Un rival inolvidable Capítulo Tres
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Capítulo Tres

ZACHARY

Solía disfrutar mucho de mis visitas a los pantanos de Luisiana, especialmente los fines de semana, cuando iba a pescar con mis abuelos.

Después de que se retiraran de la dirección del Orleans Conglomerate, hacía ya muchos años, ambos se aficionaron a aquella actividad.

Me encantaba pasar tiempo con ellos y oír sus anécdotas de juventud.

Tenían una gran sabiduría, y a menudo les pedía consejos sobre negocios cuando tenía algún dilema.

Valoraba mucho sus opiniones, aunque no siempre las siguiera.

Sin embargo, ir en coche hasta el pantano una tarde de un día laborable fue la peor idea del mundo. Tardé cuatro horas en llegar en lugar de tres, y como me aburría por el camino, aproveché para llamar a mi sobrina Bella.

Por la hora que era, deduje que mi hermano Chad ya la habría recogido del colegio y estaría en casa, así que lo llamé por el manos libres.

—Hola —respondió.

—Buenas, ¿puedes pasarme con Bella?

—Claro —dijo entre risas—. Ya empezamos con las llamadas, ¿eh?

Habían pasado unos días desde que hablamos en la cena. Estuve atrapado en un sinfín de reuniones, pero no quería posponerlo más y decepcionar a mi sobrina.

—Hola, tío Zachary.

Era su voz seria, lo que me alertó de que realmente necesitaba hablar.

A veces utilizaba a sus tíos para salirse con la suya en cosas que Chad no le permitía, como ver la siguiente película de Harry Potter, que era demasiado oscura para una niña de su edad, o comer demasiados dulces.

Pero su tono era diferente. Desde que Chad y Scarlett tuvieron a Simone, nosotros le prestábamos aún más atención a Bella, para que no se sintiera celosa.

Pero parecía haberse adaptado bien a su rol de hermana mayor.

—Hola, peque. ¿De qué quieres hablar?

—¿Es cierto lo que dicen en la familia sobre ti?

—¿A qué te refieres? Dicen muchas cosas.

—Es verdad —dijo con una risa—. Dicen que se te da muy bien solucionar problemas.

¿A dónde quiere llegar?

—Sí, es verdad.

—Qué bien, porque tengo un problema.

—¿Qué pasa? —le oí preguntar a Chad.

—Papá, te he pedido que nos dejes a solas. Esto es entre el tío Zachary y yo.

Apenas pude contener la risa.

—Vale, vale —refunfuñó Chad en segundo plano.

Bella se quedó en silencio un momento antes de decir:

—Unas niñas del colegio me han dicho que mis amigas no molan, y no quieren que siga en su grupo. Y que, si no lo hago, me dejarán de lado.

Detestaba la crueldad de los niños.

—¿Y tú qué quieres, Bella?

—No quiero separarme de mis amigas. Para mí son las mejores.

Mi sobrina es la caña.

—Entonces ya sabes la respuesta.

—Pero, ¿qué hago para que las otras niñas no me dejen de lado?

—¿Por qué quieres ser amiga de ellas?

—Porque son las populares.

Pobre Bella. La presión social del colegio.

—¿Te diviertes con ellas?

—No mucho… Hay veces que son muy malas.

—¿Te gustan los juegos a los que jugáis?

—Más o menos. —Se notaba que dudaba de su propia respuesta.

—¿Podrías jugar a lo mismo sin ellas? ¿O con tus compañeras de siempre?

—Sí, podría jugar con mis amigas de siempre.

—Bella, escúchame bien, no estás obligada a ser amiga de nadie si no quieres. No dejes que las chicas populares te fuercen a hacer algo que tú no quieres.

—¿De verdad? —preguntó con alivio—. Pensaba que, si me incluían en su grupo, debía hacer todo lo que ellas dijeran.

—No, para nada.

—No sabía que eso fuera una opción. —Parecía perpleja.

—Siempre tienes alternativa, pequeña. Te lo aseguro.

—No quiero separarme de mis amigas de siempre para estar con las ‘‘popus’’. ¡Gracias, tío Zachary! ¡Eres el mejor!

Me reí:

—Me alegro de haberte ayudado. Siento haber tardado tanto en llamarte.

—No ha sido tanto. Solo tres días.

Me hacía gracia lo literal que eran los niños. No era de extrañar que se llevara tan bien con Xander. Aunque, en realidad se llevaba bien con todos los miembros de la familia y, por supuesto, la mimábamos mucho.

Pensé que le devolvería el teléfono a Chad, pero simplemente colgó la llamada, lo que me hizo sonreír. Para tener solo diez años, era muy espabilada.

Estuve tentado de volver a llamar a Chad para decirle que no tenía nada de qué preocuparse.

Solía ponerse en alerta cada vez que Bella quería hablar de algo exclusivamente con nosotros.

Entonces recordé que no había vuelto a hablar con Marcel, y teniendo en cuenta que estaba a punto de conocer en persona a Grace Deveraux, ya era hora de que obtuviera algo de información.

Le pedí a Siri que lo llamara y respondió después de unos cuantos tonos.

—Hola, Zachary. Estaba a punto de llamarte.

—¿Has conseguido información?

—Claro, sabes que siempre consigo lo que me pides. Empezaré por orden cronológico: Grace Deveraux fue a un colegio privado solo para chicas.

—Eso ya lo sé. Sáltate su vida cuando era pequeña y cuéntame lo más reciente.

—Después de graduarse en la universidad, estuvo ocho años en la empresa Deveraux hasta que se casó y dejó de trabajar…

Se dedicó a asistir a eventos sociales, y eso fue lo único que hizo durante los últimos años.

Cuatro, para ser exactos. Grace y Roger Cointreau se divorciaron el año pasado, y ella montó una empresa de cuidado de la piel.

Si quieres mi opinión, parece más un capricho que otra cosa.

—Eso no lo sabemos —interrumpí, molesto por su tono.

—Tienes razón. Aún no he tenido tiempo de investigar sus finanzas ni su situación económica.

—¿Está implicada en algún negocio o relacionada de alguna manera con sus hermanos?

—No, al menos no he podido encontrar nada. A decir verdad, creo que es una mujer de la alta sociedad que quiere limpiar su imagen.

Su comentario me irritó. Marcel era bueno en lo que hacía, pero últimamente me sacaba de quicio. Le pagaba por brindar información, no por opinar.

—¿Ha montado ella la empresa sola?

—Sí, parece que no tiene socios ni depende de inversor alguno. Es que con el apellido Deveraux, habría sido imposible conseguir uno.

En ese punto, no podía llevarle la contraria: era un hecho innegable; eran las personas con peor reputación de la ciudad.

—Gracias por toda la información.

—De nada. ¿Quieres que indague más en sus finanzas?

—Por el momento no, pero te avisaré si es necesario. —No quería perder demasiado tiempo con eso porque no iba a hacer negocios directamente con ella.

Llegué a la finca poco después, y vi que ya había otro coche aparcado delante de la valla.

Me bajé y cogí la caja de pralinés que había comprado hacía unos días para Gaston y Felicia.

La primera vez que hablamos por teléfono, me dijeron lo mucho que les gustaban los dulces de LeBlanc nos moriríamos de calor. Podemos charlar primero y, cuando se ponga el sol, iremos a los establos. Tengo un buen repelente para los mosquitos.

—Prefiero ir ahora —insistí.

—Señor LeBlanc —intervino Grace—, ¿por qué no hace usted el recorrido mientras Gaston, Felicia y yo nos quedamos charlando dentro?

La miré, desconcertado. ¿Y esta mujer de qué va?

—Mi idea era que fuéramos todos juntos —aclaré.

—Por mi parte, prefiero seguir el consejo de Gaston; él es quien mejor conoce este lugar. A menos que espere que obedezcamos sus órdenes sin más.

Esto es increíble.

—¿Tiene algún problema conmigo? —pregunté directamente.

—Mejor dígamelo usted.

Gaston y Felicia intercambiaron una mirada. Quizás Marcel tenía sus razones para sacar conclusiones precipitadas.

—¿Por qué no entramos? —propuso Felicia—. He preparado té helado.

—Claro —acepté.

Grace me dedicó una sonrisa sarcástica.

¿Pero qué le pasa?

Una vez en el vestíbulo, comprobé que la casa tenía mejor aspecto interior que exterior.

—Aquí es donde vivimos —explicó Gaston, señalando la sala.

—Solo ofrecéis campamentos de un par de días, ¿verdad? —pregunté.

—¡Has mirado nuestra página web ! —exclamó Felicia, visiblemente emocionada.

—Por supuesto. Estuve investigando un poco antes de llamar.

Grace resopló. La miré de nuevo y su expresión era gélida. ¿Cómo podía ser tan guapa y, a la vez, tan altiva?

Felicia dirigió una mirada a Gaston, que se encogió de hombros. Grace se estaba cavando su propia tumba con su actitud tan poco profesional, pero no era asunto mío. De hecho, hasta me beneficiaba.

—Por experiencia, sabemos que los campamentos son lo que mejor funciona.

Estamos a tres horas de Nueva Orleans, de donde vienen la mayoría de nuestros pacientes.

Nadie haría un viaje tan largo solo para una sesión de una tarde —explicó Gaston—.

Ofrecemos campamentos de una semana para niños, así como para adultos y veteranos de guerra.

Los organizamos dependiendo de las necesidades de cada persona.

Aquí es donde hacemos las sesiones de terapia de grupo —dijo, señalando cuatro salas vacías—, y también donde comemos todos juntos.

La verdad es que los pacientes adoran a nuestros caballos.

—¿Cuántos terapeutas trabajan aquí? —pregunté.

—Entre cinco y diez, dependiendo de las necesidades del grupo, aunque la mayoría de los pacientes son siempre los mismos.

El trabajo que se hacía en la finca era muy valioso para muchas personas, y el hecho de que lo gestionaran todo entre los dos era impresionante.

Felicia añadió:

—Los pacientes interactuan principalmente con los animales como en cualquier finca: los asean, limpian los establos y, por supuesto, montan a caballo por los alrededores. El trabajo físico con animales es muy terapéutico.

—Es una labor impresionante —comentó Grace—. ¿Cuánto tiempo lleváis haciendo esto?

—Lo pone en la página web —respondí. ¿Acaso no lo había consultado?

Grace me fulminó con la mirada. No era propio de mí responder de esa manera, y no sabía muy bien por qué lo había hecho, pero me había cabreado y quería devolvérsela.

—Unos treinta años —contestó Felicia, como si nada—.

Estudié psicoterapia en la universidad y quise hacer algo diferente.

Por aquel entonces, el trabajo con animales no era algo común, y pocos lugares ofrecían ese tipo de servicio.

Con la pequeña herencia que me dejaron mis padrés monté este sitio.

Y esa fue la última vez que tuvimos dinero para invertir…

por eso necesitamos una renovación a fondo.

—¿Tenéis entrenadores para los caballos? —pregunté.

—No, lo hacemos todo nosotros —respondió Felicia—. No estudiamos ni nos formamos específicamente en adiestramiento, pero es algo que hemos aprendido con la experiencia. Nunca hemos tenido problemas por el comportamiento de nuestros animales.

—¿Y nunca habéis recibido una demanda judicial? —inquirió Grace.

Era una pregunta inteligente, tenía que reconocerlo.

Me quedé unos pasos atrás para poder observarla bien: su actitud era prepotente, con los hombros rígidos y la barbilla ligeramente elevada.

—No, nunca —respondió Felicia.

Grace asintió, añadiendo:

—De todos modos, en caso que decida invertir aquí, lo tendré que evaluar con más detenimiento —continuó. Tanto Gaston como Felicia fruncieron el ceño. Estaba claro que Grace no se estaba ganando su confianza, pero a mí me daba igual.

Nos hicieron un recorrido completo por la casa y nos explicaron con gran detalle cómo organizaban las sesiones de terapia. Tardamos unas dos horas, pese a que solo había unas pocas habitaciones.

—Podríamos enseñaros las cabañas —explicó Gaston—, pero la mayoría están bastante deterioradas. Y es el motivo por el que no hemos cogido reservas este verano: tal como están no podemos ofrecer los campamentos.

Ese comentario me desanimó. ¿Por qué esperaron hasta último momento?

—Aún así, me gustaría verlas —dijo Grace—, solo para hacerme una idea de qué tipo de inversión estamos hablando.

—Entonces vamos —respondió Gaston, mientras él y Felicia se dirigían hacia la puerta principal.

Grace ni siquiera me miró al pasar a mi lado. Quería preguntarle qué coño le pasaba, pero me contuve. Había ido hasta allí para evaluar si merecía la pena mi inversión. Si tenía algún problema conmigo, le correspondía a ella decírmelo.