Capítulo Dieciocho
GRACE
A la mañana siguiente, me desperté y me estiré, moviendo mi cuerpo contra el suave colchón. La cama de Zachary era tan cómoda que dormí como una marmota.
Busqué a Zachary a mi lado, esperando encontrarlo dormido, pero la cama estaba vacía y deshecha. A decir verdad, hacía tanto calor que habíamos dormido destapados… especialmente tras la intensa noche que pasamos.
Me incorporé, sonriendo al ver el completo desorden.
A diferencia de lo nerviosa que me había sentido el día después en la finca, esa mañana estaba relajada.
¿Qué habría cambiado? ¿Sería la forma en que me había tratado la noche anterior en el bar?
Había sido muy atento y parecía genuinamente interesado en mi bienestar.
Zachary era diferente a todos los hombres con los que había salido. No era controlador ni intentaba dominarme. Me conmovía lo mucho que se preocupaba por mí. Lais tenía razón en dos cosas: primero, tenía que empezar a salir más; y segundo, que Zachary era especial.
Aunque me encantaba remolonear en la cama, quería saber dónde estaba. Me levanté y cogí la toalla que había dejado en el sillón tras la ducha de la noche anterior. Todavía estaba un poco húmeda, pero serviría para cubrirme.
Bajé con cuidado las escaleras; una estridente música inundaba toda la casa. A Zachary le encanta el jazz, ¡qué agradable sorpresa! Como buena ciudadana de Luisiana, adoraba el jazz.
Al llegar a la planta baja, lo encontré apoyado en la isla de la cocina, hablando por teléfono.
—Claro, dime cuándo quieres verla y voy. Sí, ya sabes que me gusta consentirte. —Tras una pausa, añadió—: ¿Cómo no voy a llevarle beignets 1 a mi chica favorita?
Sentí un vuelco en el pecho. Joder. ¿Ha dicho ‘‘mi chica’’? No, ¡no puede ser!
Me llevé una mano a la garganta y tragué saliva con dificultad, notando cómo me costaba respirar. Justo en ese instante, Zachary se percató de mi presencia.
—Te llamaré más tarde, ¿vale? —dijo en cuanto me vio. Dejó el teléfono y corrió hacia mí—. Grace, ¿estás bien? —Intentó tocarme el brazo, pero me aparté de inmediato—. ¿Qué pasa? —preguntó con el ceño fruncido.
—¿Quién era la que estaba al teléfono?
Era consciente de mi tono acusatorio, pero no pude evitarlo. Estaba angustiada pensando que había otra mujer.
—¿Qué?
—¿Con quién hablabas? —pregunté, buscando una respuesta rápida que no le diera tiempo a inventar.
—Con Bella, mi sobrina. Por fin ha conseguido que Chad le deje ver El cáliz de fuego y quiere que quedemos antes de que su padre cambie de opinión.
No puede inventarse una excusa así de convincente en un segundo … es imposible, ¿no?
—¡Ah, vale! —exclamé cuando recuperé el aliento, y mis hombros cayeron en un suspiro.
Sentí cómo la tensión abandonaba mi cuerpo. ¿Por qué había reaccionado así? Zachary no era mi novio ni me debía explicaciones. Me había pasado veinte pueblos y empecé a sentir mucha vergüenza.
—Lo siento mucho, Zachary.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó, todavía con el ceño fruncido.
—Nada… Llegué y… —negué con la cabeza, incapaz de articular mis pensamientos.
—¿Me oíste hablando por teléfono y qué dedujiste?
Cerré los ojos un instante y luego los volví a abrir:
—No se me ocurrió que pudieras estar hablando con tu sobrina.
—¿Pensaste que estaba haciendo planes con otra mujer mientras tú estabas aquí?
—Dicho así, suena cruel.
— Es cruel—confirmó con firmeza—, yo jamás haría algo así.
—Lo sé. No me hagas caso. No me debes ninguna explicación, no sé qué me ha pasado. Dios mío, qué vergüenza.
—Grace, no me gusta que hayas sacado conclusiones precipitadas.
—Actué por instinto —respondí, cruzándome de brazos—. Lo siento. No quise pensar mal de ti, pero hace muy poco tiempo que nos conocemos.
El ceño fruncido de Zachary se relajó, y me dedicó una sonrisa muy seductora:
—Es verdad, no nos conocemos lo suficiente. Pero eso va a cambiar.
—¿Cómo?
—Para empezar, vamos a desayunar fuera.
—No voy vestida como para un desayuno —respondí, frotándome los ojos—. Mi ropa delata claramente… ya sabes… que no he dormido en mi casa.
—¿Y qué? Todos sabrán que has estado conmigo. —Se acercó—. Que eres mía, aunque no sepan con lujo de detalle lo que hicimos.
—Espero que no, pero se lo pueden imaginar —dije, sonrojada—. ¿No tienes nada para desayunar aquí?
—Tengo la nevera vacía. Fin de la historia.
No podía ser cierto. ¡Pero si tenía una nevera doble gigantesca!
—¿En serio? ¿Nunca cocinas?
— Sé cocinar pero lo evito. Suelo pedir comida para llevar, voy a LeBlanc Bella, su prometida Scarlett y su bebé Simone.
—¿Su prometida? —pregunté cuando por fin entramos, después de que un grupo numeroso se llevase una caja enorme de bagels .
—Chad se divorció hace años de la madre de Bella y crió prácticamente solo a su hija.
Toda la familia se volcó para ayudarlo y estamos muy implicados en la crianza de la niña.
Después de un par de años, mi hermano conoció a Scarlett, y ahora cuidamos de las dos niñas cuando la pareja hace planes para salir.
—Me gusta que toda la familia participe del cuidado de las pequeñas —dije.
Nuestro turno llegó rápidamente.
—Un trío especial de bagels y dos cafés, por favor —pedí, y me volví a Zachary—: Confía en mí.
—La verdad es que no soy muy fan de los bagels .
Lo miré boquiabierta:
—Tienes que estar bromeando.
—Te aseguro que no. En eso me parezco a Bella… o mejor dicho, Bella se parece a mí: nos encantan los beignets .
—Pues a mí nunca me han vuelto loca —respondí frunciendo la nariz.
—¿En serio? —preguntó, con una ceja levantada.
Me encogí de hombros:
—Sí, soy fan absoluta de los bagels .
El vendedor cortó los tres panes por la mitad antes de meterlos en la caja. Cogimos la caja, nuestros cafés y salimos, dejando espacio para los demás que esperaban en la cola, que aumentaba a cada minuto.
Había unas cuantas mesas vacías en la parte delantera de la panadería porque era más bien un lugar para llevar, pero Zachary y yo tomamos asiento.
—La especialidad es el glaseado —expliqué—. Hay de chocolate, nueces y pistachos.
—¿Queso crema con pistacho? Desde ya te digo que no me va a gustar.
—Yo pensaba lo mismo, pero en realidad está muy bueno.
—Entonces empezaré por ese —dijo Zachary—. Como muestra de lo mucho que confío en ti.
Le entregué el que había pedido y le dio un bocado.
—No está mal —dijo, pero era evidente que no le había impresionado.
Yo, en cambio, saboreé el mío muy despacio, y le di un sorbo al café después para no estropear el sabor.
—Mi capricho favorito —murmuré.
—Lo tendré en cuenta.
Eché un vistazo a la hora en mi teléfono:
—Mmm… ahora que lo pienso, creo que he quedado a comer en casa de mis padres.
—Vaya, contaba con pasar más tiempo contigo —dijo con el ceño fruncido.
Sonreí, pero de repente me sentí un poco nerviosa. Ahora que habíamos terminado el desayuno, no sabía qué hacer.
—¿Qué sueles hacer los sábados? —pregunté.
—Depende; a veces voy con mis abuelos a pescar al pantano, aunque hace tiempo que no voy porque mi padre se ofrece a acompañarlos.
—¿A todos en tu familia les gusta pescar?
—No, solo a los abuelos. Entre todos nos turnamos para ir y estar pendientes por si pasa algo. Pero me encanta ir a charlar con ellos y escuchar sus anécdotas. Otras veces, organizo planes para jugar al tenis con amigos, pero no hemos quedado este fin de semana, todas las pistas estaban alquiladas.