le cae bien todo el mundo, pero tienes suerte. Parecía que le gustabas incluso antes de conocerte.
—¿A pesar de lo irritante que soy?
—Sí, y mira que se lo dije muchas veces —respondió Grace, y pude oír la sonrisa en su voz.
Me gustaba hablar con ella, lo cual era nuevo para mí. Cuando salía con una mujer me limitaba a compartir una cena, la cama, y a otra cosa mariposa. Siempre dejándolo claro desde el principio, por supuesto. Pero conversar con Grace me resultaba natural, y quería más.
—Que hayas saltado al río Misisipi a rescatarme te hizo ganar muchos puntos.
—Y también hizo que tú me miraras con otros ojos —señalé.
—¿Sabes lo que he estado pensando?
—¿Qué?
—Que mi estrella de la suerte está volviendo a brillar.
—Creo que no te estoy entendiendo —dije mientras caminaba hacia el aparcamiento.
—Estoy convencida que cada persona tiene una estrella de la suerte. La mía llevaba un buen tiempo apagada, y creo que ahora las cosas por fin están cambiando. Me está yendo muy bien en mi negocio y no puedo quejarme, pero haberte conocido… lo ha cambiado todo.
Asentí aunque ella no podía verme:
—Te vas a llevar muy bien con Isabeau y Celine.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices?
—Porque ellas también creen en la suerte y que las plantas tienen poderes mágicos.
—Venga ya Zachary, vivimos en Nueva Orleans, eso es lo más normal del mundo —comentó entre risas.
—Pues yo no creo en nada de eso.
—¡Eso es un sacrilegio! —exclamó, y los dos nos echamos a reír.
—Qué aburrido sería si todos fuéramos iguales, ¿no?
—Es verdad. Ahora tengo aún más ganas de ir a ver a tus abuelas.
—Yo estoy deseando verte a ti .
Sí, al igual que Grace, decidí poner todas mis cartas sobre la mesa.
—Yo también, pero no sé cuándo.
—¿Te espera otra semana ajetreada? —pregunté.
—Sí, la verdad es que todas las semanas son una locura.
—Encontraremos tiempo. No te preocupes.
—¿Cómo puedes ser tan relajado con todo?
—¿Por qué no? No tenemos prisa, las tardes de verano son largas, al igual que los fines de semana. El mundo es nuestro, Grace. Sin presión.
—Cada vez que hablamos, me gustas más.
—¿Estás segura de que lo que más te gusta es hablar conmigo? —pregunté cuando por fin llegué al coche—. ¿Los orgasmos que te doy no están en la lista?
Me encantó oír cómo contenía el aliento. Me gustaba sorprenderla, pasar de una conversación seria a tontear y decir cosas subidas de tono.
—Ahora que lo mencionas, creo que tienes razón.
—¿Tú crees?
—¿Quieres pasar por mi casa y demostrármelo? —me retó.
—No me lo pidas dos veces, Grace. Ya estoy subido al coche.
—Oh —murmuró ella.
—Pero sé que vas a pasar la tarde con Lais.
—Ah, es verdad.
¿Lo había olvidado?
—Pero te prometo que nos veremos pronto —añadí.
—Estoy deseándolo.
—Yo también.
La próxima vez me tomaría mi tiempo, y desnudaría a Grace capa a capa, orgasmo tras orgasmo.
1 Nota de la Traductora: Se denomina potterhead a los apasionados de la saga Harry Potter.