Un rival inolvidable Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

ZACHARY

Eran casi las nueve cuando me fui de la casa de mis abuelos con Anthony y Beckett.

—¿Vamos al bar de Julian? —sugirió Anthony. El Lucky Bar era nuestro punto de encuentro habitual.

Julian solía estar allí los viernes y sábados por la noche para supervisar el local, pero últimamente no lo veíamos mucho.

—¡Venga! —aceptó Beckett.

—¿Qué tal va todo, muchachos? ¿Alguna novedad? —pregunté.

—Nada nuevo —respondió Beckett. Y con una sonrisa burlona agregó—: Os aviso de antemano que no podré quedarme mucho rato… he quedado con una chica más tarde.

—Yo también —añadió Anthony.

Perfecto, porque yo también tengo planes . Y prefería no comentárselo a mis hermanos; no lo entenderían.

Cuando llegamos al casco antiguo, las calles estaban abarrotadas de gente.

—Estamos de acuerdo en que vivimos en la mejor ciudad del mundo, ¿no? —comentó Beckett mientras nos dirigíamos hacia Bourbon.

Muchas personas evitaban esa calle para esquivar borrachos y el alboroto habitual de los viernes y sábados, pero a mí me gustaba contagiarme de esa energía frenética.

—Sí, somos muy afortunados —respondí.

Aproveché para enviarle un mensaje a Grace.

Zachary: Hola, ¿ya estás por el Barrio Francés?

Grace: Sí, estamos en un local en la calle Chartres.

Inmediatamente después, me envió su ubicación. Sentí una punzada de ansiedad.

Tenía previsto encontrarme con ella una vez que mis hermanos se marcharan, pero ahora que sabía dónde estaba, la tentación era demasiado fuerte.

—Vamos a la calle Chartres —dije.

—¿Y eso? —preguntó Anthony—. No nos queda de camino para el Lucky Bar.

—Hoy podríamos hacer algo diferente —comentó Beckett con despreocupación—, y de paso, echar un vistazo a la competencia. Total, Julian se pasa los viernes por la noche encerrado en su casa.

—Oye, no te metas con tu hermano —le reprendí.

Si por mí fuera, me quedaría encerrado en mi casa con Grace. Solo de pensarlo me volvía loco… y marcaba un gran contraste con cómo había sido mi vida hasta entonces: disfrutaba de mi soltería sin rendirle cuentas a nadie. Parecía que las cosas estaban empezando a cambiar.

Giramos en la calle Dumaine y, a medida que nos acercábamos al bar que ella me había indicado, no dejaba de buscarla con la mirada. Hacía un calor insoportable y daba por hecho que debía estar en alguna parte de la terraza. No era fácil encontrarla porque el lugar estaba a reventar.

Pero entonces oí su voz:

—No, de verdad, no queremos beber nada —dijo con un tono de claro enfado.

—Venga ya. ¿Qué hacéis dos mujeres solas así de arregladas? Todo el mundo sabe que estáis buscando que os inviten a una copa.

Era evidente que ese gilipollas estaba borracho como una cuba. ¿Cómo se atrevía a hablarles de ese modo? ¿Pensaba que así conseguiría ligar? Lo único que se llevaría sería un guantazo bien dado… y no dudaría en dárselo yo mismo.

Grace estaba espectacular. Llevaba un vestido dorado cortísimo que me hacía volar la imaginación, tacones altos y el bolso cruzado sobre el pecho. Tenía el pelo recogido a un lado, con los rizos cayéndole sobre el hombro.

La chica que estaba a su lado debía ser su amiga Lais. Me dirigí directamente hacia ellas. Ambas tenían los hombros encogidos y estaban casi pegadas a la pared del estrecho pasillo.

Me indignaba que nadie de los que estaban cerca interviniera. Si yo había sido capaz de oír a Grace, el grupo de hombres a medio metro de distancia también debió haberla oído.

En fin… la gente evita meterse en problemas o complicarse la vida.

—Oye, ¿no has escuchado a las chicas? Vete de aquí ahora mismo —le exigí al hombre en cuanto me acerqué.

El tipo giró la cabeza bruscamente hacia mí, con los ojos inyectados en sangre. Era alto, pero no me superaba en tamaño.

—Vete a tomar por culo. Ellas son mías. Yo las vi primero —replicó.

—¿Qué coño? ¿Que son tuyas? Vete tú a tomar por culo.

—¿Pero qué te crees? Si has venido aquí a lo mismo que yo —dijo con tono de burla—. A echar un polvo.

—No, claro que no —objeté.

—Zachary… —susurró Grace. El alivio en su voz me tranquilizó un poco.

—Vete a tomar por culo —le repetí al tipo —. No quiero repetirlo por tercera vez.

—¿O qué? —me desafió, cruzándose de brazos—. Mira, con una me basta; yo me quedo con la rubita y tú te llevas a esta —dijo, señalando a Grace—. No me vas a decir qué puedo hacer y qué no.

Dio un paso hacia ella y la rabia me consumió por completo.

Levanté la mano y le di un puñetazo justo en medio del ceño. Grace soltó un grito. El hombre se tambaleó y retrocedió hasta chocar contra la pared opuesta a donde estaban las chicas.

—¡¿Estás loco?! —preguntó.

—Vete de aquí ahora mismo.

—Tienes que hacerte ver, tío.

Me reí irónicamente, y el tipo se alejó corriendo.

Me volví hacia las dos chicas y lespregunté:

—¿Estáis bien?

—Sí, gracias a ti —dijo la amiga de Grace—. Por cierto, me llamo Lais. Encantada de conocerte.

—Igualmente. Yo soy…

—Zachary LeBlanc —terminó ella por mí.

—¿Nos conocemos?

—No, pero he oído hablar de ti —respondió y miró a Grace, que tenía una mano en el pecho, jugueteando con su colgante. Era evidente que estaba alterada.

—Grace, ¿estás bien?

Asintió, pero no fue muy convincente.

—¡¿Qué coño acaba de pasar aquí?! —exclamó Beckett, uniéndose a nosotros con Anthony.

—¿Dónde estabais vosotros dos? —pregunté.

—Buscándote. Te perdimos de vista un momento y de repente te vimos dándole un puñetazo al tío ese —explicó Anthony.

—Se lo merecía —intervino Lais—. Nos estaba literalmente acosando, y Zachary nos ha salvado.

—Lais, Grace —dije—, os presento a mis hermanos, Anthony y Beckett.

—¿Grace Deveraux? —preguntó Anthony.

—Sí —asintió Grace.

—¿Por qué no tomamos algo todos juntos? —sugirió Lais, y todos asintieron.

Acepté, aunque quería llevar a Grace a un lugar más tranquilo. La notaba incómoda, fuera de lugar, y quería asegurarme de que estuviera bien. ¿Acaso no solía salir por el casco antiguo?

—Quiero un Pimm’s —le pidió a Lais.

—Y yo un Sazerac —añadí.

—Tío, Julian nos va a despellejar vivos si se entera de que hemos tomado Sazerac fuera de su bar —dijo Anthony.

—Correré el riesgo. —Rara vez probaba otros cócteles.

—Ahora volvemos —avisó Lais.

Anthony nos miró a Grace y a mí con el ceño fruncido, y Beckett levantó una ceja. Habían atado cabos, pero al menos tuvieron la decencia de mantener la boca cerrada.

Cuando se fueron, me acerqué a Grace y le puse las manos sobre los hombros:

—Estás temblando.

—Ese hombre me puso muy nerviosa, me dio escalofríos —dijo, sacudiendo la cabeza—: No puedo creer cómo se refirió a nosotras, como objetos, sin importarle si queríamos ir con él o no.

—Estás a salvo, Grace —le aseguré, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. ¿Quieres que nos vayamos?

—No, acabamos de llegar y le prometí a Lais que hoy saldríamos juntas. Aún no hemos bebido ni nuestra primera copa. El alcohol me ayudará a tranquilizarme. —Tras una breve pausa, me miró y dijo—: Gracias. Es curioso… nunca necesité que me rescataran, pero tú ya lo has hecho dos veces.

—Ha sido un placer, pero preferiría no tener que hacerlo una tercera vez. No quiero ni pensar que estás en peligro. —Mis propias palabras me sorprendieron.

—Así que has salido con tus hermanos —dijo, parpadeando ligeramente, intentando cambiar de tema.

—Sí, cenamos en casa de nuestros padres y abuelos antes.

—¿Adónde ibais?

—Al bar de mi hermano Julian, en Dumaine.

—Entonces no os entretenemos más.

—No me iré hasta estar completamente seguro de que estás bien.

—Entonces quizás tengas que esperar mucho —dijo con una triste sonrisa.

—No me importa.

—No sé por qué me ha afectado tanto. Escuchar ese tipo de frases, que una mujer le pertenece a un hombre… me trae recuerdos desagradables.

Al instante recordé lo que me había contado mi abuela Isabeau. Era lógico que el incidente le hubiera afectado. Si volvía a cruzarme con ese gilipollas, le daría otra paliza.

—Tranquila, no volverá a molestarte —prometí.

—Ya veo… no todos los días cuento con los servicios del guardaespaldas más sexy del mundo —dijo con brillo en la mirada.

—Guardaespaldas, ¿eh? —repetí—. ¿Qué te parece si te ofrezco mis servicios durante el resto de la noche?

—Qué listo.

—Grace, llevo toda la semana conteniéndome… no aguanto más.

—¿Pero qué dices? —replicó con picardía en la mirada. Grace se estaba relajando—. Si has estado coqueteando descaradamente conmigo por teléfono.

—Grace, aún no has visto nada.

—¡Oh! —exclamó, tapándose la boca con una mano.

—Aquí estamos —dijo Beckett, justo cuando le estaba apartando un mechón de pelo detrás de la oreja.

Como acto reflejo, bajé la mano y me enderecé. Anthony nos vio y se fijó en la mejilla de Grace, justo donde la había tocado. Lais sonreía ampliamente, y alternaba la mirada entre los dos. Beckett parecía ajeno a todo mientras me entregaba mi cóctel.

—Tú también te has pedido uno —le dije a mi hermano, señalando su bebida.

—¿Qué remedio? Cuando Julian se entere y nos ponga a parir, nos tendremos el uno al otro. Además, tenemos que comprobar si su Sazerac sigue siendo el mejor de la ciudad.

—¿Vuestro hermano es el dueño del Lucky Bar? —preguntó Lais, y Beckett asintió.

Estaba muy orgulloso de que nuestro hermano mayor hubiera perfeccionado la receta del célebre cóctel. Año tras año, era votado como el mejor de toda Nueva Orleans.

—¡Salud! —exclamó Lais antes de chocar las copas—. A pesar de las circunstancias, es un placer por fin conocerte, Zachary.

—¿Y nosotros qué? —preguntó Anthony.

—Nosotros vendríamos a ser los extras —le explicó Beckett.

—Por supuesto que también me alegro de conoceros —respondió Lais entre risas—. Pero Grace me ha hablado tanto de Zachary que tenía muchas ganas de conocerlo.

Se hizo un breve silencio. Mis dos hermanos me miraron fijamente:

—¿En serio? Has oído mucho de él, ¿eh? ¿Y qué has oído exactamente? Tenemos curiosidad —le preguntó Beckett.

Lais pareció darse cuenta de que había hablado más de la cuenta, porque carraspeó, miró a Grace y le cedió la palabra.

—Lais está al tanto de que ambos estamos interesados en la finca de caballos —explicó Grace.

Beckett tuvo el buen sentido de permanecer callado; esa respuesta no era nueva, pero afortunadamente, lo dejó pasar.

—Es verdad —dijo Anthony, tomando su bourbon de un trago.

A todos nos gustaba el bourbon ; teníamos el recuerdo de nuestros abuelos David y Félix, con un vaso en la mano mientras charlaban de negocios. Para nosotros, era sinónimo de sofisticación.

—Bueno, Lais, ¿a qué te dedicas? —preguntó Beckett.

—Soy contable, y aunque parezca aburrido os aseguro que no lo soy. ¿Y vosotros a qué os dedicáis? —preguntó, mirando primero a Beckett y luego a Anthony—. Ya sé que Zachary se encarga de la parte logística del negocio familiar.

—Yo estoy a cargo de la cadena de panaderías —dijo Beckett.

Anthony carraspeó antes de responder:

—Y yo me ocupo de los demás negocios que no encajan en ninguna categoría específica, lo cual disfruto muchísimo. Hago un poco de todo, pero principalmente me dedico a organizar eventos y gestionar locales de música.

—¿Te refieres a clubes de jazz?

—No precisamente. Tenemos bares speakeasy ⁠ 1 enfocados en la música, y otros locales más grandes donde organizamos conciertos y eventos multitudinarios.

—Qué interesante —dijo Lais antes de apurar su copa, gesto que imitaron mis hermanos. Joder, qué rápidos son —. ¿Y si nos vamos los tres al Lucky Bar a tomar uno de esos célebres Sazerac ? Este es una mierda.

—Tampoco una mierda —respondí entre risas—, pero no es ni por asomo tan bueno como el de Julian.

—Seguro que Grace y Zachary tienen que aclarar detalles de la finca —continuó Lais.

No necesité mirar a Grace para saber que estaba sonrojada. Aún así me giré para admirar sus mejillas rojas como un tomate.

—¿Qué detalles tenéis que aclarar? —preguntó Anthony arqueando una ceja.

Beckett le dio un ligero codazo:

—Sí, vámonos. Además tampoco podemos quedarnos hasta muy tarde.

—No os preocupéis por mí. Me las apañaré, y en el peor de los casos vuelvo aquí a buscaros —dijo Lais, guiándome un ojo. Era obvio que no nos encontraría allí—. Vamos, que hace tiempo que no pruebo el Sazerac del Lucky Bar .

1   Nota de la Traductora: El término speakeasy surgió para denominar a los bares clandestinos y ocultos que servían alcohol durante la Ley Seca (1920-1930) en Estados Unidos. En la actualidad, se han vuelto tendencia y se trata de bares a puertas cerradas, exclusivos, y de acceso restringido.