Un rival inolvidable Capítulo Diecisiete
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Capítulo Diecisiete

ZACHARY

—Te habrás dado cuenta que mi amiga tiene menos pelos en la lengua que tú —comentó Grace, bebiendo un sorbo de su Pimm’s una vez que Anthony, Beckett y Lais se marcharon.

—Supongo que ella los pondrá al corriente; mis hermanos no se estaban enterando de nada.

—¿Enterarse de qué? —preguntó con evidente confusión.

—De lo nuestro —respondí señalándonos a los dos.

—Lo siento… No imaginé que Lais se iría de la lengua. Normalmente es una persona muy discreta, pero creo que hoy se ha relajado y…

—No pasa nada. Además, te veo más animada.

—El cóctel está haciendo su efecto —asintió—. ¿No vas a beber el tuyo?

—Solo quería probarlo. Resulta que Lais tenía razón: no debería ni llamarse Sazerac . ¿Quieres otra ronda?

—Sí, por favor. Pero voy contigo, no quiero quedarme aquí sola.

La acerqué a mí, posando una mano en su espalda y subiendo hasta sus hombros con un gesto posesivo y primitivo. Mi intención era clara para todos los presentes: que supieran que estaba fuera de su alcance. Era solo mía.

Entramos y nos dirigimos directamente a la barra.

—¿Tú vas a beber algo? —preguntó.

—Me tomaría un bourbon con hielo pero como tengo que conducir me pediré un refresco.

Tardamos un rato en que nos atendieran, pero luego nos sirvieron las bebidas con rapidez.

—¿Quieres salir a la terraza? —pregunté.

Apenas se podía respirar dentro del local; estaba tan atestado que tuve que acercarla aún más a mí.

—Sí, no se puede estar aquí dentro. —Claro que no me quejaba de su cercanía, pero el bar era asfixiante.

Grace bebió un par de sorbos mientras salíamos y noté que se relajaba.

—No quiero presionarte, pero ¿hay algún motivo que explique que este incidente te haya afectado tanto?

—No es normal, ¿verdad? —respondió, bajando la mirada.

—No me gusta la palabra “normal” —dije, negando con la cabeza—. Solo quiero comprender lo que pasó.

—No lo sé… Me sentí acorralada y me recordó a mi ex antes del divorcio. Aún no entiendo cómo caí en una relación tan tóxica; él no era así al principio. —Se mordió el labio inferior y añadió—: Durante mucho tiempo, pensé que el problema era yo.

—Grace, sabes que eso no es así, ¿verdad?

—Lo sé —respondió, negando con la cabeza—, pero me costó verlo.

No pude evitar preguntarme qué hacía para provocar su crueldad y malos tratos.

—Levantó la vista de su copa y forzó una sonrisa—.

Pero estoy saliendo adelante y pasando página.

No volvamos a mencionarlo. Los viernes son para divertirse, ¿no?

—Grace, no tienes que fingir delante de mí. Si no te apetece estar aquí, podemos irnos. He sacado el tema porque quería entender lo que había pasado. Me gusta verte sonreír, pero esa —dije, señalando su boca— no es tu sonrisa verdadera.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, con la cara seria.

—La diferencia es abismal; cuando sonríes de verdad se te ilumina la cara por completo, y ahora…

—Tengo una sonrisa forzada —terminó—. Lo sé. Es la que pongo en los eventos sociales —explicó, aunque ahora sonreía de verdad—. La perfeccioné cuando tenía catorce años y fui a mi primera fiesta de debutantes; ya en esa época sentía que no encajaba en el ambiente.

—Te felicito por haber ido; mi madre no lo consiguió con ninguno de nosotros. Recuerdo que lamentaba no haber tenido una hija.

Grace se rió:

—Mi madre nunca me obligó a ir pero no quería decepcionarla, ¿sabes?

Por lo que me estaba contando, y lo poco que conocía de ella, Grace parecía ser el tipo de persona que hacía cosas que no le agradaban solo para complacer a los demás.

—Eres genial, Grace.

—No te lo esperabas, ¿eh? —preguntó, ladeando la cabeza y bebiendo un sorbo de su copa.

—Lo digo en el buen sentido.

—Lo entiendo… Me estoy comiendo un marrón que no me corresponde por culpa de mis hermanos. Cada vez que digo mi apellido, la gente se queda mirándome. Es un apellido bastante común en el sur, y no todo el mundo me relaciona con ellos a la primera, pero muchos me hacen la cruz al instante.

—¿Alguien te está causando problemas? —pregunté sin rodeos.

—Si te digo que sí, ¿qué vas a hacer?

—No te conviene saberlo.

—Tienes un lado temerario, ¿verdad? —dijo con una leve sonrisa.

—Prefiero llamarlo protector.

—Vale, protector suena mucho mejor. —Mientras se bebía su segundo Pimm’s , echó los hombros hacia atrás—. Ya estoy más relajada. No estoy muy acostumbrada a salir a bares.

—Pero si es el pasatiempo favorito de todos los habitantes de Nueva Orleans.

—No en mi caso, ni siquiera salía de copas cuando estaba en la universidad.

—¿Dónde estudiaste? ¿En la Universidad de Loyola?

—Por supuesto. ¿Y tú?

—También, en la misma.

Al ver que ella miraba a su alrededor varias veces, pregunté:

—¿Qué buscas?

—Un lugar cómodo para sentarnos.

—Siento decepcionarte —respondí entre risas—, pero no creo que exista ningún bar en todo el barrio con asientos cómodos. Ni siquiera en los bares de Julian… sus sillas son una tortura.

—¿Ves? Por eso apenas salgo… aunque tengo que admitir que el cóctel está riquísimo.

—Tengo una propuesta —comenté.

—A ver…Te escucho.

—Vamos a tomar una copa a otro sitio.

—¿A dónde?

—A mi casa —respondí sin dudar.

Grace bajó la mirada y luego volvió a levantarla. Joder, quería que dijera que sí. Quería seguir conquistándola, y besarla allí mismo, en ese preciso instante, pero solo si ella lo deseaba. Lo último que quería era presionarla; Grace era especial y quería respetar sus tiempos y necesidades.

—Claro. ¿Vives cerca?

—No, en Lakeview.

—Lakeview… Hace tiempo que no voy por allí.

—Pues cuando tú digas…

—Estoy lista —dijo, enseñándome la copa vacía.

—Muy bien, entonces vamos.

—Le enviaré un mensaje a Lais para decirle que me voy. —Sacó su teléfono y escribió un mensaje rápido, antes de devolverlo a su bolso—. Bien, estoy lista.

Había aparcado en el límite del Barrio Francés, cerca del Misisipi. Salir del casco antiguo fue una odisea debido a la multitud que deambulaba por las calles.

Mientras nos abríamos paso entre la gente, mantuve una mano firmemente sobre la espalda de Grace.

—¡Menos mal! —exclamó cuando por fin salimos de la zona más concurrida—. ¡Qué cantidad de gente, por el amor de Dios!

—Ya te digo. Por suerte, tengo el coche justo aquí.

Por primera vez en toda la noche, pude contemplarla bien. Abrió la puerta del copiloto y, cuando se sentó, su vestido se le subió unos centímetros. El recuerdo de sus piernas infinitas y su cuerpo completamente desnudo en aquella cama se me había grabado a fuego en la mente.

Tranquilo. Solo ha accedido a venir a casa a tomar una copa .

Y si no quería que pasara más nada, tendría que aceptarlo. Estaba feliz de pasar simplemente un rato con ella.

—¿Por qué has elegido vivir en Lakeview? —preguntó una vez dentro del coche.

—No lo sé… —respondí, encogiéndome de hombros—. Encontré una casa que me gustó y me mudé.

—Di por hecho que vivirías en Garden District —comentó.

—Mmm… no. Mi familia vive allí, y aunque los adoro, tampoco quiero vivir a dos calles de distancia.

Grace se rió:

—Te entiendo perfectamente. Yo también tengo un vínculo muy cercano con mis padres, pero no quiero vivir pegada a ellos.

—La mayoría de mis hermanos viven en el Barrio Francés, como Julian. Chad está cerca, en Marigny. Xander vive en el distrito financiero, pero yo me empeñé en encontrar la casa perfecta y no me importaba dónde estuviera.

—Me parece genial.

El resto de la ciudad no estaba tan concurrida como el casco antiguo, y conseguí aparcar justo delante de mi casa.

—Ya veo por qué has elegido este sitio —comentó Grace con una sonrisa.

Por fuera parecía una de las mansiones de Garden District de estilo colonial renovado, con columnas, un enorme porche que rodeaba la casa y un balcón en la segunda planta. El jardín estaba rodeado por unos setos perfectamente podados.

—Vaya, ¡esto no me lo esperaba! —exclamó mientras cruzábamos la puerta principal.

El interior era completamente moderno; lo más llamativo eran las inmensas estanterías del suelo al techo con libros y botellas de vino, ron y whisky , así como la enorme mesa de comedor con forma de árbol.

—Me encanta esta madera, es muy elegante —comentó, pasando los dedos por la superficie.

—¿Qué te apetece beber? —pregunté, mientras se sentaba a la cabecera de la mesa.

—Que sillas más cómodas. ¡Y con reposabrazos! —exclamó y me contestó—: Me gustaría probar tu bourbon favorito.

—Ahora mismo.

Las botellas de las estanterías eran solo de exposición, tenía un pequeño bar separado del comedor. Llené dos vasos con hielo y vertí el bourbon antes de volver con Grace.

—Salud —dije, y chocamos nuestros vasos.

—¿Por qué brindamos?

—Por un comienzo poco convencional.

—Y por haber conseguido traerme a tu casa.

Le sonreí mientras me sentaba en la esquina de la mesa.

—Lo hice bien, ¿no?

—Sí, muy bien.

—Grace —dije al ver que bebía otro trago profundo—, te he traído aquí porque te vi muy nerviosa en el bar. ¿Estás más tranquila ahora?

Ella asintió jugando con el colgante que llevaba en el cuello. Me pareció un gesto extremadamente sexy, sobre todo porque le llegaba justo hasta su escote. Solo alcanzaba a ver la parte superior de sus pechos pero me estaba volviendo loco.

—Quise acompañar a Lais: a ella le encanta ir de bares y salir de fiesta. Pero yo soy muy hogareña; me gusta quedarme en casa con una copa, una buena película o un libro. Aunque reconozco que mi apartamento es un poco claustrofóbico y debería haber buscado algo más grande.

—¿Por qué te mudaste allí?

Grace bebió otro sorbo antes de responder:

—Tenía tanta prisa para conseguir un sitio que cogí la tercera opción que me mostró el agente inmobiliario.

Me encantó el edificio y la ubicación, pero tengo pensado buscar algo más grande en cuanto tenga tiempo.

—Se quitó los tacones y jugueteó con los pies descalzos sobre el suelo de madera —: ¡Qué alivio!

—¿Quieres pasar al sofá? Es muy cómodo.

—Claro, pero antes quiero quitar los zapatos del medio.

—Déjalos ahí, no molestan para nada.