Capítulo Catorce
GRACE
Volví a Nueva Orleans bastante tarde tras pasar un día maravilloso con los caballos; no solo me dediqué a cepillarlos y alimentarlos, sino que Felicia me permitió montar una de las yeguas más mayores. Me sentí tan conectada que me dio mucha pena irme.
Estaba entrando en la ciudad cuando me llegó un mensaje de Lais.
Lais: ¿Sigue en pie lo de ver Netflix en tu casa o has tenido otro percance?
Mi amiga iba a flipar cuando le contara la noche que había pasado con Zachary. Además, yo seguía sin creérmelo y estaba deseando contárselo a alguien.
Grace: Sí, llegaré pronto a casa. ¿Te viene bien a las siete?
Lais: Perfecto.
En un principio habíamos planeado salir a tomar una copa, pero necesitaba un plan más tranquilo y no me veía con fuerzas para el jaleo de un viernes por la noche en el Barrio Francés. Aún así, quedar en casa era algo que hacíamos muy a menudo, incluso antes de casarme.
Llegué media hora antes a mi apartamento, y pedí nuestras hamburguesas con queso y patatas fritas rizadas de siempre. También preparé palomitas.
Lais llegó puntual, como de costumbre. En cuanto abrí la puerta, me miró de arriba abajo y soltó:
—Estás diferente… ¡tu energía ha cambiado!
—Ay, por favor, tú y tus energías —contesté entre risas.
—Somos de Nueva Orleans, amiga —respondió, encogiéndose de hombros—. Si no creyéramos en el vudú y las energías, ¿qué clase de ciudadanas seríamos?
A diferencia de la mayoría en la ciudad, yo no le prestaba mucha atención a lo esotérico o lo sobrenatural.
—Entonces, ¿acabas de volver del pantano? —preguntó, levantando una ceja.
—Sí.
—¿Por qué tan tarde?
—Primeros comamos —dije, señalando las hamburguesas y las patatas que había colocado en la mesita delante de la tele.
—Si tengo que esperar a después de comer, es porque necesitas que me prepare —dedujo Lais.
Nos sentamos en el sofá y le di un mordisco a mi hamburguesa. No había vuelto a comer desde el desayuno en la cabaña. Felicia me había ofrecido quedarme a cenar, pero no quería volver tan tarde.
—Venga ya, amiga. Habla primero y luego comes —protestó Lais tras dar el primer bocado.
—Es que estaba muerta de hambre.
Lais enarcó una ceja, pero siguió comiendo su hamburguesa.
—¿Cerraste el trato de la finca? —preguntó tras tragar.
—No exactamente.
—Entonces, ¿qué pasó?
—Vamos por partes. Te enteraste de la tormenta, ¿verdad?
—¡No me digas que te pilló el temporal! —resopló—. Grace, ¡tendrías que haber empezado por ahí! Antes que nada, ¿te pasó algo?
—Por suerte, no. Pero como las rutas estaban cortadas, tuve que quedarme a pasar la noche en la finca.
Lais entrecerró los ojos, dándole un sorbo a su bebida:
—¿Y qué más?
—Felicia y Gaston no me avisaron que Zachary también estaría con nosotros.
Lais se quedó sin aliento.
—Espera, ¿entonces él también se quedó atrapado en el pantano? —Al ver que yo me limitaba a asentir, dedujo—: Os volvisteis a besar, ¿verdad? ¡Lo sabía!
—Fue más que un beso —susurré.
Mi amiga estaba tan atónita que apartó su comida para prestarme toda su atención:
—Grace Deveraux, ¿es verdad que por fin has puesto fin a esa larguísima sequía?
—Como lo oyes.
—¡Aleluya! —exclamó, y me eché a reír—. ¡Es la mejor noticia del mundo! ¿Tienes champán o algo para celebrar? Con gusto me tomaría cinco Sazerac 1 o incluso un chupito de tequila, en el peor de los casos.
—No tengo nada —confesé.
—No importa, me alegro muchísimo por ti. Ya era hora.
—Me lo has dicho mil veces —me reí entre dientes—, pero no estaba preparada.
—¿Y ahora lo estás?
—No lo sé.
—No te sigo —dijo Lais con el ceño fruncido.
—No fue algo planeado. Los dueños de casa tenían solo una cabaña disponible, tuve que compartirla con Zachary y una cosa llevó a la otra.
—Parece de película —comentó, y las dos nos partimos de risa.
—Lo has clavado.
—¿Y cómo fue?
Me giré a ella y suspiré:
—Increíble. Nunca pensé que disfrutaría tanto del sexo.
—¿No me digas que el cabrón e inútil de tu ex además era malo en la cama? —preguntó Lais totalmente indignada.
—No quiero hablar de Roger —respondí con los labios apretados.
—Tienes razón, lo siento.
—Ya es pasado. Siento que estoy recuperando el tiempo perdido, como si me hubiera quitado un enorme peso de encima.
—Yo tampoco quiero hablar del innombrable , pero ese tío te hizo mucho daño. Me hace muy feliz ver a mi mejor amiga recuperando su chispa.
—Sí, siento que he recuperado mi autoestima y mi esencia. Sé que puedo valerme por mí misma, ¡y estoy tan contenta!
—Me encanta. Zachary LeBlanc te conquistó primero con un beso y luego en la cama. —Mientras bebía de mi vaso, me lanzó la siguiente pregunta—: ¿Cuándo vas a volver a verlo?
Adoraba a Lais; era la persona más divertida y directa que conocía, me había apoyado incondicionalmente, y era la mejor amiga del mundo.
—No vamos a volver a vernos… quiero decir, no creo que vayamos a pasar otra noche juntos.
Lais se quedó callada, y volvió a morder su hamburguesa.
—¿Qué estás pensando? —pregunté, sintiendo un poco de ansiedad. Si Lais se quedaba callada era mala señal.
—Me parece raro que te conformes con algo de una sola noche. Sobre todo por lo especial del encuentro… me atrevo a decir que te ha transformado por completo.
Mastiqué una patata mientras sopesaba sus palabras:
—Como te he dicho… no fue algo planeado. Y ahora que acabo de recuperar el rumbo de mi vida, quiero centrar toda mi energía en mis proyectos y no en una relación.
—Lo entiendo, pero una cosa no quita la otra. Es la primera vez en mucho tiempo que te veo entusiasmada, con un brillo sincero en tus ojos. Hacía mucho que no te veía así.
No respondí porque sabía que mi amiga tenía razón.
—Esa luz se apagó tres días después de tu boda —añadió Lais.
Me estremecí al recordar que Roger me pidió que dejara el trabajo al tercer día de casados.
—No quiero hablar del pasado.
—Lo siento, no pude evitar la comparación. La cuestión es que has vuelto a ser la de antes, y solo por eso no descartaría más encuentros íntimos con Zachary LeBlanc.
Cogí otra patata frita y respondí:
—Creo que él solo busca rollos de una noche. —Y tras decir esas palabras, sentí una extraña tristeza—. Tú me conoces… no soy de las que tienen amigos con derecho a roce. Además, no hemos quedado en nada.
—Entonces, ¿por qué das por hecho que no puede surgir algo más entre vosotros? —preguntó Lais con tono serio—. Tenías muchos prejuicios con él, y resultó ser una buena persona, ¿no?
—No lo sé. No parece el tipo de hombre que quiere sentar cabeza…
Lais hizo un gesto con la mano:
—Nadie quiere sentar cabeza hasta que llega el momento. Si me dieran un dólar por cada vez que he escuchado “no estoy preparado para dar el siguiente paso” y, acto seguido, el tío se casa con la primera mujer que pasa, sería millonaria.
Hice una mueca de disgusto. Lais había tenido que pasar por eso al menos tres veces; no podía entender cómo podía tener tanta mala suerte.
—Al menos, el lado positivo es que no has tenido que lidiar con un divorcio. Es mejor esperar a que aparezca la persona adecuada que precipitarse a un matrimonio.
—Creía que ya no íbamos a hablar del pasado —dijo Lais, mirándome fijamente.
—Tienes razón. Asunto terminado.
Se metió la última patata frita en la boca y dijo:
—¿Y no vas a volver a verlo nunca más?
Me recosté en el sofá y dejé el bol de patatas fritas en mi regazo. A diferencia de Lais, me gustaba comerlas muy despacio.
—Lo veo improbable. Quiero decir, no tenemos nada en común.
—Excepto por aquella vez que te caíste al río, y aquella otra vez que te besó, y esta última vez en la que, de alguna manera, ambos acabasteis durmiendo en la misma cabaña.
—Tienes razón, pero lo de ayer no fue una casualidad.
Ahora que lo pienso, era obvio que coincidiríamos en algún momento en la finca.
No entiendo cómo no me di cuenta. —Dejé las patatas fritas en la mesa y cogí mi bebida.
—Bueno, ya que te lo he contado todo, ¿qué tal si pasamos a la siguiente fase de la noche?
—¿Qué vamos a ver? —preguntó Lais—. ¿Qué te apetece?
—Nada de vampiros, por favor.
—Qué aguafiestas —se quejó, con el ceño fruncido.
—Siempre quieres ver lo mismo, Lais.
—Ya, pero están de moda y no soy la única obsesionada. Y no tiene nada que ver con que vivamos en Nueva Orleans.
—Veamos algo divertido. ¿Un documental?
—¿En qué mundo un documental es divertido? —resopló—. Me opongo rotundamente, pero acepto ver una comedia romántica que sea entretenida.
—Vale, tú eliges —dije mientras encendía la televisión, abría Netflix y le pasaba el mando.
Mientras Lais echaba un vistazo a las recomendaciones de la sección de comedias románticas, mi teléfono vibró.
Mis empleadas estaban muy alteradas; nunca me había tomado un día libre y me habían bombardeado con correos electrónicos.
Incluso tuve que detener el coche en el viaje de vuelta desde la finca para responderles.
Pero no era un mensaje de trabajo. Era de Zachary.
Zachary: ¿Qué tal? ¿Ya has vuelto a Nueva Orleans?
Mi corazón dio un vuelco.
Grace: Sí, hace un rato. He pasado todo el día allí y lo he disfrutado mucho.
Zachary: ¿Le diste mimos a Starlight?
Me reí.
Grace: Por supuesto. Te aseguro que ese caballo nunca ha tenido el pelo tan brillante.
Zachary: ¿Tienes planes para esta noche?
Le envié una foto de la televisión.
Grace: Estoy con mi mejor amiga decidiendo qué peli ver. ¿Y tú?
Me envió una foto del Misisipi. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Zachary: He salido de la oficina y he venido a dar un paseo junto al río. Imposible no recordar nuestra gran hazaña.
Nuestra gran hazaña . Qué bonita forma de expresarlo.
—¿Por qué te ríes? —preguntó Lais—. ¿Y qué hacen tus empleadas escribiéndote a estas horas?
—No son mis chicas —respondí.
—¡Es Zachary! —dedujo ella.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy tu mejor amiga: te conozco —respondió entre risas.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Zachary: Contigo todo es inesperado, y me chifla.
Le mostré el teléfono a Lais, que sonrió de oreja a oreja: