Capítulo Diecisiete #2
Yo había dejado los míos en la entrada.
Descendimos un par de escalones para llegar al salón. La particularidad de que la sala de estar estuviese dispuesta en un nivel inferior fue lo que realmente me atrajo de la casa.
—¿Sueles organizar reuniones aquí? —preguntó.
—Casi nunca.
—Oh, había pensado que con todo este espacio…
—Es que estoy acostumbrado a vivir en una casa grande desde pequeño. Fíjate que somos seis hermanos, y a veces se nos quedaba pequeña. Cuando terminé la universidad, decidí que compraría la casa más grande que pudiera encontrar en el mercado.
—Veo que has cumplido tu cometido —dijo entre risas.
—Es broma, pero está claro que no necesito una casa tan grande. Las reuniones familiares siempre terminan siendo en la casa de mis abuelos en Garden District, porque es lo más cómodo tanto para ellos como para nuestros padres.
Me senté a su lado en un ángulo que me permitía mirarla a los ojos y contemplar su cuerpo.
—¿Qué? ¿Tengo algo? —preguntó, moviendo los labios al ver que tenía la vista clavada en su boca. Se tocó las comisuras con los dedos y luego se miró—. ¿Me he manchado con bourbon ?
—No, Grace… Es que no puedo dejar de mirarte porque eres jodidamente preciosa.
—Zachary. —Respiró hondo y levantó la vista—. No sabes las ganas que tenía de recibir un mensaje tuyo.
—Yo también —dije, poniendo todas mis cartas sobre la mesa.
—Fue como si se avivara un fuego interno: cada vez que me llegaba un mensaje no podía evitar sonreír pensando que serías tú.
Perfecto . Dejé mi bebida en la pequeña mesa de madera frente al sofá y me acerqué para acariciarle la mandíbula.
—Grace, soy muy consciente de lo que acordamos en la cabaña de la finca.
—No sabía qué decir… —susurró—. No tengo experiencia con…
—¿Con qué? —pregunté con el ceño fruncido.
—Jamás me había liado con un chico con quien no estoy saliendo… Tampoco he tenido rollos de una sola noche.
—Es una forma muy educada de llamarlo —dije entre risas.
Giró la copa entre sus manos, y la miró durante una fracción de segundo antes de volver a establecer contacto visual. Pero en cuanto se humedeció los labios, capturé su boca. Joder, cómo la había echado de menos. Sus labios, su sabor. Podía sentir el bourbon y el Pimm’s del bar.
Me perdí en el beso más rápido de lo que creía posible, sin dejar de observar su respuesta. Recosté a Grace sobre el sofá. Estaba tan ensimismado que no me percaté que necesitaba dejar su copa sobre la mesa hasta que empezó a mover el brazo.
Desde que la había visto esa noche, no podía pensar en otra cosa que no fuese volver a estar con ella.
Todo mi cuerpo vibraba de deseo. Le acaricié el muslo y las rodillas lentamente, aún no quería llevar mi mano bajo el vestido, iba a tomarme mi tiempo.
Cuando ella empezó a gemir y vi cómo se estremecía, fue cuando deslicé una mano hacia la parte interior del muslo.
—Grace… estoy loco por ti. Pero no quiero incomodarte y que te sientas obligada a hacer algo que no quieres.
Desde que me había enterado de lo que había padecido en su matrimonio, quería ser cauteloso.
—Oh, Zachary… me siento muy segura contigo.
Esa era la confirmación que necesitaba.
Grace se pegó a mi pecho mientras yo recorría la parte interna de su muslo y dibujaba círculos con el pulgar bajo su vestido.
Al ver que se estremecía en mis brazos, tracé un camino ascendente con la intención de llegar a su entrepierna.
Ella contrajo los muslos por un momento, y cuando volvió a separarlas, deslicé la mano sobre sus bragas y, para mi enorme sorpresa, noté que estaban empapadas.
Aparté la braga e introduje tres dedos en su apretado calor.
Soltó un gutural gemido, todo su cuerpo se sacudió, y mi excitación se disparó.
Pero quería esperar y aumentar su excitación, de modo que froté los dedos por encima de la tela.
No tenía prisa. Quería llevarla al límite y que me suplicara que la hiciera mía.
Necesitaba escuchar sus jadeos, pero también explorarla, así que interrumpí el beso y retiré la mano para quitarle el vestido por la cabeza de un tirón.
—Eres sexy de cojones —le susurré.
Grace era lisa y llanamente perfecta.
Llevaba lencería transparente de encaje blanco que no dejaba nada a la imaginación; revelaba sus pezones y su entrepiernas.
Al tirar el vestido sobre la mesa casi tiro el vaso de bourbon , pero ese percance me inspiró una idea; cogí el vaso y lo sostuve.
Grace me miró con los párpados entrecerrados, con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
Me encantaba que se soltara conmigo. Incliné el vaso, vertí el bourbon por debajo del sujetador, y capturé el líquido con la boca antes de que llegara a su ombligo.
Grace exclamó mi nombre entre jadeos al tiempo que balanceaba las caderas.
Volví a verter líquido en el mismo sitio, donde su piel aún estaba caliente.
—¡Dios mío!
Volqué un pequeño chorro bajo de su ombligo y le bajé las bragas hasta casi descubrirla por completo. Esa vez, bebí el bourbon antes de que tocara la tela. Grace elevó las caderas con tanta fuerza que su centro chocó contra mi cara.
Me encanta, pero ahora mismo tengo otra idea en la cabeza..
Tenía que quitarle las bragas. Se las bajé rápidamente por las rodillas y por los tobillos, y abrió las piernas sin que se lo pidiera. Estaba más que preparada para recibirme con sus pliegues húmedos y excitados.
Recorrí todo el largo de su entrada antes de empezar a estimularla con movimientos circulares.
—¡Zachary! —exclamó.
Oír cómo gritaba mi nombre me puso a mil. Sin dejar de acariciarla, me desabroché los pantalones y empecé a masturbarme con fuerza. Un momento después, me percaté de que Grace me estaba mirando con los párpados entrecerrados e inclinó ligeramente la cabeza para tener una vista perfecta.
Se humedeció los labios y dijo:
—Yo quiero hacer eso… Tocarte, y además chupártela.
Casi me corro al oír sus palabras. Me paré para terminar de quitarme los pantalones, y coloqué un pie en el sofá de tal manera que mi polla quedara justo delante de su boca.
En cuanto Grace me lamió la punta, la sensación me avasalló por completo.
Qué intensidad . Mantuvimos el contacto visual conforme me introducía lentamente dentro de su boca.
La observé con atención para ver cuánto podría acogerme.
Me retiré unos centímetros antes de volver a introducirme en su boca, y ella empezó a gemir. La sensación era indescriptible y la estampa de la mujer más guapa del mundo desnuda y chupándomela sería difícil de olvidar.
—Tócate, Grace. Sé que tiene muchas ganas de hacerlo.
Ella asintió con ojos suplicantes. Vi cómo bajaba la mano a su entrepierna y apretó más fuerte la boca alrededor de mi pene.
Si me moría en ese momento, moriría feliz. Me quité la camisa rápidamente: no quería que la ropa estorbase, y me concentré en entrar y salir de su boca, observando sus reacciones. Cuando Grace intensificó sus propias caricias y su cuerpo comenzó a estremecerse, me retiré por completo.
—Sigue tocándote. Quiero ver cómo te corres.
Ella intentó protestar, pero no dejó de acariciarse.
Estaba muy cerca del límite, y sabía qué le haría llegar al clímax.
Le bajé el tirante del sujetador de un hombro, dejando al descubierto solo un pecho, cogí un cubito de hielo del vaso y se lo pasé por su sensible piel.
Me llevé un pezón a la boca, y alterné el hielo con caricias de mi lengua.
—¡Dios mío! —Su voz temblaba. Estaba cerca.
Volví a jugar con el hielo sobre su pecho antes de permitir que se deslizara en línea recta hasta su entrepierna.
En el momento en que el cubito entró en contacto con su centro, Grace se corrió con fuerza, y me aparté…
no necesitaba mi ayuda para cabalgar esa ola de placer.
La vi sucumbir mientras movía la mano frenéticamente, sacudía las caderas, y echaba la cabeza hacia atrás.
Ver a Grace así de desenfrenada fue sublime.
Cuando su cuerpo finalmente comenzó a calmarse, yo estaba a punto de explotar.
Necesitaba estar dentro de ella con tanta desesperación que ni me molesté en sentarme en el sofá; iba a hacerla mía en una posición diferente.
Cuando Grace abrió los ojos y respiró profundamente, me incliné y le tendí la mano.
Hice que se pusiera de rodillas y de espaldas a mí.
—Agárrate al reposacabezas, Grace. Lo necesitarás.
Se inclinó hacia delante y me arrodillé en el sofá para quedar a la misma altura. No perdí más tiempo: en cuanto introduje la punta, ella empujó sus caderas hacia atrás y me acogió por completo.
—Joder, Grace.
Pensaba ir despacio para darle tiempo a que se adaptara poco a poco, pero Grace estaba tan excitada que me introduje a la primera embestida.
Sus gemidos eran guturales y sus paredes internas estaban tan contraídas que apenas podía respirar.
Necesité unos segundos para recomponerme antes de volver a penetrarla.
Grace disfrutaba de mis salvajes acometidas; lo notaba por el desenfreno de su cuerpo y sus movimientos acelerados.
Sus jadeos llenaron el ambiente y resonaban a nuestro alrededor.
La vida me sonreía: estaba con Grace, enterrado profundamente dentro de ella. No necesitaba nada más; solo escuchar sus gemidos y sentir su apretado calor.
—Gra-ce, jo-der —apenas pude balbucear. Era demasiado placentero. Demasiado intenso.
Ella se inclinó para apoyar los antebrazos en el borde del sofá buscando un mejor apoyo.
Me acomodé para mantener el mismo ángulo y empecé a embestirla con salvaje abandono.
Grace recostó la cabeza sobre sus manos y su cabello dejó al descubierto un lado de su cuello.
Me incliné y le di un beso húmedo justo debajo de la mandíbula.
—No puedo creer que lo esté disfrutando así —jadeó—. Jamás lo imaginé.
Me limité a gemir en respuesta; estaba demasiado perdido como para elaborar una frase. Llevé mi mano a su clítoris, y bastó con que la tocara solo dos veces para que Grace se corriera. Estaba hecha para mí, cada vez que exploraba su cuerpo respondía a mis caricias tal como esperaba.
Una vez más, empezó a contraerse. Grace gimió y gritó mi nombre.
—¡No pares, por favor!
No iba a hacerlo, aunque estaba tan excitado que temía hacerle daño. Pero ella lo necesitaba, y yo también.
Su orgasmo desencadenó el mío. A juzgar por cómo se contraía en torno a mi polla, aún no había terminado.
A partir de ese momento, provocarle orgasmos interminables y quitarle el sentido de placer sería mi objetivo en la vida.
Las únicas palabras que llegaba a distinguir eran “¡Zachary!” y “¡Oh, Dios!”.
Empezó a calmarse justo cuando yo alcanzaba mi propio clímax.
Seguí deslizándome dentro y fuera incluso después de que ambos hubiéramos terminado.
Cuando mi polla se relajó me quedé quieto, pero no me retiré.
Cogí la camisa que había tirado y la puse en el sofá para sentarnos sobre ella y no ensuciar el tapizado.
Grace tenía la cara completamente roja. Cerró los ojos como si todavía estuviera procesando todo lo sucedido. Unos momentos después, los abrió, respiró hondo, y se humedeció los labios.
—Tengo sed —susurró.
Cogí mi vaso de bourbon de la mesa y se lo ofrecí. Dio un sorbo y echó la cabeza hacia atrás.
—Cada vez que beba esto recordaré esta noche —murmuró.
—Ha sido jodidamente bueno —respondí, y me percaté de que quería darle miles de recuerdos inolvidables. Quería dejar huella.
—Mmm… —empezó bajando la mirada—, mejor voy a limpiarme, no quiero ensuciar el sofá. Has estado muy rápido con la camisa.
—Vamos juntos.
Grace se envolvió la camisa alrededor de la cintura mientras caminábamos por la casa. Tenía un pequeño cuarto de baño para invitados que rara vez usaba, pero era el más cercano.
—¿Por qué te tapas? —pregunté, al ver que se cubría los pechos con un los brazos.
—No lo sé… —respondió, humedeciéndose los labios—. Me resulta un poco raro andar desnuda por tu casa.
—Acabamos de tener sexo en el sofá —le recordé.
—Lo sé —dijo en voz baja.
—¿Por qué susurras? —pregunté entre risas.
—No sé.
Antes había dicho guarradas, y ahora era la timidez personificada; aún así, me gustaban todas sus facetas. Le besé la frente y le señalé la ducha:
—Esta es muy pequeña, pero la de la planta superior es más grande.
—Con esta me apaño —dijo rápidamente.
Cinco minutos más tarde, Grace se había envuelto como un burrito en toallas. Yo me había colocado una alrededor de la cintura, más por ella que por mí: parecía incómoda de verme desnudo.
—¿Quieres volver al salón? —pregunté.
Se dio la vuelta y me miró:
—¿Qué otra opción tenemos?
—Puedo enseñarte la planta de arriba. —Le puse las manos en los hombros y le acaricié la clavícula con los pulgares—. Mi dormitorio está allí.
—Ya veo. Primero me traes a tu casa, luego me asaltas en el sofá y ahora intentas arrastrarme a tu dormitorio.
Me encantaba el tono juguetón de su voz. Habíamos recorrido un largo camino y me sentía honrado de que confiara en mí, me deseara, y no iba a estropearlo.
Ella era mía.
—Esa era mi intención desde el principio, pero… —me reí, negando con la cabeza.
—¿Qué?
—Contigo nunca sé lo que va a pasar. Es algo nuevo para mí, yo que siempre presumo de tenerlo todo bajo control.
Se humedeció los labios y preguntó:
—¿Y no te gusta?
—Me encanta.
Me dedicó una sonrisa espléndida: no era su sonrisa forzada para el público, sino la auténtica.
—Muy bien. Entonces llévame a tu dormitorio antes de que ensuciemos algún otro lugar de la casa.
Me eché a reír:
—Menos mal, Grace, porque eso era lo que yo también tenía en mente.