Capítulo Ocho
ZACHARY
Como era habitual en las reuniones de la familia en la mansión LeBlanc Broussard, reinaba el caos. Y si el convite era para cenar, el bullicio y el descontrol que nos caracterizaba, se intensificaba por alguna razón que no comprendía.
Esa noche toda la pandilla estaba reunida alrededor de la enorme mesa del salón.
Si tenía que definir cuál era mi hogar, ese era el primer lugar que me venía a la mente, a pesar de no haber pasado mi infancia allí.
Mis padres y mis cuatro abuelos vivían juntos, y contra todo pronóstico, la convivencia resultó sorprendentemente buena.
Parte del éxito se debía a que la casa era enorme, cada uno tenía su propia ala, y se reunían principalmente para comer.
Mi madre iba todos los días a su galería de arte, las abuelas atendían su tienda de perfumes, y mis abuelos iban a pescar cada vez que podían.
Mi padre estaba disfrutando de la mejor etapa de su vida desde que se jubiló de la empresa.
—Zachary, querido —dijo Isabeau—. Tenía intención de llamarte, pero se me olvidó. ¿Has seguido adelante con lo de la finca?
—Sí, hasta he ido a verla.
—¿Qué te pareció?
—Está en mal estado y necesita una gran inversión, pero la verdad es que hacen un trabajo estupendo. Tengo varias ideas para proponerles.
Xander, que estaba sentado a mi lado, me observó y preguntó:
—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué no le haces un cheque y te dedicas a otra cosa?
—Xander —intervino Bailey, su prometida, entre risas—, no todo pasa por el dinero.
—Lo sé, pero si esas personas llevan toda la vida a cargo de la finca, está claro que saben lo que hacen. ¿Por qué quieres involucrarte?
—Porque quiero —respondí.
—¿Grace Deveraux sigue interesada? —preguntó Celine.
—Sí, de hecho la conocí cuando fui a la finca. —Y dos veces más, pero omití ese detalle.
—Después de que la mencionaras, pregunté a mis amistades —dijo Isabeau.
—Preferiría que no lo hagas —respondí con los dientes apretados, logrando mantener la voz firme.
—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?
No quería contarles lo de Marcel, así que me limité a responder:
—No es necesario.
Aunque Grace y yo teníamos posturas opuestas, entendía sus argumentos. A mí también me habría molestado que alguien llamara a un futuro socio comercial para sembrar dudas sobre mi fiabilidad.
Isabeau se volvió hacia Georgie, la prometida de Julian:
—Querida, espero que no te importe que hablemos de los Deveraux.
Georgie había salido con Kyle antes de conocer a mi hermano, y había sido un capullo con ella. La menospreciaba constantemente y acabó engañándola con otra mujer.
—No te preocupes. Ahora que lo pienso, nunca conocí a Grace. Kyle solo la mencionó un par de veces para decirme que se había casado y… —hizo una pausa y frunció el ceño—. Ahora que lo recuerdo, no me gustaba cómo hablaba de ella; era como si estuviera en contra de su propia hermana.
—No entiendo cómo esos chicos acabaron así. Sus padres son buenas personas —comentó mi padre.
—La gente dice que Grace es en realidad muy caritativa y buena persona. Pero que ha tenido unos años muy difíciles, primero con el divorcio, y después con el escándalo de sus hermanos —continuó Isabeau—. ¿Qué impresión te dio a ti?
Que está buena y tiene carácter.
—No interactuamos lo suficiente como para que pudiera formarme una opinión —respondí.
—¿Quieres que investigue su situación económica? —preguntó Xander.
—No —repliqué, quizá con demasiada vehemencia.
Él frunció el ceño, y Anthony se rió entre dientes.
—Chicos, dejad de cabrear a nuestro hermano… aunque no tengamos ni idea de lo que le pasa —comentó Beckett con una sonrisa.
—Sé que todos queréis ayudar, pero nadie tiene que investigar nada, ¿vale? —insistí—. Es solo un proyecto por amor al arte; si me lo otorgan a mí, genial. Pero si se lo dan a Grace, no pasa nada.
Mi afirmación no era del todo sincera; tenía muchas ganas de invertir en la finca y no tenía una explicación lógica.
Sin embargo, todo cambió después del beso; no podía entender qué demonios me había pasado por la cabeza pero no iba a darle más vueltas al asunto.
Habíamos empezado con mal pie, y aunque al principio fue solo algo físico, tenía que aceptar el hecho que ahora me sentía completamente atraído por Grace Deveraux.
—Creo que sería un proyecto estupendo para ti y muy diferente a lo que haces habitualmente —dijo mi madre. Me incliné hacia delante para poder verla—. Siempre has tenido otros intereses, y creo que es una excelente oportunidad.
A veces, no podía evitar pensar que, en el fondo, a mi madre le hubiera gustado que me dedicara a ser médico o técnico de emergencias sanitarias, para no ser la única de la familia que no estaba involucrada en The Orleans Conglomerate . Pero nunca lo reconoció abiertamente.
—Ya veremos qué sale de todo esto —respondí, antes de dirigirme a mis abuelos—: ¿Qué tal va la pesca?
—Fantástica. Hemos encontrado un sitio estupendo con mucha concentración de peces —respondió el abuelo Félix.
El abuelo David asintió:
—Es nuestro nuevo lugar favorito. Esperemos que nadie más lo descubra.
Me sentía un poco culpable por no haber estado tanto con ellos últimamente, pero me reconfortaba que mi padre se encargara de llevarlos a pescar.
—Este fin de semana voy con vosotros —dijo Anthony.
—Yo también —respondió Beckett.
Anthony y Beckett eran uña y carne desde niños e iban juntos a todos lados.
—Genial. Cuantos más seamos, mejor —concluyó Félix—. Incluso podríamos organizar una pequeña competición.
—Pues cuenta con nosotros —aceptó Anthony.
—No es justo —se quejó Beckett, frustrado—, siempre nos dais una paliza monumental. Vosotros dos —añadió, señalando a nuestros abuelos— os pasáis todo el día en el pantano.
—Chicos, sabéis que siempre sois bienvenidos —les aseguró David entre risas.
La competitividad era un rasgo distintivo de todo el clan, y, afortunadamente, la conversación se desvió de Grace y de mí.
Sin embargo, apenas salí de la mansión, mis pensamientos volvieron a ella.
Joder, cuanto más intentaba olvidar su sabor, más nítidos se volvían los detalles recordaba.
Moría por llamarla, pero me esforzaba por resistir la tentación.
Aunque no tenía su número, sabía que podría conseguirlo si movía algunos hilos.
A pesar de todo, estaba consciente de que era una mala idea.
Me subí al coche y decidí llamar a Gaston.
Mi nuevo teléfono era más sofisticado que el que había quedado en el fondo del Misisipi, y todavía me estaba acostumbrando al nuevo dispositivo.
Por suerte, todos mis contactos y demás datos estaban guardados en la nube, así que no me costó mucho recuperar mi información.
Hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Gaston y Felicia me habían causado muy buena impresión, pero tenía la sensación de que no gestionaban la finca como el negocio que podía ser.
—Buenas noches, Zachary —contestó después de unos cuantos tonos.
—Hola, Gaston.
—Menos mal que has llamado. Tenía intención de ponerme en contacto contigo, pero Felicia y yo hemos estado muy ocupados esta semana. Hemos comprado un nuevo caballo, Starlight.
—Enhorabuena —dije—. ¿Pero por qué invertir en un animal si no tenéis planes de hacer campamentos este año?
—Sí, lo sé, pero la oportunidad era demasiado buena como para dejarla pasar.
Necesitaba analizar su situación financiera en detalle.
No lograba entender qué beneficio suponía la compra de un caballo en un año sin ingresos.
Mi intención no era convertir el lugar en un negocio enormemente lucrativo, pero tampoco que se transformara en un sumidero de dinero.
Lo hacía por amor al arte, sí, pero quería que el proyecto se sostuviera por sí mismo para no tener que inyectarle dinero constantemente.
—¿Qué tal si vienes a ver a Starlight a la finca la semana que viene?
Hubo un momento de silencio antes de que preguntara:
—¿Es realmente necesario?
—Sí, te vendría bien empezar a conocer a los caballos. Además, así podríamos hablar más a fondo sobre la inversión con Grace.
Eso me interesa un poco más.
—¿Grace también estará allí?
—Aún no le he dicho nada, pero sé lo mucho que le gustan los caballos, así que supongo que vendrá encantada.
—Entonces, cuenta conmigo —acepté de inmediato, y justo en ese momento me di cuenta de que me estaba metiendo en un lío.