Un rival inolvidable Capítulo Seis
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Capítulo Seis

GRACE

El domingo por la mañana fui a visitar a mis padres, que hacía un par de años se habían mudado a una preciosa mansión a una hora de distancia de la ciudad. Sin embargo, últimamente pasaban más tiempo en Nueva Orleans y relegaron su residencia a los fines de semana y vacaciones.

—Cariño, no has tocado la comida —comentó mi madre.

Apenas pude contener la risa; me había servido un plato como para dos personas.

—He comido mucho, mamá. Tu gumbo sigue siendo mi plato favorito.

—Son las alubias, ya te digo. Le enseñé a Theresa a hacerlo exactamente igual que yo —dijo con una sonrisa—. Tenemos mucha suerte de que siga con nosotros después de tantos años.

—Totalmente —coincidí.

Theresa llevaba trabajando como cocinera para mi familia desde que tenía uso de razón, y era como una abuela para mí. Me alegraba que siguiera en la familia.

Habían decorado la casa igual que la de Garden District, con un estilo art déco que les agradaba a los dos: no les gustaban los muebles clásicos, pero tampoco una decoración totalmente moderna.

—Cariño, ¿cómo has estado? —preguntó mi padre.

Los visitaba con regularidad, especialmente después de mi separación, aunque hacía ya varias semanas que no nos veíamos.

—Bastante liada.

—Eso me parecía —respondió—. El otro día llamé a tu oficina sobre las seis de la tarde y me dijeron que seguías currando.

Asentí:

—A veces me quedo trabajando hasta tarde.

—Cielo, no hay necesidad de trabajar tanto —repuso mi madre—. Sabes que puedes volver con tu padre. Él te necesita.

Suspiré; no quería volver a tener esa conversación y herir sus sentimientos.

—Sabéis que os quiero con toda mi alma —les aseguré—, pero quiero seguir mi propio camino. Además, a papá le está yendo muy bien en la empresa sin mí.

Mi padre miraba la mesa, con ambos brazos descansando sobre los reposabrazos de la silla:

—He trabajado muy duro toda la vida, Grace. Y lo hice con gusto, mi motivación pasaba por honrar a mis antepasados y mantener el legado a salvo. Pero ahora mismo no queda nadie para continuar el legado. Excepto tú.

Otra vez intentando hacerme sentir culpable . Desde niña había sentido la enorme presión de que los tres hijos continuáramos la tradición familiar de trabajar en Deveraux Industries . Nos dedicábamos a la industria textil, y disfruté aquella etapa, pero ahora era un capítulo cerrado de mi vida.

—¿Sabéis algo de Kyle y Beau? —pregunté.

—No —respondió mi padre con severidad—. Y espero no volver a saber nada de ellos.

Sus chanchullos casi llevan la empresa a la ruina y deshonraron nuestro apellido.

No puedo creer que se atrevieran a jugar así con el buen nombre de la familia.

Cinco generaciones de Deveraux levantaron este negocio, y ellos estuvieron a punto de acabar con todo.

—¿Estás en contacto con tus hermanos? —me preguntó mi madre.

—No, llevo más de un año sin hablar con ninguno de los dos.

Nunca habíamos sido muy cercanos, y nos distanciamos aún más después de mi boda.

De no haber estado casada, tal vez me habría dado cuenta de lo que se traían entre manos.

Pero mis hermanos siempre me habían menospreciado, especialmente cuando trabajábamos juntos en la empresa familiar.

Cuando les dije que me iba, me dejaron muy claro que no podría volver nunca más.

Mi padre suspiró y cogió un trozo de pan:

—Menos mal que Xander LeBlanc los desenmascaró. Debería darle las gracias la próxima vez que lo vea.

En ese momento, no sentía precisamente gratitud con los LeBlanc.

—¿Le darías las gracias por entrometerse en un asunto que no le incumbía? —no pude evitar preguntar, pensando en Zachary.

—Evitó que tus hermanos nos dejaran aún peor, y con eso me basta.

—No sé en qué me equivoqué con ellos —murmuró mi madre—. No dejo de darle vueltas y vueltas y…

—Mamá, no seas tan dura contigo misma. Los dos sois unos padres maravillosos —dije mientras cogía una servilleta y me limpiaba la comisura de los labios—. Tengo que volver a la ciudad, he quedado con una amiga para tomar algo en el Barrio Francés.

—Me alegro, hija —comentó mi madre—. Últimamente estaba preocupada por ti, siempre encerrada en la oficina.

—Los fines de semana son para relajarse. —Era una verdad a medias: tenía pensado trabajar un rato en algún momento del fin de semana.

Besé a mis padres en la mejilla y les sonreí mientras me dirigía a la cocina.

—Theresa, me voy ya. ¿Nos vemos la semana que viene?

Se volvió hacia mí y preguntó con seriedad:

—Grace, ¿segura que no quieres que te prepare un táper con gumbo para que te lleves a casa?

—No hace falta, pero gracias.

—Bueno —respondió.

Theresa conservaba el mismo aspecto de mi infancia: pelo rubio y rizado recogido en una coleta, y un físico robusto. Atesoraba muchos recuerdos con ella, como cuando me peinaba y me daba consejos sobre chicos durante mi adolescencia. Especialmente sobre cómo evitarlos.

—Podría prepararte tus platos favoritos si vinieras a casa más a menudo —dijo, refiriéndose a la residencia familiar en Garden District.

Siempre le preocupaba que no comiera lo suficiente. A decir verdad, últimamente estaba comiendo poco y había perdido unos kilos sin proponérmelo. No obstante, pensaba recuperar algo de peso esa noche con alcohol y algún que otro capricho dulce.

—Lo tendré en cuenta —le aseguré, lanzándole un beso al aire al despedirme.

Conduje al centro, sin dejar de pensar en cómo la vida podía cambiar tanto en tan poco tiempo.

Hacía poco más de un año, estaba infelizmente casada, esperando que la prueba de embarazo diera positivo.

En retrospectiva, me alegraba de que eso nunca hubiera sucedido.

Si Roger y yo hubiésemos tenido un hijo, el divorcio habría sido aún más complicado.

Hacía tiempo que no iba al Barrio Francés y tenía muchas ganas de visitarlo.

Era temprano —había quedado con mi amiga Lais a las ocho y apenas eran las cinco—, pero no me importaba.

Quería dar una vuelta por las calles, entrar en alguna que otra tienda.

Como buena oriunda de Nueva Orleans, conocía casi todas las tiendas, por supuesto, pero de vez en cuando aparecía alguna nueva.

Aparqué cerca del río; quería dar un paseo junto a la ribera y terminar el recorrido en el Café Du Monde .

Hacía siglos que no iba por allí. Caminaba a paso rápido atenta a las bicicletas que pasaban por la ribera.

Como de costumbre, llevaba tacones altos y un vestido.

A mi madre le gustaba que me vistiera bien cuando los visitaba, y a mí me complacía hacerla feliz.

Las campanas de la catedral de St. Louis sonaban a la distancia, y al pasar por Jackson Square, miré instintivamente en esa dirección: había multitudes de turistas alrededor de la iglesia.

Estaba a punto de girar a la izquierda y resignar mi visita al Café Du Monde para evitar el tráfico peatonal, cuando una figura familiar me llamó la atención.

Zachary LeBlanc. Estaba sentado en el dique con las piernas abiertas como un machote y hablaba por el móvil. Se reía y parecía tan diferente de las veces anteriores que lo había visto. Estaba aún más guapo que de costumbre… si es que eso era posible.

¡Madre mía! Con la de hombres guapos que hay en Nueva Orleans, ¿por qué tengo que fijarme en este tío?

Porque no dejaba de aparecer en mi vida y complicármela. Pero eso no venía al caso. No iba a permitir que el simple hecho de verlo me arruinara la tarde. Iba a divertirme.

Y, sin embargo, en lugar de girar a la izquierda como tenía planeado, me dirigí directamente hacia Zachary. La última vez, me había pillado por sorpresa y tomado desprevenida. Ahora sería yo quien lo sorprendiera y le diría todo lo que pensaba.

Me detuve delante de él, y en cuanto me vio, se dispuso a finalizar la llamada:

—Luego te llamo, Bella, ¿vale? Sí, te lo prometo. —Bajó el móvil y se dirigió a mí—. Buenas tardes.

—No es agradable que te pillen por sorpresa, ¿verdad?

Zachary gruñó y se guardó el teléfono en el bolsillo.

—Grace, ¿ya está bien, no? Creo que ya hemos hablado suficiente.

—No, tú has hablado suficiente. Yo, en cambio, me quedé allí parada, aturdida, aguantando tu aluvión de insultos.

—Tuviste la oportunidad de hablar y decir lo que quisieras —replicó Zachary.

Dios mío, ¿cómo podía ser tan irritante?

—Fuiste tú quien terminó la conversación —añadió.

Tragué saliva. ¿Qué podía decirle? ¿Que me resultaba casi imposible insultar a alguien? ¿Y el shock del momento me lo había impedido por completo?

—No tienes ningún derecho a insultarme ni a opinar sobre mi forma de trabajar.

Uf. ¿Por qué le doy tanta importancia, de todos modos?

—No te he insultado —replicó Zachary, sin ningún tono conciliador—. Me limité a exponer los hechos.

—Has dado por hecho que tu opinión es la única verdad, y es indignante. Porque tú…

Di un paso atrás y perdí el equilibrio. De repente, sin darme cuenta de cómo había pasado, estaba cayendo de espaldas al vacío. Moví las manos de forma errática, en un intento de recuperar la estabilidad, pero no hice más que acelerar la caída.

Un escalofrío me recorrió al darme cuenta de que iba caer al frío río Misisipi.