Un rival inolvidable Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

Mi abuela Isabeau tenía muy poco filtro, pero evitaba decir palabrotas delante de su bisnieta. Lo mismo cuando nosotros éramos niños, pero tiró la toalla cuando nos transformamos en adolescentes.

—Lo siento —dijo con una mueca de disgusto—. Bella, acabo de decir una mala palabra. No la repitas, por favor.

Mi sobrina, con una sonrisa en la cara, ni siquiera se molestó en asentir. Seguro lo añadió a su vocabulario.

—¿Y qué pinta el exmarido en todo esto? —le pregunté a Isabeau.

Tenía la sensación de que Grace no me lo había contado todo… aunque, para empezar, no tenía ninguna obligación de hacerlo.

—No la trataba bien y, mientras se estaban divorciando contrató a un detective para que la vigilara. Y como no encontró gran cosa, empezó a inventar bulos. No conozco toda la historia, pero por lo que he oído, acabó fatal.

¡Joder! Era mil veces peor de lo que había imaginado, y explicaba por qué Grace estaba tan molesta con Marcel.

Me aclaré la garganta antes de explicar:

—Bueno, salvando las enormes distancias, Marcel llamó a los propietarios de la finca para insinuar que Grace no era de fiar.

—Creía que te habíamos enseñado a tener más clase —me reprendió Isabeau de brazos cruzados.

En ese momento, mis padres entraron al salón.

—Perdón por la tardanza —se disculpó mi madre—. El evento de la galería se alargó más de lo previsto.

—No te preocupes, mamá —respondí, quitándole importancia—. No te has perdido gran cosa. Solo a Isabeau regañándome.

—Bueno, pero gracias a que ella se encarga de hacer el trabajo sucio, yo quedo como la mejor madre del mundo. —Lo cual era cierto.

—En cualquier caso —dijo Celine—, asegúrate de no darle más dolores de cabeza a esa pobre chica. Ya ha tenido suficiente con todo lo que le ha pasado.

—Fue un tropiezo, y me he asegurado de que no vuelva a ocurrir —afirmé.

—Eso es lo que quería escuchar. De todos modos, he oído que tiene un gran sentido de los negocios, y que la empresa de su familia aumentó mucho sus beneficios en los años en que ella participó —dijo Isabeau, y luego miró su teléfono—.

Julian acaba de enviar un mensaje para avisar que él y Georgie no pueden venir.

Así que como ya estamos todos, Celine y yo vamos a traer la comida. ¿Alguien quiere ayudar?

—Yo voy con vosotras —me ofrecí. Anthony y Beckett también se unieron a nosotros.

Mientras íbamos a la cocina, Isabeau me preguntó:

—¿Vas a volver a ver a Grace?

La respuesta sincera sería “Ten claro que sí”, pero mi abuela no tenía por qué saberlo.

—No lo sé; no tenemos prevista otra reunión con Felicia y Gaston. El siguiente paso será hacer una oferta, pero antes necesito más información sobre el coste real de las reformas. Aunque hemos conversado mucho con ellos, no hemos hablado de cifras.

Isabeau me miró de reojo mientras entrábamos en la cocina:

—Bueno, pero si ves a Grace, ¿podrías mencionarle nuestra tienda de perfumes?

—¿Para qué? —preguntó Anthony.

—Se rumorea que la pobre chica no ha tenido ninguna cita desde su divorcio. Su historia me pareció muy conmovedora y queremos darle un empujoncito con uno de nuestros perfumes especiales de lila. ¿Por qué no ayudarla a encontrar al hombre adecuado?

Desde luego, ni loco le comentaría a Grace sobre la tienda de perfumes. No quería que tuviera una fragancia, y mucho menos de lilas. No creía en el poder mágico que mis abuelas le atribuían para unir a una pareja, pero tampoco quería correr ningún riesgo.

—Veré si puedo encontrar la manera de sacar el tema en alguna conversación —dije.

¿Era mi imaginación o Isabeau me miraba como si hubiese ganado una partida?

Anthony silbó y Beckett me dio una palmada en el hombro:

—Tío, deberías considerarte afortunado de que no te haya ofrecido hacerte un perfume de lilas para ti . Ya sabes, para atraer a “la persona adecuada” —imitó a Isabeau, que se enfadó al instante.

—Seguid burlándoos de nosotras, que ya vendréis con el rabo entre las piernas —respondió ella.

—No nos estamos burlando, Isabeau —replicó Anthony, pero Beckett ladeó la cabeza.

—Yo sí. Lo siento, es que no puedo tomarme esa historia en serio —comentó entre risas.

—La lila no surte efecto en los hombres —explicó Isabeau.

—Sí, solo la utilizamos en fragancias femeninas —añadió Celine, mientras servía jambalaya en los cuencos.

—Bueno, ahora me quedo más tranquilo —dijo Beckett en tono sarcástico.

Mis hermanos pequeños no sabían interpretar a Isabeau y Celine tan bien como el resto de nosotros. Quería advertirles de que los tres estábamos en problemas.

—Pero tenemos otro ingrediente para los artículos masculinos —apuntó Isabeau.

Joder, lo sabía.

—¿Y qué es? —preguntó Anthony, quien al menos tuvo la sensatez de mostrarse algo alarmado. Quizás podía leer las intenciones de Isabeau mejor de lo que yo pensaba, pero era demasiado tarde—. ¿Sabes qué? No importa. De todos modos, nosotros no usamos colonias.

—Es verdad —coincidió Isabeau con dulzura—. Pero sí que usáis nuestros jabones.

Sentí cómo mis hermanos entraban en pánico; yo también estaba un poco asustado. Sí, así de poderosas eran Isabeau LeBlanc y Celine Broussard: los tres éramos adultos, directores generales de nuestras respectivas empresas, y sin embargo, conseguían intimidarnos.

—¿Cómo? —preguntó Beckett bruscamente—. Tendríais que decirnos si llevan algún ingrediente especial, ¿no?

—¿Por qué? —respondió Celine—. Si después de todo, esas cosas no funcionan —continuó, burlándose de mi hermano. Era demasiado gracioso.

—Joder —se lamentó Anthony.

—Venga, chicos, llevemos la jambalaya y el arroz con alubias al salón —ordenó Isabeau, poniendo fin a la conversación.

Intercambié una mirada con mis hermanos, pero ninguno dijo nada. Nuestras abuelas podían estar bromeando, pero en cuanto llegara a casa iba a revisar minuciosamente mis jabones.