Capítulo Siete
ZACHARY
Escuché un chapoteo pero me costó un instante reaccionar y darme cuenta de que Grace se había caído al mismísimo río Misisipi.
¡Joder!
Emergió a la superficie, y al ver que luchaba por mantenerse a flote, no lo pensé dos veces y salté al río.
El agua no estaba precisamente templada, y era muy difícil nadar con los zapatos puestos.
Salí a respirar y vi que la corriente la había arrastrado unos metros; Grace luchaba con todas sus fuerzas, pero el Misisipi era más fuerte.
Nadé a toda prisa y, tras lo que parecieron siglos, logré alcanzarla y agarrarle la mano. Pero de nada sirvió porque la corriente ahora nos arrastraba a los dos.
—¡Tenemos que llegar al borde del dique! —grité—. No luches contra la corriente, ya encontraremos un lugar para salir.
—¡Sí, sí! —Estaba desesperada.
—Grace, estoy contigo. Respira hondo. Lograremos llegar al borde.
Tenía que encontrar la forma de aferrarnos al borde del dique con seguridad; de lo contrario, chocaríamos contra el muro y la corriente nos arrastraría río abajo. Entonces, divisé un árbol caído a unos metros que nos podría servir para salir.
—¡¿Ves ese árbol?! —grité para que me escuchara por encima del estridente sonido de la corriente.
—¡Sí! —gritó ella unos segundos después, justo a tiempo, porque nos estábamos acercando a gran velocidad.
—Cuando te diga, aférrate a mi brazo, que yo me agarraré al tronco.
Esperaba que todo saliera bien, que el árbol estuviera bien sujeto o, al menos, fuera lo suficientemente fuerte como para que no lo arrastráramos al agua con nosotros.
—A la de tres, agarra mi brazo —le indiqué.
—¡Vale!
Grace estaba aterrada, como era de esperar. Y a pesar de mi experiencia como técnico de emergencias sanitarias y haber ayudado en un sinfín de accidentes, nada me había preparado para una situación así.
—Uno, dos, ¡tres! —grité, y agarré el tronco con mi brazo derecho. Luchar contra la corriente suponía un esfuerzo sobrehumano—. ¿Alcanzas el árbol con tus brazos?
—Sí —dijo Grace, poniendo su antebrazo sobre el tronco.
—Bien, poco a poco suéltame y aférrate con ambos brazos.
—¡No quiero arrancarlo de cuajo! —exclamó con pánico y los labios azules por el frío.
Miré el otro extremo del tronco:
—Está bien sujeto. Aguantará nuestro peso. —Y al ver que Grace seguía sin estar convencida, añadí—: Te prometo que no pasará nada malo. ¡Agarra el tronco!
Ella asintió con determinación.
Poco a poco, fuimos ascendiendo hasta llegar al borde del dique. Yo fui el primero en salir.
—Dame tu mano —dije.
—No puedo… no podré sujetarme con un solo brazo.
—Entonces te agarraré por las muñecas y te subiré.
—Peso más de lo que parece —dijo con desesperanza en la mirada.
—Lo conseguiré. A la cuenta de tres. —Me agaché y puse primero la mano izquierda en su brazo derecho, y mi mano derecha sobre su brazo izquierdo—. Suelta el tronco cuando te diga, ¿vale? ¡Uno, dos… tres!
La levanté con tanta facilidad que cuando la apoyé en el suelo se desvaneció sobre mí. Había perdido los zapatos. Agotados tras el titánico esfuerzo, caímos sobre la hierba. Conseguí amortiguar levemente la caída, pero su cuerpo suave y firme quedó tumbado sobre el mío.
Nos quedamos en total silencio durante unos segundos.
Observé su aspecto: estaba pálida como un fantasma, y aunque tendría el pulso disparado, por lo que podía observar, no había tragado agua.
Una vez comprobado que no corría peligro extremo, reparé en otros detalles, como la sensación de sus suaves pechos contra el mío…
. era evidente que no llevaba sujetador.
A pesar de su aspecto desaliñado y de su evidente estado de shock , estaba despampanante.
—Grace, estás a salvo.
Ella asintió, pero no parecía convencida.
—¿Quieres que te ayude a levantarte?
Mi pregunta pareció sacarla de su ensimismamiento. Miró mi torso y luego mi cara con horror, y enseguida se apartó.
—Lo siento mucho. Yo… No puedo… —No consiguió terminar la frase, y se llevó una mano al pecho en un intento de calmar su acelerada respiración.
—Estás en shock, pero estamos a salvo —dije con calma—. Hemos salido ilesos y no corremos ningún peligro.
Grace cerró los ojos, respiró hondo y frunció sus gruesas cejas. Sus labios eran irresistibles.
¿Pero cómo se me puede estar yendo la olla de esta forma? No podía creer lo que estaba pensando.
Un segundo después, abrió los ojos y suspiró:
—Gracias, Zachary. De verdad. ¿Cómo has reaccionado tan bien a una situación así?
—Hice el curso de técnico en emergencias sanitarias cuando era adolescente y trabajé como voluntario durante la universidad. Hay cosas que nunca se olvidan.
—Vaya, he perdido los zapatos —comentó, señalando sus pies. No iba a llegar muy lejos descalza—. ¿Sabes qué ha pasado? Estábamos hablando y, de repente, me caí.
—No hay barandilla de contención en el dique y perdiste el equilibrio.
—¡Dios mío! ¿Te tiraste al agua por mí?
Estaba temblando. Tenía que llevarla a su casa para que se cambiara de ropa y entrara en calor antes de que le diera una hipotermia.
—Llamaré a un Uber y te llevaré a casa.
—No, iré sola —respondió, negando con la cabeza.
—Grace, quiero asegurarme de que llegues bien. El estado de shock puede manifestarse horas después de que el peligro haya pasado, y prefiero no dejarte sola.
—Bueno, vale —dijo, asintiendo de nuevo.
—Ahora que lo pienso, es probable que nuestros teléfonos estén totalmente muertos.
Metí la mano en el bolsillo y comprobé que así era. Al día siguiente tendría que comprar uno nuevo.
Grace dio un grito ahogado:
—¡Ay, Dios! Tienes razón.
—Escucha, ¿por qué no me esperas aquí mientras busco un taxi?
—¿Tienes dinero en efectivo? —preguntó mirando a su alrededor, todavía sin comprender del todo la situación.
Palpé mi bolsillo trasero y respondí:
—Mi cartera sigue aquí. Está empapada, pero servirá. No tardaré.
—Vale.
Como ella seguía mirando en todas direcciones, volví a asegurarle:
—Ahora vuelvo. —Y me alejé apresuradamente.
No me gustaba dejarla sola, pero no tenía otra opción. Miré a la izquierda y a la derecha; era una zona relativamente desierta y el panorama no era nada alentador. No tenía ni idea de cuánto tendría que caminar para encontrar un taxi, pero no tenía otra alternativa.
Gracias a Dios, un taxi pasó a unos metros de donde estaba.
—De ninguna manera. Me vas a estropear el asiento —dijo el conductor, mirándome de arriba a abajo.
—Oye, tengo todo el dinero empapado —respondí, enseñándole la cartera—, pero podrás usarlo cuando se seque. Te daré suficiente pasta como para limpiar el coche y una buena cena.
—Déjame ver el dinero primero —respondió, con los ojos como platos.
Saqué los billetes mojados y se los mostré.
—Trato hecho. Puedes subir.
—Primero tienes que llevarme hasta el río. Hay una mujer allí esperando.
—¿Qué demonios habéis hecho? ¿Os habéis caído al Misisipi?
—Literalmente.
El hombre palideció al instante:
—Dios mío, tenéis suerte de haber salido con vida.
—Lo sé. Vamos a buscarla.
Salí del coche. Grace seguía en el mismo sitio donde la había dejado, abrazándose las rodillas. Todavía estaba conmocionada. Menos mal que ya nos íbamos de allí.
—Grace, he conseguido un taxi. —Al oír mis palabras, se puso en pie de un salto—. ¿Puedes caminar?
—Sí, no te preocupes.
Antes de que pudiese ofrecerme a llevarla, salió corriendo hacia el coche.
Me senté a su lado en el asiento trasero:
—¿Cuál es tu dirección?
Me sorprendió que viviera en Warehouse District, un antiguo barrio industrial transformado en epicentro cultural y gastronómico, cerca del Barrio Francés. Había dado por hecho que vivía en una mansión en Garden District.
Nos mantuvimos en silencio durante el trayecto hasta su casa, que afortunadamente no duró mucho. Cuando salimos del taxi contemplé el entorno: Grace vivía en un lujoso apartamento en un edificio de ladrillos rojos.
—¿Tienes la llave? —pregunté cuando entramos al portal.
—¡Mi bolso! —respondió angustiada—. ¡Dios mío, he perdido todo!
—Grace, no te preocupes. Esas cosas se pueden reemplazar, ¿no?
Ella asintió mientras nos acercábamos al conserje, que se sorprendió al vernos.
—Señora Deveraux, ¿se encuentra bien?
—Hola, Donald. Hemos tenido un accidente y nos hemos caído al río. No llevo nada conmigo, ni mi documento ni las llaves. Mi bolso ha quedado en el fondo del Misisipi. —explicó con desolación—. ¿Podrías abrirme el apartamento?
—Por supuesto, señora Deveraux. Dadas las circunstancias, no voy a solicitarle el documento de identidad al caballero… —dijo con un guiño para aliviar la evidente tensión.
—Vaya, ¡hoy estoy de suerte! —respondió ella, y Donald se rió. Estaba claro que tenían confianza suficiente como para ese tipo de bromas.
Grace no parecía en absoluto la altanera socialité que pensaba. Considerando lo que acababa de vivir, a cualquier persona le importaría un rábano mantener los buenos modales; en cambio ella se mostró agradecida e intentó mantener la compostura.
Donald sacó un juego de llaves de debajo de su escritorio y nos acompañó en el ascensor hasta la última planta. Le dimos las gracias por ayudarnos a abrir la puerta del apartamento y una generosa propina.
En cuanto entré, me percaté de lo espaciosa y moderna que era su casa, además de elegante y funcional, sin excesos ni pretensiones.
—Zachary, en el baño pequeño hay una lavadora y secadora, por si quieres lavar tu ropa. También puedes aprovechar para darte una ducha.
—Voy a aceptar tu oferta. El Misisipi huele casi tan mal como el pantano, y me vendrá muy bien una ducha caliente.
Grace olfateó su vestido:
—Ya te digo, tendré que tirar esta ropa a la basura. Se supone que solo se puede lavar en seco.
Se acarició los brazos, me miró y tragó saliva. Pude ver cómo se le suavizaba la mirada y el impacto de los acontecimientos finalmente se disipaba.
—Gracias por saltar al río —dijo en voz baja—. No tenías por qué hacerlo.