Un rival inolvidable Capítulo Siete #2
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Capítulo Siete #2

—Grace, no iba a dejar que te ahogaras o te arrastrara la corriente. El Misisipi es muy traicionero y no estaba seguro si sabías nadar. Jamás te habría dejado a tu suerte.

—Soy buena nadadora, pero jamás había vivido una situación así. Podría haber tenido un desenlace fatal.

Al ver que se echaba el pelo hacia un lado, y se cubría la cara con las manos, no pude evitar acercarme y poner mi mano en su nuca. Su pulso era irregular.

A pesar de la mugre, no pude evitar inclinarme hacia ella. Grace me atraía de una forma que no podía explicar.

—No seas tan dura contigo misma, Grace. Al noventa y nueve por ciento de las personas les cuesta pensar con claridad cuando su vida está en peligro.

Bajó las manos y me miró:

—Gracias. ¿Por qué no te das una ducha? Te traeré un albornoz para que te pongas mientras hacemos la colada. —Se alejó de puntillas, frotándose la nuca justo en el lugar donde había colocado mi mano.

—No sé si tengas hambre pero, ¿quieres que pida algo para comer mientras tanto? —pregunté. Tenía una tarjeta de crédito en mi cartera y podía pedir algo a domicilio. O al restaurante de mi familia, si era necesario.

—¡Oh, no! —Se dio la vuelta con la mano en la cabeza—: Había quedado con mi mejor amiga a las ocho para tomar algo. ¿Qué hora es? —Ambos miramos el reloj del horno: las seis y media—. La verdad es que no me apetece ir —añadió con los hombros caídos.

—Yo te aconsejaría que no fueras. Después de lo que acabas de pasar, tu sistema nervioso necesita calma y recuperación.

Grace sonrió, y me di cuenta de que era la primera vez que me dedicaba una sonrisa. Antes le había sonreído a Donald, e incluso a Gaston y Felicia en la finca, pero a mí no.

—Pareces un médico de verdad, y eso me tranquiliza.

—Me alegro de servir de ayuda.

—Necesito contactar con Lais, pero sin mi teléfono… Tendré que enviarle un email . Siempre utilizo las aplicaciones del móvil, pero podré pedir comida desde el portátil, ¿no?

—¿Te importa si me ducho mientras tanto? No soporto el olor de la ropa.

—Claro. ¿Qué quieres comer?

—Me da igual. Lo que suelas pedir tú.

—Vale.

Me llevó al dormitorio principal, que era un homenaje a los colores rosa y violeta. No me lo esperaba de una mujer de negocios de treinta y tantos años, pero empezaba a darme cuenta de que me había equivocado con Grace.

—Solo para que lo sepas: todo en mi cuarto de baño huele a rosas.

—Muy bien —dije entre risas—, es mucho mejor que el olor a pantano.

—Eso espero. Pues ahí están las toallas; cuando termines, te enseñaré dónde están la lavadora y la secadora.

—Perfecto. No tardaré mucho.

Hasta ese momento me había resistido como un caballero a mirar sus pechos.

Pero cuando bajó los brazos, pude ver perfectamente sus pezones presionando contra la tela del vestido y apenas pude contener un gemido.

Fue una reacción visceral, y ella se cruzó de brazos al darse cuenta de dónde tenía posada la mirada.

Joder.

—Dejaré un albornoz sobre la cama —dijo rápidamente antes de desaparecer.

Me estaba comiendo con la mirada a una mujer que había pasado por una situación muy traumática. Eso no se hace.

Entré en la ducha y abrí el grifo. Su jabón líquido me recordó tanto a su aroma que parecía que estuviese allí conmigo, y mi polla se puso dura al instante. Qué oportuno . La apreté para intentar calmarla pero no resultó. Aún así, me negaba a masturbarme en su ducha.

Me enjaboné dos veces con el maldito gel. Olería a rosas por los siglos de los siglos, pero no me importaba, siempre y cuando me deshiciera del hedor apestoso del río. Unos minutos más tarde, salí, cogí una toalla y me sequé.

Abrí la puerta del dormitorio, y cogí el albornoz sobre la cama. Con solo mirarla sabía que me quedaría demasiado pequeño pero me lo probé de todos modos; resultó que ni siquiera podía meter los brazos en las mangas.

—¿Grace? —llamé.

—¿Sí?

—No puedo ponerme tu albornoz. Es demasiado pequeño para mí.

—Oh, no pensé que te iría tan pequeño. Tendrás que coger más toallas del baño y cubrirte lo mejor que puedas.

Me envolví la parte inferior del cuerpo con una y me cubrí los hombros con otra antes de ir al salón, llevando mi ropa empapada en una mano.

—¿Dónde lavo todo esto?

Grace me miró con la boca ligeramente abierta y sonreí por dentro. Estaba claro que le gustaba lo que veía.

—En el baño de esa habitación —dijo señalando una puerta junto al sofá.

El aseo era considerablemente más reducido que el baño principal, con una lavadora-secadora, todo en uno.

Después de meter la ropa y seleccionar el programa rápido, volvimos al salón.

—Yo también voy a darme una ducha —comentó—. Si llega la comida mientras tanto, recibe el pedido, por favor.

—Claro.

—Intenta que el repartidor no te vea con esas pintas —dijo después de tragar saliva.

—¿Por qué? —pregunté para tomarle el pelo—. ¿Tienes miedo de que se corra la voz de que hay un hombre desnudo en tu apartamento?

Se sonrojó al instante, abrió la boca y la volvió a cerrar. Sus labios eran aún más irresistibles que antes. Grace seguía embadurnada de agua fangosa, y sin embargo, me sentía ciegamente atraído por ella, por esa misma mujer que cayó al río Misisipi de lo enfadada que estaba conmigo.

Era evidente que estaba perdiendo la cabeza por ella.

—Ya sabes… solo quiero ser respetuosa con el repartidor —balbuceó.

—Por supuesto —respondí.

La pizza llegó mientras ella se duchaba. Rebusqué en los armarios hasta encontrar platos y cubiertos y lo dispuse todo en la pequeña mesa redonda junto a la cocina.

Grace salió con un vestido largo que casi arrastraba por el suelo. Tenía el pelo mojado y recogido en un moño alto.

—Ya está la comida —anuncié.

—Genial. Nunca había pedido comida a ese restaurante, así que esperemos que esté buena.

—Es difícil que la pizza esté mala.

—No sabía cuál era tu favorita, así que pedí una de cuatro quesos y pepperoni .

—Por mí bien, como de todo —dije una vez que nos sentamos.

La mesa del comedor era pequeña en comparación a los demás muebles, lo que me hizo pensar que debería cenar sola.

—¿En serio? Me habías dado otra impresión —respondió.

Me eché a reír y repliqué:

—¿De verdad quieres empezar otra pelea? Si te incomoda mi presencia, que sepas que me iré en cuanto tenga la ropa seca.

—No, por favor no te vayas. —Sus hombros se encogieron—. Siento mucho lo que ha pasado esta tarde.

—Grace, hagamos un trato.

—Te escucho —dijo, levantando la mirada.

—Hagamos una tregua por esta noche. No hace falta que hablemos del río, de la finca ni de nada más. Solo quiero asegurarme de que estás bien. En cuanto se seque la ropa, me iré y haremos de cuenta que esto nunca ha pasado.

Me miró fijamente durante unos segundos antes de asentir:

—Me parece bien.

—Me alegro. ¿Tu amiga ha visto tu correo electrónico?

—Sí, está igual de pendiente del móvil que yo, y me respondió de inmediato. Se ha quedado un poco triste por cancelar nuestra quedada, pero lo entiende. Ya que estamos, ¿qué hacías en el Barrio Francés?

—Había llevado a mi sobrina a visitar el Museo Histórico del Vudú, lo cual fue una pésima idea.

GRACE

Vaya, ¿Zachary llevó a su sobrina a dar un paseo? Qué mono.

—¿Por qué?

—Porque da mucho miedo —respondió, y me eché a reír.

Parecía un hombre totalmente diferente al que había conocido en la finca y en la cafetería cerca de mi oficina.

¿Quién diría que era capaz de reírse y divertirse a costa de sí mismo?

¿O era un intento por levantarme el ánimo?

—. Cuando me abordaste en el río, ella me estaba diciendo que se había quedado aterrada.

En fin, cambiemos de tema. ¿Tú qué has hecho hoy?

—He almorzado con mis padres.

—¿Se han mudado de nuevo a Nueva Orleans? —preguntó, mientras daba un bocado a su pizza.

—No, siguen viviendo fuera, pero vienen a su casa de Garden District los fines de semana.

—¿Los visitas a menudo?

—Sinceramente, no.

—¿No te llevas bien con ellos? —preguntó con una ceja levantada.

—Sí —suspiré—. Es solo que no tengo tiempo. Mi negocio me está consumiendo, pero lo estoy disfrutando al máximo. Y no es excusa… podría ser mejor hija y verlos más a menudo teniendo en cuenta que soy la única que queda por aquí.

—¿Nadie está en contacto con tus hermanos?

—¿Estás tratando de sonsacarme información? —pregunté mirándolo fijamente.

—No, Grace —respondió, negando con la cabeza—. Solo intentaba entablar conversación.

—Lo siento. Sigue siendo un tema delicado para mí.

—Lo entiendo, no volveré a hacer referencia a ese asunto.

—Te lo agradezco. Aún así, quiero decirte que lamento mucho todo el daño que causaron; no estoy segura de a quiénes han estafado.

—A nosotros no —aclaró Zachary—. Nunca nos hemos llevado bien con Kyle, ni en el colegio.

—No me extraña, le caía mal a todo el mundo. —Intenté recordar mi propia infancia—. La verdad es que tengo pocos recuerdos con mis hermanos. Probablemente porque era la más pequeña de la familia.

Comimos bastante rápido, claro indicio de que ambos teníamos hambre. Una vez terminada la pizza, dije:

—Oh, se me olvidó preguntarte si querías algo de beber. Tengo zumo de naranja en la nevera.

—Venga, necesito algo para bajar la pizza.

De repente, me sentí muy nerviosa de estar con ese hombre tan atractivo en mi apartamento, pero lo cierto era que no me molestaba.

Se me hacía mucho más complicado ignorar la reacción de mi cuerpo ante su presencia y, aún más, obviar la innegable atracción que sentía.

Era un impulso puramente físico porque era un hombre muy guapo.

Y, para colmo , ese día se había convertido en mi caballero de brillante armadura. Mis hormonas estaban revolucionadas.

De repente, un pitido irrumpió en el silencio del apartamento.

—La secadora, tu ropa está lista.

—Perfecto. Ahora vuelvo.

Regresó a la cocina minutos después, ya vestido y con los platos en las manos.

—Gracias —dije, colocándolos en el lavavajillas.

Zachary apiló las dos cajas de pizza y dijo:

—Las tiro al contenedor cuando baje.

—No hace falta.

Cogí las cajas, buscando una distracción para dejar de mirarlo. Las dejé junto al cubo de basura y de reojo vi cómo se servía zumo de naranja.

Me giré, y la simple imagen del líquido bajando por su garganta fue suficiente para que me estremeciera.

¿Qué demonios me está pasando?

—Grace, ¿estás bien? —preguntó, rodeando la isla de la cocina hasta detenerse justo delante de mí.

—Sí, claro. ¿Por qué?

—Te has quedado callada y pareciera que me estás evitando.

Me humedecí los labios y le sostuve la mirada:

—No, es que…

—¿Te duele la cabeza?

—¿Qué? —pregunté confundida—. No, ¿por qué lo preguntas?

—¿Ves borroso?

—No.

—Solo estoy comprobando si tienes síntomas de shock postraumático.

—Ah… vale

Mientras no detecte los signos de lo mucho que me gusta…

Sentía que estaba perdiendo el control de mí misma; unas horas antes, me había acercado a él en el dique para echarle una bronca y en ese momento me tenía embobada. Quizá, después de todo, sí me había golpeado la cabeza.

—Estoy bien, Zachary. De verdad.

Me sujetó la muñeca para tomarme el pulso, y tragó saliva con dificultad. Respiré hondo y me mordí el labio inferior. Zachary se fijó en mi boca y sonrió, y en ese preciso instante me di cuenta de que él sabía lo mucho que me atraía.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus labios sobre los míos en un beso apasionado e inesperado.

Madre del amor hermoso. Su boca irresistible sabía a zumo de naranja, y sus movimientos de lengua me estaban volviendo loca.

En un instante, todo mi cuerpo se encendió y apreté los muslos al sentir mis bragas mojadas.

No podía creer que me excitara de ese modo…

no podía creer estar besándome con él en primer lugar.

Zachary dio un paso atrás con un gemido:

—Joder.

No dije nada, pero esa sola palabra lo resumía a la perfección.

—Grace… Lo siento, he estado completamente fuera de lugar. Es que… no sé qué me pasó.

—Yo tampoco —susurré.

Me miró y negó con la cabeza:

—Es que lo mío es inaceptable; tienes shock postraumático y me estoy aprovechando de ti.

¿Eh? ¿Qué dice? No lo entendía, pero quizás tenía razón y me estaba recuperando del trauma del accidente. Eso explicaría mi reacción desmedida hacia sus caricias.

—Claro.

—Como pareces estar bien, me voy. Es mejor así.

Asentí, sorprendida por lo que acababa de pasar:

—Muchas gracias por todo, Zachary.

—Si empiezas a tener algún síntoma, como dificultad para respirar, ve a urgencias, ¿vale?

Asentí con vehemencia porque no sabía qué decir. Acababa de darme el beso más apasionado de mi vida y, un segundo después, instrucciones para ir a urgencias. No tenía ni pies ni cabeza.

—Gracias por la pizza y la ducha —dijo.

—De nada.

Caminó de espaldas hacia la puerta, se giró para abrirla y dijo:

—Buenas noches, Grace.

—Buenas noches, Zachary.