Un rival inolvidable Capítulo Cinco
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Capítulo Cinco

ZACHARY

A la mañana siguiente, lo primero que hice fue llamar a Marcel.

Me quedé dos horas más en la finca después de que Grace se marchara, incluso cené con Gaston y Felicia.

El proyecto me generó una buena impresión y, a pesar de que la inversión inicial sería superior a la prevista, decidí seguir adelante.

Les aseguré que mi oferta superaría cualquier cifra que presentara Grace.

Su reacción fue de sorpresa y satisfacción.

No podía creer que Grace se hubiera marchado de ese modo.

De hecho, se había comportado de forma muy extraña toda la tarde, pero lo que me impactó profundamente fue su acusación de que yo le había pedido a Marcel que hablara mal de ella a Gaston y Felicia.

Me resultaba inconcebible que él pudiese haber hecho algo tan imprudente, y por eso ignoré su comentario.

Sin embargo, la duda persistía en mi mente… ¿y si no estaba mintiendo?

Marcel respondió inmediatamente, como de costumbre.

—¡Buenos días, Zachary!

—Buenos días, seré breve. Ayer por la tarde fui a la finca. ¿Por casualidad llamaste a los propietarios y les hablaste de Grace?

—Sí, claro. Y les pregunté si estaban al tanto de todo el lío de las lacras de sus hermanos.

—¡¿Por qué coño hiciste eso?! —pregunté enfadado—. Si lo único que necesitaba era información sobre ella.

—Sí, y eso formaba parte de mi trabajo; quería saber si Grace ya se había puesto en contacto con ellos.

—Eso no entraba dentro de lo que te pedí que hicieras.

—Tú me pediste información, y yo utilizo mis métodos. Jamás hemos tenido un problema antes.

—¡Es que tus métodos me han dejado mal parado! —le solté, sin hacer el más mínimo esfuerzo por ocultar mi ira.

—No recuerdo que te hayas quejado antes cada vez que te daba información. ¿Qué pasa ahora? —preguntó.

—Esta vez es inaceptable.

—¿Por qué tanto interés en ese lugar? Es una finca en ruinas y jamás será rentable. No te dará ningún beneficio.

—Te pago por información, no por tus opiniones. Y te pago para que lo hagas con sutileza. ¿Lo entiendes?

—Como quieras, tío —resopló—. Si no te gusta mi forma de trabajar, es tu problema.

—No, es el tuyo porque no pienso volver a contratar tus servicios.

—¿Lo dices en serio?

—No apruebo esa forma de trabajar. No está a mi altura.

—Los LeBlanc os creéis superiores a todo el mundo, ¿no? —dijo con tono de burla—. Lamento decirte que no lo sois.

¿Qué? Me quedé estupefacto. ¿Qué le había pasado a Marcel? ¿O era esa su verdadera opinión sobre mí y mi familia, y me estaba enterando en ese momento?

—Como he dicho, me importa un comino tu opinión. Y no creo que a ninguno de tus clientes le guste esa forma tan rastrera y poco profesional de obtener información.

Colgué la llamada con rabia. Joder, nunca más volvería a contratar los servicios de Marcel.

Le preguntaría a Xander cómo hacía él sus investigaciones, y con ello en mente me dirigí inmediatamente a la oficina de mi hermano en el distrito financiero.

Quizá debería haber aceptado su oferta de investigar los negocios de Grace desde el principio.

Hacía tiempo que no lo visitaba y nos vendría bien para ponernos al día. Veía al resto de la familia mucho más a menudo que a Xander, gracias a que todos vivíamos en el Barrio Francés y a poca distancia unos de otros. Pero mi hermano no solía ir con la corriente, y lo respetaba muchísimo.

Resultó que ir a verlo de improviso no fue una buena idea: Xander no estaba en su oficina.

—Lo siento mucho. ¿Tenías una cita con él? —preguntó su asistenta.

—No, me he pasado por aquí para ver si estaba y tenía tiempo para charlar.

Ella me miró como si le estuviera hablando en otro idioma. Y era lógico: si quería ver a mi hermano, tenía que concertar una cita. Así era como funcionaba.

—¿Quieres que le diga que has estado aquí?

—No te preocupes, hablaré con él más tarde.

Podía volver directamente al casco antiguo o tomar un café cerca. Como no podía dejar de pensar en Grace, decidí relajarme un momento antes de volver al trabajo. Quizás con cafeína lograría concentrarme en otra cosa.

Miré al otro lado de la calle y, de repente, me pareció ver a alguien. ¿Era mi imaginación o Grace Deveraux estaba sentada en una mesa en la terraza de la cafetería de enfrente, hablando por teléfono? Me fijé en la figura y me di cuenta de que efectivamente era ella.

Me acerqué en su dirección sin siquiera pensarlo aunque no sabía qué iba a decirle. Pero quería llegar al fondo de por qué me había estado hostigando en la finca. Al margen de lo que hizo Marcel y de mi temperamento tranquilo, quería echarle en cara su mal comportamiento.

Al acercarme, ella ya había guardado el móvil y bebía un café. Me detuve frente a su mesa, y al verme, su expresión se transformó: la sonrisa desapareció y un gesto de fastidio tomó su lugar.

—¡¿Qué haces tú aquí?! —exclamó—. ¿Me has estado siguiendo?

Eché la cabeza hacia atrás, exasperado, antes de contestar:

—¿Qué dices? Claro que no.

—Entonces, ¿a qué has venido?

Su tono colérico me irritó al instante. ¿Acaso pensaba que el mundo giraba a su alrededor?

—He venido a ver a mi hermano; tiene su oficina aquí.

—Ah, ya veo. Supongo que has venido a pedir más información sobre mí al infame Xander LeBlanc.

Abrí la boca para darle una respuesta mordaz, pero ese era exactamente el motivo de mi visita.

—¿Y qué problema hay? —pregunté.

—Ya te lo he explicado.

—Creo que hay algo más. Eso no justifica en absoluto tu falta de profesionalidad en la finca.

—Tienes mucho valor tildándome de poco profesional —respondió, echando los hombros hacia atrás y poniéndose de pie.

—Los problemas personales se hablan en privado, y no con comentarios irónicos delante de los demás.

—Claro —dijo ella, inclinando la cabeza—. ¿Algo más? Estoy tomando nota para la próxima.

—Podría darte una lista bien larga. Joder, ¡cómo sois los Deveraux!

Volvió a ponerse igual de desafiante que en la finca, echando los hombros hacia atrás y levantando la barbilla.

—No te atrevas a hablar mal de mi familia. —Y tras una breve pausa, añadió—: Demos esta conversación por terminada.

—Por mí perfecto —respondí con sarcasmo—. Ya he cumplido con mi cometido.

—¿Y cuál era exactamente? ¿Humillarme?

—No, solo decirte que te estás equivocando en todo.

—Gracias por la información. Qué generoso de tu parte. Ahora, si me disculpas, tengo que hacer una llamada muy importante.

Su tono desdeñoso me enfureció aún más, y mi paciencia estaba al límite. Ya había perdido suficiente tiempo con Grace Deveraux; era el momento de ponerle fin a todo eso.

¿Por qué le daba tanta importancia? En todo caso, su mala actitud me beneficiaba, y me daría la posibilidad de invertir en la finca. Ella y toda su familia volverían a escarmentar, y con razón.