Capítulo Dieciocho #2
—Hace demasiado calor para jugar al tenis —comenté. Solo de pensarlo me sofocaba.
Zachary me tocó la pierna debajo de la mesa:
—Si vas muy temprano se aguanta bien.
—¿Qué es muy temprano?
—Sobre las siete.
—¿Un sábado? —pregunté perpleja.
—Lo sé. No me importa sacrificar unas horas de sueño por jugar al tenis.
Se movió en su silla y no me di cuenta de lo que estaba haciendo hasta que se acercó a mí. Me bastaba sentir el calor de su cuerpo para hacerme feliz. Parece un sueño .
—Yo solo sacrifico horas de sueño por trabajo —dije.
—Cuéntame… —Entrelazó nuestros dedos como si fuese lo más natural del mundo, y suspiré de ternura—. ¿Qué te llevó a elegir ese sector?
—Siempre he sido fan absoluta de los cosméticos, y en los últimos años, empecé a prestar más atención a los ingredientes.
Y como no encontraba lo que buscaba, me lancé a elaborarlos por mi cuenta.
Mi exmarido se burlaba de mí; decía que con todo el dinero que tenía estaba perdiendo el tiempo preparando cremas como una aficionada.
—Joder —gruñó.
—Perdona. —Levanté la mirada y expliqué—: No sé por qué he sacado el tema. No hablo de él tan a menudo, te lo prometo. Es solo que…
—No pasa nada, Grace. No te juzgo. Por lo que me cuentas, el tío parece un capullo.
Sus palabras me tranquilizaron. Me había acostumbrado a disculparme: cada vez que mencionaba a Roger delante de Lais o de mis padres, me pedían que no lo nombrase. Sabía que lo hacían para protegerme y verme feliz, pero agradecía que Zachary me diera libertad y no me juzgara.
—No puedo decirte lo contrario. Volviendo al tema, ya había estado soñando con la idea de montar el negocio incluso antes de mi matrimonio. El problema era que cada vez que lo mencionaba se armaba una pelea enorme.
—Imagino que tu ex quería que te quedaras encerrada en casa y dependieras económicamente de él. Y déjame adivinar, le cabreaba que tuvieras libertad y tu propio dinero.
—¿Cómo lo sabes? A mí me llevó mucho tiempo darme cuenta.
—A veces es más fácil verlo desde afuera —explicó Zachary, acariciándome lentamente la nuca con el pulgar.
—Tienes razón —asentí—. Tuve que esperar hasta la sentencia definitiva de divorcio para no complicar la división de bienes. Pero una vez libre, dediqué todos mis recursos y mi tiempo a mi empresa.
—¿Tú has puesto todo el dinero?
—No del todo, porque no me llegaba. Y como los bancos no estaban muy por la labor de conceder préstamos, conseguí algunos inversores por mi cuenta. Fue un via crucis : el apellido Deveraux ha quedado muy manchado.
—Lo siento mucho por ti, pero tus hermanos se lo han buscado.
—De eso no hay duda —resoplé—. A decir verdad, mis padres no le guardan rencor a Xander. ¿Él fue quien destapó la trama, no?
—Sí, así es.
—Mi padre piensa que de no ser por Xander, mis hermanos habrían hundido la empresa por completo. No puedo creer que tiraran por la borda el legado de nuestra familia de esa manera.
—Y a ti te complicó la vida. Te complicamos la vida —dijo con el ceño fruncido.
Negué con la cabeza:
—No, fueron mis hermanos quienes me la complicaron.
Como te contaba, conseguí todo el capital necesario, y como de momento no tengo planes de expandir el negocio, estamos bien.
Tuve muy claro desde el principio que, hasta que no empezara a obtener beneficios, no iba a inyectar más dinero a la empresa.
—Muy buena decisión.
Sentí que algo florecía en mi pecho al oír sus palabras y me di cuenta de lo mucho que necesitaba ese reconocimiento. No era que no soliera recibir cumplidos… sentía que directamente no los merecía, y menos de un hombre con el que estaba saliendo. Era algo que nunca había experimentado.
—Gracias. Al final, tardamos solo cuatro meses en empezar a generar ganancias.
—Grace, eso es impresionante. Apuesto que los inversores empezaron a hacer cola en la puerta.
—Así fue —asentí con orgullo—, incluso los que me rechazaron al principio. Me pidieron que por favor los tuviese en cuenta en un futuro plan de expansión. Pero, por ahora, sigo trabajando con los que invirtieron desde el día uno.
—¿Sabes que eres reconocida por tu talento para los negocios? Mi abuela Isabeau lo mencionó una vez.
—Isabeau… —murmuré—. ¿Por qué me suena familiar?
—Creo que todo el mundo en Nueva Orleans conoce a Isabeau LeBlanc.
—¡Ya sé! Creo que era la directora del baile de debutantes el año que asistí o que formaba parte del comité.
—No me sorprendería, porque está metida en muchos comités, y más en aquella época.
—¿Y qué te ha dicho sobre mí?
—Que cree que eres una buena persona, y que se comenta que cuando trabajabas en la empresa de tu padre, lograste aumentar mucho los beneficios.
Me aparté el pelo de la cara y asentí:
—Es verdad. Tuvimos unos años muy buenos. Y paradójicamente, fue motivo de discordia entre mis hermanos y yo.
—¿Por qué?
—Porque querían usar fondos de la empresa para cuestiones personales.
Pero yo fui muy estricta y tajante; había que reinvertir y, gracias a eso, los beneficios aumentaron…
a la par que su enfado conmigo. Cuando anuncié que me marchaba por poco montan una fiesta.
En parte fue un alivio no tener que soportarlos más, pero para mi padre…
—Te entiendo. No puedo ni imaginar cómo debe ser estar en desacuerdo constante con mis hermanos y tener que trabajar con ellos. ¿Tu madre estaba involucrada en la empresa?
—No, ella se dedica a obras benéficas. ¿La tuya?
—Nunca formó parte de The Orleans Conglomerate , pero abrió su propia galería de arte cuando tenía veintitantos años.
—No conozco ninguna galería llamada LeBlanc Broussard…
—Mi madre es un poco rebelde —respondió con una sonrisa—, y eligió otro nombre para que la gente no relacionara su negocio con la familia.
—Me gusta —sonreí—. Procedía de una familia conocida, se casó con alguien que también venía de una familia conocida, y decidió rebelarse.
—Total. Incluso ahora, sigue haciendo lo que le da la gana. Mis abuelas, en cambio, trabajaban en la empresa, eran las chefs del restaurante. Ahora tienen una tienda de perfumes.
—Qué interesante. ¿Dónde está?
—Se llama Fragrant Delights , en Dumaine.
—¡La conozco! He pasado por allí muchas veces. También fabrican jabones y lociones. —Tras una breve pausa, añadió—: Iré a verlas algún día, ¿y quién sabe? Hasta podríamos lanzar una colaboración juntas.
—Ten cuidado —gruñó.
—¿Con qué?
—Con mis abuelas, ellas son… peculiares.
—¿En qué sentido?
—Dejemos esa conversación para otro día —dijo con evidente incomodidad.
—Tranquilo, no voy a comentarles nada de lo nuestro.
—Grace… —Zachary se inclinó hacia mí, levantó nuestras manos entrelazadas y me besó el dorso de la mano—, te aseguro que mis abuelas se enteran de todo antes que nadie. Pero no me importa en absoluto. Quiero que todo el mundo sepa que estamos juntos.
—Oh.
Empecé a derretirme por dentro. Ningún hombre me había hablado con tanta seguridad y contundencia.
—Me encanta que me vean contigo. —Bajó nuestras manos antes de besarme. Fue un beso lento pero intenso, y terminé de derretirme del todo.
Dios mío, podría besarlo todo el día sin parar.
Me besó hasta hacerme estremecer, pero entonces sonó mi teléfono y Zachary se apartó.
—Déjame ver. Creo que es mi madre. —Eché un vistazo a la pantalla—. Sí, es ella.
Mamá: He preparado tu comida favorita, por si puedes venir.
—Me está sobornando con comida. —Consulté la hora en el móvil—. ¡Ala! Llevamos aquí más de una hora.
—Y he disfrutado cada segundo —dijo Zachary.
—Yo también.
—Te llevaré a casa de tus padres.
—Puedo ir en mi coche… a menos que te pille de camino.
—Sí, claro.
—Genial, ya volveré en Uber.
De camino a su coche e incluso en el trayecto, estuvimos cogidos de la mano.
Media hora más tarde, nos detuvimos frente a la casa de mis padres, y Zachary salió a abrirme la puerta.
—Quiero volver a verte, Grace.
—Yo también —le susurré.
—Entonces está decidido. A ver cuándo…
—¡Hola, Grace!
¡Oh! Mierda . No había visto a mis padres en el porche.
Zachary se apartó a un lado al ver que se acercaban hacia nosotros. Al instante volví a sentirme como si tuviera dieciséis años.
—Hola, mamá. ¿Qué tal, papá?
—¿Y tú quién eres? —preguntó mi padre a Zachary sin siquiera saludarlo.
—Soy Zachary LeBlanc, señor Deveraux.
—LeBlanc —repitió mi madre sorprendida—. ¡Ah! ¿Venís de la finca?
Esa sería una buena mentira…
Me aclaré la garganta y respondí:
—No, venimos de desayunar en el centro.
—¡Ay, Dios santo! —exclamó mi padre—. ¿No le estarías faltando el respeto a mi hija delante de nuestra casa, no?
Bajé la mirada como si fuese una niña pequeña.
—Clayton, por favor —le reprendió mi madre—. Recuerda que tu hija es adulta y puede hacer lo que quiera con su vida.
Mi padre carraspeó:
—Pero yo soy el jefe de la familia.
Necesitaba calmar las aguas antes de que se saliera de control, de modo que levanté la cabeza y respondí:
—Papá, ¡venga ya! No tengo dieciséis años, y aprovecho para contaros que estoy saliendo con Zachary. No me hagas pasar vergüenza, que esto no es ningún escándalo.
No me gustaba hablarle así a mis padres, menos delante de otras personas, pero en ese momento era necesario.
Mi padre me miró fijamente durante unos segundos y asintió:
—Vale, pero uno de estos días tendremos que hablar seriamente —le informó a Zachary, quien asintió.
—Claro. Le daré mi número y puede llamarme cuando quiera, señor.
Mi padre entrecerró los ojos, aún no se fiaba de Zachary, pero con que dejara de soltar barbaridades me era suficiente.
Zachary se volvió hacia mí y dijo:
—Grace, que pases un buen fin de semana.
—Tú también. Disfruta de la película.
Me guiñó un ojo antes de subir al coche:
—Gracias. Ha sido un placer conocerlos, señor y señora Deveraux.
—Igualmente —saludó mi madre. En cuanto Zachary cerró la puerta del coche se volvió hacia mí para decirme—: Vaya, qué guapo es.