Capítulo Dos
GRACE
—Muy bien, chicas. Ha sido una reunión muy productiva —les dije a Alice y Keisha, mis dos empleadas más valiosas, sin las cuales mi emprendimiento sería imposible.
—Se me están ocurriendo muchas ideas, Grace —comentó Keisha.
Mi negocio de cuidado de la piel estaba en pleno auge, y no podía estar más contenta.
—¡No sabéis lo emocionada que estoy! —exclamé con una sonrisa.
—Nosotras también —asintió Alice—. Tu entusiasmo es contagioso. Pero, si te parece bien, nos vamos a casa que ya se ha hecho tarde.
—Oh, lo siento mucho —dije tras ver el reloj y constatar la hora—: No era mi intención reteneros tanto tiempo.
—No pasa nada —respondió Alice—. Hemos avanzado mucho y ha merecido la pena quedarnos hasta tarde.
Mierda . Las dos estaban casadas y tenían hijos; entendía perfectamente que quisieran estar en su casa para la cena.
Desde mi divorcio, había dedicado todo mi esfuerzo y tiempo al negocio.
Esto me llevaba a trabajar sin horario, y a menudo olvidaba que mis empleadas tenían un horario laboral que yo debía respetar.
—Iros a casa ya mismo, por favor. Yo también me marcharé pronto.
Una vez que se despidieron y salieron de mi oficina, me levanté.
Estiré el cuello de un lado a otro y sonreí al contemplar las vistas desde el enorme ventanal.
Me fascinaba la energía vibrante del distrito financiero.
Aunque inicialmente consideré alquilar una oficina en el Barrio Francés, una de mis zonas favoritas de la ciudad, quería algo más moderno.
Aquí había muchas start-ups de desarrollo de software , y aunque yo no me dedicaba a ello, me gustaba la sensación de estar rodeada de gente creativa y con espíritu emprendedor.
A veces me costaba creer que solo hacía un año que había fundado mi empresa. Parecía mucho más.
Era el nuevo comienzo que tanto necesitaba.
A mi ex le habría jodido verme tan feliz. El día de nuestra boda, mis ojos brillaban por la esperanza puesta en el futuro. Sin embargo, a medida que el matrimonio avanzaba, me resultaba cada vez más difícil mantener la ilusión.
Por aquel entonces, trabajaba en el departamento de marketing de la empresa familiar.
Desempeñaba mi rol con éxito, pero mi exmarido me convenció para dejar mi trabajo y dedicarme a las labores domésticas, con la esperanza de formar pronto una familia.
Aún me pregunto por qué acepté su sugerencia si siempre me había gustado trabajar y ser independiente.
Tal vez que en aquel momento estaba muy enamorada y me parecía lógico: si me quedaba embarazada, querría estar con el bebé de todos modos.
El embarazo nunca llegó. Y justo después de dejar mi empleo, mi marido se volvió distante y despectivo, y me trataba con desdén.
Por suerte, todo aquello había quedado en el pasado. Aun así, en honor a la verdad, el recuerdo de lo que viví con él aún me resultaba doloroso.
Grace Cointreau volvió a ser Grace Deveraux, aunque tampoco me estaba siendo de ayuda últimamente.
Mis hermanos la habían cagado hasta el fondo, y por ello, mucha gente se mostraba recelosa de asociarse con el apellido Deveraux.
Era lógico, considerando la que liaron esos dos idiotas.
Me topé con muchos obstáculos al montar mi propio negocio.
Afortunadamente, pude hacerlo gracias a que tenía unos ahorros considerables, ya que mi orgullo me impedía pedir dinero a mis padres.
Hablando de nuevos comienzos …
Me apresuré a mi escritorio y abrí el portátil. Quizás era una característica de los millennials , pero no me gustaba consultar el correo en el móvil. Hice clic en mi bandeja de entrada. Maldita sea . No había ninguna respuesta.
Hacía poco me había llamado mucho la atención un anuncio sobre una finca de equinoterapia que buscaba un inversionista.
Tras mi divorcio, fui a terapia para sanar, y en algunas sesiones me plantearon realizar actividades como pintar, jugar con perros… y había sido maravilloso. La finca de Gaston y Felicia tenía el mismo objetivo: la sanación.
Les había enviado un correo electrónico la semana anterior y me respondieron diciendo que se pondrían en contacto, pero aún seguía esperando. Quería conocer los detalles y saber si había alguien más interesado.
A pesar de la hora, decidí llamarlos directamente. Conociéndome, a la mañana siguiente puede que lo olvidara todo y enfocase toda mi atención en la comercialización de mi nueva línea de productos de skincare . Para mi alegría, alguien respondió al primer timbre.
—Hola.
—Hola, mi nombre es Grace Deveraux, y llamaba porque…
—Ah, sí, señora Deveraux. Soy Gaston. —Tras una breve pausa, añadió—: Lo siento, teníamos intención de responderle, pero hemos estado muy ocupados.
—Por eso los he llamado, sabía que sería más fácil por teléfono.
—Sí, sí. Buena idea. Gracias por llamar y por su interés.
—No quiero entretenerlo mucho, solo concertar una cita para visitar la finca.
—Claro, claro. Hablaré con mi esposa y veré qué día tenemos disponible la próxima semana. ¿Prefiere por la tarde o por la mañana?
—Puedo adaptarme a lo que usted me diga. —Me detuve un momento y proseguí—: ¿Puedo preguntarle si hay alguna otra persona interesada?
—Sí, hay un hombre interesado… se llama Zachary LeBlanc.
El nombre me resultaba familiar, por supuesto, y no solo porque era un apellido común en Nueva Orleans. Los LeBlanc y los Broussard eran muy conocidos en nuestra comunidad. De hecho, uno de ellos, Xander, fue quien reunió las pruebas documentales para demostrar la estafa de mis hermanos.
—Ya veo —me limité a responder.
¿Por qué un LeBlanc estaría interesado en una finca de equinoterapia? The Orleans Conglomerate ya tenía docenas de negocios sin ninguna relación con ese sector.
—Vamos a coordinar una cita para que ambos lo vean al mismo tiempo, si le parece bien.
—Claro, es lógico.
Para ellos, claro está.
—Por cierto —continuó—, ha llamado un tal Marcel.
—Sí…
—Dijo que trabaja con Zachary LeBlanc y nos preguntó por usted.
Parpadeé, segura de haber escuchado mal.
—Perdone, ¿ha dicho que ha preguntado por mí ? ¿Qué tipo de preguntas le hizo?
—Si la conocemos, qué tipo de persona es, si nos vemos haciendo negocios con usted. Si hemos oído hablar de… eh… de sus hermanos.
Vaya . Tampoco podía decir que me sorprendía por completo; la estafa fue tema de conversación en toda la ciudad durante meses. Pero aun así, era un comportamiento muy poco profesional, y estaba claro que ese hombre quería causar una mala impresión de mí.
—Me pareció muy extraña esa llamada —continuó Gaston.
—Sí, totalmente —coincidí, y crucé los dedos para que se lo echara en cara a Zachary. No lo conocía pero ya me caía mal. ¿Cómo era capaz de hacerle algo así a un competidor para hacerse con la inversión de la finca?—. Señor…
—Podemos tutearnos si te parece, Grace.
—Claro. Si quieres hacerme alguna pregunta, adelante.
Tras una breve pausa, Gaston dijo:
—No es que haya oído hablar precisamente bien de tus hermanos.
Cerré los ojos y tomé aire. Si cobrara un céntimo cada vez que me lo dicen…
—Sí, lo sé. Han cometido un delito y son absolutamente responsables de sus actos.
—Desde luego, se dice que han estafado a mucha gente.
Legalmente, lo suyo rozó la estafa piramidal, y gracias a que pudieron permitirse los mejores abogados, se libraron por poco de acabar entre las rejas. Aún así, se vieron obligados a abandonar la ciudad. Nadie en Nueva Orleans volvería a hacer negocios con ellos.
Ni siquiera cuando era una niña me había llevado bien con mis hermanos; siempre habían sido aprovechadores y oportunistas, viviendo bajo la ley del mínimo esfuerzo.
Quizás esa fue una de las razones por las que me negué a ir al mismo colegio que ellos.
Desde muy temprano, quería abrirme mi propio camino: el camino correcto.
—Bueno, mi esposa y yo hemos estado hablando…
—Gaston —le interrumpí en voz baja—, yo sería la persona que invertiría en vuestro negocio, y quien correría el riesgo económico, pero si tenéis dudas al respecto…
—No, no. Olvida lo que he dicho, por favor. Ni siquiera sé por qué te lo he comentado … ese tal Marcel debe de haberme influido.
Apreté los dientes. No podía creer que aún sin conocer a Zachary LeBlanc ya tuviera cuentas que saldar con él.
—Somos una pequeña empresa y sabemos que la persona que quiera invertir en nuestra finca lo hace de corazón, no como una mera oportunidad de negocio —continuó.
Yo pensaba igual. De hecho, ni siquiera les había pedido un balance de la situación financiera; daba por hecho que la finca apenas podía sostenerse.
—¿Tienes algún tipo de experiencia con terapia asistida con animales? —preguntó.
—Después de mi divorcio hice terapia con perros —confesé sorprendida, cerrando los ojos.
¿Por qué le estoy contando esto? Intentaba no compartir detalles de mi vida personal fuera de mi esfera íntima; no quería ser percibida como alguien débil, y menos en el ámbito empresarial—.
A lo que iba es que, me parece muy entrañable y sé de primera mano lo valiosa que es la terapia con animales.
Vuestro trabajo con veteranos de guerra y niños es admirable, y por eso quiero ayudar.
—Se dedicaban especialmente en trastornos de estrés postraumático en veteranos de guerra y ansiedad en niños.
—Gracias, me alegra escuchar eso. —Tras una breve pausa, añadió—: Mira, mi esposa está dando de comer a los caballos y va a tardar un rato… no puedo darte una fecha concreta ahora mismo.
—No te preocupes, esperaré tu llamada —respondí, y aproveché para pedirle—: Pero si pudiéramos concertar una visita para la semana que viene, te lo agradecería mucho. —Esa era mi forma de conseguir las cosas, pedir con educación y, por lo general, funcionaba muy bien.
—Antes de colgar, me gustaría hacerte una última pregunta. ¿El dinero que quieres invertir lo tienes declarado en el banco?
Era una pregunta válida; en muchos casos resultaba complicado justificar la procedencia de los fondos.
—Así es. Proviene de mis ahorros personales.
Daba gracias cada día por que mi negocio de skincare hubiera despegado con éxito.
—Estupendo. Nos vemos la semana que viene, ¿vale?
—Gracias, Gaston.
Después de colgar, tuve la tentación de buscar a Zachary LeBlanc en Google, pero no quería amargarme el resto de la noche. Tenía que reconocer que en el ámbito empresarial era habitual pedir referencias de un potencial inversor, y tenía su lógica. Ya lidiaría con él cuando nos viéramos en la finca.
A veces parecía que Nueva Orleans era una ciudad pequeña, sobre todo cuando se trataba de familias tradicionales como la mía o la de los LeBlanc Broussard, y a la gente le encantaba hablar. Pero Zachary se había pasado tres pueblos.
Da igual. El día ha terminado y no voy a darle más vueltas a este asunto.
Respiré hondo y me levanté del escritorio antes de que pudiera encontrar otra cosa en qué ponerme a trabajar.
Salí a la calle y respiré el aire de la noche: era cálido y pegajoso.
Los veranos en Nueva Orleans eran espantosamente húmedos, y agradecí tener aire acondicionado en la oficina.
La falda ajustada y la blusa fina que llevaba no era la mejor elección para aquel caluroso tiempo.
Tenía toda la noche para mí sola, así que decidí aprovecharla para darme un capricho y pasar por el pequeño restaurante fusión a la vuelta de la esquina para pedir mi jambalaya 1 favorita. Todo iba sobre ruedas y nada ni nadie me haría pensar lo contrario, mucho menos Zachary LeBlanc.
1 Nota de la Traductora: La jambalaya es un guiso de arroz especiado, típico de Luisiana, que lleva distintos tipos de carne, mariscos y vegetales.