Un rival inolvidable Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

GRACE

La emoción por volver a la finca y conocer al nuevo caballo era tal que aceleré más de la cuenta.

Tenía que admitir que, desde el punto de vista empresarial, adquirir un nuevo ejemplar no había sido una jugada inteligente por parte de Gaston y Felicia si no tenían previsto organizar campamentos a corto plazo, pero supuse que tendría que ver con el tiempo y esfuerzo necesarios para el entrenamiento del animal.

¿Qué más da? ¡Estoy más feliz que una perdiz!

Esa vez me puse ropa acorde a la situación: pasé por casa después del trabajo para ponerme zapatillas y vaqueros.

Me recuperé muy rápido del incidente en el río Misisipi, salvo por un leve resfriado. No les conté nada a mis padres para no preocuparlos. Un pequeño rasguño en el brazo era el único recuerdo de ese fin de semana, además de mi móvil nuevo.

Pensé en Zachary, en cómo se había lanzado sin titubear al agua para salvarme, y en lo crucial que había sido su ayuda.

Debí haber tenido un detalle con él, pero estuve tan ocupada con los trámites de mi nuevo documento de identidad y tarjetas de crédito que no tuve la ocasión.

Pero si lo volvía a ver, le invitaría a cenar. Era lo menos que podía hacer.

Llegué un poco antes de la hora indicada, esperando no ser una molestia. Al aparcar, vi a Gaston en el prado con un precioso caballo negro azabache, y me pregunté si sería el nuevo ejemplar.

Gaston me hizo un gesto para que me acercara y caminé a toda prisa. Por suerte, el cielo estaba cubierto de nubes, y como no hacía tanto calor como la otra vez, podríamos quedarnos fuera más tiempo.

Miré al cielo.

Mmm… A decir verdad, las nubes son tan negras y densas que parece que se avecina una tormenta. ¿Me había perdido el pronóstico de mal tiempo?

¿Qué más da? Voy a disfrutar de los animales hasta que empiece a llover.

—¿Este es el nuevo caballo? —pregunté.

—Sí, este es Starlight —respondió con orgullo.

—Es precioso. ¿Puedo tocarlo?

—Intentémoslo. Es un poco tímido, pero hasta ahora no hemos tenido problemas.

Me acerqué a Starlight, y al no percibir en él señal alguna de rechazo, comencé a acariciar suavemente su crin.

—Hola, Starlight. Es un placer conocerte.

—Es una gran adquisición; no solemos tener muchos caballos negros.

—¿Por algún motivo en especial?

—A algunos niños les da miedo. Pero cuando vi a Starlight, me enamoré de inmediato. Con los años he aprendido que cuando encuentras un caballo excepcional, hay que comprarlo de inmediato.

El resto de los caballos rodeaban a Starlight, manteniendo una distancia prudente. Gaston, anticipando mi pensamiento, me explicó:

—Pronto lo aceptarán. Solo lleva aquí dos días.

—¿Tiene su comedero individual en el establo?

—Por ahora, sí, pero cuando se integre comerá con los demás. Por cierto, Zachary estará por llegar en cualquier momento.

Todo mi cuerpo se tensó. Giré la cabeza hacia Gaston y respiré profundamente:

—¿Viene hoy?

—Sí, ¿no te lo había comentado?

—No.

Repasé mentalmente mi apariencia. Aunque no me encontraba en mi mejor momento, tampoco estaba en mi peor estado.

De repente, me puse nerviosa, se me hizo un nudo en el estómago y me costaba respirar. No sabía cómo sería el encuentro, pero como mínimo estaría incómoda.

—No me gustan nada esas nubes —comentó Gaston—. Te aseguro que se aproxima una gran tormenta.

—Pues no han dicho nada en las noticias, al menos, que yo haya oído. —Pero lo cierto era que nunca estaba al tanto del pronóstico del tiempo.

—Los meteorólogos son tan fiables como los economistas: nunca dan una.

—Qué ocurrente eres, Gaston —comenté entre risas.

Intenté concentrarme en Starlight mientras aún procesaba que Zachary estaría por llegar. El caballo, percibiendo mi nerviosismo, se acercó a mi mano.

—Eres un buen chico —murmuré, apoyando mi frente contra la suya.

—¡Ha llegado Zachary! —anunció Gaston.

Y así, el contacto con Starlight no fue suficiente para calmar la reacción de mi cuerpo. Mi corazón se aceleró, todos mis músculos se tensaron y sentí mis palmas sudorosas. Tomé una respiración profunda.

—Siento llegar tarde —se disculpó Zachary.

¿Por qué hasta su voz me resultaba atractiva?

Aquel hombre lo tenía todo. Le estaba sumamente agradecida por lo que había hecho por mí, y era consciente de que el accidente podría haber terminado en tragedia; sin embargo, tampoco estaba dispuesta a bajar la guardia por completo.

Ya me habían engañado una vez y hecho mucho daño.

No estaba diciendo que Zachary se pareciera a mi ex, pero aún así tenía que ir con cuidado.

Finalmente, me giré para mirarlo y me devolvió la mirada con un brillo en los ojos y una media sonrisa. No parecía sorprendido de verme, lo que me hizo preguntarme si Gaston le había avisado de mi presencia en la finca.

—Hola, Grace.

Se detuvo unos metros frente a mí. Su rápida inspección visual fue sutil, pero me sentí completamente expuesta. ¿Qué pretendía con eso?

—Hola, mira, él es Starlight. ¿No es increíble?

Fue entonces cuando reparó en el caballo por primera vez:

—Es bonito —comentó Zachary, dando una vuelta a su alrededor para contemplarlo, sin llegar a tocarlo.

—Puedes acercarte —le animó Gaston—. Es muy manso.

—Eso significa que no requerirá mucho adiestramiento, ¿verdad? —preguntó Zachary.

—Tendremos que esperar a la primera sesión para saberlo —respondió Gaston, encogiéndose de hombros.

Un trueno retumbó en el cielo y me sobresalté. Starlight retrocedió, pero no pareció alterarse demasiado.

Gaston miró las nubes:

—¿Véis? El meteorólogo nunca da en el clavo.

—Estoy seguro de que las nubes se irán —dijo Zachary con despreocupación.

Gaston soltó un bufido:

—Llevo muchos años viviendo aquí, y os digo que esas nubes negras son cosa seria. Va a llover a cántaros, ya veréis.

—Entonces, ¿metemos los caballos en el establo? —sugerí, preguntándome cómo reaccionaría Starlight a la lluvia fría y los truenos.

—Sí —respondió Gaston.

Zachary se acercó y acarició la crin de Starlight. Empecé a sentir calor, a pesar de que la temperatura había bajado un poco. Cuando nuestros brazos se rozaron por accidente, el calor aumentó.

Me vendría bien una ducha fría… o una fuerte tormenta.

—Llamaré a Felicia para que me ayude a entrar los caballos —dijo Gastón. Tras una breve pausa, nos miró y agregó—: Ahora que lo pienso, ¿creéis que podéis hacerlo vosotros?

—Yo puedo llevar a Starlight —me ofrecí.

—Genial —contestó Gaston—. Zachary, tú puedes llevar otros dos.

Me gustó ver a Gaston tomar las riendas: era seguro de sí mismo y lideraba con una autoridad amable, de la misma manera que a mí me gusta trabajar.

—Yo también puedo entrar dos caballos —propuse.

—No quiero estresar demasiado a Starlight. Aún no está acostumbrado a la manada.

—Vale, me ocuparé solo de él.

Gaston tenía razón, y le bastó con arrear cuatro caballos para que el resto de los animales comenzaran a seguirnos. Qué curioso.

Starlight buscaba mi contacto con cada trueno, necesitando consuelo. Le susurré, acariciándolo: “Tranquilo, Starlight. Es solo una tormenta”. No sería la primera ni la última, pero era probable que estuviese más nervioso por el nuevo entorno.

Justo cuando terminamos de meter a los caballos en el establo, los truenos se hicieron más fuertes y se escuchó el inconfundible sonido de la lluvia golpeando el techo.

—Insisto, deberían despedir a ese meteorólogo —refunfuñó Gaston.

Zachary se echó a reír y me miró con complicidad mientras guiábamos a cada caballo a su correspondiente box . Me hacía mucha gracia que Gaston hiciera referencia a “el meteorólogo” como si solo existiera uno en el mundo.

—Listo, todos a salvo —dijo Gaston.

—¿Les damos de comer? —pregunté.

—Más tarde les traeré un poco de heno. Tendría que haberlo hecho antes, pero se me olvidó, y no tengo suficiente aquí para alimentarlos a todos.

Quería quedarme en el establo. No estaba preparada para lo que vendría después, que sin duda incluiría pasar el rato con Zachary… y sin los caballos como ‘‘barrera’’.

—Bien, os daré unas mantas para que os cubráis de la lluvia mientras volvemos rápido a la casa. Felicia ha hecho un estofado de rechupete, y nos encantaría que os quedárais a cenar.

—Gracias, pero no es necesario —respondí—. Aunque, pensándolo bien, podríamos aprovechar la cena para hablar más del proyecto —corregí, al darme cuenta que sería una estupenda oportunidad para afinar detalles.

—Yo me apunto al estofado —dijo Zachary.

No entendía el brillo pícaro en su mirada, pero aún más desconcertante era la reacción de mi cuerpo… estaba ardiendo.

Oh, Dios mío.

Gaston nos entregó una manta enorme a cada uno, lo cual me pareció una exageración hasta que abrió la puerta. Estaba literalmente diluviando.

—No creo que la manta sirva de mucho —comenté.

—Nos las arreglaremos. Hemos pasado por cosas peores —añadió Zachary.

Volvió a mirarme y esa vez no pude evitar reír. El recuerdo de haber caído al río sería imposible de olvidar.

La casa principal quedaba bastante lejos y el suelo ya estaba cubierto de charcos. A pesar del día caluroso, la lluvia era helada y desagradable; definitivamente no era como una ducha fría.

Una vez dentro de la casa, usé la manta para secarme. Al instante, capté la mirada de Zachary, fija en mi torso, tragando saliva con dificultad.

Baje la vista: llevaba un sujetador sin copa y mis pezones se habían marcado. Intenté cubrirme todo lo que pude con la manta, y volví a sentir que ardía por dentro, a pesar de estar completamente helada por fuera. No me atreví a mirar a Zachary a los ojos.

—Deberías quitarte esa manta húmeda. Vas a pillar un resfriado.

Tenía razón. Dejé la manta en el mismo lugar donde Gaston y Zachary habían dejado las suyas y me crucé de brazos.

Fue entonces cuando me arriesgué a mirarlo: aunque tenía el pecho cubierto, sus pupilas estaban dilatadas, y un deseo incontrolable de acercarme me invadió.

—Menos mal que habéis venido a casa —comentó Felicia, acercándose a mí—: Temía que la lluvia te hubiera empapado por completo, pero no estás tan mal. ¿Quieres un secador?

—Me vendría de perlas —respondí—. Así aprovecho para secar mi camiseta.

—Hay uno ahí mismo, en el baño —indicó, señalando una pequeña puerta de madera.

Me apresuré a entrar y, tras cerrar la puerta, respiré hondo.

Cogí el secador de una estantería sobre el lavabo y me miré en el espejo de cuerpo entero. En realidad, no me encontraba tan mal; la camiseta estaba húmeda por culpa de mi pelo empapado y la parte baja de los vaqueros por los charcos, pero el resto estaba bien.

Enchufé el secador y lo puse a la máxima temperatura.

Pensé en qué bien me vendría mi producto antiencrespamiento, pero tendría que arreglármelas sin él.

Mi prioridad era avanzar en la posible sociedad con Gaston y Felicia, no en lucir perfecta ni impresionar a Zachary.

Le estaba eternamente agradecida por lo que había hecho por mí y por asegurarse de que llegara a mi casa sana y salva, pero ahora debía concentrarme en el proyecto de la finca.

Cuando salí del baño, me llegó un delicioso aroma. Fui a la cocina y me encontré a los tres allí reunidos.

—Grace, tengo el estofado reposando a fuego lento —comentó Felicia.

—Aún es temprano, mujer —dijo Gaston, eran apenas las seis—. Falta un rato para cenar, pero los caballos sí deberían comer. Voy a por el palé.

“Yo me encargo” dijo Zachary al mismo tiempo que exclamé “¡Yo también quiero darles de comer!”.

—Perfecto —comentó Gaston con entusiasmo—. Así podré ayudar a Felicia a terminar de preparar la cena. ¿Qué tengo que hacer, cariño?

—Trae unos pepinillos y verduras para hacer una ensalada. ¿Podrías preparar también un aperitivo? —sugirió ella.

Gaston echó la cabeza hacia atrás, y apenas pude contener la risa. Era evidente que esperaba un “no, tranquilo, yo me encargo”.

—Grace y yo nos ocuparemos de los caballos mientras tanto —intervino Zachary.

Ese brillo pícaro había vuelto a sus ojos. ¿Qué estará tramando?

El recuerdo de nuestro beso se me vino a la mente, y la idea de repetirlo hizo vibrar mi cuerpo. Pero no tenía ningún sentido… como tampoco lo tuvo la primera vez. A veces me preguntaba si realmente había sucedido o si solo se trataba de un sueño.

—Vale, os traeré dos impermeables —dijo Gaston.

—¿Nos valdrán? —pregunté.

—Sí, son talla única. Como el tiempo es tan impredecible, tenemos bastantes chubasqueros para nuestros huéspedes. Es mucho mejor que usar una manta o un paraguas; solo os mojaréis la cara.

Nos guió a una de las salas donde se impartían los cursos y abrió un armario lleno de impermeables. Zachary y yo nos pusimos los abrigos, y aunque me quedaba un poco grande, sabía que me protegería. Me subí la capucha y ya estaba lista para salir.

Gaston nos condujo a la puerta trasera:

—Tú puedes llevar este pequeño fardo —me indicó, señalando un pequeño manojo de heno—. Zachary, si puedes cargar uno de los grandes, será suficiente para todos los caballos esta noche.

—Genial —asintió Zachary.

Se agachó y levantó el fardo con facilidad. Mmm… Aunque no podía ver su cuerpo por el impermeable, imaginaba sus músculos tensos por el esfuerzo.

—Puedes irte adelantando, Grace. Ya te alcanzo—dijo Zachary.

—¿Seguro?

—Sin problema, es que iré más lento que tú.

—¿Entonces te espero en el establo?

Corrí bajo la lluvia, sintiendo el frío en la cara. Madre mía . Para cuando llegué al establo me había quedado sin aliento.

—Hola, preciosos —saludé a los caballos. Me acerqué a Starlight, tiré de la rienda y me bajé la capucha para que me reconociera—. Hola, Starlight. Os hemos traído la cena.

Zachary llegó un minuto después.

—Has sido rápido —dije.

—No ha sido fácil, apenas podía ver donde pisaba.

Era lógico, ya que no podía protegerse la cara debido al pesado fardo. En cuanto lo depositó sobre la mesa de madera junto a la puerta, me di cuenta de que estábamos completamente solos.

—He visto que tienen un comedero enorme —comenté.

—Es verdad —respondió, bajándose la capucha.

—Voy a darle de comer a Starlight aparte —anuncié, con la intención de coger un puñado de heno, pero Zachary me sujetó por las muñecas. Me quedé sin aliento.

—Grace.

Su tono era idéntico al de cuando nos besamos en mi casa.

—¿Sí? —pregunté haciéndome la desentendida.

—Tenemos que hablar.

Mis oídos empezaron a zumbar y noté mi pulso disparado.

—¿Sobre qué?

—La finca, el beso… tú dirás, pero tenemos que hablar.