Capítulo Veinticuatro
DAISY
Todavía estaba en una nube cuando Anthony y yo nos dirigíamos a Fragrant Delights . Aún no le había dicho “te amo”, pero de alguna manera declararme en las calles de Nueva Orleans le quitaba un poco de romanticismo. Necesitaba decírselo cuando estuviéramos solos.
—¡Estoy a punto de reventar! —exclamé, sintiendo que caminaba como un pato—. ¿Cómo es posible que todo en esta ciudad esté tan delicioso?
—Te he traído a los mejores sitios —explicó Anthony—. No es así en todas partes.
Aún no podía creer que ese hombre tan sexy me hubiera dicho esas palabras tan maravillosas. Esa alegría inexplicable que sentía en el pecho no dejaba de crecer.
Cuando llegamos frente a Fragrant Delights , me quedé sin aliento. Anthony soltó un silbido. Había una multitud fuera de la tienda y dentro estaba abarrotada. Celine e Isabeau se encontraban en el mostrador.
—No me esperaba esto —dijo Anthony.
—Por la expresión de tus abuelas, parece que ellas tampoco. ¿Están regalando algo?
—Vamos a averiguarlo.
Nos abrimos paso como pudimos, a pesar de las miradas poco amistosas. Anthony se limitó a decir: “Somos de la familia”, como excusa para saltarnos la cola.
—¡Celine, Isabeau! —las llamó Anthony una vez que estuvimos más cerca.
Inmediatamente, ambas nos miraron, sonriendo al verme.
—¡Hola, Daisy! Qué alegría volver a verte —saludó Celine.
Anthony se rió.
—¿Y yo soy invisible o qué?
Isabeau negó con la cabeza:
—No te hagas el gracioso, Anthony. Ve, todos los demás están atrás.
Vimos que, a un lado del mostrador, un chico no dejaba de llenar vasos con bebidas.
—¿Necesitáis ayuda? —pregunté.
—¡No! Nadie puede hacer las cosas como nosotras —respondió Celine.
—Olvídalo, son más tercas que una mula —me susurró Anthony al oído, pero lo suficientemente alto como para que lo oyeran—. También eran así cuando trabajaban de chefs.
—¡Anthony! —exclamó Isabeau, enfadada.
—No le busques las cosquillas a Isabeau esta noche —intervino Celine con una risa.
Anthony se rió, me tomó de la mano y me guió hacia una puerta secreta, oculta tras los jabones, en la parte trasera de la tienda. Esperaba un almacén, pero lo que encontré fue una sala de lectura de lo más acogedora: elegantes sofás de terciopelo y más estanterías repletas de perfumes.
Por lo que parecía, toda la familia ya estaba allí. Al instante me sentí un poco cohibida. ¿Por qué no me había molestado en comprobar mi aspecto después de salir del último bar? Debería haberme asegurado de que no tenía nada entre los dientes. Dios mío, ¿y si tenía algo?
—¡Hola a todos! —saludó Anthony. Sentí al menos seis pares de ojos clavados en nosotros.
Beckett silbó:
—Vaya, vaya, pero qué valiente te has vuelto.
—Mamá, papá —dijo Anthony, ignorándolo—, ya conocisteis a Daisy en el LeBlanc Broussard .
—Sí. Estamos muy contentos de volver a verte. No pude presentarme la última vez, soy Adele —respondió su madre.
Su padre sonrió a su lado:
—Y yo soy Remy.
—Me alegro mucho de estar aquí —respondí.
Remy miró a Anthony:
—Vaya sorpresa nos has dado, hijo.
—¿Qué está pasando? —preguntó Anthony—. ¿Por qué están tan ocupadas Isabeau y Celine?
—Están regalando una muestra de perfume con la compra de cualquiera de mis cremas —aclaró una mujer bellísima. Me recordaba mucho a Amal Clooney, con su largo cabello oscuro, sus cejas gruesas y sus redondos y preciosos ojos—. Por cierto, soy Grace.
—¡Esa es mi chica! —exclamó Zachary—. La estrella de la noche.
Grace se rió. Su nombre le hacía justicia, pues realmente poseía una gracia natural.
—¡Enhorabuena! Me encantan tus cremas, son fantásticas —dije.
—Gracias —respondió Grace.
—Descubrí tu línea en un curso de verano en Loyola. Una de las profesoras hablaba maravillas y hasta usó algunas de vuestras campañas como caso de estudio.
—¡Qué me dices! Me encanta —dijo, con el rostro rebosante de orgullo.
—¿Qué estamos celebrando exactamente? —preguntó Anthony.
—He convencido a Isabeau y a Celine de hacer una caja mixta con nuestros productos para venderla online —explicó Grace—. Antes no les gustaba la idea, pero creo que me las he ganado. Por fin.
—Bueno, creo que deberíamos presentar oficialmente a nuestras parejas —dijo Chad, acercándose—. Ah, espera, tú conoces a Scarlett del concurso de jazz .
Asentí:
—Sí. Además, nos vimos varias veces cuando salía a descansar al patio interior.
—Así es —intervino Scarlett, sorprendiendo Chad.
—¿Habéis estado en contacto y mi hermano y yo sin enterarnos? —preguntó Anthony.
—Exactamente —respondí.
—Pero… me da la impresión de que tú también has estado guardando algún que otro secreto —bromeó Scarlett, y al instante sentí que me sonrojaba. No le había dicho directamente que Anthony y yo estábamos saliendo; solo habíamos charlado sobre la vida en Nueva Orleans.
—No estaba segura de si era oficial —murmuré con timidez.
—Es oficial —afirmó Anthony, poniéndome la mano en la nuca y besándome la sien. Luego me susurró al oído—: Jodidamente oficial.
Cuando se enderezó, miré a mi alrededor, horrorizada. ¡Por suerte, nadie lo había oído!
—Aunque yo ya lo sospechaba —dijo Scarlett. Se acercó y añadió en un susurro—: Por cierto, gracias por encontrar la varita de Harry Potter. Quiero darle una sorpresa a Bella.
—Faltaría más.
—Todos sospechamos cuando se corrió la voz de que nuestras queridísimas esposas te habían regalado un perfume de lila —dijo David en voz alta. Él y Félix llevaban traje e incluso tenían una rosa roja en la solapa.
Entonces recordé que Isabeau y Celine llevaban un ramillete de rosas rojas en la muñeca. Dios mío. ¿Podían ser más románticos? Eran absolutamente adorables.
—Un momento, ¿eso lo sabía todo el mundo? —Anthony parecía incrédulo.
—Yo no lo sabía —respondió Beckett, y luego gruñó—. Estupendo. Así que otro hermano LeBlanc muerde el polvo gracias a la lila, ¿eh? Al menos eso creerán las abuelas.
—¿Por qué tu hermano parece tan asustado? —le pregunté a Anthony.
Entonces intervino Zachary:
—Porque acaba de caer en la cuenta de que las lilas van a por él.
Todos se echaron a reír. Por más raro que sonara, Beckett parecía realmente muy preocupado.
—¿Por qué todos los hombres de esta familia son alérgicos a la idea del compromiso? —preguntó Adele—. Es muy frustrante.
—Pero resulta que no lo somos —dijo Zachary con una sonrisa—. Es que nos gusta mucho ir de tíos duros.
Ella señaló los sofás.
—Venga, sentémonos. Tenemos champán. Ya hemos brindado antes con Isabeau y Celine, pero no creo que las veamos en un buen rato.
—¡Oh! —exclamé, sintiéndome un poco apenada—. ¿No sería mejor que se tomaran un descanso?
David negó con la cabeza:
—Son más felices cuando están ocupadas. Y tengo que reconocerle el mérito a Isabeau. Ha vuelto a acertar. —Nos miró directamente a Anthony y a mí—. Me aseguró que Anthony vendría con Daisy esta noche.
Tomé la copa de champán que me ofreció Remy y bebí un sorbo de inmediato para disimular mi sorpresa. Anthony, por su parte, no parecía sorprendido en absoluto.
—Me pareció un poco engreída por teléfono —admitió Anthony—. Ahora entiendo.
—Oídme un segundo, familia —intervino Zachary—. Sé que al principio dijeron que no necesitaban ayuda, pero tal vez podamos preguntarles de nuevo.
—Ya lo he hecho dos veces —dijo Bella—, pero dicen que no se puede hacer nada y que solo vamos a molestar.
—Yo sugiero que hagamos caso a las abuelas —sentenció Xander—. Por cierto, Daisy, esta es mi prometida, Bailey.
¡Vaya! ¿Todos los hombres de la familia ya estaban comprometidos o casados?
—¡Hola, Bailey! Tú estás detrás de los famosos pralinés LeBlanc Broussard , ¿verdad? —pregunté. Scarlett me lo había mencionado y me moría de ganas de probarlos.
Bailey sonrió, halagada.
—Sí, yo misma.
Julian señaló a la mujer que estaba a su lado:
—Y ella es Georgie.
—Hola, Georgie —dije, saludándola con la mano.
—Entonces, trabajas con Anthony, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, pero solo temporalmente, hasta que encuentre algo en marketing .
—Ah, no lo sabía.
—¿También trabajas en The Orleans Conglomerate ? —le pregunté.
—No. Tengo una tienda que se llama Books and Beads en el Barrio Francés.
—¡Anda, le he echado el ojo a tu tienda! —exclamé—. Incluso pasé por allí cuando mi amiga Annelise estuvo en la ciudad, pero no entramos. Me pasaré muy pronto, sin duda.
—Avísame para poder dedicarte algo de tiempo.
Los LeBlanc eran encantadores; la forma en que se apoyaban unos a otros era increíble.
Eso me hizo echar de menos aún más a mi propia familia. Saqué mi móvil con la intención de enviarle un mensaje a mi madre para preguntarle por las novedades, cuando vi un mensaje de Samantha.
Samantha: Hola, tengo más información sobre el trabajo en Dakota del Norte, pero aún no la oferta oficial.
Se me revolvió el estómago.
Samantha: Te lo enviaré todo por la mañana.
Tragué saliva antes de guardar el móvil en mi bolsillo. De repente, mi corazón empezó a latir de forma irregular. Estaba intentando apartar el tema de mi mente cuando apareció Isabeau.
—Muy bien, familia, me quedaré aquí un rato para que podamos brindar de nuevo ahora que Daisy y Anthony están aquí. Luego, Celine volverá para brindar con todos vosotros.
—Solo es una sugerencia —dijo Anthony—, pero que sepáis que todos podemos ir a echaros una mano.
Isabeau le hizo un gesto con la mano para desestimar la idea:
—No podéis. La gente ha venido a vernos por nuestra experiencia. Nos cuentan de su vida y nosotras les creamos su perfume. No es algo que se pueda delegar. ¡Ah, Grace! Se nos van a agotar las cremas. Lo siento mucho.
—No te preocupes, al contrario, ¡muchas gracias!
¡Qué noche tan emocionante para todos ellos!
Isabeau cogió una copa y la alzó. Hubo un poco de revuelo mientras los que tenían la copa vacía cogían una nueva, pero al final todos las mantuvimos en alto para el brindis. A pesar de la celebración, parte de mi mente seguía fija en el mensaje de Samantha.
—¿Todo bien? —preguntó Anthony—. ¿Te encuentras mal?
Negué con la cabeza. Era obvio que había notado mi inquietud, pero no era el momento de hablar de ello. Estábamos celebrando.
—Estoy bien, y muy feliz de estar aquí con tu familia.
—Nosotros también estamos felices de que estés aquí —replicó—. Y yo el que más, por si no te habías dado cuenta.
Acto seguido, nos unimos al brindis general y continuamos con la celebración.