Capítulo Veinticinco
ANTHONY
—Bienvenido a mi reino —dijo Daisy unas horas más tarde, cuando entramos en su apartamento. Estaba visiblemente más relajada—. Aunque no es tan grande como el tuyo.
—Es muy tú —comenté, mirando a mi alrededor.
—¿Quieres darte una ducha? —preguntó.
Le puse las manos a los lados del cuello.
—¿Quieres que nos duchemos juntos?
Ella se rió suavemente.
—¿Qué? —pregunté.
—Estaba segura de que ibas con segundas.
—Siempre. Pero hasta ahora me había comportado muy bien.
—Sí, es verdad.
Se humedeció los labios y se dio la vuelta. La seguí mientras se dirigía al cuarto de baño. No era grande, pero la bañera era lo suficientemente espaciosa para los dos. Además, la puerta tenía un espejo de cuerpo entero, lo que me dio muchas ideas.
Cogí a Daisy por los hombros y la coloqué frente al espejo.
—Quiero que me mires mientras te quito la ropa.
Llevabas unos vaqueros y una camisa. Comencé quitándole la camisa por encima de la cabeza. Su sujetador, de encaje blanco, le oprimía los pechos.
—Estás tan increíble, ¡tan sexy! —Deslicé el pulgar por cada uno de sus pechos, justo donde terminaba la tela y comenzaba el escote—. Por ahora te lo voy a dejar puesto.
Daisy gimió cuando ejercí presión con mi mano sobre la copa de su sujetador. Su pezón ya estaba sensible. Le bajé la cremallera de los vaqueros, pero en ese momento mi paciencia era limitada, así que se los quité de un tirón.
Se los terminó de quitar rápidamente, siguiendo cada uno de mis movimientos a través del espejo. Me acerqué hasta que mi boca quedó a la altura de su hombro. Mirándola en el espejo, le di un beso en esa zona antes de pasar al otro. Pude sentir cómo su piel se erizaba bajo mi palma.
E incluso verlo reflejado en el espejo.
Las reacciones de Daisy eran embriagadoras. Quería ir un paso más allá cuanto antes. Aunque estaba muy sexy con la ropa interior, le quité el sujetador y le acaricié los pechos con ambas manos. Luego, atrapé sus pezones entre mis pulgares y mis índices. Daisy jadeó y apartó la mirada.
Joder. Se estaba sonrojando.
—Mírate en el espejo, Daisy. Quiero que veas todo lo que te estoy haciendo. Quiero que lo observes muy, muy de cerca.
Mientras ella miraba, me bajé los pantalones y los calzoncillos, liberando mi miembro, que ya estaba completamente erecto.
Le bajé las bragas mientras veía nuestro reflejo, hipnotizado, y empecé a adorar sus pechos de nuevo, rodeando sus pezones con los dedos hasta que se pusieron duros como piedras. Daisy gimió con fuerza, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre mi hombro.
Entonces, deslicé mi pene dentro de ella, lubricado por su humedad.
—¡Joooder! —jadeó, ladeando la cabeza para apoyar su frente contra mi cuello.
—Anthony, Dios mío.
—Voy a hacer que te corras, preciosa. Después, a la ducha.
—Sí, por favor. Lo necesito tanto.
Sentir sus contracciones a mi alrededor era una auténtica tortura, pero sabía que era exactamente lo que ella necesitaba para relajarse esa noche. Tenía que correrse varias veces, y yo estaba ahí para dárselo.
Así que acaricié su clítoris, manteniéndome completamente quieto dentro de ella. Si me hubiera movido, habría empezado a embestirla, y quería que esto fuera solo para su placer.
Daisy se inclinó hacia adelante, arqueando la espalda y moviendo las caderas en un vaivén.
—Eres tan preciosa.
—Necesito…
—Lo sé, y te correrás, cariño, muy fuerte. Te lo aseguro.
Se humedeció aún más al instante, y su centro empezó a palpitar. Cerré los ojos, respirando hondo por la nariz y exhalando por la boca. Mientras seguía acariciando su clítoris, mis dedos resbalaban por su humedad.
—Dios mío, Anthony.
La apoyé contra el espejo y un grito de placer resonó por todo el baño, presionando sus pechos contra el espejo. Su grito llenó todo el baño.
Mi erección ya resultaba dolorosa, pero no iba a embestirla.
Si lo hacía, aunque fuera una sola vez, perdería el control.
Así que me centré en disfrutar de los sonidos que Daisy emitía.
Al presionarla contra el espejo, no podía moverse como quería; iba a recibir todo el placer que necesitaba, pero bajo mis condiciones.
Supe que iba a estallar segundos antes por el tono gutural de sus gemidos. Había estado negando con la cabeza, pero ahora solo presionaba la frente contra el espejo, ciñéndose a mí con una fuerza tal que me dejaba casi sin aliento.
Noté un temblor inconfundible en sus muslos. ¡Sí! Había provocado que se corriera tan fuerte que le temblaban las piernas. Entonces ejercí aún más presión sobre su clítoris y volvió a gritar. Su orgasmo iba a ser largo y la dejaría exhausta.
Cuando sus gritos finalmente se calmaron, su cuerpo se relajó, pero sus músculos internos seguían contrayéndose.
—Joder! —exclamé.
No íbamos a llegar a la bañera. Tenía que hacerla mía justo en ese instante, y por cómo me empapaba, sentía que estaba lista para mucho más. Me retiré un poco y luego me hundí en su interior con un solo movimiento.
Daisy gimió.
—Oh, Dios —susurró—. Anthony, voy a…
—Lo sé, cariño. Simplemente disfruta. Sentir cómo te corres es la mejor sensación de este planeta.
Pero a esas alturas, yo también estaba al límite, desesperado por liberarme.
La separé un poco del espejo y puse sus manos en el marco de la puerta, cubriéndolas con las mías.
Lo que esa mujer me estaba haciendo era una auténtica locura. Cuanto más la poseía, más la necesitaba.
Le besé el lado del cuello mientras la miraba en el espejo. Ella no dejaba de abrir y cerrar los ojos; la combinación de ver nuestra imagen y estar dentro de ella claramente la estaba sobrepasando. Pero a mí no. Me encantaba observar cada una de sus reacciones.
Me llenaba de una sensación de plenitud diferente a cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes, y simplemente me encantaba mirarla. Allí era donde pertenecía. Su sexo, su cuerpo… Daisy era mi hogar. No sabía en qué momento había llegado a sentir eso, pero era la pura verdad.
—Anthony, casi no puedo mantenerme en pie.
Sus piernas temblaban de nuevo. Esta vez no podía sostenerla, me resultaba imposible hacerlo mientras yo también buscaba desesperadamente mi propio clímax. Así que opté por lo más práctico: me retiré, la coloqué de espaldas contra la puerta y volví a penetrarla.
El ángulo resultó aún más perfecto de lo que esperaba.
—Joder, Daisy —gemí.
Ella jadeó, moviendo las caderas.
Embestí salvajemente, pero necesitaba más que eso, así que respiré hondo y me retiré.
—Vamos al dormitorio. Necesito una cama para follarte como es debido, preciosa.
Ella gruñó, pero no protestó en absoluto.
Fuimos al dormitorio y señalé la cama.
—Ponte a cuatro patas, Daisy. Quiero ver tu precioso culo mientras te follo.
Perdió el paso por un momento. Le gustaba el lenguaje sucio tanto como a mí.
En cuanto se colocó en la posición indicada, me subí a la cama justo detrás de ella, perdiendo completamente el control. Entonces el instinto se apoderó de mí y me deslice en su interior, apretando su trasero con una mano, para luego acariciar su nalga y darle una ligera palmada.
Daisy se estremeció.
—¿Te gusta?
—Sí —susurró.
Le di otra palmada mientras embestía, alternando la palmada en su trasero con la penetración. Ella se humedecía más a cada momento. Era una sensación increíble.
—Tócate. Quiero sentir la punta de tus dedos rozando mi polla.
Al instante, llevó su mano derecha a su clítoris. Estaba jodidamente preciosa así, con el trasero levantado, esperando a que la follara sin parar. Mis embestidas se volvían cada vez más fuertes.
Aun así, ella llevaba sus caderas hacia atrás para acogerme mejor. Nada era suficiente; ambos necesitábamos más y más.
Sentir sus dedos rozando mi miembro me excitaba muchísimo. Tenía la nalga enrojecida por mis palmadas, así que cambié al otro lado.
—¡Anthony! —exclamó tras el primer contacto de mi palma con su otra nalga. Apenas pude distinguir mi nombre, su voz era muy temblorosa.
De repente, una descarga de placer recorrió mi cuerpo con una fuerza impactante. Mi clímax estaba a punto de llegar.
Cambié el ángulo y la seguí embistiendo. Ya no estaba a noventa grados sobre sus rodillas, sino ligeramente inclinada hacia adelante. Así podía penetrarla aún mejor, más profundamente.
Daisy alcanzó el clímax casi de inmediato, apoyando ambas manos en la cama para sostenerse. Estimulé su clítoris con dos dedos mientras la penetraba. Entonces, su grito desencadenó mi propio orgasmo.
El esfuerzo de embestir en esa posición me quemaba los músculos, pero no me detuve. No hasta que tanto Daisy como yo hubiéramos experimentado todo el placer posible.