Capítulo Cuatro
GRACE
—Como podéis ver —comentó Felicia, después de mostrarnos dos cabañas—, necesitan una reforma urgente.
Sonreí y me giré para mirarlos. Cuando dijeron que no iban a ofrecer campamentos ese verano por el mal estado de las habitaciones, me había imaginado algo mucho peor.
—Felicia, tampoco están tan mal. Con un buen equipo de albañiles se pueden arreglar en un abrir y cerrar de ojos.
Me dirigía únicamente a ellos dos. No podía soportar mirar a Zachary LeBlanc.
No entendía por qué me afectaba tanto. A ver…
había jugado sucio pidiéndole a alguien que se pusiera en contacto con Felicia y Gaston, pero había soportado cosas mucho peores en la vida.
Me mantuve a unos metros de distancia porque su proximidad me ponía nerviosa.
Más allá de estar cabreada con él, la sensualidad que irradiaba me tenía descentrada…
Por mucho que me costara admitirlo, su atractivo era innegable.
Pero eso no cambiaba nada: seguía siendo un imbécil, por más resplandecientes que fueran sus ojos azules o fuertes sus brazos.
Sí, lo había observado con más atención de lo que me habría gustado…
pero, ¿ qué se podía esperar si llevaba una camiseta ceñida?
—¿Todas las cabañas son del mismo tamaño? —pregunté. Aquellas solo tenían dos dormitorios.
—No, hay otras más pequeñas, de un solo dormitorio. A los veteranos de guerra, por ejemplo, les gusta tener privacidad, y a los niños, en su mayoría, compartir habitación.
—Tenéis para todos los gustos —sonreí, mirando a mi alrededor de nuevo.
Andaba con cuidado para no tropezar con mis tacones con los tablones del suelo. El terreno también era incómodo, y tenía que andar de puntillas todo el rato para no hundirme en la tierra.
La cabaña era de madera y hacía un calor infernal .
Había que instalar un aire acondicionado urgente, de hecho, no entendía cómo habían construido las cabañas sin climatización, sabiendo lo sofocante y húmeda que era la zona de los pantanos en verano.
Aunque tenía dos puertas enfrentadas para favorecer la ventilación, no era suficiente para enfriar la casa.
Al calor del verano se le sumaban los insectos.
—Me encanta la energía de este lugar —comenté, y sus rostros se iluminaron por completo.
Menos mal . En la casa principal Felicia y Gaston parecían bastante serios, pero tenía que admitir que había metido la pata varias veces, y no me estaba comportando como de costumbre.
Durante el trayecto hasta la finca, me había puesto muy nerviosa pensando en que Zachary LeBlanc les podría haber hablado mal de mí.
—¿Podemos ver los caballos? —pregunté.
—Claro.
—Me encantan los animales —añadí, con una sonrisa tímida.
Eran seres agradecidos, capaces de brindar amor puro e incondicional sin pedir nada a cambio.
Una vez de nuevo en el camino de tierra, bajé la mirada hacia mi calzado. Debería haber llevado zapatillas para cambiarme, pero se me olvidó por completo. Pese a mi habilidad con los tacones, iba mirando el suelo para evitar tropezar.
Los establos estaban bastante lejos de las cabañas. Caminaba muy pendiente de cada paso que daba Zachary, y aunque iba detrás de mí, notaba su presencia cada vez que se aproximaba. A pesar del par de metros que nos separaban, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
Había un par de caballos dentro del establo, y otros pastando fuera.
—¿Puedo acariciarlo? —pregunté, dirigiendo mi mirada a uno de los caballos.
—Claro —respondió Felicia—. ¿Tienes experiencia previa con ellos?
—Practiqué equitación en mi adolescencia.
Me acerqué al caballo más cercano, que era blanco con crin gris. Extendí la palma de mi mano sobre su hombro y, al instante, me invadió una sensación de paz. No tenía ninguna duda de que la mera presencia de esos nobles animales ayudaban a las personas a sentirse mejor.
—¿Tenéis un veterinario de guardia? —preguntó Zachary.
—Sí, y afortunadamente no vive muy lejos de aquí —respondió Felicia, que continuó hablando de los caballos y de las revisiones veterinarias. Tenía que admitir que estaban muy bien cuidados.
Aparté la mirada, y vi que Zachary solo interactuaba y prestaba atención a Felicia y Gaston, y no mostraba un interés particular por los caballos.
Qué extraño . ¿Por qué querría invertir en esa finca?
No era un negocio muy rentable y no le reportaría los beneficios a los que estaba acostumbrado.
¿Lo hacía para quedar bien, pensando en un proyecto con fines benéficos?
Era bastante probable. La mayoría de las personas que procedían de familias adineradas realizaban actividades solidarias para impresionar, proyectar una imagen de amabilidad y parecer generosos. Lo sabía perfectamente.
Un sonido invadió el aire y Gaston sacó su teléfono:
—Oh, tengo que coger esta llamada. ¿Podemos dejaros solos un momento?
—Claro —dijo Zachary—. Estaremos por aquí.
—Ahora venimos —añadió Felicia.
Cuando se marcharon, volví mi atención al caballo. El silencio inicial era tranquilo, pero pronto se volvió tan incómodo que decidí entablar conversación:
—¿No le gustan los caballos?
Podría haber elegido un tema más neutro, pero no quería esforzarme. No había motivo para intentar congeniar con Zachary.
—Sí, pero me basta con observarlos desde la distancia.
No pude evitar resoplar. No entendía por qué, pero me ponía de los nervios.
El caballo echó la cabeza hacia atrás, como si hubiese notado mi nerviosismo, de modo que decidí alejarme. No quería alterar al animal.
—¿Tiene algún problema conmigo? —preguntó Zachary de repente.
Me volví hacia él, conteniendome de hacer un comentario sarcástico. Sabía perfectamente por qué estaba cabreada.
—Creo que lo sabe.
Abrió los ojos con sorpresa y respondió:
—No, no lo sé, por eso lo pregunto. Mira, Grace, por favor, deja de tratarme de usted.
Has sido muy poco respetuosa conmigo desde que llegué.
—Su mirada, fría como el acero, seguía siendo tan jodidamente magnética que tuve que apartar la mirada.
—Tu comportamiento delata una gran falta de profesionalidad, pero eres tú la que sale perdiendo.
Dudo que te sirva para ganarte la simpatía de Felicia y Gastón.
Muy a mi pesar, tenía razón.
Respiré hondo para contener mis nervios. Tengo que mantener la calma. He superado cosas peores, ¿por qué permito que este tío me saque de quicio?
—Tú ya te has encargado de eso, ¿no? Te has tomado la molestia de difamarme antes incluso de venir aquí.
—¿De qué estás hablando? —Parecía realmente confundido.
Buena actuación, pero a mi no me engañas .
—Gaston y Felicia me dijeron que un tal Marcel los llamó para hablarles de mí —solté, cruzándome de brazos —. Y te aseguro que sus “advertencias” y comentarios no fueron precisamente agradables.
Zachary se quedó visiblemente sorprendido, y luego entornó la mirada:
—Le pedí a Marcel que investigara sobre ti, es cierto. Y cuando me dio la información pensé que estaba siendo injusto contigo, pero ahora veo que tenía toda la razón.
—¿Sobre mí?
—Exacto. Eres maleducada, impertinente y estoy seguro de que tu interés en la finca no es más que un capricho.
Un nudo de emociones se me atascó en la garganta. ¡¿Cómo se atreve?!
—¡No sabes nada de mí!
¿Por qué mi voz sonaba ahogada? Maldita sea, quería mostrarme fuerte e imperturbable.
He pasado por cosas peores. Mi ex me ha dicho cosas mucho más hirientes.
Me aclaré la garganta, tratando de recobrar la compostura.
Zachary negó con la cabeza:
—No importa. Sea cual sea la razón por la que quieres invertir en este proyecto, no es asunto mío. Y para que lo sepas, yo seré quien gane.
—¿En serio? ¿Por qué te tomas tantas molestias? Está claro que este proyecto no encaja en el tipo de negocios de The Orleans Conglomerate .
Empecé a crujirme los dedos del cabreo que tenía. No puedo perder el control.
—Me alegro de que hayamos puesto las cartas sobre la mesa —dijo Zachary con voz fría—. Sigamos con la visita.
Pero yo no podía seguir. Me conocía lo suficientemente bien como para saber que no recuperaría la compostura para terminar la reunión y acabaría haciendo el ridículo. Por eso me di la vuelta sin decirle nada a Zachary y salí del establo.
Felicia y Gaston estaban hablando entre ellos; habían terminado la llamada. Ambos se quedaron callados cuando me vieron.
—Lo siento… pero tengo que irme —les dije—. He recibido una llamada y necesito volver urgentemente a la ciudad.
Felicia puso cara de decepción. Sonaba como la excusa inventada que era, pero estaba demasiado alterada como para pensar en algo mejor.
—Me gustaría concertar otra cita para poder verlo todo con más tranquilidad —continué—. Sigo muy interesada y tenía pensado hablar hoy con vosotros sobre qué tipo de inversión hace falta y cómo podría ayudar. Pero ahora mismo tengo que marcharme.
Quería dejar claro lo importante que era el proyecto para mí, pero en ese momento no podía pensar con claridad. Tras una semana llena de reuniones, ya estaba agotada antes de mi visita a la finca. Zachary y el agotamiento fueron una combinación letal.
—Por supuesto —dijo Gaston—. Te acompañaré hasta tu coche.
—Gracias, pero no hace falta, recuerdo el camino. —Me sentí como una cobarde marchándome de ese modo, pero no tenía otra alternativa.
Me despedí y empecé a caminar. La humedad era tan insoportable que costaba respirar. Una vez dentro del coche, encendí el aire acondicionado y, aliviada, pude tomar aire profundamente.
Me quedé sentada en silencio durante unos segundos, evaluando si debería volver después de todo. Pero no, eso sería aún peor.
No me lo puedo creer. No es propio de mí huir como una cobarde.
Los improperios de Zachary aún resonaban en mis oídos. Qué descaro. No podía creer que se hubiera atrevido a decirme todo eso. No me conocía ni sabía absolutamente nada de mí, ni por lo que había pasado. No tenía derecho a hablarme de ese modo.
Tenía que dejar eso atrás y centrarme en lo importante.
Tenía que regresar a la finca cuanto antes para demostrarles a Gaston y Felicia que yo era la persona idónea para el equipo, y no aquel tipo irritante e imbécil.